Ambientada en un futuro cercano, en un momento en el que las personas mayores son obligadas a vivir en residencias y se les priva de su autonomía, un pequeño grupo de ancianos y una joven cuidadora escapan a una isla tranquila y aislada cuando la llegada de tres visitantes desencadena tensiones y muerte. La isla de la Belladona, dirigida por Alanté Kavaïté y protagonizada por la cautivadora Nadia Tereszkiewicz, confronta el valor que otorgamos a nuestros mayores, el coste de ser la única cuidadora y lo que significa envejecer con dignidad.
Tereszkiewicz interpreta a Gaëlle, una joven que ha asumido la responsabilidad de cuidar a los ancianos que huyen de instalaciones desoladoras. La conocemos como una cuidadora preocupada, tierna, atenta y sobreprotectora, que en ocasiones actúa más como su guardiana. Esto no quiere decir que su personaje resulte molesto o tenga malas intenciones. De hecho, su interpretación despierta empatía hacia la cuidadora sobrecargada. Cuando los tres visitantes –un doctor junto a su hermano y su hija– llegan a la isla, el suspense se instala. Gaëlle desconfía de sus intenciones, especialmente cuando los habitantes comienzan a caer como moscas. Ella tiene un presentimiento inquietante que los mayores no parecen compartir, ya que invitan y animan a los visitantes a quedarse para una velada.
La isla de la Belladona aborda una preocupación central sobre cómo tratar a una población envejecida. Nuestra sociedad sostiene la idea de que, una vez que dejas de trabajar, pierdes valor, de que no hay vida después del trabajo. Tu existencia comienza a deteriorarse, y el crecimiento y el placer pasan a ser atributos de la juventud, impropios de la vejez. Si bien es importante que las generaciones mayores cedan espacio a las más jóvenes para que introduzcan sus propias ideas, descartar a toda una población por no ser funcional a una maquinaria capitalista priva a las comunidades de vínculos afectivos y desalienta el proceso natural de envejecer.
Respaldada por una excelente banda sonora, el nuevo film de Alanté Kavaïté utiliza encuadres que provocan la dosis justa de ansiedad a lo largo de la película, mientras el espectador espera que algo ocurra, e introduce a la vez momentos de calma cuando Gaëlle baja el ritmo y vive el presente. El escenario de la costa oeste de Francia funciona, además, como un telón de fondo impresionante. Sin embargo, en algunos momentos se introducen líneas argumentales que no se desarrollan por completo y dejan al espectador preguntándose qué significaban y hacia dónde podían haber ido. Algunos de estos temas poco elaborados distraen del mensaje por lo demás directo. Y aunque la propuesta de la película resulta algo demasiado explícita, logra comunicar con eficacia un sentimiento fundamental: merecemos envejecer con gracia, vivir con autonomía y abandonar la vida con integridad.

