Una carta de amor a Madrid acuñada por el Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana. Hugo 24, que llega a las salas esta semana, cuenta la historia de un pobre diablo (Arón Piper) del barrio de Tetuán al que la vida le pasa por encima. El segundo largometraje de Luc Knowles es un drama social carente de sutilezas, donde la denuncia fagocita al relato.
En la víspera de su vigesimocuarto cumpleaños, Hugo tendrá tan solo 24 horas para superar su pasotismo y reunir el dinero suficiente para que no le desahucien. Acompañado tanto en la ficción como en la realidad por su mejor amigo, Manu (Marco Cáceres), el personaje de Arón Piper irá dando tumbos a contrarreloj a lo largo de la periferia norte madrileña. La de Hugo es una carrera para madurar y cumplir su sueño: trabajar de comercial en Tecnocasa.
Piper debuta como productor en un filme independiente que apuesta por el retrato de una generación atravesada por la misma crisis. Hugo 24 hace guiños al cine social de los 80 y los 2000, ese donde los héroes llevaban camisa de tirantes y se llamaban “El Pirri” o Juanjo Ballesta. Sin embargo, termina siendo una monserga sobre la crisis de la vivienda, donde la problemática eclipsa a unos personajes poco genuinos y a una trama que avanza a trompicones.
Knowles promete una película frenética desde su sinopsis. Concatena una cuenta atrás tras otra en la capital y mira hacia el barrio madrileño como un ecosistema en constante movimiento, un caos que se abalanza sobre sus personajes. Sin embargo, la película divaga entre dos aguas, entre dos ritmos desacompasados. Es difícil encontrar armonía entre la sinfonía urbana de Gran Vía y la urgencia de dos personajes a los que no les sobran las horas del día.
Pero Hugo 24 también es una oda a Madrid. Un filme luminoso que imprime en la periferia madrileña la nostalgia del fotoquímico. Combina lentes de gran angular y teleobjetivos temblorosos para jugar a un naturalismo urbano que ya se podía ver en El odio. Es una película que, como la dirigida por Mathieu Kassovitz, crece en el aburrimiento y la amistad de Hugo y Manu.
Arón Piper se gusta y gusta a la cámara. Pero a su personaje, Hugo Fernández, no le pasa lo mismo. Él es como presagia su nombre: demasiado genérico. “¿Qué es lo que tengo bueno?”, le pregunta a su mejor amigo Manu antes de una entrevista de trabajo. “Tienes tú muchas cosas”, o algo así le responde él para salir del paso.
Sin embargo, ante la falta de autenticidad de Hugo, es en sus largas conversaciones donde su Sancho Panza consigue brillar. Marco Cáceres se gana la simpatía de la cámara con un personaje verborreico con deje andaluz, salero y matices problemáticos.
La verdadera pregunta que debería hacerse la película es: ¿Qué tiene de malo Hugo Fernández? Porque sin defectos auténticos cuesta enamorarse de un Arón Piper que tan solo parece tener mala suerte. Incluso si ves la película en un momento vital similar, incluso el día de antes de cumplir también los veinticuatro, y lo digo por experiencia.
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