Quedar con Hodei Herreros no es fácil. Entre exposiciones, procesos de producción y proyectos que no dejan de crecer, encontrar un hueco en su agenda se vuelve casi tan complejo como algunas de las preguntas que atraviesan su obra. Aun así, conseguimos coincidir con ella y preguntarle, entre muchas otras cosas, por la sesión fotográfica que ha realizado junto a Daniel Santolo Franco, cuyas imágenes publicamos aquí en exclusiva. Las fotos, lejos de funcionar solo como retrato, dialogan con su universo escultórico y conceptual, convirtiéndose en el punto de partida perfecto para hablar de su trabajo y del momento creativo en el que se encuentra.
Actualmente, Hodei presenta The Voiceless Voice of the Girls en La Casa Encendida de Madrid, dentro del Premio Generación 2026. En sus esculturas e instalaciones, Hodei investiga la feminidad desde la estética, la cosmética y el cuerpo, abordando la belleza como construcción cultural y como espacio de resistencia. En esta ocasión, la voz femenina (su materialidad, su percepción y su silenciamiento) se convierte en materia plástica: bocas que hablan, que se maquillan, que se repiten en coro y que transforman el gesto íntimo en acción colectiva. Una obra donde lo escultórico, lo ritual y lo político se entrelazan para dar forma a voces que reclaman ocupar espacio.
Hodei_Herreros_1.jpg
Tienes una formación artística muy extensa y seguro que has explorado muchas formas de expresión. ¿Qué te llevó a elegir la escultura y la instalación como lenguajes principales, y no otros medios?
Surgió de una manera muy orgánica. Desde pequeña, mi juguete favorito han sido los legos y, en general, los juegos de construcción, aunque es cierto que los lenguajes que empecé trabajando desde una intencionalidad artística, amateur, pero intencionalidad al fin y al cabo, fueron el dibujo y la escritura. Creo que esa influencia de lo narrativo y lo ilustrativo es algo que se observa, incluso hoy, en mi forma de hacer escultura.
Supongo que mi interés por la escultura nació de un deseo de materializar las cosas, las ideas, de construir objetos y espacios que dialogaran directamente con el mundo, en el mismo plano de realidad que una mesa, una silla, una columna o mi propio cuerpo. Que no se pudieran percibir únicamente con la vista, sino también mediante la dimensión táctil. Esta fisicidad no la podía lograr con otros lenguajes como la literatura o el dibujo, que trabajan en el plano imaginativo y bidimensional, respectivamente. También me influyó mucho un profesor maravilloso que tuve en mi primer curso del Grado en Bellas Artes en Granada, Alfonso del Río, que me contagió la pasión por lo escultórico y por la capacidad material y formal de las cosas.
¿Qué aprendiste de estos años de formación que hoy decides conscientemente cuestionar o desaprender?
Tuve la suerte (o la desgracia) de formarme en dos contextos muy diferentes, incluso opuestos en algunos casos, como Granada, donde estudié la carrera, y Bilbao, donde cursé el máster, que me han enriquecido mucho, pero contra los que también he tenido que rebelarme en cierta forma. De Granada me llevo un valioso aprendizaje en torno a la importancia de la complejidad, la narrativa como aliada de lo formal, las capas de lectura del arte y un cierto aire místico. También el hecho de ser capaz de articular un discurso sólido en torno a mi trabajo, es decir, un rigor conceptual.
Del contexto vasco me llevo el rigor formal a la hora de articular los materiales de trabajo, así como la libertad de no tener que justificar teóricamente todo lo que hago, de dejarme llevar por “un deseo de forma”, como diría el comisario Aimar Arriola. Hacer por el gusto de hacer y después ir encontrando, casi como un juego de pistas, poco a poco el sentido. A la vez he tenido que enfrentarme, sobre todo en Bilbao, a una escuela de pensamiento artístico, a mi parecer un tanto anquilosada en ciertas ideas de la modernidad ya superadas, como la autonomía del objeto, el peso, la masa y el levantamiento como condiciones esenciales de la escultura, la narrativa y el concepto como opuestos a lo material. Valores un tanto esencialistas, masculinos, con los que yo no comulgo en absoluto y que siento que restringen en cierta forma las posibilidades del arte contemporáneo y de la escultura especialmente.
En ese sentido, yo tiré por otro camino donde lo ornamental y lo estructural se entrelazan; las formas y los materiales son ligeros, planos, escenográficos, desmontables en muchos casos, casi como ejercicios de bricolaje. También fui incorporando un elemento que ahora es fundamental en mi práctica, que es el maquillaje, y en general los materiales cosméticos, una respuesta directa frente a esos valores masculinos de la escultura más tradicional desde mi propia experiencia femenina cotidiana. Reivindicar la feminidad en el arte como posicionamiento político y formal.
¿Hubo alguna obra temprana que ahora veas como una semilla clara de lo que haces hoy?
Desde bastante pronto en la facultad empecé a desarrollar un cierto ‘estilo personal’ y un interés por ciertos materiales, técnicas, formas y conceptos que han ido evolucionando hasta ahora y seguirán haciéndolo. Pero quizás el proyecto que considero un punto de inflexión o semilla de mi trabajo actual fue Las comensales. Una propuesta ornamental para Orgoreyn, una exposición realizada en Espacio Fuentenueva (Granada) justo al terminar la carrera, en verano de 2022, y que fue concebida como una instalación total donde empecé a trabajar con la idea de ornamento como estructura y del ensamblaje de siluetas planas de cartón. Ahí sentí que había encontrado algo; aún no sabía muy bien qué era, pero era algo clave. Como si hubiera conseguido por fin unir mis intereses teóricos y plásticos sin supeditar unos a los otros, de una forma orgánica.
Hablas a menudo de siluetas, contornos y superficies: ¿qué te interesa de aquello que parece plano pero insiste en ocupar espacio?
Creo que hay algo muy potente en la forma que no debería ocupar espacio y, sin embargo, lo ocupa. Cuando pensamos en escultura, normalmente lo primero que se nos viene a la cabeza es un objeto de bulto redondo, exento, volumétrico e incluso pesado. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando un objeto plano, que en un principio pertenecería a la dimensión del dibujo o la imagen, sale de la pared y se coloca en medio del espacio, adquiriendo volumen y presencia? Se puede establecer un símil con muchos otros cuerpos a los que también se nos ha negado la ocupación del espacio, como por ejemplo las mujeres o las personas LGTBIQ+.
También me interesa mucho la silueta como presencia inquietante, casi como el augurio de un cuerpo que aún no vemos, pero que anticipamos. Una sombra solo definida por su contorno. ¿Y si de repente esa sombra no pertenece a ningún cuerpo físico, sino que es el cuerpo en sí mismo? Hay algo de misterio sin resolver en la idea de silueta que define mi modo de entender el arte: algo abierto a la duda, la posibilidad y la incertidumbre, sin un significado claro. Algo a lo que no podemos acceder directamente, solo dando un rodeo, recorriendo sus contornos, variando nuestra propia perspectiva.
Por último, la superficie se relaciona directamente con la piel, con lo epidérmico. Como dice la ensayista y poeta canadiense Daphné B., “la superficie no es superficial, es lo que nos conecta con el mundo”. A través de la piel tocamos y nos tocan. Esta idea dicotómica de profundidad vs. superficie es bastante errónea realmente y me atrevería a decir que hasta misógina, ya que lo masculino se asocia a lo primero y lo femenino a lo segundo. Las superficies son redes conectivas brutales que permiten el contacto con otros cuerpos y objetos.
“Mi interés por la escultura nació de un deseo de materializar las cosas, las ideas, de construir objetos y espacios que dialogaran directamente con el mundo.”
En tu obra, los conceptos de belleza y feminidad están muy presentes, pero no necesariamente en la forma convencional. ¿Cuál es tu idea de belleza y feminidad? ¿Cómo la intentas plasmar en tus piezas?
El problema reside en que nos han vendido la idea de que hay una única feminidad cuando realmente hay múltiples, al contrario de lo que pasa con la masculinidad, que nos han dicho que existen muchas y realmente solo hay una, la hegemónica. La feminidad no es una invención del patriarcado, sino un patrimonio de las mujeres y las disidencias de género. Es desde esa posición desde la que me coloco a la hora de realizar mis piezas.
Hay un término que utilizo mucho y que creo que resume bien todo esto: feminidad autogestionada. Una feminidad que no es dócil como nos han contado, sino que es poderosa, indomable y orgullosa, y que nos pertenece únicamente a las mujeres. Desde, por y para nosotras. Para mí la feminidad es una forma de estar en el mundo, de entender mi cuerpo y mi trabajo, mis relaciones y mi estética. También es una forma de conocimiento y un lugar desde el que construir comunidad a través de gestos compartidos por gran parte de la población femenina, como el embellecerse. Actos como el maquillarse, por ejemplo, implican un autocuidado y autoconocimiento del propio cuerpo brutal. De sus superficies y contornos. 
Totalmente.
El otro día vi en el metro a una pareja heterosexual; ella se estaba retocando el maquillaje con un espejito de mano, observándose y dándose forma, mientras el chico la observaba con una cara de completo desconocimiento. Otro ejemplo son los salones de belleza o las peluquerías, que han sido lugares de sociabilidad femenina, lo que hoy llamaríamos desde el feminismo espacios seguros no mixtos, durante épocas donde las mujeres teníamos pocos espacios disponibles fuera del hogar.
La feminidad también es reconocer esta genealogía y hacerla nuestra. Negarse a masculinizarte para que te tomen en serio en ambientes profesionales, por ejemplo. Ir vestida a un congreso académico o a una inauguración importante con un vestido precioso, un escote de escándalo, unos pendientes grandes y unos labios rojos perfectos. Y demostrar que la belleza femenina no está reñida con la intelectualidad; todo lo contrario, es una forma de ampliar los límites del conocimiento y desdibujar las fronteras entre mente y cuerpo. 
En el arte también, imagino.
Me sorprende que haya tantos artistas trabajando con material industrial y automovilístico y tan pocos con material cosmético. Me hace preguntarme sobre qué valores de género tenemos inculcados y cómo los transmitimos a lo formal. Del mismo modo, intento revalorizar y aplicar este conocimiento feminizado a los objetos con los que trabajo a nivel plástico, convirtiendo el taller artístico en un salón de belleza donde huele a pintauñas y agua micelar, donde surgen vínculos entre cuerpos y materia y el concepto de la estética se parece más al de una esteticista que al de un señor de hace cien años que escribía muchos libros de filosofía que otros hombres han considerado importantes, pero que nunca supo qué se sentía al perfilarse el labio.
A lo largo de la historia, tanto a las mujeres como al arte se les ha exigido cumplir con cánones de belleza. Sin embargo, como hemos mencionado, lo estético puede asumir significados distintos para cada persona. ¿Te genera algún conflicto esta tensión a la hora de crear?
Creo que la belleza, como cualquier campo de conocimiento, provoca conflictos continuamente y ahí reside su potencial transformador. Hacerse cargo de la belleza hoy día es un trabajo complicado porque arrastramos una tradición de pensamiento ilustrado profundamente patriarcal, donde la belleza y la estética se presentan como opuestas a la razón y al conocimiento. A partir del siglo XVIII, con el nuevo orden burgués, todo lo relacionado con el ornamento deja de tener tanto una connotación de clase y pasa al terreno del género, asociándose a lo femenino. La belleza y el adorno empiezan a ser denostados y considerados por el sistema patriarcal dominante como algo frívolo, superficial, un signo de vacuidad en dicotomía y oposición con la profundidad intelectual que representaría lo masculino.
En palabras de mi amiga y periodista Noemí López Trujillo: “No es casual que la mirada masculina haya puesto tanto empeño en separar lo superficial de lo profundo cuando estas dos cuestiones no existen de forma disociada en el mundo material. Diseñar un sistema excluyente entre lo ético y lo estético beneficia a los hombres, que históricamente se han arrogado la hondura y la complejidad —representado por lo ético—, dejándonos el trocito de pastel más pequeño: lo estético, asociado a lo simple y trivial.”
Incluso algunos sectores feministas de segunda ola han comprado este discurso, en mi opinión simplista, de que la belleza es únicamente una imposición machista y que para liberarse y empoderarse hay que renegar de la feminidad y, por tanto, de la belleza. Pero renunciar a la feminidad conlleva negar todo un corpus de saberes y una genealogía compleja que nos pertenece históricamente a nosotras, significa masculinizarse y copiar los modos de hacer y de mostrarse del opresor. Y creo que ningún movimiento emancipatorio como es el feminismo debería incorporar en su agenda la palabra renuncia. 
“Como mujer artista, estoy atravesada en mi cuerpo por la idea de belleza, así que ¿por qué no usarla también como material en mi práctica artística a través de la cosmética? Creo que la belleza es algo poderoso, incluso radical.
Es una manera muy interesante de verlo.
Yo justamente, desde mi trabajo y mi experiencia vital, entiendo que la estética es ética y es política. La apariencia es parte de cómo nos mostramos al mundo, no tiene ese cariz de falsedad que se le presupone, sino que es parte indisoluble de la materialidad del mundo, por lo que no me genera conflicto en absoluto reivindicarla. De hecho, me ha resultado muy interesante la analogía que planteas en la pregunta entre el arte y las mujeres, ya que esta devaluación de la belleza e imposición canónica nos ha afectado, como bien dices, tanto a las mujeres como al arte de una forma muy parecida.
Las mujeres y el arte somos a nivel epistemológico lo mismo, un territorio susceptible de comprenderse y configurarse desde lo estético. La crítica al arte contemporáneo que dice que es una estafa o algo vacío y facilón es en el fondo un pensamiento misógino de quien no comprende el trabajo que hay detrás de la belleza, donde lo estético se entiende como inferior y en permanente estado de sospecha, de posibilidad de ser engañoso, igual que las mujeres que nos maquillamos mucho o vestimos de determinada manera. Como mujer artista, estoy atravesada en mi cuerpo por la idea de belleza, así que ¿por qué no usarla también como material en mi práctica artística a través de la cosmética? Creo que la belleza es algo poderoso, incluso radical, y ya es hora de empezar a valorarla y autogestionarla, igual que con la feminidad.
El maquillaje y los accesorios aparecen como mediadores entre cuerpo y escultura: ¿qué te interesa de esos elementos tradicionalmente asociados a lo femenino?
Realmente, más que mediadores, son elementos esenciales en mi escultura y en mi cuerpo. No los entiendo como algo accesorio, sino como una parte estructural tanto de la construcción de mi subjetividad como individuo como de mi obra plástica. Me interesan porque son materiales que utilizo regularmente en el cuerpo y me permiten, de alguna manera, compartir ciertos rituales de belleza propios con las piezas. Una forma de establecer un vínculo de igual a igual con el objeto, de cuidarlo, de embellecerlo. Un devenir cuerpo a través de estos saberes, gestos y elementos feminizados y tradicionalmente menospreciados.
Me cuesta entender el arte que no atraviesa la experiencia material del cuerpo que lo produce. Yo, como mujer femme, considero lógico integrar estos elementos que forman parte de mi experiencia del mundo en la práctica artística, tal y como comentaba en la anterior pregunta. No es que me vista o me maquille con los colores y formas de mis piezas, más bien es al revés. Tampoco hay una intención abiertamente activista, simplemente, estos elementos forman parte de mi imaginario cotidiano, y del imaginario de muchas mujeres, y por tanto constituyen un material base con el que trabajo plásticamente en el taller. Soy femenina y mi obra es femenina.
Recientemente has hecho una sesión fotográfica con Daniel Santolo, ¿cómo nace esta colaboración y desde qué lugar se plantea?
Nace de la exposición colectiva ¿Habitar el cuerpo? en la galería Sorondo Projects de Barcelona, comisariada por Juliana Sorondo, donde participamos ambos. Ahí nos conocemos y empezamos a construir una amistad y una admiración mutua por la obra del otro. Nos damos cuenta de que, a pesar de venir de campos diferentes, la escultura y la fotografía, nuestros trabajos tienen varios puntos en común en el hecho de hablar del cuerpo desde cierta abstracción del mismo, un interés por lo escenográfico y una especial atención a la delicadeza, el refinamiento y la simplicidad formal de nuestros acabados.
Es desde esa sensibilidad compartida que Daniel me propone realizar un proyecto juntos consistente en una sesión fotográfica junto a mis piezas, activando (o mejor dicho, encuerpando) de alguna manera lo escultórico. La idea era crear, desde su mirada fotográfica, un encuentro con las relaciones que se establecen entre mi cuerpo de trabajo artístico y mi cuerpo femenino, donde el ornamento aparece como elemento estructural tanto de la escultura como de la experiencia vital. Un ensayo visual que une obra y cuerpo en un mismo gesto, un gesto donde el arte deviene en extensión física y emocional a través del vestuario, el maquillaje, la escenografía y los accesorios que compartimos mis piezas y yo. Una búsqueda de arquitectura corporal que explora los vínculos cuerpo-objeto-feminidad.
En este ensayo visual, tus obras se han alejado de su realidad propia para formar parte de ti misma y de tu cuerpo; este no documenta la obra, sino que dialoga con ella: ¿cómo fue para ti ocupar ese lugar?
Fue en parte una salida de mi zona de confort, ya que no suelo incluir mi propio cuerpo en el trabajo plástico, pero a la vez fue muy orgánico. Mi obra habla continuamente, aunque no de manera explícita, de lo corporal y de los elementos que acompañan, moldean y componen ese cuerpo, así que el hecho de incluirme y dialogar con mis piezas lo viví como un paso natural y lógico. Muchos de los materiales cosméticos que utilizo en las obras están diseñados para el cuerpo y los utilizo en mi acicalamiento cotidiano, así que ocupar el lugar de ‘convertirme en una escultura más’ tenía mucho sentido.
El cuerpo y el objeto están mucho más cerca de lo que pensamos. Ayudó también el cuidado, la libertad y la confianza que me dio Daniel y todo el equipo de maquillaje, iluminación, estilismo, etc. Me gusta pensar en esta sesión de fotos como un diálogo no solo entre mi cuerpo y las piezas, sino también entre todas las personas que formamos parte de aquella experiencia.
“Me cuesta entender el arte que no atraviesa la experiencia material del cuerpo que lo produce. Soy femenina y mi obra es femenina.”
La relación entre arte y fotografía es más estrecha de lo que parece, desde fotografías de otras obras, objetos o cuerpos que se usan como referencias, hasta las que sacan los espectadores que van a ver una exposición para guardarlas de recuerdo. Pero en el caso de la sesión con Santolo, esto va más allá del simple retrato de tus obras; es una colaboración entre dos artistas que fusionan sus creaciones para dar luz a una nueva pieza. ¿Qué has aprendido de esta colaboración?
Completamente. Es un trabajo colaborativo donde ambos nos hemos mirado y reconocido en el otro. En el arte a veces nos obsesionamos por separar todo en disciplinas (que si escultura, fotografía, vídeo, pintura, dibujo) cuando realmente en la creación contemporánea está todo mucho más mezclado, es todo más multidisciplinar. Entiendo las fotografías de Daniel como escenas escultóricas que rozan la materialidad de la imagen más que desde la idea representacional clásica de la fotografía, igual que mis esculturas tienen mucho de dibujo, escenografía e incluso de pintura.
Trabajar con Daniel ha sido una experiencia preciosa que me ha enriquecido muchísimo, pero sí que destacaría el hecho de aprender a trabajar en colectivo, de involucrar a más gente en los procesos, que es una cosa a la que en las artes plásticas no estamos tan acostumbrados (como sí en el cine o en la música) y que aporta perspectivas y posibilidades muy interesantes.
¿Te interesa seguir trabajando con otros artistas desde la colaboración íntima, como en este caso?
Sí. De hecho, ahora mismo me encuentro realizando un proyecto en Matadero Madrid en torno a la idea de genealogía femenina y feminista, donde tengo pensado incluir a varias amigas artistas, músicas y escritoras que han influido profundamente en mi trabajo y realizar varias obras conjuntas donde poder ‘devolverles’ simbólicamente todo lo que ellas inconscientemente me han dado. Creo firmemente en la capacidad del arte y la cultura para generar vínculos y construir comunidad desde unos intereses compartidos.
Acabas de presentar The Voiceless Voice of the Girls, el resultado de una performance y una instalación en La Casa Encendida en Madrid. ¿Nos puedes hablar de este proyecto y de lo que te depara el 2026?
The Voiceless Voice of the Girls es el primer capítulo de una investigación plástica sobre las implicaciones materiales de la voz femenina. Forma parte de la exposición del premio Generación 2026, comisariada por Andrea Muniáin, que se puede visitar en La Casa Encendida hasta el 19 de abril. El proyecto surge de los ejercicios de logopedia de feminización vocal para mujeres trans que yo misma realizo y a partir de ahí comienzo a interesarme por las capacidades plásticas de la voz, cómo los tonos vocales tienen que ver con algo físico como es la flexibilidad de la laringe y que eso, al igual que la materia escultórica o el cuerpo, se puede moldear y transformar.
Todo el proyecto se articula alrededor de la boca como órgano por donde sale la voz y la idea de coro, de varias bocas/voces que construyen una voz femenina común que se haga escuchar en el espacio. También está muy presente el gesto de pintarse los labios como un acto de embellecimiento que hemos realizado gran parte de las mujeres y que permite construir una comunidad en torno a ello. Me pregunto si es la misma voz la emitida por una boca maquillada que por una boca sin maquillar. ¿Qué hace a una voz ser percibida como femenina y qué implicaciones tiene esa percepción? ¿Hay voces más silenciadas que otras? ¿Hay bocas más silenciadas que otras?
Todas estas cuestiones se materializan en una instalación donde se mezcla el registro audiovisual de una acción basada en ejercicios logopédicos e interpretada por un coro de siete mujeres trans y cis, con varias piezas escultóricas que van rodeando y acercándose de diferentes formas a lo coral y a los rituales de feminidad como formas de resistencia ante el intento de silenciar las voces de las mujeres. La voz tomando presencia, haciéndose carne, cuerpo y objeto. Pero más que describirlo, os invito a acercaros a La Casa Encendida y verlo/escucharlo en directo.
En cuanto al 2026, lo cierto es que tengo bastante trabajo. Aparte del proceso que estoy realizando en Matadero Madrid, que compagino con mi investigación de tesis doctoral, estaré presente en la feria ARCOmadrid a principios de marzo; en verano pasaré un mes en Lanzarote gracias a la residencia Nautilus y, además, estoy preparando dos exposiciones individuales para la galería Artnueve en Murcia y la galería El Chico en Madrid, para principios-mediados de 2027, y un proyecto con las becas INJUVE. Así que nada, ¡toca seguir trabajando!
Hodei_Herreros_2.jpg
Hodei_Herreros_5.jpg
Hodei_Herreros_6.jpg
Hodei_Herreros_7.jpg