En el tercer día de 080 Barcelona Fashion, entre tanto despliegue de tendencias, extravagancia y ornamento, encontramos en la propuesta de Carlota Barrera un momento de reflexión, con una colección que se adentra y explora lo sutil en lo íntimo. No se trata de desnudar el cuerpo, sino de comprender lo que sucede cuando lo privado se expone, cuando los límites entre lo que se oculta y lo que se muestra se desdibujan. Desde esa premisa, la diseñadora plantea un estudio sobre el deseo, la vulnerabilidad y el control, reformulando la sastrería masculina desde dentro, haciendo visible lo que normalmente permanece oculto de una forma distinta a la que se acostumbra.
Incorporar elementos del armario tradicionalmente masculino dentro de colecciones femeninas o viceversa es algo a lo que estamos acostumbrados. La experimentación y la búsqueda por descubrir nuevas formas de borrar por completo las concepciones de género que han sido atribuidas a las prendas son cada vez más frecuentes, pero la forma de hacerlo es donde se lee la profundidad y la intención con la que el diseñador afronta esta tarea. Es fácil caer en lo literal, en los estereotipos; lo difícil es lograr un diálogo y una conexión casi intangible pero patente. El acto de vestirse es único y personal, pero ciertas prendas, en especial las primeras que nos ponemos cada día, involucran una serie de rituales y de gestos que guardan mucho más significado del aparente. 
Desde los primeros looks se hace evidente cómo el carácter y la personalidad de las prendas es distinto al que conocemos. Los tirantes ajustables, los tejidos translúcidos o los cierres internos aparecen como pequeños símbolos que transforman la estructura tradicional del vestir masculino en un nuevo lenguaje de lo íntimo. Los pespuntes evocan costuras de medias, el abrochado de las chaquetas recuerda cierres de sujetador y las cintas sueltas sugieren ligueros; elementos que no buscan feminizar, sino revelar la carga simbólica de lo que se oculta bajo la superficie.
En Traces, la sastrería se aligera en silueta y tensión, haciendo que lo masculino se redefina a través de la vulnerabilidad y la exposición, no por eso perdiendo fuerza o presencia. Barrera abre la conversación sobre la sensualidad desde un punto de vista que no recurre tanto a la percepción de la misma desde fuera, sino como es en esencia, una cualidad que parte desde el interior, desde nuestra relación con nosotros mismos. El tejido funciona como segunda piel, reflejando y narrando cómo nos sentimos en nuestro propio cuerpo.
La paleta cromática —blancos, negros, tonos piel y matices neutros— refuerza esa sensación de calma e intimidad, a veces interrumpida por fugaces pero potentes rayos de rojo o naranja. La luz juega un papel esencial: atraviesa las transparencias y las superposiciones, se resaltan las texturas y se destaca o se cubre dependiendo de la intención. En ese juego, la colección encuentra su esencia, porque no impone, sino que sugiere. 
Con cada colección, la diseñadora continúa construyendo un discurso coherente y sensible sobre lo que la moda, masculina, femenina o sin etiquetas, puede llegar a ser. Entre lo formal y lo íntimo, lo visible y lo invisible, su trabajo se mueve en esa zona ambigua donde las categorías pierden sentido y lo personal se convierte en lenguaje.
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