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Natural, sincero y apasionado por su trabajo, así es como se muestra el fotógrafo Rubén Vega en la entrevista que le hemos realizado. Un referente a nivel nacional que colabora con artistas, modelos y firmas de reconocido prestigio; un profesional que cada día pone todo su empeño por seguir progresando y construyendo su propio estilo, sin olvidar los inicios: “He chupado rollos de 120 hasta quedarme sin lengua.” Los retratos de Rubén Vega son intensos, magnéticos, cautivantes. Sus trabajos juegan a crear interrogantes, convierten lo cotidiano en fascinante y son capaces de mostrar la belleza de lo decadente. Un universo formado por miradas penetrantes, ausencias, objetos solitarios y paisajes en los que el vacío se impone.

¿Recuerdas cuándo fue la primera vez que tuviste una cámara de fotografía en tus manos?

El otro día ordenando cajas me di cuenta de que hago fotos desde muy pequeño. Sin embargo, para mí todo empieza el año en que mis padres me mandaron a estudiar a un Instituto en Seattle. Allí, un amigo alemán me animó a meterme en clase de fotografía. Mi padre americano me prestó su Nikon fm2, me enseñó a utilizarla y en clase aprendí a revelar y positivar. Fue un amor a primera vista.

¿Qué te llevó a hacer de la fotografía tu profesión?

¿Vocación? Era y es lo que más me gusta. En la Universidad era la parte que más disfrutaba. Me gustaba encerrarme en el laboratorio y con ello me sacaba un dinerillo revelando y positivando el blanco y negro para una tienda de fotografía. Ahora me acuerdo de mis tardes de verano en calzoncillos, encerrado en un baño diminuto en casa de mis padres sudando como un perro. Después de estudiar, me puse a trabajar con un fotógrafo y hasta hoy.

¿Si no fueras fotógrafo, a qué te gustaría dedicarte?

Si te digo la verdad, nunca me lo he planteado, no he hecho otra cosa en mi vida. Ahora que me lo preguntas, seguramente algo relacionado con el arte, la música, el deporte o incluso la hostelería.

¿Cómo fueron los inicios?

Como ayudante de fotógrafo. He chupado rollos de 120 hasta quedarme sin lengua. Primero trabajé con un fotógrafo de publicidad con el que aprendí muchísimo. Un día vi un editorial de Christophe Kutner en Vogue Italia y me quedé enamorado. Escribí un email a su agente en París y le dije que si algún día necesitaban un ayudante en España, que aquí estaba. Al mes siguiente me llamó Christophe para ir con ellos a trabajar por Andalucía para Vogue. A partir de entonces, y como freelance, colaboré con gente como Paolo Roversi, Brigitte Lacombe, Anthony Mandler, Sophie Delaporte… Ser de los pocos ayudantes con inglés en Madrid y ser buen currante me dio la oportunidad de trabajar con gente muy buena. A la vez, fui haciéndome un portfolio a base de test y fotos personales, y cuando estuve convencido de que tenía lo que quería, entonces me lancé a enseñarlo.

¿Alguna obsesión que haya marcado tu trabajo?

Tener un estilo y ser honesto con lo que hago. Cuando te ganas la vida trabajando para revistas, a veces es difícil encontrar ese equilibrio. Uno lucha por tener una identidad. Poco a poco, voy consiguiéndolo. Cuando trabajo necesito creerme todo: el estilismo, la localización, el pelo..., todo me obsesiona, porque en cuanto una de esas piezas falla, lo demás se va a la mierda.

¿Y referentes?

En mi corazón, por las razones que sean, tienen un hueco especial Harry Callahan, William Eggleston, Bruce Davidson y Lee Friedlander, por citar algunos. Siempre he tenido debilidad por la fotografía norteamericana. El año pasado hice el ejercicio de no mirar revistas ni internet, volví a ellos, a mis libros. Necesitaba algo de paz. También me gusta mucho del trabajo de Glen Luchford, Christophe Kutner, Juergen Teller o Alasdair McLellan.

¿Alguna manía o hábito a la hora de fotografiar?

Dejar bien claro lo que quiero a mi equipo y a la persona que voy a fotografiar, ya sea con referencias o una conversación. No soporto que las sesiones se eternicen, tengo fama de rápido. Una vez está todo listo, necesito que todo vaya fluido. Siento como la energía se escapa cuando las cosas van lentas y me pone muy nervioso. Cuando trabajas tanto con actores, tienes que volar y tenerlo muy claro, suelen venir con un horario muy marcado.

¿Qué parte del proceso es la que más te gusta?

Todas tienen su punto. Me gusta el momento en que comienzo a construir la historia días antes en mi cabeza, el instante antes de disparar, cuanto todo está listo y veo por el objetivo lo que me había imaginado, el final de una buena sesión en la que el resultado es el que quiero.

¿Qué te llevó a interesarte por la fotografía de moda?

Estudiando un Master de Fotografía coincidí con Ana Locking. Yo era un pipiolo y tenerla de compañera durante un año me influyó y me motivó bastante. Recuerdo que un día me enseñó un Vogue Italia y me dijo: “Rubén, esto es la biblia”. Para mí fueron todo un descubrimiento las editoriales de Meisel, Roversi, Lindbergh o Deborah Turbeville.

¿Crees en las musas, tienes alguna?

Por supuesto que creo, pero es una cosa muy personal. Puede serlo para mí y no decir absolutamente nada a otra persona. “Musa” es alguien a quien te encanta volver a ver, con la que pasas un gran rato y sabes que te va a responder. Un ojito derecho, vaya. Yo quiero musas todo el rato. Además de mi mujer, María Valverde, Alba Galocha o Caroline de Maigret lo son. Espero encontrar muchas más, porque el acto de fotografiarlas y mirarlas por el objetivo se convierte en 100% puro placer.

¿Qué buscas a la hora de retratar a las personas?

¿Hay que buscar algo en concreto? Quizá esa búsqueda es lo que me tiene enganchado, quizá esté destinado a hacer retratos y ese sea un don que no puedo explicar. Quizá esta repuesta tienen que dártela mis imágenes, no yo.

¿Cuál consideras que ha sido el lugar más extraño en el que has trabajado? ¿Y el que más te ha impresionado?

En una casa abandonada donde nos pasaron cosas muy, muy extrañas. Una de las cosas buenas de esta profesión es que ves muchos sitios impresionantes, han sido muchos, no sabría cual decirte.

¿Qué consejo darías a alguien que tiene claro que quiere ser fotógrafo?

Le diría que si lo tiene claro, a por ello. Es un mundillo difícil pero no imposible. Lo importante es arrancar, porque el tiempo poco a poco te va poniendo en tu sitio. Es una auténtica carrera de fondo y hay que tomársela como tal. Yo trabajé como asistente en todas la situaciones posibles, aprendí muchísimo, conocí muy bien cómo funcionaba este mundo y tuve claro el camino que quería seguir. Pero bueno, ese es mi caso particular, a la vista está que hay otros medios y caminos para llegar a ser fotógrafo. Lo más importante es ser honesto con uno mismo y jugar muy bien tus cartas. La fotografía hay que amarla, respetarla y disfrutarla. El fotógrafo Kurt Markus, con el que trabajé durante unos días hace unos años, y con el que además mantuve conversaciones maravillosas sobre fotografía, me regaló un libro en la cena de despedida, donde escribió en la primera página: “Follow your heart and you will allways be original”. Desde entonces éste ha sido mi lema.

Si la siguiente fuese tu última foto, ¿qué o a quién te gustaría fotografiar?

Si te refieres a que es la última foto porque la voy a palmar, creo que me la guardaría para hacérsela a alguien a quien admiro allí arriba (risas).

TEXTO
ESTIBALIZ ARIZ

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