Febrero tiene un nuevo hito. Olviden el partido: hablamos del statement definitivo de Benito Antonio Martínez Ocasio. Apenas unos días después de coronarse con el Álbum del Año en los Grammys, Bad Bunny hace historia como el primer solista en tomar el Super Bowl íntegramente en español. Pero esto no fue solo un show, fue una carta de amor revolucionaria a Puerto Rico, cargada de semiótica afilada y una respuesta directa al clima autoritario que respira Estados Unidos.
El show abre con una bofetada visual: la memoria colonial activada en prime time. Un campo de caña inunda el estadio. Benito viste un jersey con el número 64, cifra maldita, el eco de las víctimas oficiales del Huracán María, aunque sabemos que fueron miles. Suenan los acordes de Tití me preguntó y el conejo camina entre vendedores de cocos y piraguas, los viejitos del dominó, los boxeadores. Es la resiliencia, el pueblo que sostiene la isla entre huracanes y corrupción.
La escenografía muta. Entramos en La Casita, ese templo vernáculo donde la diáspora se reencuentra. Suenan himnos de los 2000, Pa’ que retozen de Tego Calderón, Gasolina de Daddy Yankee. El reguetón como patrimonio, como puente sonoro, un homenaje a los artistas que pavimentaron el camino para que Benito pueda correr hoy.
Giro de guion, a Lady Gaga sí que no la vimos venir. La artista abraza el Caribe con una versión salsera de Die With A Smile que da paso a BAILE INoLVIDABLE. Al integrar a Gaga, Benito subraya que la salsa es comunal. La performance evoca esa nostalgia colectiva: de rechazar bailar con tus padres de niño a redescubrir tus raíces de adulto. Y sí, el guiño visual definitivo: el chamaquito dormido sobre tres sillas de plástico en la fiesta, esperando a que sus padres terminen de despedirse. Costumbrismo puro elevado a arte global.
Siguiendo el formato de la residencia de Bad Bunny en Puerto Rico, aparece Ricky Martin para cantar LO QUE LE PASÓ A HAWAii, el cantante impresiona con la magnitud y lo emocional de su voz. La canción recuerda que Puerto Rico vive en el limbo: ni estado ni libre, sin voz en el Congreso, atrapado entre el sueño de soberanía y las garras del imperialismo.
El clímax llega con El apagón. Los jíbaros, coronados con la clásica pava (el sombrero típico de Puerto Rico hecho de paja), escalan postes eléctricos que fallan en directo. La escena funciona como un comentario explícito sobre los apagones frecuentes en la isla, una crítica a la privatización de la red eléctrica y a Luma, la empresa encargada de su distribución, que deja a Puerto Rico a oscuras, a los ancianos sin poder ir a por sus medicamentos, a los hospitales sin luz y a los electricistas sin trabajo. Mientras canta, Benito alza la bandera. Pero ojo al detalle: no es la oficial. Es la azul celeste, prohibida por Estados Unidos bajo la Ley de la Mordaza de 1948. Hasta 1957 prohibieron a los puertorriqueños portar la bandera, cantar el himno nacional y hablar de independencia. En estos tiempos oscuros en los que Trump y el ICE amenazan con deportaciones masivas, Bad Bunny planta cara en el evento más patriótico de Estados Unidos. La bandera original ondea desafiante: no somos peones en vuestro infame tablero de juego.
Y por si todo esto no hubiera sido suficiente, Benito nos brinda un cierre demoledor contra el ego estadounidense al enumerar buena parte de los países que conforman el continente americano. América no es un país aunque a muchos se les olvide. Orgullo latino, amor por la cultura que dignifica una tierra, fuerza para las personas migrantes. Porque sí, no hay nada más poderoso frente al odio que el amor. Pero cuando el odio se impone, es necesario alzar la voz con valentía.
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