Geese es lo mejor que le ha pasado a la música en los últimos años y Cameron Winter es DIOS. Así, en mayúsculas y sin matices. Y no pienso discutirlo con nadie. Desde luego no con todos aquellos que tuvieron la suerte de asistir al concierto que los de Brooklyn dieron ayer en Paral·lel 62 dentro de los conciertos de Primavera a la Ciutat. Si eres de los afortunados que van hoy al Primavera Sound, tienes una nueva oportunidad para descubrir por qué Geese es la banda sobre la que todo el mundo habla. Así que aprovéchala. Pero no solo eso: el concierto en solitario de Cameron Winter en el Auditori horas antes es sin duda uno de los más esperados del festival. Si no vas, cuánto lo siento.
Cameron Winter, Emily Green, Max Bassin y Dominic DiGesu pisaban el escenario poco después de las ocho para regocijo del personal. No vamos a poder dar suficientemente las gracias al Primavera Sound por hacer posible que veamos a Geese en un espacio pequeño, en un club como los que recorrieron los neoyorquinos por Europa para presentar su celebrado tercer álbum, Getting Killed, un disco rotundo, libre y anguloso, desquiciado a ratos y, otros, profundamente conmovedor, que ha disparado la popularidad de la banda desde 3D Country. También ha sido clave en la evolución de su sonido el trabajo como solista de Cameron Winter, cuyo único disco en solitario, el fantástico Heavy Metal, sirve como puente para entender el salto sonoro que supone Getting Killed. ¿Y de qué hablamos cuando hablamos de sonido? Hablamos de todo: de punk y post-punk, de noise, de country y de blues, hablamos de rock clásico y progresivo, hablamos de jazz, hablamos de composiciones que se saltan toda lógica posible, de canciones que manejan como les da la gana, canciones que se expanden hasta llenar el último rincón de la sala, que se introducen en tu cerebro hasta el último recoveco para quedarse a vivir allí. Y salir, por ejemplo, coreadas a pulmón en conciertos como el que ayer se vivió en Barcelona.
El llenazo absoluto ya se preveía antes de poder pillar la entrada. Duraron apenas unos minutos. En la sala, el escenario vacío, sin artificios, sin pantallas, no las necesitan. Y eso sí, un sonido magnífico, perfecto para amplificar a una banda que se crece y mucho en las distancias cortas. Veremos en el festival con qué volumen pueden tocar, porque, inciso: ayer Wet Leg sonó muy flojito, esperemos que no suceda lo mismo hoy. Pero volvamos al concierto, a Cameron Winter y a lo versátil de su voz, a Emily Green no solo por su destreza, ¿se puede ser más cool tocando una guitarra? Volvamos a todo el público entregado desde el primer momento que se desgañitaba en los temas más populares, Au Pays du Cocaine y Cobra, callaba hasta el silencio absoluto cuando la ocasión lo requería o irrumpía en pogos, más bien comedidos, todo hay que decirlo, porque sí, Geese también se baila. Y vaya si bailamos con I See Myself y Cowboy Nudes, explotamos de emoción con Taxes y nos dejamos arrollar con 2122 y Trinidad, en un final apoteósico que no por esperado resultó menos sublime.

Cameron Winter tiene planta, tiene actitud, tiene voz, tiene eso tan raro de encontrar, talento. Tiene también una edad insultante, 24 años, para atesorar ya tres álbumes con Geese y uno en solitario, para haber mamado la música que otros no escucharían ni en tres vidas, pero que estos cuatro amigos de Brooklyn se han debido meter en vena desde su adolescencia. Solo así puede entenderse la trayectoria de esta banda, que quizá nunca llegue al mainstream por lo (supuestamente) inaccesible de su música, que quizá viva siempre en el Olimpo de lo indie, del nicho, de lo raro, pero que ojalá no; no porque no merezcan ser escuchados por más gente, que también, sino porque más gente merece y necesita escucharles.
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