Los niños pueden ser perversos. Crear aberraciones cósmicas o seres de ultratumba antes era la vía rápida para llegar a lo siniestro. Sin embargo, cada vez son más los autores que prefieren el terror del día a día, ahí donde residen las atrocidades de la costumbre. La plaga, de Charlie Polinger, que acaba de llegar a las salas esta semana, se inscribe en esta tendencia. Abandona los monstruos de la tradición para indagar en el horror que nace de la preadolescencia. Porque, ¿hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar por el miedo?
En su primer largometraje, el director estadounidense consigue generar una atmósfera asfixiante a partir de los rituales propios de esa edad. No se trata de un relato naturalista sino más bien una mirada a la inocencia por medio de los códigos del terror. En él seguimos a un chico de doce años (Everett Blunck) que busca encajar en un estéril campamento de waterpolo. Allí se verá obligado a perpetuar la paranoia colectiva alrededor de una enfermedad llamada ‘la plaga’. Una patología inventada por los propios niños para justificar la cuarentena social.
El filme logra sacar a relucir toda la hostilidad que se esconde tras la infancia. Las dinámicas entre los niños de la pandilla se transforman en una suerte de jauría salvaje donde reina la crueldad. Es precisamente entre el juego y el bullying, la broma liviana y la pesada, donde la película encuentra la incomodidad.
Pero La plaga no es una reflexión ni un testimonio sobre el acoso escolar. Por ser, ni siquiera es una película que se tome muchos riesgos. Aunque visual y temáticamente no lo parezca, es una historia puramente de género. Polinger apenas se aleja de las convenciones del drama y el terror para crear su grupo de ‘bullies’ de instituto. La mayoría de los antagonistas funcionan como un conglomerado de estereotipos alrededor de esos niños que, tanto en el cine como en la realidad, siempre se han autodenominado como ‘los guays’.
Esta dejadez a la hora de construir sus personajes afecta a todo el elenco menos a su protagonista. El largometraje se erige a partir de la mirada de un joven intérprete llamado Everett Blunck. A diferencia del resto de caricaturescas personalidades que le rodean, él brilla porque es capaz de hacer mucho con muy poco. Polinger se sirve de sus enormes ojos para guiarnos a través del intrincado recorrido emocional que sufre su personaje. Su interpretación es austera pero funciona como el contrapunto perfecto a las exageraciones de sus compañeros.
En conjunto, el debut de Polinger es un buen ejemplo de los nuevos cambios de la industria del cine actual: es entretenida, plantea un buen surtido de temáticas sociales (el bullying, la masculinidad o la infancia), apuesta sobre seguro con una estética pálida y poco recargada (lo más acorde a las exigencias del streaming) y consigue generar dos o tres imágenes insulares memorables, en su mayoría a base de desvaríos oníricos puntuales. Es Hollywood intentando adaptarse al nuevo mundo sin romper definitivamente con sus propias fórmulas.


