Mirar la pantalla del móvil ha dejado de responder a una necesidad real para convertirse en un acto reflejo. Lo hacemos sin darnos cuenta durante una comida familiar, en medio de una conversación con amigos o en cualquier tiempo muerto que antes simplemente dejábamos pasar. Durante años hemos abordado nuestra relación con la tecnología desde los extremos, viéndola como un símbolo incuestionable de progreso o como una amenaza constante. Sin embargo, la realidad diaria se mueve en un terreno mucho más ambiguo y automático. Frente a esta inercia que hemos asumido colectivamente, marcas tecnológicas como Balance Phone recogen una nueva aspiración social. El objetivo consiste en recuperar el tiempo y la atención como una forma de lujo silencioso en un mundo saturado de estímulos. En este contexto, la gran pregunta compartida es qué ocurre cuando decidimos apartar la vista del teléfono y volver a prestar atención a lo que pasa a nuestro alrededor.

Esta reflexión es el punto de partida de Balance Starts Here, la nueva iniciativa de la compañía. La marca fue fundada en Barcelona en marzo del año dos mil veinticuatro por Albert Beltran y Carlos Fontclara, dos emprendedores de veintiséis años que decidieron salirse conscientemente de la economía de la atención. Su propuesta se basa en un dispositivo equipado con un software exigente que bloquea de forma irreversible las redes sociales, los juegos, las aplicaciones de apuestas y los contenidos peligrosos. Al conservar únicamente las herramientas esenciales, la firma consigue devolver tres horas al día a más de tres mil usuarios. Los datos reflejan que este sistema reduce el uso del móvil de cinco horas a una media de noventa minutos diarios, liberando más de veinte horas semanales para dedicarlas a otras actividades.
Con esta base técnica ya consolidada, ahora dan un paso más con un proyecto que visibiliza un comportamiento universal. Tal y como apuntan sus creadores, “Balance empieza en el momento en que decides ser diferente, aunque sea con un gesto pequeño. No es dejar la tecnología, es cambiar cómo te relacionas con ella”. El concepto apunta a una inflexión personal muy clara, marcando el momento exacto en el que una persona deja de actuar sin pensar y empieza a elegir de forma consciente. El proyecto aterriza esta idea alejándose de las desconexiones idealizadas para centrarse en escenas cotidianas y reconocibles, como cumpleaños, momentos con amigas o ratos de ocio. La identificación no busca que el usuario se parezca a un modelo inalcanzable, sino que se reconozca por haber vivido esa misma situación.

El psicólogo Jan Ivern advierte que el uso compulsivo de los dispositivos desplaza otras actividades vitales, afectando al descanso y favoreciendo estados de ansiedad o desconexión del entorno. Por eso, la solución que plantea la firma a través de la figura de la persona Balance propone romper el patrón dominante para recuperar el foco en lo que tenemos delante. Esta conversación también entra de lleno en los hogares, donde cada vez más familias buscan alternativas prácticas para convivir con la tecnología sin convertirla en un campo de batalla constante. Tras cerrar el pasado año con cuatro mil quinientos teléfonos vendidos en más de cincuenta países, los fundadores apuestan por consolidar un mensaje que va más allá del hardware.
Se posicionan como una marca cultural apoyada en una identidad visual de códigos simples y una aspiración vital de raíces mediterráneas. Para el público local resulta un código cercano, mientras que para el espectador internacional proyecta una vida deseable con más mundo fuera de la pantalla. Su visión parte de una idea clara para el futuro a largo plazo y busca demostrar que la atención es un recurso que merece la pena cuidar. El fin último es lograr que la tecnología no compita por nuestra atención, sino que vuelva a ser una herramienta que nos acompañe con respeto, equilibrio y propósito.

