Cuando las ficciones nos sitúan a ras de suelo, a la altura de la infancia, pensamos que tenemos el privilegio de volver a mirar a lo desconocido desde la inocencia. En La misteriosa mirada del flamenco, que se estrena en cines españoles el 16 de enero, nos gobierna el instinto de Lidia, una niña criada en la ferocidad y la ternura de una comunidad queer. Es entre la aridez y el prejuicio del desierto chileno donde esta niña, interpretada por una recién descubierta Tamara Cortés, resiste a los reveses de la fascinación, la enfermedad y la violencia. Después de su paso y galardón en Cannes y con el ojo ya puesto en los Oscar, la rompedora ópera prima de Diego Céspedes plantea una llamada a la resistencia a partir de una familia que comparte todo menos los lazos de sangre. Una historia necesaria para no desaparecer frente a tanta hostilidad.
¿Cómo surge La misteriosa mirada del flamenco?
Siempre digo que es una mezcla de varias cosas, es una mutación de distintos gérmenes. Eso sí, escribo pensando en mi propia familia. Uno de los referentes principales era la relación de mis hermanos. Una de las primeras imágenes de la película surge cuando mi hermana pequeña le pintaba las uñas a mi hermano grande. Luego, para otra de las temáticas de la película, hay que tener en cuenta que yo no estaba vivo en la pandemia del Sida.
Vengo de los suburbios de Santiago de Chile, allí mis padres tenían una peluquería donde trabajaban con maricas de la zona. Todos murieron de SIDA. Recuerdo que a medida que iba creciendo mi madre, que estaba llena de prejuicios, me contaba estas historias terribles. Ahí había una enfermedad que me aterrorizaba, que no entendía, pero que existía. Después, cuando salí al mundo como maricón y empecé a conocer la parte brillante de esto, me pareció que existía un lugar luminoso del que no me habían hablado. Al descubrirlo, tuve la necesidad de contar esta otra parte que no era el miedo que vivimos, porque detrás de la gente muriendo en las camas había personas increíbles. Me parecía lindo.
Claro, porque la película habla sobre crear un espacio familiar por tu cuenta, un lugar de resistencia de lo queer a partir de la comunidad.
En el sistema en el que convivimos hoy se apunta hacia el individualismo. Pero es algo tremendamente antinatural, eso de intentar que un ser humano funcione por sí solo. Funcionamos en comunidad y esta película trae, de nuevo y en una forma bastante particular, esta reflexión. La necesidad de la comunidad, de encontrar, dar y recibir ternura. Es importante y todos lo necesitamos. De cualquier manera, para encontrar sentido en el mundo necesitamos al otro. Yo no me construyo sin el resto de la gente, y tenemos que volver a verlo así. De ahí nace la idea de que esta familia escogida sea el centro de la película.
En La misteriosa mirada del flamenco da la sensación de que el amor y la violencia son dos caras de la misma moneda.
Sí, creo que es así como nos relacionamos y como nos vamos construyendo. Las vidas son bien complejas y raras. En la película se exploran diferentes tipos de amor. Hay un amor maternal que es muy puro, que da protección sin obtener nada a cambio. También reflexiona sobre el amor romántico, claramente la relación de Flamenco está marcada por la violencia y el miedo. El miedo sobre todas las cosas. Después tenemos relaciones románticas como Clemente y Boa, que cambia, que habla sobre la posibilidad de conversar y cambiar. Los sentimientos nunca vienen solos, son una mezcla.
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¿Cómo crees que va a ser la recepción en Chile?
Sé que va a ser bien recibida por la comunidad porque hemos tenido algunas muestras. Pero claro, una película así no es de agrado para todo el público, pero es totalmente necesaria. Sabemos que vamos a enfrentar comentarios malos, pero de eso se trata, de resistir.
Ahora mismo la situación en Chile es convulsa con el cambio de gobierno a Kast.
Sí, de hecho, vamos a estrenar el día después de que él asuma la presidencia. En un Chile muy tenso, donde toda la prensa va a girar en torno a él. Lo que pienso es que así se hace aún más necesaria esta película. Va a ser tenso, pero si no contamos nuestras historias, desaparecemos; si no tenemos un discurso, desaparecemos. Es un acto de valentía, mío y de las chicas, que ponen sus caras en la película.
“Si no contamos nuestras historias, desaparecemos; si no tenemos un discurso, desaparecemos. Es un acto de valentía, mío y de las chicas, que ponen sus caras en la película.”
Hablando de las chicas, el de la película es un elenco de actrices y actores profesionales y no profesionales.
Sí, la mayoría son actrices naturales y una mezcla de actores profesionales, pero que en general no habían hecho tanto cine. Excepto el personaje de Luis Dubó, Clemente, que es el único. El resto son caras nuevas.
Son personajes con una poderosa energía en pantalla, tanto que cada uno podría tener su propio corto independiente, su spin-off. ¿Cómo fue trasladar los personajes del guion a las chicas?
Es un ensamblaje bien lento pero bien lindo. Por un proyecto en común vas construyendo una familia. Era un reparto diverso y cuando me preguntan cómo se dirigen no es una respuesta fácil, porque el método de dirección se adapta a la persona. Pero lo lindo fue construir una familia detrás y desde que empezamos los ensayos hasta el día de hoy no dejamos de hablar. Esa energía familiar que está en la pantalla, también está detrás. Entonces seguro que ahora los mensajes que me llegan en WhatsApp son de ellas diciéndome algo. Es una conexión constante.
¿Cómo fue esto con Flamenco, el personaje de Matías Catalán? Porque con muy poco tiempo en pantalla consigue tener una presencia muy grande en el filme.
Para Mati fue un trabajo bien sacrificado, pero él es muy talentoso y estudioso. El personaje de Flamenco no solamente tiene una identidad de género particular, tiene una enfermedad y también es un personaje dual. Se presenta como una madre protectora pero al mismo tiempo muy vulnerable cuando se trata del amor romántico. Él hizo mucho trabajo de observación, de conversar conmigo, de poner sus propios referentes, de encontrar un tono de voz particular que era el de Flamenco. Es un trabajo técnico, del día a día y que demoró tiempo. Desde eso, de encontrarse la voz hasta dejarse largo el pelo.
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¿Cómo aparece Tamara Cortés? Esa niña que dirige nuestra mirada a lo largo de toda la película.
Buscamos. Hicimos un casting a unas doscientas, trescientas niñas. Cuando llegó era muy el personaje, y además todo un talento. Para trabajar con niños tienes que encontrártelos con ese talento innato para estar delante de las cámaras. Una despreocupación de que hay una cámara encima, de alguien que no se incomoda con nada. Es buscar y desde ahí con los niños se trabaja poco. Hay que enseñarles cómo funciona lo básico y ellos naturalmente vuelan. De hecho, hay una escena particular en el clímax donde ella tiene que hacer varias acciones y pensaba que iba a tener que grabarla en distintos planos, pero recuerdo que la escena completa salió en una toma y es la que quedó. Trabajar con niños, si encuentras el correcto, es increíble.
Otras de las temáticas que aborda la película es la pandemia del VIH, pero en ningún momento se menciona la enfermedad de forma explícita.
Nunca se ha planteado decir la palabra, pero sí que se resolviera el misterio. La misteriosa mirada del flamenco no habla directamente sobre el SIDA y el VIH, habla sobre la resistencia. El no nombrarla fue una decisión. Porque el enemigo no tiene nombre de enfermedad, el enemigo es mayor. Tiene que ver con el prejuicio, con el miedo, con lo que está debajo de la alfombra de la sociedad. Cuando no lo nombras haces que el enemigo real tome más presencia.  Ese enemigo que es tan grande y viene de distintos personajes hace que crezca esta comunidad colorida y que también sea una película más universal y moderna. Estos personajes generan resistencia creando familia. Que es lo que necesitamos hoy.
¿Por qué crees que últimamente cineastas tan diversos como Carla Simón, Eduardo Casanova, o Julia Ducournau han coincidido en tratar la temática del VIH?
Creo que hablar y reflexionar sobre el pasado es construir un presente más digno, sobre todo en tiempos de crisis. Todos los artistas, directoras y directores generamos un discurso y, por supuesto, podemos sentir en la piel los discursos de odio. Pero no tienes que ser artista, si eres una persona mínimamente sensible lo entiendes. La del VIH-SIDA es una historia que ya vivimos en el pasado, pero después le pondrán otros nombres.
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