¿Conocías a Asco? Yo tampoco. Y quizá ahí empiece todo. Asco: Without Permission, dirigido por Travis Gutiérrez Senger, se detiene en aquello que nace fuera del marco: lejos de los museos, del cine, del permiso y de la narrativa dominante. Presentada en el Dart Festival, la película nos acerca a un colectivo que durante años quedó fuera del relato oficial y cuya urgencia, hoy, vuelve a activarse.
Los Ángeles, años 70. La guerra de Vietnam se libra lejos pero sus efectos se sienten cerca. Jóvenes chicanos enviados al frente, barrios que se vacían, familias marcadas por la ausencia. Las protestas contra el conflicto ocupan las calles; esa tensión atraviesa las primeras imágenes del film. Cuerpos avanzando juntos, pancartas, miradas contenidas, la presencia constante de la policía, la violencia que irrumpe y deja muertos. Es en este momento cuando Harry Gamboa Jr., Gronk, Patssi Valdez y Willie Herrón III se encuentran. Comparten una experiencia común: la falta de imágenes donde reconocerse, la ausencia de un lugar propio dentro de la cultura visual –en las revistas, en el cine, en los museos–, como si su identidad no existiera. ¿Cómo saber quién eres si no hay un reflejo posible? Así nace Asco, el colectivo que conformaron entre lxs cuatro. Si el sistema no los incluye, habrá que alterarlo desde dentro. Toman la calle como escenario, el cuerpo como mensaje y la ficción como estrategia. Sin permiso.
El film de Gutiérrez Senger retoma esta historia desde una forma cinematográfica igualmente radical. Se presenta como una crónica fragmentada, donde la línea entre ficción y no ficción se vuelve deliberadamente borrosa. El archivo de los años setenta se entremezcla con las voces actuales de los integrantes de Asco y con las obras de artistas contemporáneos como María Maea, Rubén Ulises Rodríguez Montoya y San Cha, que, inspirados por el arte guerrillero del colectivo, toman la pantalla y dialogan con las piezas originales.
Toda esta estructura coral refuerza la idea central: la importancia de la comunidad. No solo como motor del colectivo Asco, sino como principio formal de la propia película. El filme se construye desde el cruce de voces, obras y generaciones, evitando una narrativa cerrada sobre el grupo. Se trata de una apuesta arriesgada que, en algunos momentos, hace que la película se perciba muy fragmentada y quizá algo confusa, tal vez como reflejo inevitable de la radicalidad del material original. Hay instantes en los que la puesta en escena se siente demasiado cuidada, en contraste con la urgencia y la espontaneidad que definieron al colectivo de Los Ángeles. Tal vez porque no se profundiza de igual manera en las obras de los artistas más contemporáneos. La conexión entre pasado y presente, entre Asco y estos artistas, queda más insinuada que desarrollada.
Sin embargo, este también es uno de sus puntos fuertes: invita al espectador a activar un diálogo crítico y a abrir preguntas incómodas sobre la actualidad. ¿Qué queda hoy del colectivo? ¿Se ha perdido parte de aquella radicalidad? ¿Qué queda del arte guerrillero? ¿Qué queda de ese gesto sin permiso? Lo que el film deja claro es que la lucha de Asco no pertenece al pasado. Su choque frontal con Hollywood, y con los estereotipos que durante décadas definieron la representación chicana en el cine, sigue siendo un punto de fricción plenamente vigente. En pantalla, el chicano aparecía casi siempre reducido a un mismo molde: criminal, pandillero, cuerpo problemático.
Frente a ese paisaje visual cerrado, Asco decidió producir sus propias imágenes. No como alternativa simbólica, sino como intervención directa. Las no-movies, esas películas que nunca llegaron a existir más allá de la fotografía, operan como un gesto doble: imaginan un cine posible y, al mismo tiempo, señalan las condiciones que lo hacen imposible. Acciones como Instant Mural (1974) condensan con claridad esta postura. Al convertir el cuerpo de Patssi Valdez en un mural en movimiento, Asco cuestionó tanto el muralismo chicano ya institucionalizado como las nociones tradicionales de arte público. De forma similar, la intervención del colectivo en el Los Angeles County Museum of Art (LACMA) expuso la exclusión estructural de los artistas chicanos de las instituciones museísticas, señalando los límites del canon.
Actualmente, instituciones como el propio LACMA han reconocido a Asco como un referente del arte performativo y conceptual del siglo XX. Que su obra haya tardado décadas en ingresar en estos espacios no es una anécdota, sino parte de la misma historia que el colectivo denunció desde sus inicios. En este sentido, Asco sigue siendo incómodo. Su nombre, asumido a partir del desprecio con el que el sistema cultural los había marcado, no busca provocar sino señalar. Desde ahí, el colectivo obliga a revisar cómo se construyen los cánones, quién los valida y a qué cuerpos se les concede legitimidad cultural.
Es aquí donde el gesto de Travis Gutiérrez Senger adquiere su verdadera dimensión. Asco: Without Permission no busca únicamente reparar una omisión histórica ni estabilizar al colectivo dentro de un relato definitivo. Evita la pedagogía y opta por una forma cinematográfica que asume el riesgo y la incomodidad de su objeto. La película no llega tarde: llega cuando aún es necesario insistir. Cuando la representación sigue siendo un campo de disputa y los estereotipos reaparecen bajo nuevas formas (basta pensar en debates recientes en torno a películas como Emilia Pérez), el trabajo de Asco vuelve a interpelarnos con una claridad incómoda.
El documental reactiva una pregunta que sigue abierta: qué significa hacer arte cuando el marco de representación sigue siendo restrictivo, cuando la inclusión llega tarde y, a veces, neutraliza aquello que pretendía reconocer. No propone una reconciliación; deja, más bien, fricciones activas.

