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“La fotografía es un espejo del mundo pero también un altavoz del alma”, dice el artista Roger Grasas. El fotógrafo catalán, que fue uno de los primeros en poder retratar la realeza saudí cuando la policía religiosa del país todavía consideraba la fotografía como un acto ilegal, lleva años mostrando ese reflejo del mundo pero también de sí mismo. La condición humana, los viajes, la religión, la espiritualidad, la globalización y la tecnología convergen en varias de sus series, que le han llevado a descubrir el mundo durante décadas, y crean un compendio visual de cómo el cambio es lo único constante en el mundo, así como en nosotros mismos.
La fotografía te ha permitido conocer mundo, algo que siempre habías querido. A parte de esto, ¿qué es lo que te atrapó de la fotografía? ¿Cuándo supiste que querías dedicarte a esto?
Creo que fue durante la adolescencia. En medio de las turbulencias que acompañan el descubrimiento de la propia personalidad, recurrí a la fotografía en la tarea de definir la identidad. Y aunque solamente tenía 13 o 14 años las fotografías de mi infancia me sirvieron para conectar presente con pasado a través de un sentimiento que siempre he asociado con la imagen fotográfica: la nostalgia. El sentimiento agridulce de anhelo por un momento pasado y el deseo infructuoso por detener el tiempo fueron lo que me cautivó inicialmente de la fotografía. Más adelante descubriría que la fotografía también puede ser un buen método de conocimiento y de conexión con la realidad.
Combinas fotografía por encargos con ser profesor y con la realización de tus proyectos personales. ¿Es difícil vivir siendo fotógrafo actualmente?
En general, sí lo es. Durante estas dos últimas décadas, la implementación de las tecnologías digitales de la imagen juntamente con la expansión de internet ha ido generando una serie de consecuencias que han afectado mucho la profesión. Hasta finales del siglo XX, el fotógrafo era una especie de ‘artesano’ de la luz que dominaba unas técnicas y unos equipamientos indescifrables para la mayor parte de la población. La llegada de la fotografía digital democratizó la fotografía y sus tecnologías. Rápidamente, la fotografía ha pasado a convertirse en lenguaje universal, con la correspondiente pérdida de estatus del fotógrafo profesional dentro de un mercado con un elevado grado de competencia. La imagen ha engullido a la fotografía.
El sector editorial está en crisis desde hace más de una década y una parte importante del mercado de la fotografía publicitaria ya no busca calidad sino que prima la rapidez y una estética pensada más para las volátiles pantallas que para el papel impreso. En los países industrializados, hoy día todos somos creadores y lectores de fotografías, y todos llevamos una cámara fotográfica en el bolsillo. El vídeo también ha ocupado una parte importante del mercado que antes era de la fotografía.
Pero vivimos en un mundo muy paradójico. Pese al panorama en declive de la profesión, el mundo de la fotografía artística nunca había estado tan en alza. Hay autores que venden fotografías por cientos de miles de dólares, incluso millones. Y la avidez por representar la realidad a través de la imagen fotográfica nunca había estado tan presente en la sociedad como ahora. Todo, absolutamente todo se fotografía. Lo primero que le pasa a un bebé al nacer hoy día, cuando ni tan siquiera se le ha cortado el cordón umbilical, es que alguien le hace una foto. La fotografía sigue siendo magia.
Has dicho que la fotografía te ha permitido conocerte a ti mismo. Hace unos meses, en una entrevista con Marita Alonso sobre su nuevo libro Si echas de menos el principio vuelve a empezar, hablábamos de lo importante que era el autoconocimiento y como a veces lo evitamos. ¿Cómo la fotografía te ha impulsado al autoconocimiento?
Creo que la fotografía, consciente o inconscientemente, acaba convirtiéndose en un modo de señalar los temas que a uno le interesan. Y esos temas acaban convergiendo en realidad en un entramado conceptual que tiene su correlación con el propio carácter de cada fotógrafo. Por tanto, creo que, de algún modo, revelar el universo de un fotógrafo es sinónimo de revelar también el mundo interior que a veces, por cercano, uno no advierte. En mi caso, por lo menos, hay algo de esto. Cuando dirijo la cámara repetidamente hacia determinado tipo de situaciones o escenas es porque en esas situaciones hay escenas hay algo que me ‘atrapa’ –con los años, este ejercicio se vuelve terapéutico.
A través de tus diferentes proyectos personales has fotografiado el cambio tecnológico o capitalista que ha ido viviendo el mundo. ¿Cuándo empezaste a focalizarte en este tema?
Es difícil decir el momento exacto, pero creo que fue cuando empecé a viajar de forma más o menos continuada, allá finales de los 90. Fue una época en la que se instauró de manera clara el concepto de globalización. La combinación de capitalismo con tecnología parecía modelar un mundo cada vez más sofisticado e indescifrable pese a que la globalización prometía un mundo homogéneo.
Tal vez fue el destino, o un simple giro de la vida, pero acabaste instalándote en Riad cuando una princesa de Arabia Saudita te contrató para hacer las fotos de su boda. ¿Fue un punto de inflexión en tu carrera?
Absolutamente. Han habido otros, pero este sin duda fue uno de los más cruciales. Ese encargo ha comportado quince años de viajes por Oriente medio y dos proyectos de largo recorrido, Min Turab y Ha Aretz.

“Creo que, de algún modo, revelar el universo de un fotógrafo es sinónimo de revelar también el mundo interior que a veces, por cercano, uno no advierte.”
Precisamente en Min Turab exploras el nuevo paisaje árabe surgido de una transformación social, cultural, paisajística y estética. Es un proyecto que reúne fotografías hechas entre el 2010 y el 2017. Dado que comprende un período de tiempo bastante largo, ¿a qué dificultades te enfrentaste durante estos años?
De entrada, cuando llegué a Arabia Saudí, la fotografía estaba oficialmente prohibida por la ley coránica. Hacer fotos por la calle podía estar penalizado por la mutawwa –la policía religiosa saudí–, y cuando viajé por toda la península arábiga para mi proyecto Min Turab fui interrogado en repetidas ocasiones. También era una época donde el incipiente terrorismo jihadista había causado estragos en la propia Arabia Saudí, y eso no ayudaba.
Fui uno de los primeros fotógrafos occidentales en fotografiar las altas esferas de la realeza saudí, eso creó recelos en parte, pero con los años me otorgaron una cierta confianza que me permitió acceder a situaciones fotográficamente únicas. Otra de las dificultades intrínsecas a cualquier proyecto de largo recorrido es que si el tema no tiene muchas capas desde donde atacarlo, puedes acabar perdiendo motivación.
“El problema de nuestros tiempos es que el futuro ya no es lo que era”, dijo Paul Valéry. Utilizas esta frase para introducir el proyecto At€nea, en el que viajaste por la Europa contemporánea. ¿Cuál es tu concepción de nuestro futuro?
Parece claro que cuando hablamos de futuro (o incluso de presente), este ya no le pertenece a Europa ni tampoco a América. Es el turno de Asia, como civilización hegemónica para el siglo XXI. En las últimas décadas, Europa ha demostrado un egoísmo y una gran inconsistencia como proyecto. La facticidad de la economía ha fagocitado el ‘postureo’ de la política (no digamos a la ética), y con ello se ha diluido lo social. Los que han sido elegidos no gobiernan, y los que gobiernan no han sido elegidos.
Europa se ha convertido pues en un mero continente, un bastión impenetrable en cuyo interior no hay más que defensa: la infame política en la cuestión de los refugiados y el alza de los populismos de la ultra-derecha lo constatan. Occidente ha hecho pedazos el imperativo categórico como fundamento de una ética kantiana universal que entendía la humanidad como fin y no como medio para conseguir algo.
Hotel, dulce hotel es otra de tus series fotográficas, una especie de sociología del viaje a través de plasmar diferentes hoteles. ¿Los temas de las series los piensas antes y luego realizas una exploración fotográfica, o es algo que te vas encontrando en el camino y luego va tomando forma?
Mis trabajos de largo recorrido suelen venir como consecuencia de una experiencia personal previa que posteriormente se conceptualiza y se convierte en proyecto. En este caso concreto es también así, es más, yo diría que se trata de una especie de work in progress sin principio ni final, un proyecto que bascula alrededor de la idea de viaje como modus vivendi. Justamente este año he decidido poner un punto y aparte, recopilar el material de dos décadas, editarlo y publicarlo en formato foto libro.

“En mayor o menor grado creo que todos los creadores nos mostramos y nos representamos a través de la obra. La fotografía es un espejo del mundo pero también un altavoz del alma.”
“El artista debe pintar no solo lo que ve delante de él, sino también lo que ve dentro de él”, dijo el pintor David Friedrich. Esta frase me ha recordado a tus fotografías, porque en cada una de ellas retratas algo mucho más extenso que lo superficial. ¿Qué piensas tú al respecto?
Coincido plenamente. En mayor o menor grado creo que todos los creadores nos mostramos y nos representamos a través de la obra. La fotografía es un espejo del mundo pero también un altavoz del alma.
Ibas a participar en el Festival Lumínic de este año, que como el resto de festivales de foto y música, debe cancelar la edición de este año y pasarla a 2021. El Covid-19 ha truncado todos nuestros planes y expectativas, ¿cómo te está afectando a ti? ¿Cómo llevas el confinamiento, y qué estás haciendo para sobrellevar la cuarentena?
Esta pandemia tiene muchos posibles análisis y consecuencias. Más allá del evidente drama biomédico que ha causado, está claro que ha puesto en jaque otras esferas de la humanidad, especialmente la económica, dado el carácter globalizado del mundo de hoy. Hoy día todo está interconectado: la economía, la cultura, el ocio, la moda, etc. pero también el terrorismo, el narcotráfico y, en este caso, las enfermedades.
En mi caso, la pandemia me ha afectado negativamente a nivel profesional por la cancelación de varios encargos, presentaciones, festivales y una par de exposiciones. Pero en cambio, a nivel personal, este paréntesis temporal ha sido enormemente positivo. Ha sido un auténtico regalo poder disfrutar de tres meses de convivencia familiar con mi compañera y nuestra hija de diez meses. Además, tenemos la suerte de vivir en una casa en el corazón de Collserola, aquí el confinamiento se ha vivido de otro modo.
Este tiempo suspendido también me ha permitido poder avanzar en proyectos fotográficos que tenía en el ‘cajón’ y para los que muchas veces no había tiempo. El mundo acelerado en el que vivíamos se ha visto milagrosamente paralizado y lo importante ha podido pasar por delante de lo urgente. ¡Ojalá retengamos esta lección!

Texto
Emma Vilagran Leal

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