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“Llevo un tiempo obsesionada con capturar mis recuerdos de infancia, no sé por qué creo que los necesito para encontrar quién soy ahora”, confiesa la artista Sophia Pega. Y quién no querría acordarse de una infancia en una masía en un pueblo remoto de Menorca en la que corría al aire libre, estaba en contacto con la naturaleza, ordeñaba sus propias cabras y trasteaba por el bosque con sus amigos.

Este cierto apego nostálgico, sin embargo, no es una losa que arrastre ahora que ha pasado por varias ciudades –incluyendo París y Londres hasta quedarse en Barcelona. Bien al contrario; es el motor que impulsa su creatividad, una fuente de inspiración inagotable que se traduce en su predilección por los motivos naturales, la desnudez y lo onírico.

Has estudiado moda, pero también sientes una especial predilección por la pintura –tu madre también es pintora. ¿Cómo combinas estos dos mundos en tus diseños?
Tengo la sensación de que todo se mezcla con todo. Trabajo desde mi piso-estudio en proyectos muy diferentes entre ellos (de moda, de interiorismo, para redes), y que surgen de forma espontánea y sin orden, a la vez que avanzo en mi propia obra e ideas. No tengo horarios, y el salón y la cocina suelen ser una extensión de mi zona de trabajo. No separo mucho el tiempo que le dedico a los encargos del que le dedico a la pintura y a mi vida personal, ni lo que me inspira para dibujar de lo que me inspira a la hora de diseñar. Acabo por entrelazar todo de forma orgánica.
Creciste en una masía rodeada de bosques y animales en el centro de la isla de Menorca. ¿Ha supuesto eso una influencia para ti a la hora de crear tus obras, que están llenas de colores, mujeres desnudas, plantas y animales?
Creo que es inevitable estar influenciada por el ambiente en el que crecí. Son 18 años viviendo en una casa en medio del campo, y creo que fueron particularmente especiales los años de infancia: montábamos a caballo, les dábamos de comer y peinábamos, buscábamos los huevos de las gallinas en el pajar, ordeñábamos las cabras –a mí no se me daba muy bien, pero me gustaba beber la leche todavía tibia con su espuma– y las íbamos a buscar en un paseo cuando estaban sueltas pastando. Pasábamos mucho tiempo jugando al aire libre, gran parte de las veces medio disfrazados con leotardos, rodilleras y telas enrolladas, investigando rincones del bosque, subiéndonos a los árboles e inventando juegos con bastantes componentes mágicos.
También nos encantaba estar dentro de casa preparando espectáculos de circo, ensuciando la cocina con nuestras recetas con de todo o viendo dibujos animados durante horas en la biblioteca, unos sentados sobre la alfombra persa y los otros en las butacas y el sofá. En general, siento mucha nostalgia de esa época, que se vuelve cada vez más lejana. Utilizarla para pintar es mi manera de aferrarme a una identidad de la que no me quiero desprender.
Tu universo pictórico personal es muy característico, único y parte de ti. ¿Cómo has desarrollado tu estilo artístico y cómo ha evolucionado desde que empezaste?
Llevo un tiempo obsesionada con capturar mis recuerdos de infancia, no sé por qué creo que los necesito para encontrar quién soy ahora. Estoy en un proceso de definición de la identidad, y la pintura es el medio por el que puedo tirar del hilo. Al principio empezó como algo inconsciente, de hecho, las primeras obras respiran esa infancia pero se mezclan con inspiración y referencias que no tienen nada que ver, por lo que me resultan menos reales, si eso tiene sentido. No ha sido hasta empezar a trabajar sobre recuerdos y sensaciones concretas que no he empezado a conectar de verdad con mi obra.
Está siendo lento y sigo de alguna forma en la base de planteamiento, dando vueltas alrededor de las ideas y recolectándolas en forma de escritos y dibujos, pero siento que estoy consiguiendo darle el simbolismo que necesito a mi trabajo y que en algún momento podré pasar de nuevo a una pintura más compleja. Lo interesante de esta etapa es que la necesidad de centrarme en el contenido me ha permitido desarrollar un lenguaje que identifico como propio basado en el dibujo, que se está volviendo más y más simbólico.
Es curioso también cómo he extrapolado esta fijación por entender de donde vengo al resto de mi vida. Estoy comprendiendo por qué soy como soy y me gusta lo que me gusta y hago lo que hago, y me veo constantemente buscando nexos entre mi pasado y mi presente a través de cosas como los objetos que me rodean, de cómo cocino o de las fotos que tomo.

Durante tu trayectoria profesional has trabajado en diferentes proyectos y colaboraciones. ¿Con qué tipo de trabajos disfrutas más?
Disfruto sobre todo cuando los encargos están muy relacionados con lo que me ronda en la cabeza en ese momento, cuando entran como un perfect match con lo que estoy trabajando a nivel personal. Diría que porque se vuelve una extensión de este trabajo propio y porque siento que se me está comprendiendo.
¿Y con quién te gustaría colaborar?
Siempre pienso en colaboraciones con ceramistas. Me gusta la idea de diseñar mano a mano con ellos y ellas las piezas de barro y los motivos a pintar, y que pasen del papel a las tres dimensiones con sus texturas y esmaltes. Hice algunas piezas hace un tiempo y me pone contenta que tengan cuerpo y se puedan utilizar.
¿Cómo es el proceso de tus diseños? Guíanos un poco por tu rutina de trabajo.
Empiezo siempre con la búsqueda de ideas. Necesito decidir cómo voy a enfocar la obra, qué técnica voy a usar, qué colores, qué formato y soporte. Cuando se trata de un encargo, funciono bombardeando mi cabeza con imágenes y seleccionándolas como pequeños referentes: este trazo, este espejo, este rosa perlado, esta sensación de descontrol. Internet es una mina de oro para ello, pero tengo también una pequeña colección de libros de pintores, movimientos artísticos y de diseño que utilizo constantemente, como Warhol Before Pop, Persian Painting, The Arts of the Book and Portaiture, Textiles of the Wiener Werkstätte 1910-1932, La Folie en Tête, Aux Racines de l’Art Brut o Matisse in the Studio.
Cuando se trata de pintar obra propia suelo recurrir a mi archivo de fotografías con los interiores de mi casa en Menorca, de la casa de mi madre o la de mi hermano mayor, que fue la primera casa de mi padre en España hace muchos años. Me inspiro en sus habitaciones, sus muebles y sus objetos, así como en los que tengo en mi propio piso, que están cobrando cada vez más importancia porque están también cargados de simbolismo. En ambos casos, una vez está todo decidido, me pongo a pintar y me encierro en el estudio con café hasta que sale. Últimamente me gusta poder pintar a deshoras, empezar por la tarde y acabar de madrugada. Me concentra saber que la actividad a mi alrededor es baja.

Has vivido en ciudades como París o Londres y ahora, en Barcelona. ¿Qué te han aportado estos diferentes lugares tanto personal como profesionalmente?
Fui a Londres con una de mis mejores amigas a estudiar unos meses en el London College of Fashion. Llegamos bastante perdidas y con prisas por encontrar un alquiler asequible, por lo que acabamos cogiendo una habitación con cama de matrimonio para las dos, mintiendo con que trabajábamos en vez de estudiar. Coincidió justo con Pascua (que son tres semanas de vacaciones) y con un tiempo horrible, y Sara estaba tan emparanoiada con que si no manteníamos un horario regular de entrada y salida nuestro compañero de piso (un exmilitar serbio gigante) iba a descubrir que mentíamos y hablar con nuestra casera, que nos pasamos marzo entero visitando todos los museos de la ciudad varias veces. Absorbimos una cantidad loca de arte.
En París viví con la abuela de mi hermano, Pablo, que es cocinero, mientras él vivía en casa de su tío, a dos minutos de distancia. Creo que con ellos aprendí bastante de rituales cotidianos, a cuidar los pequeños detalles del día a día y de la casa, del valor que puede tener levantarse pronto para bajar a buscar pan recién hecho y desayunar tranquilamente, leyendo y tomando café en las tacitas de barro de tal y tal sitio o teniendo siempre flores frescas en casa. Parece un cliché, pero fue una época realmente calmada y bonita.
Barcelona es mi casa desde hace once años, llevo tanto tiempo en esta ciudad que no sabría por dónde empezar a contar lo que me ha aportado. Tengo la sensación de haber vivido varias vidas aquí, aún no he decido si voy por la número tres o la cuatro.
¿Cuáles son tus referentes y tus fuentes de inspiración?
Hace un tiempo que estoy completamente enamorada de los pintores Faye Wei Wei y Danny Fox, pero tengo como referentes el trabajo de muchos otros artistas. Instagram se ha vuelto una herramienta increíble para ver sus universos y de alguna manera seguir sus procesos creativos. Estoy influenciada a parte a nivel pictórico por los dibujos de Warhol, por Matisse o por el Art Brut, y a nivel de ideas y motivacional, por los escritos de Valeria Luiselli, Patti Smith o Tracey Emin, entre otras. Pero mi fuente más directa de inspiración siguen siendo los objetos que voy recolectando y fotografiando junto a sus espacios y sus historias.
Aparte de la estampación, has diseñado en otros soportes diferentes. ¿Hay algo que te gustaría hacer y que todavía no has hecho?
Todavía no he intervenido sobre mobiliario. Me gustaría pintar directamente sobre sillas, lámparas, armarios, etc. También me gustaría aprender a pintar al fresco. Imagino que todo irá sucediendo.
Para terminar, ¿cómo se ve el futuro de Sophia Pega? ¿Qué próximos proyectos tienes en mente?
La idea es pasar ya al acrílico o al óleo sobre lienzo en gran formato, empiezo a sentirlo como una necesidad. Tengo en marcha un proyecto –todavía muy incipiente– en colaboración con mi amiga y artista Krystel Cárdenas, que me va a forzar a hacerlo muy pronto y estoy bastante impaciente e ilusionada por ello. También por todas las ideas que tenemos en mente, pero esperaremos un poco a contarlo.

Texto
Clara Muñoz

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