¿Es posible esculpir el aire o atrapar el destello de un segundo antes de que se convierta en recuerdo? Cachito Vallés habita esa grieta donde la precisión matemática y la energía lumínica se alinean para suspender el pulso del tiempo. En El eterno presente, su primera gran exposición en el CAAC de Sevilla, que se puede visitar hasta el 24 de mayo, el artista transforma el espacio en un laboratorio de luz, geometría y sonido. Láseres que erosionan la percepción y tecnologías que rozan lo ritual: conversamos con él sobre cómo la belleza puede emerger de una estructura lógica y por qué, a veces, la verdadera vanguardia consiste en aprender a habitar el vacío.
Quería empezar la entrevista diciéndote lo fascinante que me ha parecido tu nueva (y primera gran) muestra. Nunca pensé que el arte pudiera nacer de una fusión tan natural entre conceptos científicos y tecnológicos con la expansión creativa y la noción del tiempo. Cuéntame, ¿cómo surge este interés por las estructuras lógico-matemáticas como pilar de tu obra?
Este interés por la geometría y por las estructuras lógico-matemáticas tiene su fundamento en el trabajo de los artistas vinculados a los seminarios del Centro de Cálculo de la Universidad Complutense de Madrid. Me refiero a Gerardo Delgado, Manuel Barbadillo, Soledad Sevilla o Elena Asins, entre otros. Siempre me han interesado especialmente las relaciones entre ese arte concreto, ligado a la informática aplicada, y, por otro lado, sus vínculos con el arte minimalista estadounidense de los años sesenta. En ese cruce encontraba una serie de líneas de trabajo que me resultaban especialmente sugerentes y fue a partir de ahí donde empecé a construir mi propio lenguaje.
La muestra gira en torno al eje del tiempo y sus variaciones, muy ligado a la idea de la belleza. ¿Cómo nace este planteamiento y cómo empezaste a desarrollarlo a nivel conceptual?
La cuestión de la temporalidad y sus variaciones está profundamente ligada, en mi caso, a la idea de estructura y geometría. De algún modo, como ya planteaba Manuel Barbadillo, se trata de pensar en el movimiento de la imagen y de los módulos en el espacio, lo que introduce inevitablemente una dimensión temporal. A partir de ahí, me interesa proponer distintas situaciones temporales en mis piezas, generar tiempos alternativos al tiempo cotidiano, al ritmo al que estamos habituados en nuestra vida diaria.
Con El eterno presente se abordan cuestiones fundamentales que el ser humano ha intentado descifrar una y otra vez. ¿Cuál es tu noción personal del tiempo? ¿Tiendes a mirar hacia el pasado o a preguntarte cómo será tu futuro?
Para mí, la cuestión temporal implica romper con el tiempo natural o socialmente establecido. Propongo una mirada que tiene más que ver con un tiempo vacío. A través de mis intervenciones, principalmente instalaciones de gran formato que interpelan directamente al espectador, busco sacar al público de ese tiempo cotidiano e introducirlo en una nueva temporalidad, más calmada, más pausada, propicia para la reflexión. Es en ese territorio donde sitúo mi trabajo.

La exposición se despliega en un circuito amplio, con unas treinta y dos obras-instalaciones. ¿Hay alguna pieza con la que conectes de una forma especial?
Las obras surgen de manera orgánica, unas a partir de otras, en un proceso continuo de investigación en el estudio. Más que establecer una jerarquía entre ellas, me interesa entender la exposición como un conjunto en el que todas las piezas se relacionan y construyen un discurso común. Cada una responde a un momento específico del proceso, pero es en el recorrido global donde adquieren pleno sentido.
En obras como Vector Rays o Continue Forever I y III exploras especialmente el uso de la luz y su adaptación al espacio. ¿Crees que el componente lumínico refuerza la idea de lo efímero en tu trabajo?
El componente lumínico es, para mí, como el fuego para el chamán, una presencia que trasciende la forma. La luz tiene la capacidad de no quedar contenida en el objeto, sino de expandirse hacia el espacio, ocupándolo de otra manera. Posee una dimensión intangible que me interesa especialmente, así como su capacidad para transformar nuestras sensaciones, ya sea a través de la luz blanca o del color.
En relación con lo efímero, es un aspecto fundamental. En Andalucía, y particularmente en Sevilla, existe una cultura profundamente arraigada de lo efímero: construcciones que se levantan y desaparecen en un corto periodo de tiempo, como la Feria de Sevilla, que implica la creación de una ciudad temporal que dura apenas una semana. Esa relación con lo volátil forma parte de una idiosincrasia muy presente en mi contexto.
En relación con lo efímero, es un aspecto fundamental. En Andalucía, y particularmente en Sevilla, existe una cultura profundamente arraigada de lo efímero: construcciones que se levantan y desaparecen en un corto periodo de tiempo, como la Feria de Sevilla, que implica la creación de una ciudad temporal que dura apenas una semana. Esa relación con lo volátil forma parte de una idiosincrasia muy presente en mi contexto.
Todas tus obras nacen de la experimentación con distintos soportes y técnicas: impresión 3D, grabado láser sobre madera, rotuladores sobre tela. ¿Cómo descubres nuevos métodos de creación? ¿Hay alguno con el que disfrutes especialmente?
Este proceso es el resultado de años de experimentación, alrededor de quince, con distintos materiales. Con el tiempo he comprendido que tanto los materiales como la tecnología forman parte esencial de mi lenguaje. Toda esa investigación me ha llevado a una forma de hacer muy personal, en la que me siento cómodo explorando. No se trata tanto de preferir un método concreto, sino de entender que las obras surgen de manera orgánica, unas a partir de otras, en un proceso continuo de estudio. Me interesa especialmente ese trabajo en el taller, ese proceso que desemboca finalmente en cada pieza.
Has trabajado prácticamente con todo. De cara al futuro, ¿con qué te gustaría probar? ¿Te atrae la idea de algo más orgánico, quizá vinculado a la luz natural?
Me interesa, sin duda, lo natural y lo orgánico, porque como individuos formamos parte de un ecosistema. Sin embargo, hasta ahora he trabajado principalmente con materiales industriales, ya que me interesa la tensión que se genera entre lo industrial y lo natural. Es precisamente en esa confrontación donde encuentro un espacio fértil para desarrollar mi discurso. Hablo de lo orgánico a través de lo industrial porque ese contraste activa las ideas que me interesa explorar.

¿Cómo fue el diálogo con la arquitectura del CAAC? ¿Te resultó fácil adaptarte al espacio o condicionó de alguna manera las piezas?
Afortunadamente, al ser de Sevilla, conozco bien el CAAC desde hace años. La exposición dialoga directamente con el edificio y su arquitectura, que ha tenido usos muy diversos, desde monasterio cartujo hasta fábrica de cerámica. Esa superposición de capas históricas encaja muy bien con mi trabajo.
Las piezas realizadas específicamente para esta muestra están profundamente condicionadas por el espacio. En el Claustro Sur, por ejemplo, se conservan dos hornos cerámicos dentro de la sala, lo que ha orientado el discurso expositivo hacia formas cilíndricas y curvas. Ese carácter del espacio ha sido determinante en la configuración de las obras.
Las piezas realizadas específicamente para esta muestra están profundamente condicionadas por el espacio. En el Claustro Sur, por ejemplo, se conservan dos hornos cerámicos dentro de la sala, lo que ha orientado el discurso expositivo hacia formas cilíndricas y curvas. Ese carácter del espacio ha sido determinante en la configuración de las obras.
La exposición está comisariada por Yolanda Torrubia. ¿Cómo fue el trabajo conjunto? ¿Os entendisteis bien desde el principio?
El trabajo con Yolanda ha sido excelente. La conexión fue muy natural, en parte porque ya nos conocíamos desde hace tiempo y ella había seguido mi trayectoria. Aunque no habíamos trabajado juntos previamente, el entendimiento fue inmediato. Su conocimiento de la historia del arte y del propio edificio ha sido esencial para articular un discurso expositivo coherente, reforzando mi interés por dialogar con la arquitectura y las relaciones entre las obras. Ha sido un proceso muy enriquecedor y satisfactorio.
Durante todo el recorrido hay una música experimental que acompaña a las obras. ¿De dónde surge esa selección sonora? ¿Cómo decides que una pieza musical conecte con una obra concreta?
Más que de música, prefiero hablar de sonido. En mi trabajo, el sonido a menudo surge de la propia materialidad de las piezas: motores, mecanismos, fricciones que generan una presencia sonora inevitable cuando la obra está en funcionamiento. En otros casos, el sonido es intencionadamente construido. Por ejemplo, en la pieza Tajaluna, una instalación con una gran pantalla LED, el componente sonoro es fundamental. La obra se inspira en una danza folclórica de Corea del Sur vinculada a rituales de cosecha, donde la música tiene un papel central. En ese caso, he trabajado con sintetizadores para crear un entorno sonoro que acompaña lo visual.
También he desarrollado instrumentos propios, como estructuras metálicas accionadas por motores que generan sonidos percusivos. Todo ello configura un ecosistema en el que sonido, luz y movimiento se entrelazan. El sonido tiene, en mi trabajo, un peso equivalente al de lo visual o incluso al de la luz, especialmente en su dimensión más etérea.
También he desarrollado instrumentos propios, como estructuras metálicas accionadas por motores que generan sonidos percusivos. Todo ello configura un ecosistema en el que sonido, luz y movimiento se entrelazan. El sonido tiene, en mi trabajo, un peso equivalente al de lo visual o incluso al de la luz, especialmente en su dimensión más etérea.
Cuando vi tu trabajo por primera vez pensé en James Turrell. ¿Qué otros referentes han influido en tus creaciones?
Que menciones a James Turrell en relación con mi trabajo es un halago. También me interesan artistas como Olafur Eliasson, el dúo A.A. Murakami o Pipilotti Rist, que abordan cuestiones cercanas a la antropología y a la búsqueda filosófica o metafísica desde lenguajes que me resultan muy afines. Por supuesto, su trabajo me inspira pero también lo hacen otras muchas fuentes: la lectura o la música de Miles Davis o John Coltrane, por ejemplo. Todo forma parte de un conjunto de estímulos que actúan como detonante y que, finalmente, se traducen en mi propio trabajo.




