Oaxaca no es solo un estado de México. Es un estado mental. Sobre todo la costa oaxaqueña. Es difícil salir de ahí una vez visitas esta tierra bendecida por el Pacífico. El abrazo de aire cálido una vez llegas a Puerto Escondido, el mar bravo y salvaje de Zicatela, los atardeceres en Mazunte, la playa de Zipolite, el encanto de Puerto Ángel, las bahías de Huatulco, la belleza de Chacaua. No es fácil quedarse con un lugar, pero si tuviera que hacerlo, sin duda sería Mazunte. Y de nuevo, si tuviera que escoger donde quedarme allí, si tuviera que escoger solo un sitio, ese sería Cocolia. Un lugar de ensueño en medio de la naturaleza del que no querrás marchar. 
Una hora en coche separa la zona de Zicatela de Mazunte. Unos sesenta kilómetros por la carretera que sigue la costa yendo hacia San Pedro Pochutla, hasta que te desvías en el crucero de San Antonio para dirigirte a este pequeño enclave a orillas del Pacífico, donde no hace tanto vivían apenas unas mil personas. Las cosas han cambiado en los últimos años y el pueblo ha experimentado un crecimiento considerable, que se traduce en más gente, más establecimientos y más barullo, que se acrecienta en los periodos vacacionales sin que suponga, de momento, un gran problema. Fuera de esas épocas más bulliciosas, Mazunte es un lugar tranquilo que puedes recorrer a pie en apenas media hora, donde el tiempo transcurre sin prisas. Caminar por sus calles de tierra suelta y adoquín irregular es cruzarse con una mezcla muy particular de transeúntes: familias locales que llevan toda la vida ahí conviviendo con mochileros y hippies, nómadas digitales que alargan su visado indefinidamente, amantes de lo sostenible y la vida healthy o viajeros que llegaron buscando un parón temporal y terminaron abriendo un negocio. Esta comunidad tan heterogénea es la que ha moldeado la identidad actual del lugar. Hoy, entre las tiendas de abarrotes de toda la vida, se intercalan pequeños cafés que tuestan su propio grano, tienditas de artesanías y de cosmética natural, restaurantes donde manda la cocina de ingredientes orgánicos y tablones de anuncios forrados de carteles que ofrecen retiros de meditación, terapias alternativas y clases de yoga. Pero el verdadero tesoro de Mazunte sigue siendo la naturaleza. Basta con sentarse en la arena al final de la tarde o subir a los acantilados de Punta Cometa, para ver grupos de delfines en el horizonte. Y luego están las tortugas marinas, las dueñas originarias de esta franja de arena, que siguen saliendo del mar en la oscuridad para desovar, recordando a quien las observe que, a pesar de los cambios, la costa oaxaqueña sigue siendo un territorio salvaje. 
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En medio de esta naturaleza exuberante, allá en lo alto, donde la vegetación se convierte en selva, está Cocolia. Para llegar, tienes que tomar el camino empinado hacia Mermejita, mejor en coche aunque también puedes hacerlo a pie, despacio, disfrutando del paisaje, bien protegido para no sucumbir a un sol abrasador. Tienes muchas opciones de alojamiento en Mazunte, pero créeme si te digo que te habrás perdido lo mejor si dejas de venir aquí. Diseñado por Septiembre Arquitectura, Cocolia es de una belleza arrebatadora, un santuario abierto al cielo y en comunión con las montañas y el mar, que se erige alrededor de veintiocho bungalows construidos en perfecta armonía con el entorno, algunos de ellos con unas vistas al océano espectaculares. Cuenta además con dos piscinas, el espacio Shala destinado a hacer yoga y meditación, una mezcalería donde degustar también algunos platillos y el restaurante Cacao, un espacio abierto junto a la piscina principal con una propuesta de cocina más sofisticada, que celebra los sabores locales combinando tradición y creatividad. 
Todo aquí llama a la calma, al reposo, a la tranquilidad. Cada uno de los veintiocho bungalows mantiene su privacidad. Espaciosos, con la cama en el centro, duchas que miran a la selva y puertas correderas que, al abrirse de par en par, eliminan cualquier límite con el exterior. Aquí no encontrarás aire acondicionado (no hace falta gracias a la ventilación cruzada que mantiene las estancias frescas en todo momento), ni televisión; quién la necesita en un lugar así. Tampoco aparatos que consuman demasiado. La gestión de la energía es un tema serio. El hotel funciona de manera autónoma con paneles solares y también dispone de un sistema que capta el agua de la lluvia para posteriormente reutilizarla.
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Los días aquí imponen su propio ritmo, y casi sin darte cuenta entras en un estado de relajación que creías perdido para siempre. Despertarte con el sol y el canto de los pájaros y bajar a desayunar unos buenos chilaquiles o un par de huevos rancheros; luego, un poco de piscina, una degustación de mezcal o un paseo a Mermejita por un bonito sendero si os sentís más aventureros. Mermejita es una playa salvaje e imponente no apta para el baño, pero sí para unos paseos deliciosos cuando cae el sol. De vuelta al restaurante para la cena, podrás degustar platos como el ceviche de coco, el mole negro tradicional con pollo, el pulpo a los tres chiles, una sopa de frijol o pesca del día. También hay un horno de leña y unas pizzas que vale la pena probar. La de camarón con pulpo es buenísima.
Y si aquí los días son brillantes bajo un sol espléndido, las noches son todo un espectáculo. Porque la noche en la montaña oaxaqueña no es silenciosa. Hay cigarras, pájaros nocturnos, el crujido de las ramas secas, las olas a veces furiosas del océano. La oscuridad es densa, apenas alterada por una iluminación muy tenue en los senderos de piedra que comunican los diferentes bungalows, calculada al milímetro para no desorientar a la fauna local ni arruinar la visión del cielo estrellado, que desde aquí arriba se ve con una claridad insultante.
Y así, arrullado por las olas, te duermes y amaneces un día más en este paraíso. Y aunque quisieras quedarte aquí toda una vida, hay que guardar algo de tiempo para bajar al pueblo y dar un paseo en barca para ver delfines, a veces muchos, muchísimos, miles, para ir al santuario de tortugas y ayudar a liberar las crías en el mar, para hacer una excursión a Punta Cometa, para picotear aquí y allá en los muchos restaurantes que hacen de Mazunte un lugar perfecto para conocer la gastronomía mexicana a este lado del país. Lo sé, es difícil cansarte de esto. Pero nos vamos a tener que ir. Lo bueno es que siempre podremos regresar. Y ahí estará Cocolia de nuevo para recibirnos con ese ritual que da la bienvenida a todos los viajeros, un ritual lleno de magia que te conecta con esta tierra ancestral a la que irremediablemente querrás volver.
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