Ha sido ataque de nervios, deseo, melodrama, reflexión y, antes que nada, inmenso y recipiente de multitudes. En España, Pedro Almodóvar es una institución cinematográfica que no necesita carta de presentación, y él es el primero que lo sabe. ¿Quién sino podría permitirse el lujo de llenar la gran pantalla con una crítica mordaz a sí mismo? En Amarga Navidad, que se acaba de estrenar en salas, encontramos a un Almodóvar creador al que la madurez le ha arrebatado el pudor. Un autor que se desdobla como muñeca rusa hasta mostrarse en carne viva a través del cine dentro del cine.
El director manchego hilvana dos historias de trasuntos ficticios y juego de identidades que conversan entre sí, donde la primera contiene a la segunda. Raúl Durán (Leonardo Sbaraglia) es un director y guionista de (oh, vaya, qué casualidad) pelo blanco canoso que, en el crepúsculo de su carrera, trata de confeccionar una película sobre una directora que ahora se dedica a la publicidad, Elsa, pero cuya primera (y única) película se convirtió, como ironiza ella, en una obra “de culto”. Encarnada por una magnética Bárbara Lennie, Elsa está intentando superar el trauma ocasionado por la pérdida de su madre, y para ello decide irse a buscar la inspiración de su próxima película en los paisajes volcánicos de Tenerife.
Amarga Navidad es una suerte de relato entrelazado donde una historia alimenta a la otra y viceversa, todo ello en clave de metanarración. Aunque a Sbaraglia no le sienta demasiado bien el papel de escritor excéntrico y burgués, ambos intérpretes protagonistas son instrumentos narrativos para que el propio Almodóvar pueda desnudar ante nosotros sus propios miedos: las consecuencias de ficcionar la desgracia ajena, la aceptación de la propia mediocridad y, sobre todo, el impulso constante de mutar para contar.
En su vigésima cuarta película no vemos a un Almodóvar demasiado alejado de los temas que ya le interesaban en La habitación de al lado o Dolor y gloria, película de la que Amarga Navidad podría ser perfectamente una secuela. Cuestiones como el duelo irresoluble, la enfermedad, la culpa, la muerte y su trascendencia a través de la propia creación. Por esto mismo, quizás lo más interesante de esta nueva expedición almodovariana es la sinceridad con la que el manchego se desmitifica a sí mismo. Tras el cóncavo espejo de la ficción, el cineasta se muestra como una persona frágil y obsesionada con crear a toda costa. Pero, a pesar de que el propio Almodóvar asuma su yoísmo, este termina lastrando el desarrollo de los personajes y la historia. En ella, su presencia como autor se sobrepone al hechizo de la ficción: realmente el foco no está en Raul, ni en Elsa ni en el striptease de Patrick Criado, sino en el propio Almodóvar, que plantea un monólogo a través de ellos.
El realizador de Calzada de Calatrava se decanta por un relato pausado donde el lenguaje cinematográfico nos empuja mucho más al distanciamiento y a la reflexión que a la pura emoción. Almodóvar elige contar la historia con encuadres estáticos, un decorado austero con la irremediable presencia de su rojo marca de la casa, un elenco que rezuma talento, en el que destacan, sobre todo, esas bestias de la actuación que son Aitana Sánchez-Gijón y Victoria Luengo, y algunos momentos musicales de valor incalculable, como es el caso del cameo de la nueva chica Almodóvar: Amaia.
Sin embargo, Amarga Navidad encuentra su mayor problema en lo más esencial de toda historia, la conexión que uno establece con sus personajes. Entre tanta metanarrativa y meditación es complicado meterse en la piel de la doble historia espejo que cuenta la película: la de una directora que cuando se agobia simplemente puede irse de vacaciones a Lanzarote y la de un escritor exitoso y acomodado cuya única preocupación es escribir una buena historia.
Además de ser el nombre de la última película de Pedro Almodóvar, Amarga Navidad también es el título de una desgarradora canción que Chavela Vargas compuso en los últimos años de su carrera. En la figura de la cantante costarricense, el cineasta también encuentra un reflejo para repasar su propia trayectoria. Ambos fueron dos potencias artísticas que comenzaron su carrera con treinta años. Vargas, como Almodóvar, poseía una voz indomable, desafiante y rebelde y, a medida que los años resecaron su garganta, sus alaridos fueron cambiando de tono. ‘La voz áspera de la ternura’ se retiró de la música a los ochenta y siete años, tras décadas forzando sus cuerdas vocales y exprimiendo cada matiz de ese desgarro. Almodóvar tiene setenta y seis años y está claro que aún le queda mucho cine por descubrir y, como él bien señala en la película, aunque la erosión de los años haya mermado la fuerza de su voz, también le ha llevado a lugares insospechados. Lugares como esta Amarga Navidad.




