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Cuando se trata reflexionar sobre los estados del alma, Soledad Córdoba (Avilés 1977) encuentra en el desierto un paisaje que nos invita a conectar con nuestra parte más espiritual. Una desconexión vital necesaria para profundizar en aquellos estados que la artista experimenta en su propio cuerpo –siempre presente en su obra– trascendiendo la realidad en un diálogo entre la naturaleza y las emociones, íntimo y cargado de poesía.

Después de tres meses y medio de viaje por el paraje desértico más profundo e inmenso de Estados Unidos, Trilogía del alma no solo se integra de fotografías e instalaciones audiovisuales, reflejo de la magnitud de aquel espacio, sino que dentro del carácter performativo de la artista; la propia experiencia está presente de alguna manera en la muestra.

“Ese entorno me generó una sensación de libertad que no había vivido hasta el momento. Y eso de algún modo lo fui relacionando también con la propia experiencia y lo que quería contar de los estados del alma. Hay cosas que vienen de tus experiencias vitales: la resistencia, el sacrificio o los desprendimientos. ¿Cómo no vamos a saberlo? Nuestro día a día se basa en cosas así, ¿no? Y cómo nosotros nos hacemos conscientes de eso, cómo nos purificamos o cómo renacemos. Hacemos un viaje o nos encerramos en casa para desconectar. Podría ser la forma. Yo lo llevo a la parte más mística, idílica o más romántica de irte al desierto, que eso no lo puedes hacer todos los días. Poder ir ahí a curarte”, explica la artista.

Comisariada por Zara Fernández de Moya, Trilogía del alma expone el conjunto de una serie de visiones experienciales y simbólicas de Soledad, creadora de sus propios rituales y mitología en una particular representación universal del alma: “de la mujer peregrina, guerrera, maga; de la mujer trascendida, purificada, renacida”. Una trilogía presentada en tres exposiciones diferentes que lejos de presentarse como muestras estanco, respiran y se encuentran íntimamente relacionadas: Trascendencia, expuesta el pasado marzo en la antigua cárcel de Segovia; Purificación, actualmente en la Galería Gema Llamazares de Gijón hasta el 27 de julio, y Renacimiento, en la Galería Blanca Berlín hasta el 31 de julio.

Tendremos que esperar a septiembre de 2020 para disfrutar de la exposición de la trilogía completa en Barcelona, en el Espais Volart de la Fundació Vila Casas, tal y como nos adelanta la artista.

Eres Doctora en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid. ¿Cuándo descubres la fotografía?
La descubrí en la propia carrera –lo que es la parte más técnica, ya que era una asignatura y me vino muy bien porque pensaba que la pintura iba a ser mi medio, mi fuerte. Y sin embargo, de repente empecé a conocer los procesos de la fotografía y la propia herramienta me abrió otro mundo, otra visión que se adaptaba mucho más a lo que yo quería contar en ese momento.
Aunque mezclas disciplinas como el dibujo.
Hasta hace unos años hacía solo fotografía. Hasta 2012, que fui a París con una beca del Ministerio y empecé a trabajar el vídeo, no el dibujo. Pero sí que lo he llevado en paralelo porque lo he utilizado como medio para pensar, bocetar y trabajar la parte de las fotos. En “Devastación” ya me metí de lleno en instalación, vídeo, foto y dibujo.
Verás que en esta exposición también tengo dibujo, en la primera parte de esta Trilogía, Trascendencia, que expuse en marzo en la cárcel de Segovia, con una serie de dibujos sobre mujeres guerreras. Aunque en otra serie de trabajos, Limbo, ya empiezo a plantearme estas cuestiones sobre el alma, de los cambios de estado de una forma más profunda.
¿Cómo está estructurada esta Trilogía del alma?
Conceptualmente, el orden sería: primero Trascendencia, después Purificación y por último Renacimiento. Todas ellas giran en torno a los estados del alma. He elegido y trabajado seis estados–resistencia, sacrificio, desprendimiento, trascendencia, purificación y renacimiento.
¿Cuánto tiempo has estado trabajando en este proyecto?
En 2017 me dan una beca Leonardo a Investigadores y Creadores Culturales (Fundación BBVA) y empiezo a trabajar de forma más profunda todos estos estados. Sin embargo, no lo hago de forma independiente, pues cada rito que planteo, cada acción, es un compendio de varios estados del alma. Aunque luego los titule de esta manera, sí que he elegido tanto para Trascendencia, como para Purificación y Renacimiento obras que pueden aludir o invitan a pensar en esos estados pero que van mucho más allá, puesto que son multidimensionales y conviven entre ellos.
En un primer momento me lo había planteado como seis estados estancos, pero cuando me puse a trabajar en ello, vi que podían convivir. Cuando te pones a investigar, ves que dentro de todo el proceso vas llegando a otras conclusiones. Esto me hizo trabajarlo de una forma mucho más amplia.

A la hora de trabajar esos estados, vemos por ejemplo temas comunes como el paisaje o el cuerpo. También como lo mezclas con objetos, las piedras en este caso. 
Sí, hay unos elementos importantes. Entre ellos, el paisaje, que es esencial en todas las fotos. Uno de los objetivos del proyecto era hablar de la experiencia del cuerpo en el paisaje y de experimentar los procesos de estados del alma en un espacio concreto, que es el desierto. Busco que exista ese equilibrio entre el personaje que está haciendo una acción y el paisaje, de manera que ninguno pueda más que el otro. Es complicado porque cuando te vas a estos espacios tan bellos, inmensos o inconmensurables, a veces te quedas helada, no te puedes ni mover.
¿Dónde se localizan estos desiertos?
En diferentes desiertos de seis estados de Estados Unidos, donde hay una riqueza desértica muy poderosa. Hay desiertos de muchos tipos. No es el típico de dunas; son espacios inmensos y extremos, que es lo que ves en la muestra. Hay unos lagos inmensos de muchos kilómetros, secos, áridos, rodeados de cráteres de zonas volcánicas. Eran espacios rojos. Tierras rojas de Colorado y Arizona. También zonas con rocas más areniscas con formas extrañas.
Hay un paisaje muy rico y muy inmenso. Se generó muchísima obra. Fueron tres meses y medio de viaje en dos etapas. Estaba tan concentrada e inspirada y el propio viaje estaba siendo una experiencia tan importante que generé mucho trabajo y obra que no está expuesta.
¿Ibas descubriendo los paisajes o estaba planificado?
Este proyecto lo realicé a través de una beca, por lo que tienes que llevar una estructura y organizarlo muy bien. Nueve meses antes de irnos a Estados Unidos, ya habíamos trabajado todas las localizaciones por Google Earth, investigado, e intentando evitar los parques nacionales para poder hacer las cosas más libremente. De algún modo, lo había visto en 2D en plan virtual, pero no es lo mismo la experiencia de vivirlo y estar allí presente; es algo mucho más intenso.
De hecho, esperaba que me pasara algo así. Iba con cosas preparadas pero sabía que si realmente tenía que pasar lo que tenía que pasar, que era la magia del descubrir durante el viaje, la obra iba a expandirse y desarrollarse de otra manera. Y eso pasó. Por eso al final salieron más obra y más cosas que no me esperaba. Fue muy bonito y enriquecedor. Fue un viaje iniciático en todos los aspectos, no solo a nivel artístico y profesional, sino también personal.

¿Por qué un paisaje desértico?
Cuando tratas cuestiones del alma creo que es el lugar perfecto para poder despojarte de muchas cosas y estar en conexión con lo sagrado, con lo místico, con la reflexión, el interior, la conexión con tu cuerpo y con la parte espiritual. Te despojas de todo. Personalmente lo he vivido. El poder estar tú con tu proyecto sin ninguna interferencia, en la nada, solos, sin teléfono ni internet. Eso genera una desconexión vital que es importante.
A nivel conceptual, cuando hablas de los estados del alma, hay algunas escenas que representan la figura de la mujer arrastrando piedras. Puede asociarse a la carga que arrastran las mujeres pero no va exactamente por ahí…
Hay una lectura entre líneas, desde la visión de la mujer y desde el punto de vista feminista pero todo muy entre líneas. A mí me gusta trabajarlo así. Está ahí. Te lo expongo. Si quieres verlo, bien, y si no, nada. Claro que hay esa carga –viene de ahí–, pero no solo de las mujeres. Habrá hombres que lleven sus cargas también, ¿no? Las peregrinas que llevan esos velos arrastrando o las acciones de fuerza en las que voy tirando de piedras o piedras que tengo que sostener.
Todo ese tipo de cargas que pueden ser muy interpretables. Desde las cargas que podemos llevar las mujeres en nuestro día a día hasta el ser humano en general. Por eso, mi intención tampoco es crear una obra que se signifique demasiado en ese sentido. A mí me interesa más lo poético. Sí quiero tratar esos temas pero de una forma más poética, ya que así va a llegar a muchas más personas. Como artista, uno de mis compromisos sería ese también.
Empezaste a exponer en el 1999, así que llevas ya veinte años. ¿Cómo ha sido tu evolución artística en este tiempo?
Analizándolo, por supuesto que ha habido una evolución, pero siempre he tenido unas líneas comunes. El cuerpo, por ejemplo, siempre ha estado presente. A veces de una forma más activa, pero siempre como soporte u objeto de mi obra, sobre todo en los primeros años con las performances que hacía. No estaban basadas en el Body Art porque no era eso exactamente, pero sí en la que la intervención del cuerpo era esencial y que el cuerpo era un cuerpo activo, al que le pasaban cosas. De ahí fui pasando a un cuerpo más contemplativo.
Proyectos como En el silencio o Un lugar secreto, en los que el cuerpo está muchas veces en estado más de pausa o hay un personaje en el paisaje pero observando, donde me planteo que la naturaleza es ese cuerpo, ese contenedor donde nosotros estamos y tenemos que observarla y admirarla. Y luego está el cuerpo de estos últimos proyectos, desde el 2012 hasta ahora, en los que está entre los dos: a veces es activo ya que lleva sus cargas y hace cosas, acciones, y también tiene una parte contemplativa porque de hecho Trilogía del alma son cuatro series, ya que también está Contemplación –no expuesta todavía–, donde hay una mujer que contempla un paisaje, con una conexión mucho más mística.

Las texturas también tienen protagonismo, por ejemplo el Guipur con que te cubres.
Sí, cuido mucho la puesta en escena. Fuimos con un equipo mínimo, dos personas con dos cámaras y un equipo que no pesase mucho porque a veces hemos vivido hasta cincuenta y dos grados. Son experiencias vitales importantes que no dejan de darle contenido a la obra, como una especie de performance. La pieza es lo que pasa en ese momento.
En mi caso, me quedé más con la parte de crear una acción y documentarla. De hecho, cuando decidí trabajar con fotografía en mis comienzos, es porque quería hacer una acción con pintura y documentarla. Lo que me interesaba realmente era el documento, el vídeo que se generó, las fotos. A partir de ahí es cuando me doy cuenta de que con la secuencia fotográfica puedo contar muchas cosas, más incluso que con el vídeo o la propia acción en vivo.
Las piedras que vemos en la instalación, ¿tienen alguna simbología?
Sí que había una intención. Eran piedras volcánicas. Era importante que estuviesen presentes en la exposición, por lo menos en la instalación, ya que la piedra volcánica es algo que sale de las entrañas de la tierra y, de algún modo, está aludiendo a nuestros orígenes, por lo que podemos decir que perdura más a la hora de trascender. Además es imperecedero. Todas las energías se pueden depositar en una piedra. Tiene esa parte pero sin meterme en buscar más simbología.
Juego también con los números. Por ejemplo, los seis cristales tienen que ver con los seis estados del alma y los pongo enfrentados como si en algún momento se fueran a unir. También por estas conexiones que he ido sacando del propio proyecto. Por ejemplo, en la Cárcel de Segovia había una pieza que consistía en seis rocas volcánicas con un agujero dorado del que salían cordones dorados que se interconectaban, hablando también de los seis estados.
El cristal azul de esta serie también tiene mucho simbolismo.
Sí, de hecho también creo mis propios símbolos. Lo que te contaba de las cuatro series –que me he quedado en Contemplación–, estarían las Peregrinas. Los ritos y las acciones de fuerza, que son la mayoría, y luego la serie de dibujos de Guerreras. Son mis guías. Están las mujeres contemplativas, las peregrinas, las místicas, las chamanas, las sacerdotisas y las guerreras. Con esas mujeres voy hablando de esos estados del alma. De algún modo, también son las guías del espectador porque son los personajes que va a ver y que le van a ir introduciendo en la obra. Esas serían un poco las series. Las que sí que presento en esta Trilogía son los ritos y las peregrinas. Las contemplaciones se han quedado fuera.

Dentro de la instalación de Renacimiento también introduces el agua y el sonido.
Sí. Esta exposición, Renacimiento, la relaciono con el agua. La que tengo en Gijón, Purificación, la relaciono con el humo, con el fuego. Como el resultado de algo que arde, que cambia de estado. Y la trascendencia con las piedras. Simbólicamente sí tienen alguna conexión: el agua como Renacimiento y el fuego como Purificación. Me interesó destacar estos elementos a través de rituales, que me he inventado.
Pero sí que has investigado.
Sí, me he formado bien. Iniciaciones místicas, chamanismo, estudios sociológicos de diferentes tribus primitivas y sus rituales, de iniciación o de paso. El chamán, por ejemplo, que está en conexión con lo espiritual y lo terrenal. Me interesó mucho ese personaje y tratarlo desde lo poético y abstracto. A la hora de conceptualizarlo me parecía muy interesante la figura del chamán –la chamana, en este caso.
Sobre los ritos, sí, he leído mucho y algunos elementos sí que guardan relación como la piedra, el cristal, ciertos colores que se tienen en cuenta dependiendo de la tribu, las composiciones en círculo que también dibujan una especie de frontera entre los dos mundos. Cosas que de algún modo asimilo pero las llevo a mi imaginario. También era importante en este proyecto trabajar con los mínimos recursos por varios motivos, pero sobre todo, porque tampoco quería que fueran fotografías con demasiada elaboración o escenografía, ya que el paisaje es tan impresionante que lo máximo que hay a nivel atrezzo sería el vestuario, las telas o las piedras.
En casi todas las fotos estás cubierta, como en la serie de mujeres veladas (Devastación, 2015-2016).
No en todos los rituales estoy cubierta, pero aquí es más evidente. Me he sentido más en la necesidad de generar la máscara del chamán –suelen llevarla en muchas tribus e incluso los propios iniciados también las llevan– como forma de ocultación, de quitar la identidad. Algunas chamanas, no todas, llevan máscara. Algunos ritos están entre acciones de fuerza, acciones en sí, y luego están otros más chamánicos en los que me he metido más con el tema de la máscara.

A nivel técnico, ¿la producción ha sido compleja? 
No, la idea era hacerlo con lo mínimo. Es revelado tal cual. Como trabajo con raw y lo revelo desde ahí, la imagen te sale sin nitidez y sin contraste, pero mi idea era no añadir nada. Sí que he tenido proyectos como Un lugar secreto, que tiene más intención de retoque fotográfico porque en esa época (en 2007) dejé de trabajar en analógico y pasé a digital. Di el salto y descubrí todas las herramientas.
Vengo de la fotografía analógica en la que todo está muy estudiado, como la iluminación, por ejemplo. Eso me ha gustado mucho siempre, trabajarme la parte manual. Por eso también hago instalación, necesito esa parte. Como una forma de sentir o de expresarme. Una de las consignas que tenía era no añadir nada que no estuviese. Está todo tal cual. Y a su vez, es muy sencillo todo porque la idea es hacer mucho con nada. Ya desde Limbo empecé a trabajar con luz natural y a tratar de que todo fuese sin mucho retoque.
La piedra la tengo aquí, sufro el peso, pero para mí era importante. Hay una parte de vivir esa acción catártica que me interesa en mi trabajo, que sea lo más directo, crudo y real posible. Y otra línea de trabajo común en toda mi obra ha sido la búsqueda del equilibrio entre lo bello y lo siniestro. Tú ves esa imagen, que tiene poesía y belleza, pero luego hay algo siniestro, oscuro, doloroso en ella. Siempre he buscado esa parte de la existencia. Dentro de nuestra cotidianidad hay cosas que se nos escapan y que son más monstruosas de lo que pensamos. Es esa parte extraña. Es algo que me ha inquietado siempre. Antes, cuando me preguntabas por mi evolución, hay líneas que son otra constante, otra búsqueda en mi trabajo, pero no es que no evolucionen.
¿Y al contrario? ¿Hay alguna línea o camino que ya no te interese experimentar o que hayas abandonado?
No lo sé. No puedo decirlo porque a veces te sorprendes. Cuando me salí del cuerpo en El silencio, por ejemplo, pensaba que no iba a volver a trabajar el cuerpo y, sin embargo, en este proyecto tengo las piedras encima. Nunca sabes qué puede pasar. Lo de evitar Photoshop podría ser, ya no me interesa. Solo todo lo que sea real para acercarme más a la acción.
Estás exponiendo en La Galería Blanca Berlín de Madrid y en Gema Llamazares en Gijón durante el mes de julio. ¿Ya tienes pensado el próximo proyecto?
La comisaria de esta exposición es Zara Fernández de Moya, que me ha comisariado las tres, la trilogía completa, y la verdad es que es genial tener una conexión con tu comisaria en muchos sentidos, ya que ella también me ayuda a hacer una lectura que yo no veo. El comisario ve ciertas cosas y sabe cómo enfocarlas. Se ha involucrado mucho, ha movido mucho la exposición y se lo tengo que agradecer porque al final es un trabajo en equipo. Tanto galería como comisario y artista tenemos que intentar trabajar para que esto funcione.
Zara ha conseguido que en septiembre de 2020 hagamos la exposición de la trilogía completa en Barcelon, en la Fundació Vila Casas, en el Espais Volart. Va a ser una exposición potente ya que el espacio es una referencia. Me hace mucha ilusión poder exponer la trilogía al completo en la que todas las piezas puedan dialogar. Al fin y al cabo, se ha decidido que Trilogía del alma fuera una trilogía porque se dio el momento de que fuesen tres exposiciones, pero yo creo que entre todas ellas se genera una lectura mucho más amplia. Creo que puede ser muy interesante.

Texto
María Fuentes

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