Somos menos complejos de lo que nos atribuimos, por mucho que nos guste diferenciarnos de los demás. Al fin y al cabo, todos tenemos las mismas inseguridades, preguntas y secretos; así ha sido a lo largo de toda la historia. Con la película Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Azorín, nos adentramos en una línea temporal que parece diluirse sin que nos demos cuenta. Unas termas romanas que parecen tener un efecto extraño en aquellos que las visitan, unos amigos que empiezan a confesarse miedos entre ellos. ¿Será el efecto de esas termas? ¿O acaso es el tiempo replegándose sobre sí mismo como vapor sobre la piel?
Con Gabriel Azorín indagamos en ese espacio suspendido entre la piedra húmeda y la noche sin horizonte, donde los cuerpos dejan de pertenecer a una época concreta y se convierten en vestigios vivos de algo que siempre ha estado ahí: la necesidad de ser vistos, de ser escuchados, de no desaparecer del todo en la memoria de otro. Porque, quizá, conquistar Tebas no es una hazaña épica, sino un gesto íntimo y silencioso: atreverse, por un instante, a habitar lo que nunca cambia. Tras su paso por festivales internacionales como Toronto, Venecia o Tallinn, y muchos galardones, ha encontrado en el D’A Film Festival de Barcelona una de sus recepciones más cálidas, con sesiones agotadas y consolidándose como una de las propuestas más singulares del certamen.
Quería empezar diciéndote lo mucho que me ha gustado Anoche conquisté Tebas, donde el tiempo no parece una línea sino un sedimento. ¿Sientes que el cine es la herramienta para demostrar que el pasado no es algo que quedó atrás, sino algo que está ocurriendo debajo de nuestra piel?
A mi modo de ver, toda película plantea un conflicto entre la linealidad y la circularidad del tiempo. Es en esa capacidad tan extraña que tiene el cine de presentarse como una experiencia fugaz y permanente a la vez, de recordarnos que la vida es efímera y, al mismo tiempo, cobijarnos en una temporalidad habitable y casi eterna, donde encuentro la razón de ser de Anoche conquisté Tebas.
Para mí, el cine tiene que ser una máquina de fascinación capaz de llevarte a lugares y situaciones que de otro modo no podrías vivir. Por eso me interesan los mundos alternativos y los universos paralelos. El pasado y el futuro, si se piensa bien, también pueden leerse como relatos posibles de otras realidades.
Hace poco leí El mejor de los mundos posibles, de Gabriel Ventura, un estudio sobre el fenómeno del reality shifting, una práctica que se popularizó durante el confinamiento entre comunidades jóvenes de TikTok y que mezcla meditación, escritura y proyección imaginaria para habitar una realidad distinta. Hay muchas maneras de crear otras realidades, no hacen falta grandes efectos especiales. A veces basta un buen relato oral. Los shifters lo hacen tumbados en sus camas.
La película habita un espacio liminal entre lo contemporáneo y lo antiguo. ¿Cómo trabajaste la puesta en escena para que los cuerpos de los soldados romanos y los de los jóvenes actuales no se miraran como extraños sino como reflejos?
La puesta en escena trabaja sobre todo con dinámicas grupales: coreografías de cuerpos que entran y salen del encuadre y le dan un ritmo interno a la imagen. Jugamos con la profundidad de campo y con panorámicas que van revelando un mundo vivo. La cámara se demora en estos chicos tan jóvenes y llenos de energía que corren, ríen, se caen y, al mismo tiempo, muestra lo que los rodea. Pero llega la noche y, con ella, un proceso de sustracción. Desaparecen poco a poco los bañadores de estampados chillones, los móviles, los coches y todo aquello que connota contemporaneidad. Hasta que finalmente desaparece también la luz eléctrica. El horizonte se borra y solo quedan los cuerpos en el agua.
Mi objetivo era construir un limbo en el que tuviéramos la ilusión de que el tiempo se ha detenido. El dispositivo, en el fondo, no puede ser más sencillo: cuerpos desnudos compartiendo el espacio y el tiempo de un plano cinematográfico. Aquí juega un papel fundamental la incorporación de Celso Giménez.
Háblanos más de él y qué papel ha jugado en la película.
Celso es dramaturgo y cofundador de la compañía La Tristura, que para mí es un referente de la escena teatral contemporánea. Recuerdo una noche en la que tomé dos decisiones que me hicieron muy feliz: que la película se llamara Anoche conquisté Tebas y pedirle a Celso que la escribiera conmigo. Nos unía ya una amistad de años y el deseo de trabajar juntos, pero lo más valioso fue la sintonía que apareció enseguida entre nosotros durante el proceso de escritura. Hasta el punto de que Celso terminó convirtiéndose en el consigliere de la película.
El espacio y los elementos que envuelven a los protagonistas juegan un papel muy importante pero de una forma muy sutil. Hay una melancolía táctil muy ligada al agua y a la piedra. ¿Qué intención hay detrás de este diálogo entre espacio y personajes? ¿Intentas cartografiar la soledad del hombre frente a la inmutabilidad del paisaje?
Durante mi estancia en la Elías Querejeta Zine Eskola, entre septiembre de 2018 y septiembre de 2019, descubrí el cine de Margarida Cordeiro y António Reis y me obsesioné con la capacidad que tiene un plano cinematográfico para revelar todos los tiempos que habitan un lugar; o, dicho de otro modo, para filmar distintos tiempos en un solo plano. Ellos materializaron esa intuición a través de lo que llamaban estratigrafías.
Joris Ivens describió así una escena de Ana (1982): “¡Flashbacks de cinco mil años! […] son las mismas personas, son los mismos movimientos de la humanidad que, al final, vuelven a este lugar”. Al leer ese fragmento pensé inmediatamente en las termas de Bande. Algo hizo clic en mi cabeza.
El valle en el que se encuentran tiene un aura misteriosa, hasta el punto de haberse convertido para mí en otro protagonista de la película. Me fascina pensar en las distintas civilizaciones que han dejado allí su huella y en que las ruinas del campamento romano y las termas pasen la mitad del año sumergidas bajo las aguas del embalse de As Conchas. Todo allí parece volver, transformarse y empezar de nuevo.
“La ficción me daba la posibilidad de hacer que unos amigos se dijeran cosas que yo no me he atrevido a decirle a los míos. Y ahí aparece una pregunta que, para mí, es casi la única importante: ¿cómo quieres vivir la única vida que vas a tener?”
Las termas de Bande no son solo un escenario sino un personaje que impone su propio ritmo: el vapor, el sonido del agua, la piedra mojada. ¿De qué manera el rodar en un entorno tan físico y sensorial condicionó tu forma de mirar con la cámara?
Conocí las termas una tarde de invierno de 2017. Lo primero que me impresionó fue el vapor que se elevaba del agua por el contraste de temperatura con el aire. Quienes llegaban o se marchaban iban muy abrigados, mientras que quienes estaban dentro de las piscinas apenas llevaban un bañador. Azuzado por el frío, decidí desnudarme y meterme en una de ellas. El calor del agua y la cadencia del vapor me llevaron a un estado de introspección muy placentero.
Como las termas están en mitad de un valle y por la noche no hay luz eléctrica, llegó un momento en que la oscuridad era absoluta. El vapor borraba cualquier posibilidad de distinguir el horizonte. Solo quedaba levantar la cabeza y mirar al cielo. Y vi el cielo estrellado más impresionante de mi vida. Al cabo de un rato pensé en la cantidad de personas que, antes que yo, habrían repetido ese mismo gesto en ese mismo lugar. Por un instante, me sentí en comunión con todas ellas.
¿Hubo algún momento en el que el lugar dictara una escena que no estaba planeada u os chocara?
En febrero de 2019 les propuse a compañeros de Lacasinegra volver a las termas con una cámara muy sensible a la luz. Llegamos por la tarde, nos bañamos hasta que cayó la noche y empezamos a grabar a unos chicos en una de las piscinas. Cuando revisamos el material, sentimos que habíamos encontrado algo que solo el cine podía captar: imágenes sin tiempo. Si quitábamos los móviles y los bañadores de colores chillones, la escena se volvía imposible de datar.
Si tuviera que decir qué nos dictaron las termas, diría que dos cosas. Por un lado, la necesidad de rodar en tiempo real la transición entre el día y la noche. Por otro, la secuencia del dron, que nos permitió filmar las ruinas del campamento romano desde arriba, donde adquieren una dimensión casi cartográfica.
El título tiene una resonancia épica, pero la película habita una intimidad sobrecogedora. Me interesó especialmente esa tensión entre los cuerpos; una electricidad que no es puramente sexual, sino que nace de una intimidad que parece no haber cambiado en dos mil años. De alguna forma, demuestras que seguimos siendo los mismos, con los mismos deseos, dudas y secretos. ¿Cómo sientes tú esa persistencia de lo humano a través de los siglos? ¿Crees que hay una memoria del cuerpo que nos conecta con los que estuvieron antes, una especie de coreografía que se repite?
Anoche conquisté Tebas está construida a partir de dos materiales: el hallazgo de las termas y mis relaciones de amistad con otros hombres. La película está protagonizada por dos parejas de amigos que temen perderse para siempre pero no se atreven a decirse lo que de verdad piensan. La ficción me daba la posibilidad de hacer que unos amigos se dijeran cosas que yo no me he atrevido a decirle a los míos. Y ahí aparece una pregunta que, para mí, es casi la única importante: ¿cómo quieres vivir la única vida que vas a tener?
A menudo se considera que la amistad pertenece a la juventud y que, al crecer, uno debe concentrarse en otras estructuras como la pareja, la familia o el trabajo. Marina Garcés escribe que la amistad es un vínculo singular porque es el único lazo social para el que no existe contrato. Y ahí hay algo revelador: la amistad no produce beneficio, no te ata jurídicamente, no se formaliza. Muchas veces, lo que haces con un amigo es perder el tiempo. Y eso, hoy, puede ser casi revolucionario. Me interesaba retratar esa intimidad entre hombres y mostrar una masculinidad vulnerable. Es reconfortante pensar que, por mucho que cambien las formas de vida, hay zonas de la experiencia humana que persisten.
Frente al cine épico que siempre filma al soldado en el fragor de la batalla, tú eliges filmar su espera, su descanso y su silencio. En la construcción de estos personajes, ¿qué buscabas en esos tiempos muertos? ¿Crees que es en el aburrimiento o en el reposo donde realmente se revela quiénes somos, tanto en el siglo II como ahora?
A mí lo que me parecen aburridas son las batallas. Ver a un hombre abrirse emocionalmente delante de su mejor amigo no solo me parece épico, sino también muy poco habitual en el cine. Una amiga, cuando vio el primer corte, me dijo que había hecho una película de ciencia ficción, no por la mezcla de épocas, sino porque casi nunca vemos a hombres mostrándose vulnerables en pantalla.
Me interesaba mirar a esos personajes en su tiempo libre, bañándose después de una jornada de trabajo, cuando ya no están haciendo Historia sino simplemente existiendo. Quizá es en ese reposo donde más se parecen a sí mismos. Ahí el soldado deja de ser una figura heroica o un asesino y se convierte en alguien como tú y como yo. Y aparece algo más frágil y verdadero: el miedo, el deseo, la necesidad de ser escuchado. Durante la documentación leí cartas de soldados romanos que no eran tan distintas de las actuales. Volvía a aparecer esa intuición de que somos los mismos. Me interesa un relato histórico que no represente a emperadores, sino a gente corriente.
“Muchas veces, lo que haces con un amigo es perder el tiempo. Y eso, hoy, puede ser casi revolucionario. Me interesaba retratar esa intimidad entre hombres y mostrar una masculinidad vulnerable.”
Desde tus inicios con el colectivo Lacasinegra, siempre ha habido una pulsión por cuestionar los límites de la imagen y el arte audiovisual. Tras este largo viaje hasta tu primer largometraje de ficción en solitario, ¿has descubierto si el cine sirve para encontrar la verdad o para inventar una mentira que sea más soportable? ¿Puede que ambas ideas vayan unidas?
Como espectador me atraen las películas humanistas y misteriosas que exploran el lenguaje sin caer en la solemnidad. Pero, sobre todo, me interesan las películas que te hacen salir del cine con ganas de ser mejor persona y que te acompañan durante un tiempo. Eso es lo que busco: películas que contengan algo que no puedas olvidar. También está la búsqueda de interlocutores: gente con la que compartir una cierta idea del mundo. Para eso sirve el cine. Y, parafraseando a Vicente Monroy, diría que sirve para hablar con los vivos y con los muertos a los que amas.
En tus trabajos anteriores te decantabas más por registrar la juventud de forma casi documental, pero en esta película lo cotidiano se siente más como un ritual antiguo. ¿Sientes que tu interés ha pasado de querer capturar el instante a buscar aquello que se repite y permanece a través del tiempo?
Creo que aquí buscaba capturar una sensación de soledad cósmica encarnada en los cuerpos de los protagonistas. Como en El sabor de las cerezas, de Abbas Kiarostami, un personaje atravesado por esa soledad nos guía por un territorio que adquiere una dimensión mítica. Las conversaciones parten de lo casual pero se abren a cuestiones más hondas. En ese sentido, la película no se limita a registrar un instante, sino que intenta encontrar algo que permanece. Por eso está hecha de palabra, de cuerpos y de agua.
Algunas de las escenas son muy largas, y no lo digo porque no me guste, al contrario. Es porque hoy en día el cine va cada vez más rápido, lleno de estímulos y con esa manía de llamar lentoa lo que simplemente requiere atención. ¿Cómo defiendes tú ese ritmo y qué crees que nos perdemos cuando no nos permitimos el tiempo de observar?
Mientras imaginaba la película, pensaba en gente bañándose en las termas y hablando como en un viaje largo por carretera: dos personas que miran al frente y encuentran una intimidad distinta. Ese es el ritmo de las termas, muy alejado del contemporáneo pero profundamente humano. Quería que los personajes hablaran con sinceridad y que el espectador pudiera ver el pensamiento en tiempo real: decir algo, sentir que no basta, corregirse, insistir. Me emociona ver a la gente conversar en el cine, junto con ver cómo dos personas se conocen. Puede que la película sea radical en su propuesta pero también es generosa: da espacio al espectador y lo introduce en un trance emocional. Y creo que necesita ser vista en pantalla grande.
Para terminar, si pudieras proyectar Anoche conquisté Tebas en un lugar concreto del mundo y sobre una superficie que no fuera una pantalla de cine, ¿dónde sería y por qué?
El lugar donde más ilusión me haría proyectarla sería en las propias termas de Bande. Me imagino una proyección nocturna en invierno, con la gente bañándose mientras la ve. Y si pudiera proyectarse sobre una pantalla de vapor, sería perfecto.
Después de haber explorado esta persistencia del tiempo y la memoria en la piel, ¿qué nuevas obsesiones están empezando a germinar en tu cabeza? Tras haber ‘conquistado Tebas’, ¿hacia dónde se dirige ahora tu mirada?
He dedicado siete años de mi vida a esta película, casi un ciclo entero. Y en ningún momento he sentido que me cansara de ella. Ha habido momentos difíciles pero nunca me he desenamorado.
Ahora necesito vaciarme y nutrirme de nuevo. Me dedicaré a la pedagogía y a trabajar en las películas de mis amigos. Quiero ser yo quien escuche ahora.
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