¿Por qué siempre elevamos la inspiración a algo majestuoso o inefable? Especialmente cuando encontramos a artistas como Juan Francisco Bertoni, que desmontan esta idea con una naturalidad aplastante. Él nos demuestra que la creatividad puede fluctuar por muchas ramas. En su caso, lo ha hecho a través de la fotografía, el diseño y hoy florece en la ilustración editorial. Porque cuando menos lo esperamos, las musas pueden aparecer en los rincones más insospechados de nuestro imaginario, revelando la belleza de lo mundano y lo habitual. Para Bertoni, observar lo que pasa desapercibido, experimentar y adaptarse al entorno no es un simple hábito; es su modus operandi.
En ocasiones has mencionado que no te defines estrictamente como fotógrafo, ni artista visual ni diseñador, y que tu camino creativo está más ligado a la experimentación y al disfrute del proceso. En los últimos tiempos te has centrado más en la ilustración editorial de moda. ¿Qué fue lo que te atrajo ahí?
Nunca me he sentido cómodo encasillándome en una sola etiqueta porque mi proceso creativo siempre ha tenido más que ver con la curiosidad que con la disciplina. Para mí, crear es una forma de estar en movimiento, de probar cosas, de equivocarme, de acertar, de confrontar y volver a empezar. La ilustración editorial me atrapó porque encontré un nuevo espacio que me permite jugar. La moda tiene algo profundamente narrativo, y la ilustración me permite reinterpretarla desde mi propio universo. No tengo que reproducir la realidad; puedo distorsionarla, estilizarla o llevarla a un lugar más emocional. Es un lenguaje que abraza la exageración, la poesía y la intuición, tres elementos que siempre han guiado mi trabajo.
¿Qué ramas artísticas has tocado a lo largo de tu vida? ¿Hay disciplinas que aún no has explorado y que te generan curiosidad?
A lo largo de mi vida he ido moviéndome por distintas ramas, como quien recorre habitaciones dentro de una misma casa: fotografía, diseño, dirección de arte, ilustración. Cada una me enseñó una manera distinta de mirar, pero nunca quise quedarme a vivir en una sola. Mi trayectoria ha sido más bien un ir y venir entre lenguajes que se contaminan entre sí y se reescriben constantemente.
Lo que más disfruto es esa sensación de estar siempre aprendiendo un nuevo acento visual. Y, aunque ahora la ilustración editorial ocupa gran parte de mi energía, sigo sintiendo curiosidad por territorios como la cerámica, quizá porque tiene ese componente táctil y ritual que a veces echo de menos cuando trabajo digitalmente. No pienso en estas disciplinas como metas sino como puertas abiertas. Mi práctica siempre ha sido así: entrar, mirar, jugar… y dejar que cada experiencia transforme lo que viene después.
Lo que más disfruto es esa sensación de estar siempre aprendiendo un nuevo acento visual. Y, aunque ahora la ilustración editorial ocupa gran parte de mi energía, sigo sintiendo curiosidad por territorios como la cerámica, quizá porque tiene ese componente táctil y ritual que a veces echo de menos cuando trabajo digitalmente. No pienso en estas disciplinas como metas sino como puertas abiertas. Mi práctica siempre ha sido así: entrar, mirar, jugar… y dejar que cada experiencia transforme lo que viene después.
Cuando recibes un encargo o te planteas iniciar un proyecto personal, ¿qué elementos deben estar presentes para que te interese realmente?
Cuando recibo un encargo o cuando estoy a punto de iniciar un proyecto personal, necesito que exista una chispa. Puede ser un concepto, una estética, una sensación, pero algo tiene que moverme por dentro. Me interesa trabajar en cosas que expandan mi universo, no que lo repitan. Si el proyecto me permite jugar, experimentar y llegar a un lugar que todavía no conozco, entonces ya tiene mi atención. También me guía mucho la conexión con la historia que hay detrás. Si percibo que hay una intención auténtica, que el proyecto tiene algo que decir y me da libertad para interpretarlo desde mi mirada, normalmente digo que sí.
En cambio, soy más reticente a las iniciativas que solo buscan apoyarse en mi estética sin dejar espacio para aportar nada más, o cuando el proceso está tan encorsetado que no queda lugar para la experimentación, que para mí es esencial. Acepto aquello que me ayuda a crecer y a disfrutar del camino. Si no hay disfrute, si no hay curiosidad, prefiero no hacerlo. La energía con la que empiezo un proyecto siempre termina filtrándose en el resultado, así que cuido mucho ese primer impulso.
En cambio, soy más reticente a las iniciativas que solo buscan apoyarse en mi estética sin dejar espacio para aportar nada más, o cuando el proceso está tan encorsetado que no queda lugar para la experimentación, que para mí es esencial. Acepto aquello que me ayuda a crecer y a disfrutar del camino. Si no hay disfrute, si no hay curiosidad, prefiero no hacerlo. La energía con la que empiezo un proyecto siempre termina filtrándose en el resultado, así que cuido mucho ese primer impulso.
“Para mí, crear es una forma de estar en movimiento, de probar cosas, de equivocarme, de acertar, de confrontar y volver a empezar.”
Cuando sientes que la inspiración no aparece, ¿qué sueles hacer? ¿Tienes algún ritual, método o enfoque que te ayude a volver al camino creativo?
La inspiración no es algo que pueda forzarse; aparece cuando quiere y, a veces, decide no hacerlo. Cuando entro en un estado de bloqueo o apatía, lo primero que hago es permitírmelo. No creo en pelearme con la falta de ideas. Prefiero cambiar de ritmo: caminar, cocinar, ordenar, mirar cosas que no tengan nada que ver con mi trabajo. Necesito volver a sentirme persona.
Tengo pequeños rituales que me ayudan: revisar libros que amo, volver a mis referentes de siempre, dibujar sin intención, casi como un calentamiento. A veces abro un cuaderno y empiezo a escribir palabras sueltas, colores, gestos, y de repente aparece un hilo del que tirar. Otras veces simplemente me alejo del estudio y dejo que el silencio haga su trabajo. Con el tiempo entendí que el bloqueo también forma parte del proceso, como una pausa necesaria para que algo nuevo pueda entrar. No se trata de volver al camino creativo, sino de recordar que el camino sigue ahí, aunque yo me detenga un momento. Es como estar un rato bajo el agua y salir a la superficie. Todo esto hoy puedo articularlo, pero no fue siempre así: el psicoanálisis ha sido una gran herramienta (risas).
Tengo pequeños rituales que me ayudan: revisar libros que amo, volver a mis referentes de siempre, dibujar sin intención, casi como un calentamiento. A veces abro un cuaderno y empiezo a escribir palabras sueltas, colores, gestos, y de repente aparece un hilo del que tirar. Otras veces simplemente me alejo del estudio y dejo que el silencio haga su trabajo. Con el tiempo entendí que el bloqueo también forma parte del proceso, como una pausa necesaria para que algo nuevo pueda entrar. No se trata de volver al camino creativo, sino de recordar que el camino sigue ahí, aunque yo me detenga un momento. Es como estar un rato bajo el agua y salir a la superficie. Todo esto hoy puedo articularlo, pero no fue siempre así: el psicoanálisis ha sido una gran herramienta (risas).
El espacio en el que trabaja un artista dice mucho de su proceso. ¿Cómo es tu entorno ideal? ¿Qué tipo de atmósfera, sonidos, objetos o energía necesitas para sentir que puedes crear libremente?
Necesito sentirme contenido para poder crear. Una luz suave, papeles que pueda arrugar sin culpa y algún objeto viejo con historia que me recuerde que todo tiene un pasado y una textura. Me acompañan los sonidos que no exigen: música instrumental al azar, voces lejanas, la calle respirando de fondo. Y siempre hay un olor cálido: café, velas, talcos, hierbas, etc.
Has colaborado con marcas importantes, y esa relación entre arte e industria no siempre es tan sencilla como parece. ¿Cómo funciona en tu caso? ¿Cómo negocias el equilibrio entre tu visión personal y las necesidades comerciales de una marca?
La relación entre arte e industria siempre es un baile, y creo que con el tiempo aprendí a disfrutarlo. Cada marca tiene su propio modo de trabajar: algunas llegan con intenciones muy detalladas y un mundo ya definido; otras te dan libertad absoluta para proponer y construir desde cero. En mi caso, intento que ambas situaciones me resulten estimulantes. Si hay un brief cerrado, busco el resquicio donde pueda respirar mi lenguaje. Y si me dan libertad total, procuro no perder de vista la esencia de la marca y lo que necesita comunicar.
Para mí, el equilibrio se encuentra desde la conversación. Escucho qué quieren, explico qué puedo aportar y cómo lo veo, y a partir de ahí encontramos un punto medio. Que no se sienta tibio, sino híbrido. Que mi mirada tenga presencia y, al mismo tiempo, el objetivo comercial se cumpla. No me interesa imponer mi visión, sino ampliarla a partir del diálogo; me gusta mucho el trabajo en equipo. Al final, cuando la colaboración funciona, se nota. La marca reconoce tu manera de ver el mundo y encuentras en ella un territorio nuevo en el que expandir tu lenguaje.
Para mí, el equilibrio se encuentra desde la conversación. Escucho qué quieren, explico qué puedo aportar y cómo lo veo, y a partir de ahí encontramos un punto medio. Que no se sienta tibio, sino híbrido. Que mi mirada tenga presencia y, al mismo tiempo, el objetivo comercial se cumpla. No me interesa imponer mi visión, sino ampliarla a partir del diálogo; me gusta mucho el trabajo en equipo. Al final, cuando la colaboración funciona, se nota. La marca reconoce tu manera de ver el mundo y encuentras en ella un territorio nuevo en el que expandir tu lenguaje.
“Me interesa trabajar en cosas que expandan mi universo, no que lo repitan. Si el proyecto me permite jugar, experimentar y llegar a un lugar que todavía no conozco, entonces ya tiene mi atención.”
Tu estilo me recuerda a una mezcla entre expresionismo abstracto suavizado, gestualidad libre y una integración muy propia con la fotografía editorial. ¿Con qué movimientos artísticos sientes afinidad? ¿Qué referentes, artistas o incluso experiencias no artísticas han influido directamente en el desarrollo de tu estilo?
Me gusta esa lectura porque, en realidad, mi estilo nació de mezclar cosas que, en teoría, no tenían por qué convivir. Siento afinidad por gestos del expresionismo abstracto pero despojados de su grandilocuencia; me interesa más la emoción contenida que el estallido. El surrealismo cotidiano también me mueve: mirar como si siempre hubiera algo oculto da mucho juego.
Mis referentes son muy random. Por darte algunos ejemplos: me marcó la manera en que Cy Twombly convertía la escritura en paisaje, la delicadeza de Egon Schiele para traducir tensión o la libertad estructurada de Matisse. Y también está la presencia silenciosa de una vieja amiga que hoy ya no está, María B. Wälisch, cuya manera de mirar influyó en mí más que muchos manuales. Ella entendía la belleza como un gesto cotidiano y nada más. En fotografía, admiro a quienes crean sus mundos: Paolo Roversi, Sarah Moon o incluso fotógrafos de moda de los 90 que trataban la luz como materia emocional.
Pero mis influencias no siempre vienen del arte. Muchas veces vienen de experiencias: el olor de una casa antigua, la forma en que alguien gesticula al hablar, una textura random, un recuerdo mal enfocado. Todo eso se cuela sin darme cuenta y termina construyendo mi lenguaje.
Mis referentes son muy random. Por darte algunos ejemplos: me marcó la manera en que Cy Twombly convertía la escritura en paisaje, la delicadeza de Egon Schiele para traducir tensión o la libertad estructurada de Matisse. Y también está la presencia silenciosa de una vieja amiga que hoy ya no está, María B. Wälisch, cuya manera de mirar influyó en mí más que muchos manuales. Ella entendía la belleza como un gesto cotidiano y nada más. En fotografía, admiro a quienes crean sus mundos: Paolo Roversi, Sarah Moon o incluso fotógrafos de moda de los 90 que trataban la luz como materia emocional.
Pero mis influencias no siempre vienen del arte. Muchas veces vienen de experiencias: el olor de una casa antigua, la forma en que alguien gesticula al hablar, una textura random, un recuerdo mal enfocado. Todo eso se cuela sin darme cuenta y termina construyendo mi lenguaje.
Siempre se ha dicho que la ciudad en la que vive un artista influye en sus creaciones: el ambiente que lo rodea, el aura del lugar y su forma de vida son factores que intervienen directa o indirectamente. ¿Qué cambios has sentido al dejar Argentina y mudarte a Barcelona?
El cambio fue fuerte. Argentina tiene una energía intensa, hermosa y agotadora a la vez. Al venir encontré una pausa, una distancia necesaria para verme desde otro ángulo. Siento que mis trazos se volvieron un poco más tranquilos, como si por fin hubieran encontrado su espacio. Y aprendí a mirar la nostalgia sin dramatismo, más como una brújula que como un peso.
¿Consideras que tu estilo está en constante transformación o sientes que ya has encontrado un lenguaje muy propio y reconocible?
Creo que mi estilo está vivo. Sí, tengo un lenguaje reconocible, es mi manera de acercarme al mundo, pero no algo cerrado. Me interesa la evolución suave, esa que no rompe todo sino que afina, que ajusta, que muta según lo que la vida va trayendo. No podría quedarme quieto pero tampoco voy a correr detrás de ‘lo nuevo’ ni de nada.
¿Has explorado el arte en lo cotidiano? ¿Qué has descubierto en esos pequeños gestos, objetos o momentos que a veces pasan desapercibidos?
Sí, mi exploración tiene su base en lo cotidiano. Me interesa ese lugar donde las cosas simplemente son. Un gesto mínimo, un objeto encontrado, una textura cualquiera, un perfume, una frase que alguien dice sin pensar, etc. Todo eso, si lo miro con atención, se vuelve una especie de revelación suave. Son pequeños recordatorios de que la creatividad no empieza en el estudio, sino en la vida misma.
Con el tiempo descubrí que esas cosas, que nunca me pasaban de largo, son como señales. Me ordenan, me inspiran, me devuelven al presente. A veces un papel arrugado, una sombra moviéndose en la pared o la manera en que cae la luz de la tarde dicen más que una obra terminada. Me enseñan a crear desde un lugar menos pretencioso. Darme cuenta de eso cambió mi forma de trabajar. Me hizo entender que mi obra no es algo separado de mi día a día, sino una prolongación natural de eso.
Con el tiempo descubrí que esas cosas, que nunca me pasaban de largo, son como señales. Me ordenan, me inspiran, me devuelven al presente. A veces un papel arrugado, una sombra moviéndose en la pared o la manera en que cae la luz de la tarde dicen más que una obra terminada. Me enseñan a crear desde un lugar menos pretencioso. Darme cuenta de eso cambió mi forma de trabajar. Me hizo entender que mi obra no es algo separado de mi día a día, sino una prolongación natural de eso.










