Hay creadoras que observan la realidad y otras que se atreven a incomodarla. Leticia Dolera pertenece a este segundo grupo. Desde que irrumpiera con Vida perfecta, una serie con la que se convirtió en la primera creadora española en ganar en Cannes, su mirada ha estado marcada por una voluntad clara: explorar las contradicciones de lo cotidiano sin simplificarlas. Ahora regresa con Pubertat, su proyecto más ambicioso hasta la fecha, en el que firma como directora, guionista y también actriz.
Ambientada en el entorno de una colla castellera en Tarragona, la serie parte de una denuncia de agresión sexual a una menor para desplegar un relato coral que pone el foco no tanto en el hecho en sí como en sus consecuencias: cómo reaccionan los adolescentes, qué papel juegan las familias, qué silencios atraviesan a los adultos. En ese espacio incómodo, Dolera construye una historia sobre el despertar sexual, el consentimiento, la presión del grupo y el impacto de las redes sociales en una generación que crece expuesta a todo, pero no necesariamente acompañada.
Lejos de ofrecer respuestas cerradas o juicios tajantes, Pubertat se mueve en los márgenes, en esos grises donde conviven la vulnerabilidad, la herencia cultural y las contradicciones. Y lo hace, además, con un reparto joven que sorprende por su verdad y su capacidad para sostener una historia tan delicada. En plena recta final de la promoción, y tras su paso por los Goya como entregadora, hablamos con Dolera sobre el momento creativo que atraviesa, la responsabilidad de narrar estos temas y la importancia de abrir conversaciones que, aunque incómodas, resultan necesarias.
Este año te hemos visto en los Goya junto a Maria Ripoll. Cuéntanos, ¿cómo viviste esa noche? Y, en general, ¿en qué momento creativo te encuentras ahora mismo?
Fue muy bonito porque pude entregarle el Goya a Mejor Dirección de Producción a mi productor. Al productor de Pubertat, de Vida perfecta y de Requisitos para ser una persona normal, que son los tres proyectos que he dirigido. Siempre hace ilusión darle un Goya a alguien a quien conoces y que, además, te ha acompañado en tu carrera.
Ahora estoy cerrando la promoción de Pubertat, que ha sido muy intensa. Me siento muy agradecida por la respuesta de la crítica y del público. Además, está pasando algo muy hermoso con la serie: la están utilizando en muchos institutos por toda España como herramienta educativa, y me parece precioso. Que Pubertat haya servido no solo para abrir una conversación que puede resultar incómoda (porque creo que el arte también está para eso, para abrir conversaciones incómodas desde un lugar amable, apelando a la reflexión y a la empatía), sino que, además, se esté usando en centros cívicos e institutos con una finalidad claramente educativa es muy emocionante.
Hablabas de abrir conversaciones incómodas y en la serie se ve muy claro cómo cada generación entiende de forma distinta qué es una agresión sexual. Además, también abordas la sexualidad adulta, no solo la adolescente. ¿Por qué te parecía importante mostrar esas contradicciones también en los mayores? ¿Crees que estamos en un momento de choque generacional en este tema?
En realidad, creo que esto es algo que se ha ido repitiendo generación tras generación. Seguramente, si preguntáramos a nuestros padres, nos dirían que con los suyos también vivieron un choque generacional. Es ese paso de una mirada más conservadora e inamovible a otra más progresista y flexible. Supongo que es una evolución natural de las sociedades, atravesada por tensiones entre generaciones y distintas formas de entender el mundo.
La sexualidad siempre ha estado en el terreno del tabú. Aunque en los últimos años el capitalismo nos haya hecho creer que no, desde la revolución sexual de los años setenta, cuando aparentemente se libera y se saca a la luz, lo cierto es que también se hizo de una forma poco igualitaria. Se cargó, por un lado, de un componente machista y, por otro, de un enfoque centrado en el capital: cómo capitalizar tu sexualidad, cómo sexualizarte puede darte valor en este sistema. Es un mensaje que se nos transmite sobre todo a las mujeres y, desgraciadamente, también a las niñas.
“En el momento actual, donde las redes sociales, los móviles y la pornografía están introduciendo todo tipo de mensajes en los más jóvenes, la pregunta es: ¿cómo abordamos la sexualidad desde la sociedad adulta? Porque es nuestra responsabilidad.”
Totalmente.
Para mí hay un lugar intermedio que me interesa mucho: entender la sexualidad como un espacio de autoconocimiento, de comunicación, de vulnerabilidad y de contexto afectivo. Y siento que es un terreno que nunca terminamos de abordar porque se lleva o al ámbito de la moral cristiana o, como decía, al del capital.
En el momento actual, donde las redes sociales, los móviles y la pornografía están introduciendo todo tipo de mensajes en los más jóvenes, la pregunta es: ¿cómo abordamos la sexualidad desde la sociedad adulta? Porque es nuestra responsabilidad. Pero, al mismo tiempo, esa sociedad adulta también está perdida, sigue debatiendo sobre el consentimiento, el deseo o la pornografía. Entonces, ¿cómo van a construir su mirada estos chavales que crecen en esta nueva era tecnológica si por un lado los adultos están desorientados y, por otro, reciben todos estos estímulos constantes? De ahí la importancia de entender que todo esto es una herencia que reciben los niños y las niñas.
Hay algo que me llamó muchísimo la atención: el nivel interpretativo de lxs adolescentes, que están impresionantes. Trabajáis temas muy delicados. ¿Ellxs ya venían con cierta educación o conciencia sobre estos temas o ha sido también un proceso de aprendizaje durante el rodaje?
El casting inicial lo hicimos con una escena de robo, no de agresión, porque nos parecía que, con la cantidad de niños a los que íbamos a ver y siendo edades tan sensibles como los doce o trece años, no podíamos abordar directamente estos temas sin el contexto adecuado. Son cuestiones que requieren reflexión y conversación profunda.
Cuando ya tuvimos a los finalistas, mantuvimos reuniones con las familias para explicarles de qué iba la serie, cómo se iba a abordar y que pudieran decidir si querían que sus hijos continuaran en el proceso. De todos los finalistas, solo una familia decidió no seguir adelante (era el más pequeño) y lo entendimos perfectamente.
Muchas familias nos dijeron que, para ellas, era también una oportunidad de trabajar estos temas en casa y utilizar la serie como herramienta para abrir conversaciones. Fue algo bonito porque, de alguna manera, el proceso resultó útil para todos. Hablamos mucho sobre consentimiento, sexualidad y relaciones de poder para que ellos mismos entendieran que el consentimiento no solo se da en lo sexual, sino en muchos ámbitos de la vida.
La serie evita irse a un lugar de juicio fácil y eso también se nota mucho en el final, que se aleja de esa idea clásica de castigo o sentencia. ¿En algún momento te preocupó cómo podía reaccionar el público ante un enfoque menos punitivo?
Para mí, una de las funciones de la cultura y de las historias es abrir nuevas puertas, nuevos marcos mentales y, en cierto modo, incomodarnos. Qué bonito entrar a un cine o a un teatro con la sensación de que, al salir, algo en ti va a cambiar. Con esa inquietud de, ¿qué me van a contar?, ¿qué me van a remover? Me parece mucho más estimulante. Creo que la cultura y el ocio no deberían ser lugares donde anestesiarnos, sino todo lo contrario: espacios que nos estimulen y nos abran la cabeza, en el sentido metafórico. Incluso para mí fue estimulante entrar en ese lugar y empatizar también con los chavales acusados de agresión. Porque, al final, deshumanizarlos y demonizarlos es la opción más simplista.
“Creo que la cultura y el ocio no deberían ser lugares donde anestesiarnos, sino todo lo contrario: espacios que nos estimulen y nos abran la cabeza, en el sentido metafórico.” 
Sí, que no todo sea blanco o negro.
La serie explora mucho los grises. ¿Qué pasa en esos espacios donde ha habido abuso de poder o un consentimiento viciado pero no necesariamente un delito? Puede no haber delito pero sí malestar, herida, comportamientos que se perpetúan. Es importante mirar esos grises donde no todo es blanco o negro, donde no hay una víctima y un culpable claros, sino dinámicas que forman parte de una herencia que recibimos tanto hombres como mujeres. Me interesaba acercarme a esos territorios incómodos sin una mirada de buenos y malos.
La justicia restaurativa, por ejemplo, me parece una herramienta muy transformadora. No se trata de llevar el debate al punitivismo o al antipunitivismo, sino de entender que hay muchos matices y que cada caso es distinto. La cuestión es cómo transformamos la sociedad, no solo cómo castigamos. ¿Qué hacemos con las personas que han cometido un delito y que, en algún momento, volverán a formar parte de la sociedad?
Además, pone el foco en la víctima: qué necesita realmente para reparar el daño. ¿Basta con que el agresor vaya a la cárcel o hacen falta más cosas? También tiene en cuenta al entorno, que muchas veces se ve obligado a posicionarse sin saber cómo hacerlo. Es una mirada más amplia y, para mí, muy necesaria.
Y después de todo este proceso, también muy intenso a nivel personal, ahora que ha pasado un poco de tiempo, ¿qué te llevas tú de esta experiencia? ¿Hay algo que te haya cambiado o que hayas aprendido especialmente trabajando con adolescentes en una historia así?
Durante todo el proceso, especialmente en los ensayos, acercarme a los adolescentes fue muy enriquecedor. Me permitió comprender lo vulnerables que son. Por un lado, es fundamental empoderarlos, hacerles ver que su opinión cuenta, que sus actos tienen consecuencias. No son niños al cien por cien. Pero, al mismo tiempo, tampoco son adultos. Son muy permeables a su entorno, a lo que un adulto de referencia les dice o les muestra. Es una dualidad muy interesante. Por eso me parecía importante que los personajes tuvieran trece o catorce años: es una edad bisagra, compleja. Hay que evitar infantilizarlos pero también recordar que son adultos en construcción y que sus referentes son, en gran medida, los adultos que tienen cerca.
Por otro lado, también ha sido un ejercicio de mirar lugares incómodos, incluso para mí como mujer y como feminista. Atreverse a observar esas zonas más complejas, más poliédricas, donde operan las relaciones de poder y donde el consentimiento no siempre es claro.
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