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La obra de José Pedro es muchas cosas a la vez: paisajes de ensueño, naturaleza, erotismo, pero también mal gusto. Y es que, como él mismo explica, el mal gusto forma parte de la perspectiva cultural que tengamos. Para él, es un halago. Sus obras son verdaderas fantasías, ilusiones en las que se le da una vuelta de tuerca a lo que la historia del arte ha ido repitiendo a lo largo de los siglos: el cuerpo masculino deja de representar el heroísmo y el liderazgo para convertirse también en objeto de deseo y en ‘cosa’.

Su obra es un verdadero sueño homoerótico: tan revolucionario como bello. Sus fuentes de inspiración están muy alejadas las unas de las otras, pero comparten algo, quizás la exuberancia, el hedonismo y la exageración en sus formas. Tanto puede nombrar a Donatella Versace como a Fragonard. Supongo que ahí está su secreto. Lo que no se puede obviar es que, sea como sea, su obra no te va a dejar indiferente.

Se ha relacionado tu obra con el mal gusto, con lo camp, pero yo no logro verlo; veo más bien hiperrealismo, paisajes de ensueño, oníricos y bonitos, con una fuerte presencia del cuerpo humano. ¿Dónde está el mal gusto?
Hay perspectivas que son culturales, y en Chile el bueno gusto está muy relacionado con la austeridad. Entonces, casi cualquier exotismo o abuso ornamental está mal visto. Lo mismo pasa en el arte, específicamente en la pintura, donde hay una fascinación por la síntesis, el gesto, el inacabado y las paletas acotadas donde todo es café. A mí ese tipo de pintura no me interesa. Obviamente, el gusto es una idea que impone una élite, que puede ser cultural o social, y es a partir de estos criterios que se ha hablado del mal gusto en mi trabajo, y no siempre como algo malo. De hecho, yo siempre lo tomo como un cumplido. Todas esas cosas que nombras (paisajes de ensueño, oníricos y bonitos, cuerpo humano casi siempre de hombres y desnudos) pueden estar vinculadas a la idea de mal gusto.
Muchas de las referencias que hay en mis cuadros vienen de un imaginario popular como posters, afiches de teleseries, postales y portadas de novelas de literatura rosa, donde se insiste en destacar la apariencia de lo bonito exagerando las formas de la belleza, y que además son leídas como una versión reducida de la obra de arte. También tengo una fascinación por lo cursi, los lugares comunes y el melodrama. Eso se refleja en mis cuadros, tanto en los temas como en las poses afectadas de los personajes, en el abuso descriptivo y en la saturación de las imágenes. Son cosas que vuelven muy sexy a la pintura. En cuanto a lo de hiperrealista, no lo soy para nada. Puede que algunos cuadros sean más realistas que otros. Algunos son de formato muy grande, y al ser fotografiados y verlos reducidos en pantalla pueden verse, a veces, como hiperrealistas.
Se habla de tu obra como la representación de una pulsión sexual, ¿crees que forma parte inherente del instinto masculino (que es lo que más muestras)?
En mi trabajo se repiten algunas formas y fórmulas que están instaladas en nuestro imaginario y en nuestra cultura vinculadas a la representación homoerótica del descubrimiento de la sexualidad o a la apariencia del deseo. Leo tu pregunta de dos formas, entonces una de las respuestas es: sí, la pulsión sexual es parte inherente de las personas.
Si la pregunta es si la forma en cómo represento la pulsión sexual es parte inherente del instinto masculino, creo que no. Pero sí es parte de mucha gente que ha tenido una educación visual y homoerótica vinculada a ciertos referentes, imágenes, libros, películas y videoclips que compartimos. Hay muchos creadores (pintores, ilustradores, escritores, cineastas, etc.) que construyeron las imágenes paradigmáticas del homoerotismo. Eso ha tenido una continuidad y se ha convertido en una tradición, y me interesa trabajar sobre esa tradición relacionándola también a otros temas.
También se relaciona tu obra con un viaje onírico, y supongo que por consiguiente, con algo alejado de la realidad. ¿Los sueños de José Godoy son hombres desnudos en ambientes exóticos?
Bueno, más que un viaje onírico es la figuración de una fantasía o una idealización, y eso está vinculado a cómo se representa una persona como objeto de deseo, desde la historia del arte hasta la publicidad y la pornografía. La distancia que impone esa idealización también está determinada porque al cuerpo se le quita humanidad: olor, temperatura, tacto, etc. Me interesan esa higiene y esa distancia. La apariencia de lo falso. Por eso mismo me gustan las teleseries, porque son idealizaciones que casi siempre rozan la ridiculez, y esa fórmula logra generar emociones en los espectadores. Eso es lo que trato de repetir en pintura. Casi nunca sueño con hombres desnudos en ambientes exóticos, y si sueño eso es porque les estoy tomando fotos para después pintarlos (siempre pinto a partir de foto). El único sueño recurrente que tengo es que estoy en una playa que en vez de arena tiene pasto, y llega una ola grande, demasiado grande. Ahí despierto.

¿Crees igualmente que tus obras pueden reflejar algún tipo de realidad?
Sí, pero dentro de esos códigos de los que te he hablado. Una versión melodramatizada, exagerada, afectada de cosas y personas que son reales: desde un balneario hasta un retrato.
He leído que te puedes pasar ocho horas al día pintando, ¿ha sido imprescindible esa disciplina o el arte es algo más innato en ti?
Generalmente voy a mi taller cinco días a la semana, a veces seis, y estoy allá entre ocho y nueve horas. Es una jornada de trabajo más o menos parecida a la de cualquier persona. En ese tiempo pinto pero también almuerzo, ordeno, trabajo en el ordenador, salgo a comprar algo, o saco fotos. Así que no es que esté necesariamente las ocho horas pintando, aunque eso es lo que más me entretiene y los días que más disfruto son los que no tengo otra cosa que hacer. No creo que tener una disciplina o una rutina fija sea algo imprescindible en el arte –cada uno con sus metodologías–, pero a mí me gusta. Además, pintar es lento. A mí me cuesta mucho poder hacer todos los cuadros que se me ocurren: me pongo ansioso y aprovecho eso para pasar muchas horas pintando.
Dijiste que el mejor artista vivo era el inglés David Hockney, pero, ¿y el mejor artista de todos los tiempos? ¿Cuáles son tus referencias?
A mí me parece el mejor, pero lo dije porque es el que más me gusta. Los artistas no pueden clasificarse de mejor a peor, como pasa con los deportistas olímpicos o los concursantes de Eurovisión. Por lo mismo, tampoco existe un mejor artista de todos los tiempos. Rubens, Fragonard y el periodo Rococó han sido siempre grandes referentes, y como te decía antes, hay muchos otros que no pertenecen a las artes visuales o a la pintura, como Los Caballeros del Zodíaco, Jean Cocteau, Marcus Schenkerberg y Marky Mark para Calvin Klein, Doña Bárbara, Pedro Almodóvar, Calígula de Tinto Brass, el vídeoclip de She Bangs de Ricky Martin, Manuel Puig, Donatella Versace, Lady Óscar. Cosas así.

A lo largo de la historia del arte, el cuerpo y la figura femenina han sido un recurrente objeto de deseo, pero tú le das la vuelta y pones la masculinidad en el punto de mira. ¿Qué sentido le quieres dar al desnudo masculino, qué quieres transmitir con él: deseo, erotismo, sexualidad? ¿Quizás heroísmo, fuerza, y liderazgo?
Cosificar al hombre, mostrarlo como objeto de deseo. Eso es parte de la tradición homoerótica de la que te hablaba antes, y se puede ver en muchos de los referentes que mencioné. Y siguiendo tu pregunta, me interesa cómo ciertas características de la representación del hombre desnudo en la historia del arte, que han sido utilizados para mostrar su heroísmo, fuerza y liderazgo, terminaron siendo las mismas que permitieron volverlo un sujeto que posa pasivamente como le correspondía a las mujeres, ofreciéndose así a quien lo mire.
Del mismo modo, las flores y la naturaleza son constantes en tus obras, ¿de qué modo se complementan los desnudos y la figura masculina con las flores, que tradicionalmente se relacionan más con la feminidad?
Hay una relación entre naturaleza y artificio. Un leopardo, una rosa, una puesta de sol, una selva o un hombre desnudo van a estar representados con los mismos códigos: exagerando sus formas, idealizando su apariencia, saturando sus colores y dándole una cualidad plástica a su materialidad. Por otro lado, está el uso de lugares comunes como punto de partida, y ese cliché de representar la dualidad entre masculino y femenino asemejando un hombre a una flor es algo recurrente en mi pintura. Del mismo modo en que una imagen sexual se llena de cursilería vista junto a una flor, la flor se erotiza.
Estuviste exponiendo tu obra Animales Salvajes en la Fresh Gallery de Madrid durante el último mes. En ella te reafirmas: bebiendo de la cultura pop, el camp y plasmándolo a través de técnicas más clásicas. En realidad, se conjugan conceptos un poco contradictorios, ¿no?
El camp tiene mucho de esa mezcla entre alta y baja cultura, y esa es una de las razones por las que Óscar Contardo lo toma para hacer una lectura de mi trabajo en el texto que acompañaba la exposición. Para mí tiene sentido, aunque no pinto pensando ‘voy a hacer un cuadro camp’. Y la conjugación de conceptos contradictorios está muy presente en las imágenes que pinto: naturaleza/artificio, masculino/femenino, bien/mal, placer/dolor, etc.

¿Cómo está el panorama artístico en Chile? ¿La obra de qué artistas del país (o de otros puntos de Latinoamérica) destacarías?
A nivel de artistas está muy bien, pero el gran problema es que en todos los otros aspectos es muy precario. Hay pocas salas de exposición, los espacios institucionales no tienen presupuesto, hay mucha burocracia, la inversión cultural tanto pública como privada es deficiente, etc. Parece no haber interés en generar audiencias. De hecho, los museos, centros culturales y centros de arte apenas sobreviven, casi no hay galerías de arte. Y si hablamos de fuera de Santiago, la cosa está mucho peor. De los países latinoamericanos puede que Chile sea de los más deficientes culturalmente hablando, aunque al mismo tiempo, es de los más estables y ricos per cápita. Hay artistas chilenos que me gustan mucho, como Claudia Bitrán, Pablo Lincura, Matthew Neary e Ivana de Vivanco, y también sigo el trabajo de Sandra Gamarra, de Perú; Max Gómez Canle y Nahuel Vecino, ambos argentinos; y Daniel Lannes, Mariana Palma y Rodolpho Parigi, que son brasileños.
¿Nos puedes avanzar algo de tus futuros proyectos?
Durante los próximos meses estaré participando en tres exposiciones colectivas en Santiago, una sobre procesos creativos en el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), otra en la Sala Nemesio Antúnez de la UMCE, en la que junto a cinco artistas abordamos la juventud, tema que da nombre a la exposición, y la tercera son intervenciones en un edificio a medio abandonar en el centro de la ciudad. Esta última muestra es parte de un programa en el que estamos trabajando junto a mis compañeros de taller, donde buscamos potenciar nuestro lugar de trabajo como espacio de exposiciones y encuentros artísticos. También tengo dos proyectos editoriales que tendrán forma de revista o libro, donde habrá una relación entre pintura, ilustración y literatura.

Texto
Jesús S. Ferrera

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