Todo termina, tanto lo bueno como lo malo. Las personas cambian, al igual que sus sentimientos, y aunque a muchos les cueste aceptar esta verdad, no hay alternativa. Sobre esta herida se construye Fragmentos, la nueva película de Horacio Alcalá, que nos sumerge en un complejo retrato de las relaciones humanas: el desgaste emocional, la incompatibilidad y los desafíos que la vida nos pone delante. Al frente, Manu Vega sostiene una actuación de lo más auténtica, sin artificios ni complicaciones innecesarias. La película, actualmente en cines, incomoda pero al mismo tiempo mantiene al espectador pegado a la pantalla. A medida que la brecha entre los personajes se hace cada vez más grande y la autonegación persiste, entendemos que ni siquiera el amor lo vence todo y, en ocasiones, hay que pensar con la cabeza.
Antes que nada, felicidades por tu papel en Fragmentos. Hay algo que me llama la atención: la relación entre Raúl y Alba. ¿Cómo conseguisteis construir ese vínculo tan particular? Lográis un equilibrio casi perfecto entre la intimidad y el desgaste, esa especie de erosión emocional que uno suele ver en matrimonios de muchísimos años.
Gracias, la verdad es que Alba y yo tuvimos mucha química, lo que facilitó la conexión con los personajes y sus circunstancias. Durante los ensayos trabajamos intensamente ese desgaste: aunque sean jóvenes, llevan muchos años juntos y han atravesado situaciones muy duras.
Hay un juego de espejos y paralelismos entre las dos parejas (Raúl y Alba, Ben e Irene): la primera es joven aunque ya están agotados el uno del otro, y la segunda es más veterana pero Irene carga el peso emocional de la relación. ¿Cómo entiendes tú la correlación que se establece?
Buscábamos que la pareja joven funcionase como un espejo frente a los adultos, invirtiendo la norma donde el desgaste y el hastío se asocian a la madurez. Ni Alba ni Diego cambian al observar lo que les sucede a Irene y a Ben; es más bien un espejo unidireccional que permite a Irene quitarse la venda de los ojos y enfrentarse a su realidad.
Durante buena parte de la película pensé que tu personaje iba a terminar teniendo una aventura con Irene. ¿Fue una lectura mía, fruto de la tensión que se genera, o había una intención de sugerir esa posibilidad?
No existía una intención consciente de generar esa sensación, aunque habría sido un giro interesante. Al ser los únicos que intentan remar hacia un futuro mejor en sus respectivas relaciones, es lógico pensar que podrían estar hechos el uno para el otro. Sin embargo, percibo ahí un amor más fraternal que romántico. Diego carece de vínculos o referentes claros y conecta por primera vez con una mujer que posee la sabiduría y la paz que él necesita en ese momento.
Tu personaje no parece requerir una investigación clásica, sino algo mucho más interno. ¿Cómo te preparaste para entrar en él?
Estaba, y sigo estando, muy conectado con Diego. No tanto por haber vivido una relación similar, sino porque experimenté de forma muy intensa esos sentimientos primarios de miedo, soledad e incertidumbre, sobre todo en la adolescencia. El guion ofrece muchísimo por sí mismo, es un texto sólido sobre el que Horacio y yo realizamos un análisis profundo para definir con claridad el tránsito del personaje en cada momento.
¿Crees que un actor puede interpretar con autenticidad el desmoronamiento de un vínculo si nunca ha atravesado uno? Lo que transmites tiene esa cualidad de lo que deja marca. ¿Se puede preparar un papel así desde la imaginación?
Soy un firme defensor de que, mediante la técnica y el análisis, podemos comprender y emocionar con los sentimientos de nuestros personajes. La vida aporta experiencia y, si has vivido algo parecido, quizá tengas más matices, pero aunque no sea en una relación romántica, esos mismos sentimientos pueden haberse experimentado con padres, amigos o hermanos. Son emociones que no nos resultan ajenas.
Grabasteis en Lanzarote, un lugar idóneo para la trama: una belleza innegable pero que requiere de soledad. ¿Cómo crees que este ambiente ayudó al desarrollo de la historia? ¿Habría funcionado igual si hubieseis grabado en una ciudad?
Lanzarote es, sin duda, una pieza clave, un personaje más. Durante la localización nos dimos cuenta enseguida de que era el lugar idóneo. La energía, la belleza y, al mismo tiempo, la sordidez que transmite la isla apoyaban directamente la narrativa. Rodar en otro sitio habría cambiado el resultado; elementos fundamentales como el aislamiento, el viento o el contraste entre vida y muerte que evoca la aridez del paisaje eran insustituibles.
¿Hubo algún momento divertido en el set en el que no pudisteis contener la risa? En ciertas escenas la incomodidad era tan tensa que a mí me empezaba a entrar la risa nerviosa.
Para ser sincero, no hubo demasiados momentos puramente cómicos, aunque disfruté muchísimo el rodaje. Quizá las secuencias en las que Asia y yo nos bañamos en el mar fueron las más divertidas, sobre todo porque el fuerte oleaje y el frío nos lo pusieron difícil.
Cambiando de tema, ¿qué tareas de producción asumiste? ¿Es otro ámbito del cine en el que estás indagando?
Me involucré en prácticamente todas las fases. Era una historia que quería contar y busqué, junto a AF, la manera de darle cauce. Mi verdadera vocación es la interpretación y mi ambición es seguir trabajando como actor, pero la producción aporta una perspectiva distinta y permite participar en el proyecto desde otro ángulo. No me planteo el resto de disciplinas, mi prioridad es seguir actuando mientras tenga la oportunidad.
Mirando hacía el futuro y después de este papel tan intenso, ¿te atraen más personajes de este tipo o buscas explorar algo completamente diferente?
Los dramas personales y aparentemente cotidianos siempre me han atraído. Me interesa analizar y comprender la naturaleza humana cuando se enfrenta a problemas y sentimientos que, en apariencia, son comunes.
