La directora y guionista Júlia de Paz se ha consolidado como una de las voces emergentes del cine contemporáneo del panorama estatal. Graduada en la ESCAC, vuelve a la pantalla con su nuevo largometraje, La buena hija, que llega a los cines el 10 de abril. Fiel a una mirada comprometida con lo social, su cine da visibilidad a realidades a menudo silenciadas. En este film, construye una historia sobre la violencia desde lo sugerido y no desde lo explícito, priorizando la dimensión emocional y subjetiva de los personajes, una constante en su filmografía.
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La buena hija se basa en tu cortometraje Harta, ganador del premio Gaudí y de tres Biznagas de Plata. ¿Cómo fue el proceso de adaptar el corto al largo?
Cuando hicimos el cortometraje, ya teníamos claro que queríamos hacer la película. De hecho, el proceso de investigación, que ha durado unos seis años, lo empezamos con la idea de hacer la película. Junto a Núria Dunjó, coautora del proyecto, planteamos el corto para ver cómo nos sentíamos a la hora de abordar este tema, ya que, como mujeres, nos enfrentábamos a la representación de la violencia que sufrimos por el hecho de serlo. Además, queríamos ver si nuestro trabajo podía tener alguna utilidad. A raíz de los coloquios con el corto, vimos que la respuesta del público era muy positiva, lo que nos motivó a continuar con la película.
Hablando de Núria Dunjó, también firma los guiones de Ama y Harta contigo. ¿Cómo fue el proceso de escribir el de este último trabajo? 
Llevamos diez años trabajando juntas, desde la carrera, por lo que ya tenemos una metodología muy definida. Tenemos claro cómo trabajamos y compartimos un interés común tanto por los temas que abordamos como por la manera de explorarlos, lo que ha hecho que, a nivel práctico, el proceso haya sido muy fácil. El reto ha sido afrontar este proyecto desde el respeto, ya que, a partir de la investigación, hemos entrevistado a muchas personas que nos han compartido sus testimonios y queríamos tratarlos con el máximo cuidado. Además, teníamos claro que queríamos representar una violencia que no fuera explícita, lo que también supuso un desafío.
¿Por qué decidiste explicar la historia desde la mirada de Carmela?
El origen de la película surge a partir de que una de mis mejores amigas estaba trabajando en un punto de encuentro familiar. Ella me compartía su frustración al tener que cumplir una ley con la que no estaba de acuerdo, ya que se encontraba con casos de niños que tenían que visitar al agresor, en este caso el padre, y que claramente no era sano para ellos, pero se tenía que cumplir la ley y moderar este encuentro.
Hasta entonces, yo no sabía lo que eran estos espacios, así que se lo expliqué a Núria y le dije que me parecía interesante. A ambas nos apetecía hablar sobre la violencia que sufrimos las mujeres por el hecho de ser mujeres, por lo que empezamos a entrevistarnos con mujeres supervivientes de violencia machista. En estas conversaciones nos encontramos con que la mayoría de ellas sufrían un gran miedo por sus hijos e hijas ya que, al no sufrir violencia sexual o física directa, no eran considerados judicialmente víctimas, lo que implicaba que debían seguir manteniendo contacto con el agresor, perpetuando lo que se conoce como violencia vicaria.
A partir de aquí, tuvimos claro que queríamos situar el punto en el niño o niña, en este caso, en Carmela, con el objetivo de visibilizar estos casos en los que no se están teniendo en cuenta sus derechos ni sus intereses.
En el personaje de Carmela predominan el silencio y una rabia y tristeza internas que no acaba de exteriorizar. ¿Qué diría si le salieran las palabras frente a la situación que está viviendo?
Lo que buscábamos era que la película expresara aquello que Carmela no dice. Lo que plantea el relato son las preguntas que ella no llega a verbalizar: por qué una persona a la que quiere puede tratarla así, si ella podría llegar a ser como él, o por qué no la escuchan y no tienen en cuenta lo que quiere y lo que no. De alguna manera, generar estas preguntas en la película es dar forma a aquello que Carmela no puede expresar con palabras.
Carmela admira e idolatra a su padre a pesar del mal que le ha causado a su madre, Marta. ¿Cómo se puede querer tanto a alguien que ha hecho tanto daño?
Queríamos que el público hiciera el mismo viaje que hace Carmela, que es el mismo viaje que hizo su madre en su momento. La intención era que el espectador viviera ese proceso de transición del amor al desamor hacia el padre. Buscábamos que se entendiera cómo es convivir en una relación de este tipo, que no es fácil ni de detectar ni de abandonar. Esto ocurre porque la violencia no está presente de forma constante, sino que también hay momentos de luz, momentos de amor, momentos de diversión y momentos de pasión.
Además, el padre hace un papel de víctima muy claro.
Claro, estas personas responsabilizan a las personas a las que están haciendo daño. Y nos interesaba mucho explorar cómo afectaba, cómo atravesaba la culpa a las tres generaciones. Cómo afecta la culpabilidad a la abuela y cómo actúa frente a esta, cómo le afecta a la madre y cómo le afecta a Carmela. Y cómo afecta la culpabilidad a la construcción de la identidad y la feminidad. Por eso también necesitábamos que el padre nos diera este peso de responsabilidad.
Durante la historia vemos una clara violencia vicaria por parte del padre de Carmela hacia ella. ¿Crees que es un tipo de violencia de la que no se habla lo suficiente?
Para empezar, a la hora de hacer la escritura del guion, recurrimos a referentes como El Bola, Custodia compartida, Tengo sueños eléctricos o Una separación, para identificar qué es lo que nos interesaba, qué podíamos aportar de nuevo y qué no se había enseñado hasta el momento. Sin embargo, el elemento más importante nos lo dio la investigación. Estuvimos seis años entrevistando a mujeres supervivientes de violencia machista, así como a niños y niñas que también la han vivido. Además, nos reunimos con reclusos condenados por este tipo de violencia, con educadoras sociales, psicólogos, jueces y abogados. Todo este trabajo nos permitió encontrar todos estos grupos que hemos intentado integrar en la película.
¿Cómo fue la elección del casting? ¿Tenías en mente con quién querías trabajar?
Tenía muy claro que el papel del padre quería que fuese Julián Villagran, ya que también había participado en el cortometraje, por lo que partíamos de un trabajo previo muy sólido. Además, siento una gran admiración por él y por su manera de trabajar, ya que tenemos una manera muy similar de entender la interpretación.
El casting de Kiara (Carmela) fue un proceso llevado por Irene Roque y su equipo, en el que llegamos a ver a más de quinientas niñas hasta encontrar a la elegida. En el caso de Petra también tenía bastante claro que quería que fuera ella, mientras que Janet surgió a partir del casting, tras haber participado en el corto.
Es la primera película de Kiara Arancibia, la actriz que hace de Carmela, que además hace un papel increíble. ¿Cómo ha sido trabajar con ella?
Tamara Casellas, protagonista de Ama (2021), fue la coach de Kiara durante el rodaje. Desde el principio, teníamos muy claro que no queríamos utilizar nada de su vida personal ni exponerla emocionalmente a situaciones de violencia. A pesar de estar trabajando con este tema, nuestra prioridad no era generar ningún tipo de violencia en el set. Para generar angustia, recurrimos principalmente al ejercicio físico. De este modo, evitamos que conectara emocionalmente, pero el cansancio facilitaba una mayor disposición a escuchar. Trabajamos mucho la escucha y la convivencia con Julián y Janet. El enfoque se basaba en no forzar ningún tipo de implicación emocional, sino en acompañar el proceso, tanto en la entrada como, sobre todo, en la salida de cada secuencia. Para ello utilizábamos la música, y al acabar las escenas más duras, bailábamos.
La red de amigas de Carmela se convierte en refugio. ¿Cómo de importantes son las amistades en momentos difíciles?
A mí las amistades me han salvado, en ese sentido en el que se dice que la familia también puede ser escogida. A partir de las entrevistas con niños y niñas víctimas de violencia machista, detectamos una necesidad común: sentir que no eran aquella violencia. Para nosotras era muy importante enseñar esta luz y transmitir que, con un buen acompañamiento, existe la posibilidad de resiliencia. De ahí la importancia de las amigas en la película, como parte de ese universo más luminoso, así como la figura de la abuela, con quien Carmela se permite ser niña.