En el último día de pasarelas,
BOLTAD marcó la diferencia con su debut en
080 Barcelona Fashion. La iluminación del desfile, completamente distinta a la de otras pasarelas, resta protagonismo al espectáculo para centrar la atención en los modelos, que avanzan bajo focos blancos de luz indirecta. El juego de luces y sombras transforma la pasarela en una especie de callejón donde podemos ver quiénes transitan por él, aunque sin distinguir del todo su identidad o sus intenciones. Una atmósfera misteriosa que resulta especialmente adecuada para presentar una colección en la que la memoria y la identidad ocupan un lugar central.
Con Billy I El Hermoso, Alberto Martín Pozo, fundador y director creativo de BOLTAD, explora las distintas versiones de nosotros mismos que vamos reuniendo a lo largo del tiempo. La colección parte de la idea de la reencarnación para plantear que lo que somos hoy es el resultado de muchas identidades que han habitado nuestro cuerpo en diferentes momentos. Hay algo de subconsciente y de onírico en esta propuesta, como si todo sucediera en un estado en el que nada termina de verse con absoluta nitidez. La iluminación del desfile refuerza esta sensación y nos obliga a fijarnos con atención en las prendas, tratando de distinguir cada detalle, como cuando intentamos recuperar un recuerdo que permanece en nuestra memoria, pero cuyos contornos se han vuelto borrosos.
A esta atmósfera se suman unas prendas en las que nada parece ser exactamente lo que aparenta y donde una misma pieza puede reunir varias identidades. Las siluetas y los diseños, de indudable aire dosmilero, despiertan una nostalgia reconocible para distintas generaciones; sin embargo, las referencias al pasado aparecen mezcladas y transformadas, como si alguien hubiese intentado recordar una prenda concreta y, al hacerlo, hubiese terminado combinándola con muchas otras que también habitan su memoria. Así, las sudaderas incorporan franjas de tela de camisas de tartán; las camisetas y chaquetas se construyen a partir de patrones de bolsillos superpuestos, cada vez más grandes; y los chalecos ligeros presentan abotonaduras propias de trencas pesadas. También hay polos con grandes cuellos a medio camino entre el cuello y la capucha, además de conjuntos de camisa y corbata sobre los que aparecen fragmentos de prendas de sastrería, con medias solapas y botones superpuestos.
Estas combinaciones parecen haber hecho noclip, un término procedente de los videojuegos que describe la posibilidad de atravesar superficies y saltarse las leyes físicas del espacio. En el universo de las backrooms, los objetos y las personas pueden aparecer en lugares imposibles, atravesar paredes o quedar suspendidos donde no deberían. Algo parecido sucede con las prendas de BOLTAD: los elementos parecen atravesar unas piezas para aparecer en otras, como si las capas de ropa hubiesen perdido sus límites y pudieran mezclarse libremente. Los bolsillos, las solapas, los cuellos y los fragmentos de distintas prendas se desplazan de su contexto habitual para formar nuevas combinaciones, creando una especie de glitch en el que las referencias conocidas siguen ahí, aunque transformadas.
La paleta cromática, colorida y divertida sin resultar excesivamente vibrante, contribuye a construir este universo. Junto con las siluetas y las combinaciones de materiales, remite a un mundo liminal, a esos espacios de transición que parecen existir entre un lugar y otro, familiares y extraños al mismo tiempo. Quizá la memoria funcione de una manera parecida: un territorio intermedio en el que las imágenes, las sensaciones y las distintas versiones de quienes fuimos permanecen mezcladas, sin llegar a desaparecer del todo ni conservar siempre una forma precisa. Como si habitara ese espacio liminal que propone la colección, BOLTAD parece encontrarse en un punto donde las identidades pueden cambiar, mezclarse y reaparecer bajo formas distintas, innovadoras y a la vez nostálgicas.