No siempre es sencillo cumplir con las expectativas. Ya conocía el Festival Internacional de Cine Curtocircuíto, que tuvo lugar del 30 de junio al 5 de julio en Santiago de Compostela, su importancia y lo que significa a nivel de cultura audiovisual. Pero, lejos de limitarse a cumplir con ideas preconcebidas, mi visita al Auditorio de Galicia fue mucho más allá de lo presencial.
Fue en la sala Mozart donde ocurrió lo imposible: la realidad se plegó sobre sí misma y las formas de concebirla convergieron. Entonces comprendí que estaba aprendiendo a habitar espacios de inmersión y que lo que estaba viviendo no se asemejaba a nada que hubiese experimentado antes. El viernes, en uno de los puntos álgidos del festival, apareció Lawrence Lek, de aspecto amable, presencia imponente y trato cercano. Comenzó a guiar la sala a través de sus obras, desde los inicios hasta sus últimos trabajos. Todos ellos, universos virtuales en los que la narrativa ambiental habla con voz propia.
El camino empezó en un parque de atracciones de Farsight Corporation, donde reinaba el contraste entre dinero y diversión. Todo el mundo era pudiente, todo era agradable, pero la sensación era que algo se escondía. Fue el preludio ideal antes de que, tras saltar a un casino del año 2065, los peores presagios se cumpliesen. Sin viajes, sin trabajo, sin dificultades, fricciones ni motivaciones, porque lo virtual era más real que la propia vida. “Antídoto para el dolor, elixir para el olvido” era el eslogan. Ahora eran la tecnología y la IA las que tenían inquietudes artísticas.
A medida que avanzaba el recorrido, todo se sumergía más en esa distopía: Notel Corporation, la isla paradisíaca Nepenthe… Era como estar presenciando la creación de una atmósfera en vivo y en directo. La pantalla dejó de serlo y, de repente, ya no estábamos en Santiago de Compostela, sino en un mundo paralelo y en un futuro en el que todo era distinto. Un futuro tan lejano que daba pavor lo cerca que se sentía. “Concibo mis mundos como realidades diferentes, no como ficciones”. Así lo definió el artista en la ponencia que siguió a la proyección. En ella, planteó cuestiones sobre la conciencia, la desconexión de la realidad, la autocomplacencia, la opresión y la indolencia. También hubo lugar para entender el proceso creativo que había detrás y cómo imagen, música y sonido dialogan para dar forma a esos mundos.
La catarsis culminó cuando poco después, y todavía asimilando la visión del mundo a la que Lawrence nos abrió las puertas, una propuesta radicalmente opuesta me produjo una sensación casi idéntica. Esta vez fue Carlos Casas quien nos transportó a las islas indonesias de Krakatoa. Su largometraje, Krakatoa, se inspira en la erupción producida en 1883 y en su estruendoso sonido, el mayor registrado hasta la fecha en la Tierra. De ritmo pausado y sin mediar palabra, comenzaba un nuevo viaje, pero esta vez a través de lo cotidiano. En unos minutos pasamos de conectar con el futuro a habitar una exploración cultural desde la faceta más antropológica del ser humano. El sonido del mar, de una sartén rehogando y del bambú crujiendo. Todos ellos fragmentados tras el estallido volcánico. Era un baile tan aparentemente sencillo como hipnótico, en un viaje auditivo que transcurría en paralelo al visual. La fotografía era tan excelsa como el tratamiento del color, la iluminación y el apartado sonoro. De un instante a otro estábamos naufragando entre postales.
Pero lo más cautivador fue descubrir el contraste entre las diferentes formas de inmersión que había experimentado, tan distintas y alejadas entre sí que era inconcebible cómo lograban transportar cuerpo y alma de una forma tan semejante.
Luego, Ryoichi Kurokawa elevó el formato Live AV para dar paso a Los Sara Fontán y Tamara de la Fuente entre loops, asfalto y neones. Frau Troffea terminaría de dar forma en el DJ set a una jornada que se convirtió en un viaje sensorial.
Por experiencias como estas, Curtocircuíto es un lugar para conectar, descubrir mundos que ni sabía que existían e impregnarse de una atmósfera a la que las palabras no harían justicia. Sanador, reflexivo y existencial, es ya por derecho propio una cita ineludible y un refugio a visitar cada año para reconectar con los sentidos.



