Parece mentira, pero si hay alguien tan sensible y paciente como para descubrir un universo en miniatura entre los vecinos de un barrio del extrarradio barcelonés que no supera los mil quinientos habitantes ese es José Luis Guerín. Con su estreno el 13 de febrero, Historias del buen valle nos abre las puertas al expresivo bodegón de las fábulas, paisajes y personas agrestes que habitan Vallbona. A partir de este barrio insular y rodeado por el río, las vías de ferrocarril y el imparable avance de la metrópolis barcelonesa, Guerín va del localismo de un huerto clandestino a la irrupción del progreso en el mundo perdido de lo rural. Cómo no, el singular realizador catalán también nos fascina y se deja fascinar con su mirada sencilla, capaz de encontrar las imágenes sublimes que se esconden en la periferia.
¿Cómo comienza tu acercamiento al barrio de Vallbona?
Obedece a un encargo que me hace un museo, el MACBA. Al terminar la pieza sentí el deseo y la necesidad de seguir desarrollándola. Probablemente eso despierta porque, a pesar de que se trata de una realidad muy local, encuentro varios temas universales. Lo primero, que te parecerá una perogrullada, fue el hecho de que todas las ciudades en algún momento fueron construidas en el campo. A medida que se desarrolla la película siempre ves esa naturaleza apasionante, pero en profundidad de campo están los trenes, los coches, la ciudad que va avanzando, la expansión urbana…
En segundo lugar, estaba la idea de la aldea global. En el documental se hablan más de doce idiomas distintos. Estos barrios son muy sensibles a todo lo que pasa y se convierten en una caja de resonancia del mundo entero. Por último, un tema más cinematográfico que me interesó mucho fue cómo el urbanismo y la arquitectura condicionan las relaciones humanas. Viendo que estaban estos tres temas, me decidí a desarrollarlo en forma de largometraje.
En segundo lugar, estaba la idea de la aldea global. En el documental se hablan más de doce idiomas distintos. Estos barrios son muy sensibles a todo lo que pasa y se convierten en una caja de resonancia del mundo entero. Por último, un tema más cinematográfico que me interesó mucho fue cómo el urbanismo y la arquitectura condicionan las relaciones humanas. Viendo que estaban estos tres temas, me decidí a desarrollarlo en forma de largometraje.
Esta conversación que mantienes con los vecinos de Vallbona arranca con las entrevistas que haces al principio del largometraje.
Tal y como se ve en las imágenes, empecé filmando en película Super-8. En blanco y negro, sin mediar palabra, pura observación visual. Lo hice así porque ese barrio respiraba una atemporalidad – calles sin asfaltar, los baños en los riachuelos– que me recordaba a la España de mi infancia, de los 60 y los 70. Por eso recuperé la camarita con la que empecé a hacer mis filmaciones de chaval. Después de eso, di paso a la palabra y para eso convoqué un gran casting en el barrio, en el colegio de Vallbona. Durante cuatro o cinco días conversé con todos los vecinos que iban pasando por ahí. Así extraje sobre todo documentación del barrio, y también a los personajes que iban a darle ojos y rostro.
“Hacer una película es una búsqueda. Me gusta entender las películas como una manera de pactar con el azar.”
¿Qué te hace fijar, dirigir la mirada y decantarte por esos vecinos que seleccionas para Historias del buen valle?
Una película siempre es un trabajo de síntesis. Has de coger a un puñado de vecinos que sean significativos, que representen. Esta ecuación entre la parte y el todo. Tienes en cuenta las cualidades individuales pero también el hecho de que sean representativos del paisaje humano. Está Antonio, el carbonero, que es la memoria del barrio y conoce la historia de cada ruina, de los orígenes. Pero también está el polo opuesto, el señor Nicolás, que está asociado a los nuevos bloques de la ciudad dormitorio, los cuales crecen y carecen de esa memoria. Está representada la pagesía catalana, pero también los emigrantes que llegaron del sur de España, las distintas olas migratorias globales de nuestro días, o quienes llegan por las heridas más recientes, como las mujeres ucranianas que nos hablan de las contiendas del presente.
El rodaje ha durado alrededor de dos años y medio ¿Cómo ha ido mutando la idea con la que partías para hacer el documental a medida que te dejabas influenciar por estos vecinos?
Totalmente. Te diría que no es que haya cambiado, porque más que una idea, al principio sentía una atmósfera, algo muy vago. Empecé a trabajar sin un guion, con una predisposición de encuentro, una búsqueda. Trabajo mucho desde esta unión. Hacer una película es una búsqueda. Voy encontrando esos motivos y son ellos, los vecinos, los que me van ampliando los horizontes. Siempre me gusta entender las películas como una manera de pactar con el azar.

En 2026, dentro del panorama del cine español ¿cómo es sacar adelante un proyecto que se da tiempo para encontrar algo que tú mismo desconoces?
Se ha de hacer desde una lógica absolutamente anticapitalista. No hay nada más improductivo que dedicar dos años y medio largos a hacer una película. Porque además, mi salario es el mismo que si la hiciera en dos meses. Pero para mí el tiempo improductivo es sagrado. Yo he ido de vez en cuando con las cámaras y mi equipo a rodar a Vallbona, pero lo que ha sido muy importante es estar muchos días allí sin cámaras. Solo para estar en el bar, para charlar, para observar. Sabiendo que si después obtengo algo valioso es también gracias a esa relación gestada en eso que llamaríamos tiempo improductivo. Para mí es importantísimo, pero es incomprensible desde una lógica capitalista.
En las imágenes que consigues siempre hay poesía. Si hablamos de Historias del buen valle pienso, por ejemplo, en ese fotograma espectacular de un señor con boina y bastón que mira al barrio desde un montículo. ¿Esto también nace únicamente de la paciencia?
Es una secuencia de diálogos con este señor. En la medida que él cree, porque así me lo dijo en el casting sin yo conocerlo, que una película de Vallbona debería de ser un western. Me di cuenta de que era un poco mi alter ego, él es el soñador de las películas y así lo traté. Entonces este plano de él contemplando cómo despierta el barrio, la ciudad en obras con el tren y todo esto. Esta idea es del observador, del señor Francesc. Nunca se me hubiera ocurrido la metáfora de las películas del oeste si él no me la hubiese dado. Porque es verdad que Vallbona conserva ese espacio asilvestrado, un poco salvaje. Es el único barrio de Barcelona donde puedes imaginarte a un forajido refugiándose. Hay espacio para la informalidad, para la espontaneidad dentro de la ciudad y es algo que está desapareciendo con las nuevas obras del tren de alta velocidad.
“No hay nada más improductivo que dedicar dos años y medio largos a hacer una película. Pero, para mí el tiempo improductivo es sagrado, aunque sea incomprensible desde una lógica capitalista.”
Ese es otro de los temas que aparece casi por casualidad: esa cara B del progreso, ese perjuicio que también causa la modernidad en el pueblo. Bueno, en el barrio, disculpa.
No, pero claro, tienes razón en esa confusión. Porque se vive esa tensión entre lo rural y lo urbano. Quizás es una de las pocas cosas que tienen en común todos los personajes. Siendo tan diversos, todos proceden del mundo campesino perdido y no han sabido o no han querido saber integrarse en la nueva ciudad en expansión a la que pertenecen. Están en esta situación de desarraigo, de terreno de nadie. Excepto los jóvenes, que no se pueden pagar un alquiler o han llegado por desahucios y políticas de vivienda.
La poética está en saber estar atento a lo que te dan los vecinos. Por ejemplo, Fátima, la gitana portuguesa, asigna un valor poético a cada flor, a un árbol seco. Cuando camina siempre lleva consigo un ramillete de algo, de tomillo, de romero, unas mimosas que ha encontrado. Para ella todo tiene significado. Es muy bonito ir a favor de eso. Si eres respetuoso con la realidad, siempre es generosa.
La poética está en saber estar atento a lo que te dan los vecinos. Por ejemplo, Fátima, la gitana portuguesa, asigna un valor poético a cada flor, a un árbol seco. Cuando camina siempre lleva consigo un ramillete de algo, de tomillo, de romero, unas mimosas que ha encontrado. Para ella todo tiene significado. Es muy bonito ir a favor de eso. Si eres respetuoso con la realidad, siempre es generosa.
Como una pregunta que se menciona muchas veces en el documental, te pregunto a ti ¿tú hablas con las plantas?
Por supuesto. Claro, yo no hago películas a priori para denunciar algo, sino para descubrir algo. Hago películas para que me transformen a mí, y una de las consecuencias es que ahora hablo con las plantas.



