Las fotografías que acompañan a esta entrevista forman parte de la reciente exposición que bajo el título Alguien puso la atención ha podido verse hasta hace poco en Casa Antillón. El trabajo supone toda una invitación al autoconocimiento más profundo de nuestro ser, un respiro frente al ritmo frenético del presente: un viaje iniciático donde la intuición, la percepción y la atención marcan el pulso del tiempo. Pero es también un acto de generosidad, en el que el artista se expone por completo ante el mundo. Conversamos con Alejandro Madrid sobre la imagen como ritual, la espiritualidad, la herencia cultural, el chamanismo y el acto de dar conscientemente.
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¿Sientes la necesidad de explicar las imágenes o prefieres que funcionen como un espacio abierto para el espectador?
La primera imagen de la exposición es una puerta. Es como acceder dentro de mi cabeza, entrar. Está impresa en tela, como una especie de cortina. La imagen funciona literalmente así: haces el gesto de apartarla y accedes a la planta de abajo.
Es muy fuerte esa idea de entrar. El espacio como cuerpo. Me parece muy potente, porque no deja de ser una introspección.
Sí, porque al final es eso: entrar dentro de mí. Toda la gente que accede al espacio lo hace a través de ese gesto. Hablo de cosas universales, pero siempre a través de mí. No desde un “yo soy el centro”, sino más bien como: ponte mis gafas, mira la exposición desde donde yo estaba cuando hice las fotos.
Cuando decides bajar las escaleras y apartar la cortina, ya estás dentro. No hay vuelta atrás. Ahí empieza un viaje: entender las imágenes como objetos vivos. Colocar una imagen al lado de otra genera algo más que un discurso mental. Hay algo físico. Las imágenes dialogan, se friccionan, se retroalimentan.
Se siente el movimiento entre ellas.
Exacto. Cada imagen tiene cualidades distintas, y juntas generan dinamismo y tensión. Hay una narrativa, pero también una dimensión energética. Ir más allá de la imagen como objeto e interesarse en lo que se mueve entre ellas. Son imágenes en papel, sí, pero también todo lo invisible que ocurre ahí.
Por ejemplo, la imagen del huevo: un huevo dentro de un vaso con agua. Documenta un ritual. Más allá de si uno cree o no, lo interesante es la intención. El ritual es poner intención y luego desprenderte del resultado. Entregarlo. Como plantar una semilla: no estás todo el rato desenterrándola para ver si crece. La plantas, te olvidas y dejas que el tiempo haga lo suyo.
Es una idea que atraviesa todo el proyecto: la imagen como parte de un ensayo visual.
Totalmente. Fontcuberta habla de ello en La furia de las imágenes. Esa misma lógica está en cómo se relacionan las imágenes. Una sola imagen dice poco, pero al juntarse con otra se activa una narrativa. Hay infinitas combinaciones posibles, infinitos discursos. Es un juego, pero también algo muy serio.
Las imágenes son símbolos: sencillas, rotundas, pero cargadas de peso. Por eso me obsesiona tanto la fotografía: abre una dimensión infinita. Cada persona puede construir un universo distinto a partir de la misma imagen. Es cuestión de percepción.
Y el cuerpo entra ahí.
Claro. El cuerpo percibe antes de que la mente racionalice. Hay imágenes que no procesas conscientemente. Nuestro cuerpo recibe información constantemente. Vivimos expuestos a imágenes que no recordamos, pero que dejan sensación. Las imágenes no necesitan ser entendidas para actuar. Inciden directamente sobre el inconsciente. Son ondas, vibración, frecuencia. Por eso la atención es tan importante. Porque poner atención es decidir qué te atraviesa.
Y ahí vuelve el ritual.
Sí. Para mí, el ritual es parar.  Es ser consciente. Integrar momentos de atención en la vida cotidiana. Recuperar una relación más consciente con las imágenes, con el tiempo, con el cuerpo. Volver a mirar. Volver a estar. A veces me sirvo de la teoría para explicar lo que hago. Al fin y al cabo, aquí estoy hablando con imágenes. Y pienso: muchas de las cosas que tú explicas es guay que las expliques, pero lo interesante de las imágenes es que hablan por sí solas.
Sí, que cada persona haga su interpretación desde sus experiencias.
Claro. Estoy haciendo fotos de esta manera, percibiendo las imágenes de esta manera. Contar ese punto de vista es necesario. No es solo “mira qué imágenes más bonitas he hecho”, sino que las imágenes complementan esta manera de percibir la fotografía.
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Sí, que no es una justificación, sino que quieres que se entienda la intención detrás de lo que haces. Justo hablaba con un amigo ayer de qué importante es el hacer las cosas con intención. Por ejemplo, en el mundo editorial también se crea como forma de consumo, muchas veces falta intención, no hay documentación. Se hace lo que todo el mundo hace, pero no hay conciencia, no hay atención.
Volviendo a esto, muchas de las imágenes que hay aquí fueron hechas hace años, incluso mucho antes de 2022. El hecho de haberlas recopilado y metido dentro de este proyecto es darles un sentido que antes no veía. Buscar qué sentido tienen todas estas imágenes para mí, me sirve de espejo. Cuando empiezo a ser consciente de esta forma de fotografiar, me doy cuenta de que estoy capturando cosas reflejadas en mi inconsciente.
¿Tienes álbumes familiares en casa?
Sí, eso se hacía en casa cuando yo era pequeño. Pero llegó un momento en que se dejó de hacer, sobre todo con la llegada de las cámaras digitales.
Sí. Ahora, cuando nos vamos de viaje con amigas o familia, cada una genera quinientas fotos en cuatro días que nunca volvemos a ver, y rara vez vemos las fotos que hizo la otra persona. Se quedan ahí, en el olvido.
Cuando vas de viaje con tu familia, por ejemplo, las fotos compartidas crean un recuerdo común. Pero cuando solo ves tu galería del móvil, solo lo estás viendo tú. Muchas veces ni siquiera vuelves a mirar esas imágenes. Simplemente se quedan ahí.
¿Crees que hemos perdido el ritual de la fotografía en la vida cotidiana?
Creo que hemos dejado ese momento atrás. Al principio se usaba para documentar el día a día, lo cotidiano. Y ahora ha pasado de tener un sentido documental a ser un lenguaje en sí mismo. Hoy nos comunicamos con imágenes.
También muchas veces se nos conoce por imágenes, ¿no? Por tu perfil, por ejemplo, que funciona como carta de presentación.
En el arte románico, por ejemplo, las imágenes eran escasas y cargadas de significado. Ver una pintura religiosa en la iglesia te condicionaba, así debía ser. Hoy todo es infinito, accesible, lo vemos a través de pantallas, perfiles… 
Hemos creado un universo de imágenes, una manera de entender la realidad a través de ellas.
Volviendo al arte románico, vi un documental sobre arquitectura románica en la península. Ahí me di cuenta de que las representaciones, tanto visuales como a nivel instalación y espacio estaban diseñadas para generar una experiencia espiritual y para ‘condicionar’ al observador. 
Hablas de espiritualidad, pero también de imágenes religiosas. ¿Cómo llegas a eso? Me interesa que nos cuentes la importancia de la espiritualidad, o en concreto, de la religión, en tu vida. ¿Cómo influyen tus orígenes y tu pueblo en tu imaginario visual?
Fui monaguillo durante varios años, incluso he jugado a hacer misas en casa. Es inevitable no hacerlo siendo de un pueblo de trescientos habitantes donde la Virgen tiene mucha historia y mucho peso, ya que se considera milagrosa. Es como una madre para todos. Ha habido varios casos de incendios en diferentes casas y épocas donde la Virgen estaba en forma de estampa o de pintura y estas no se han quemado.
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Sí, lo espiritual parte de lo interno, de la fe, no necesariamente ligada a la religión organizada.
Exacto. La Virgen llega a tener un control de atracción muy fuerte. Solo con entrar en la iglesia y verla, incluso sin ser creyente, te emociona. Mi relación con estas imágenes viene también de mis ancestros. Es inevitable que algo de eso esté dentro de mí. Por eso siento lo que siento al ver la Virgen, no es racional, simplemente ocurre.
Lo espiritual no es racional, está dentro de ti, conecta con la fe. Volviendo a ver las imágenes como contenedores de energía. Aunque depende, la fe no tiene por qué ser cristiana.
Exacto. No hace falta una estructura religiosa para sentir esa espiritualidad. La religión es solo una excusa para acercarte a la experiencia espiritual. Las imágenes religiosas son contenedores de energía: absorben y transmiten intención, y nosotros respondemos a ello.
¿Qué entiendes por ritual, puede un gesto cotidiano serlo? ¿Qué relación hay entre ritual, inconsciente y transformación personal?
Un ritual puede ser cualquier acción con intención: lavarte los dientes, cocinar… Nos ayudan a pasar de un estado a otro. Todo gesto cotidiano puede ser ritual si se hace con atención. Son representaciones teatrales, desde cantar al sol con sonajeros, hasta cocinar algo para sentirte bien. Todo es un ritual. Todo. Son umbrales que te hacen dejar atrás un estado y entrar en otro. Y ahora pienso que estamos perdiendo esa atención completamente. Vivimos sin rituales conscientes, sin marcar inicios ni finales, y eso afecta al cuerpo, a la mente y a nuestra percepción de la vida.
¿Qué consecuencias tiene, a nivel corporal y mental, vivir sin rituales claros de inicio y cierre? ¿Crees que estamos perdiendo la capacidad de prestar atención?
La ausencia de rituales provoca desorden físico y mental. Estar constantemente fuera de esos ritmos nos desconecta. Los rituales son naturales: el ciclo del sol, de la luna. Necesitamos sentirnos parte de esos ciclos. Un inicio y un final, un comienzo y un cierre.
Pero las redes sociales rompen eso.
El scroll infinito de las redes nos hace perder la percepción de inicio y final.
Y vivimos en un estado de supervivencia constante: mente y cuerpo exhaustos, sin descanso. No sabemos cuándo termina un momento ni empieza otro.
Fotografiar es un ritual también. Observar conscientemente algo es un momento de atención plena. El proyecto no termina en mí como fotógrafo. Tú, como espectador, eres el receptor.  Es un viaje iniciático, un proceso de transformación. El espectador se enfrenta a imágenes que reflejan su inconsciente, generando autoconocimiento y transformación, al igual que yo mismo.
Hablando de este sentido de conexión, el recorrido de la exposición implica una bajada física. ¿Qué importancia tiene ese gesto en la experiencia del espectador? El espacio es casi como un cubo blanco, pero no exactamente.
Claro, es que no es solo un cubo blanco, es bajar hacia adentro. Y eso cambia todo. Bajar las escaleras es un gesto de adentrarse en lo profundo de uno mismo. La incomodidad física de bajar genera reflexión. Estás descendiendo, literalmente, hacia lo más profundo. Y ahí es donde te encuentras con cosas que te remueven, que te sugieren, que te devuelven algo de ti. El espacio no es neutro: es parte del proceso.
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¿Qué implica para ti mostrar este proyecto ahora?
Es muy simbólico y muy profundo. Es una invitación a un espacio de reflexión contigo mismo y eso me lo aplico a mi también. Porque habrá gente que venga y diga: “Qué imágenes más bonitas”. Y habrá otras personas que salgan pensando: “No sé muy bien cómo estoy”.
¿Y qué te lleva, por ejemplo, a querer hacer esta exposición? Porque en realidad es la primera vez que haces una exposición de este tipo, ¿no?
Exacto. Ahora soy consciente de lo que implica hacer una exposición, porque estoy condicionando a que la gente venga a verla.
Bueno, pero también porque tú decides darle esa intención.
Por eso creo que una exposición es, al fin y al cabo, otro ritual más. Entras siendo una persona y sales siendo otra, aunque sea de una forma mínima.
Si entras con una mínima rendición a la vida, con esa actitud de voy a ver qué pasa, algo se transforma.
Y en este sentido, ¿te da miedo cómo pueda recibirlo el espectador?
No me preocupa. Al final, cada persona tiene su propio nivel de conciencia y su propio grado de apertura. Habrá quien venga dispuesto a reflexionar, a explorarse a sí mismo a través de la exposición, y habrá quien simplemente diga: “Qué bonito”. ¡Y eso me encanta!
Y las dos opciones están bien.
Totalmente. Porque es como la vida: yo no puedo obligar a nadie a ser consciente ni a profundizar. Esto es solo una sugerencia. Yo monto este espacio y luego cada uno llega hasta donde quiere o puede. No trato de convencer a nadie de nada. No va de eso.
Claro, porque nada es casual. Si algo dentro de ti se activa para venir a ver esto, será por algo.
Y muchas veces no lo entiendes. Es algo irracional. Ahí entra de nuevo la intención. Hay personas a las que esta propuesta les repele, y otras a las que les atrae. No porque sea mejor o peor, sino porque sintoniza o no con su momento vital, con su energía, con su disposición.
Sin duda la palabra es intención.
Siento que muchas veces se crea por crear, sin detenerse a pensar qué se está diciendo.
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Pero también porque el arte, igual que la moda, es reflejo del contexto que vivimos. Todo lo cultural lo es.
Para mí esta exposición habla del presente, desde un lugar reflexivo, no desde ir a favor del sistema y producir sin parar, sino pararse, esperar, frenar un poco el ritmo.
Y en el fondo todo tu trabajo, incluso el más comercial o editorial, tiene que ver con esta misma investigación.
Para mí es todo lo mismo. No concibo hacer imágenes porque sí. Me interesa ver las imágenes como contenedores de intención. Un amigo me habló una vez de cómo volcamos intención en los objetos. Con las imágenes pasa algo parecido.
Claro, es tu forma de mirar.
Es imposible que no salga. Es mi ojo. Por eso digo que para mí hacer fotos es un ritual. Y la exposición en sí también lo es.
¿La exposición como ritual en sí misma?
Cien por cien.
¿Y el ritual siempre es consciente?
No. Si fuésemos conscientes de todo todo el tiempo, sería agotador… o quizá estaríamos iluminados como Buda.
En esta muestra hay autoconocimiento, pero también hay una voluntad de mostrarse.
Totalmente. Hacer esta exposición es romper una barrera, exponerme, mostrarme. Es decir: es hora de que se vea lo que hago.
No desde el ego, sino desde una necesidad de posicionarte en el mundo.
Sí. Porque en redes es agotador. Siempre hay algo que te aplasta por encima. En cambio, este acto simbólico de estar presente, recibir a la gente, mostrar el trabajo, para mí es un bautizo, es decir este es mi lugar, esto es lo que hago, esto es lo que puedo ofrecer.
También hay algo muy primitivo e inocente, un quiero que me conozcas y al mismo tiempo aparece el miedo al rechazo.
Claro. Pero que algo no guste no significa que sea un rechazo personal. A veces no encaja en ese momento. La resonancia depende del tiempo, del contexto, de la experiencia. La exposición la hago primero para mí. Y dándome ese servicio, puedo ofrecérselo a otros. Como personas creadoras, tenemos que dar. Si no compartimos lo que hacemos, entonces es cuando somos egoístas. Hay que quitarse el miedo a parecer egocéntrico. Lo verdaderamente egocéntrico es guardártelo todo.
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