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Silvia Grav es inquieta por naturaleza, fotógrafa de profesión. Nacida en el País Vasco, ha vivido en Málaga, Madrid y desde hace poco tiempo está afincada en Los Ángeles, ciudad que le robó el corazón al estimularla como ningún otro lugar antes. Es en medio del trajín de la mudanza de Madrid a Los Ángeles que tiene lugar esta conversación vía email, en la que hablamos de sus cautivadoras imágenes, que trasladan al mundo físico el torrente de imaginación que circula por su mente. Silvia se vale de la tecnología para manipular las imágenes a su gusto, y así mostrar una realidad que no se podría capturar de otra manera. Su universo es muy particular, un imaginario de luces y sombras, en blanco y negro, con un toque inquietante, surrealista y onírico. Sus imágenes están abiertas a la interpretación del público, y son una puerta entreabierta al increíble mundo interior de su autora.
Para empezar, me gustaría saber un poco sobre ti. ¿Cuándo empieza tu interés por la fotografía? ¿Te gusta crear en algún otro medio, como dibujar o escribir, por ejemplo?
Nací en el País Vasco pero crecí en Málaga. A los 17 me fui a Madrid, y a los 20 me dieron un premio (20under20 de Flickr) y me llevaron a Nueva York. De ahí, un trabajo me pagó el vuelo a Los Ángeles, donde me enamoré de una persona y de la ciudad, y me mudé dos meses después. Desde entonces vivo entre allí y Madrid, aunque me mudo en un par de semanas definitivamente. Estudié sólo un año de Bellas Artes, fue un desastre absoluto. A los tres meses de dejarlo, me publicaron en un blog de referencias y se volvió viral por un tiempo. Gracias a eso empezaron a llegarme encargos y todo ha ido creciendo desde entonces.
Aprendí a dibujar antes que a hablar y sin darme cuenta eso me dirigió un poco la vida hacia abrirme cada vez a más cosas. En bachillerato artístico todo el mundo tenía una cámara (por el boom de las réflex) y yo también me compré una. Me ha interesado siempre la capacidad de deformar la realidad que encontraba en el dibujo, pero dibujar hiperrealismo era difícil para mi impaciencia y mi incapacidad para mantener la atención durante más de dos minutos, y con la fotografía no había que esperar. Hacías clic y tenías la realidad ahí. En cuanto aprendí a deformar la fotografía de la misma forma que el dibujo, dejé los lápices casi por completo. Y a veces escribo. Vomito cosas, no considero que sepa hacerlo bien, así que eso me da cierta libertad porque no tengo ningún tipo de presión o autoexigencia. 
¿Te parece que las personas que nos encontramos al viajar influencian la manera en la que percibimos los lugares? ¿Crees que LA te hubiese gustado de la misma manera sin esa persona de la que te enamoraste?
Absolutamente, pero Los Ángeles tiene una combinación de cosas peligrosamente adictivas. La historia con esta persona acabó pronto (y bien), y el mes siguiente fue el más desolador que recuerdo. Estaba completamente sola, sin un duro, sin coche, casi sin poder comunicarme en inglés, y en la casa más bonita en la que he vivido, en el barrio más perfecto de la ciudad. No entendía nada, ni qué hacía aquí ni por qué. Estuve, por fin, realmente asustada. Y me latía el cerebro como nunca antes. Con el tiempo, la desolación que genera la falta de familiaridad hacia absolutamente todo se va transformando en algo más amable cuando comprendes que es un regalo tener tantas cosas que descubrir o que entender. El tamaño de la ciudad tampoco ayuda, pero precisamente en ese caos se produce una libertad indescriptible y valiosísima.
En todo este contexto, con gente de tantos lugares, entre tantas capas y círculos tan distintos coexistiendo, puedes imaginar la locura que implican las relaciones personales. Es mi parte favorita. Son lo más imprevisible e interesante, y la razón principal por la que estoy tan enganchada a este lugar. Además, la dificultad de encontrarse aquí hace que la magia de conectar con alguien se multiplique considerablemente y que, en muchos casos, el lazo que se crea sea más profundo. Resumiendo, sobrevivir aquí (cuerdo) es tan jodido que se ha vuelto la relación tóxica perfecta. No te deja aburrirte ni asentarte; hay paz, hay oscuridad, y la intensidad perfecta de dolor y de cariño. Aquí tienes lo que quieras, y aprendes rápido que si no lo encuentras es porque no has buscado bien, o no lo suficiente.

¿Qué es lo que no te funcionó de Bellas Artes? ¿Quizá el tener que hacer cosas como por encargo y pensando en el gusto y requisito del profesor, cosa que frena un poco la creatividad de cada uno? 
Sí, entre muchas otras cosas. Yo lo viví así y por lo que he ido preguntando, la opinión está bastante generalizada. La sensación que tengo de aquella época es la de un padre diciéndote que vuelvas a hacer los deberes que ya te ha visto hacer quince veces antes. Así, sin más, sin darte ningún por qué. Nos hacían trabajar muchísimo, pero en una dirección un tanto absurda y obsoleta, sin dejarle tiempo al aburrimiento bajo ningún concepto. Con lo importante que es aburrirse para pensar y analizar. Se le daba una importancia desproporcionada a la técnica y, al menos durante el año que estuve ahí, no asistí a una sola clase intensa sobre procesos mentales creativos.
¿Cómo fue que de repente tus imágenes se hiciesen virales? ¿Te vino por sorpresa? ¿Eras consciente del poder de alcance de internet? ¿En un primer momento te viste sobrepasada por la novedad y el volumen de trabajo o lo encaraste bien y con filosofía desde el principio?
Sorpresa absoluta. Yo subía mis fotos a mi página de Facebook y un día ocurrió sin más. Es curioso, porque es una de las cosas contra las que aún, después de cinco años sin parar de trabajar, sigo luchando. El terror a decir que no. Como españoles tenemos la frase tatuada en nuestro ADN: si eres artista, prepárate para una muerte lenta y dolorosa por inanición y olvídate de una vida digna. Es así. Entonces, cuando ocurre el milagro y empiezas a trabajar, acumulas proyectos feliz, sintiéndote el ser más afortunado sobre la faz de la tierra, mientras tu pequeño psicópata interior te susurra que no te motives, que esto es sólo una ilusión. Que realmente ni siquiera eres un buen fotógrafo, que de los X mil seguidores que te mantienen vivo la mitad son tus amigos y la otra mitad en realidad se ha equivocado de botón, y que en algún momento harás una mierda de foto que destapará el fraude y todo se irá a pique y tendrás que trabajar en un supermercado. Acabé por desgastarme y odiarlo por un tiempo, pero es parte del bucle. Si ocurre, te alejas, descansas, y todo vuelve a la normalidad. Aún sigue costándome un esfuerzo considerable sentirme bien haciendo nada, pero cada vez lo llevo mejor.
La mayoría de tus fotos son en blanco y negro, ¿hay alguna razón o simplemente es como las visualizas en tu cabeza? Normalmente también editas todas tus fotos, ¿cuál es el proceso hasta el resultado final? Cuando tomas la foto, ¿ya sabes cómo quieres modificarla y cómo quieres que se vea o vas jugando con el programa de edición hasta llegar a algo que te satisface?
Hay mucha información inconsciente en el blanco y negro. La atemporalidad de las cosas, por ejemplo. No sé si por cobardía o por intuición, al principio jugué mucho con ello. Intentaba llevar al espectador a un lugar y un tiempo concretos con la estética, y luego añadía algo en postproducción que no tuviera sentido con la época a la que les llevaba. Cuando consigues hacerlo bien y funciona, ese cortocircuito se vuelve algo atractivo, porque de pronto sientes que ahí hay algo que quieres entender. Y como no encuentras la información en la imagen, tu cerebro la busca en ti, y ese relleno, con suerte, te hace conectar.
Supongo que también, entre otros motivos, he evitado siempre reconocer ciertas cosas de una forma muy directa porque encuentro una libertad necesaria en el no saber quién soy y rehúyo todo lo posible de la definición y del juicio externo. Lo que hago con las imágenes es una reacción a eso, un rodeo. Atraes al espectador a la distancia suficiente para que vea que aquí hay un ser humano, pero le dejas espacio a la proyección y a la imaginación. Lo bonito es que tú sientes ese espacio también, y consigues proyectarte a ti mismo con más facilidad. Te sientes más libre. También tiene que ver con la contradicción. Las imágenes se pueden contradecir en sí mismas, conservando una intensidad especial que en el lenguaje (no poético) se pierde al ser algo más concreto y más dilatado. Y, de fondo, siempre está lo de la melancolía implícita en la fotografía, especialmente en la analógica. Crecer viendo imágenes de cosas y personas que ya no están aquí tiene un impacto inevitable y un valor muy especial.
Acerca de los procesos mentales creativos que comentabas, ¿dirías que tú tienes un proceso creativo concreto que se va repitiendo o va variando?
Sobre los procesos mentales creo que, a grandes rasgos, siempre tendré la misma forma de procesar y de emocionarme con las cosas, y sólo evolucionaré hasta ciertos niveles en ciertos aspectos. Durante mucho tiempo, eso ha supuesto cierto conflicto, porque no comprendía qué ocurría en mi cabeza ni por qué lo que más conseguía emocionar eran normalmente los trabajos que hacía sin ningún tipo de consciencia. No me daba cuenta de que trabajaba por intuición, ni siquiera de que eso tenía nombre propio y que, de hecho, es un proceso más antiguo que el análisis racional de las cosas. Así que, simplemente, lo asocié a una forma adolescente e impulsiva de enfocar las cosas y le quité todo el valor. Dejé de trabajar durante meses para intentar madurar en ese aspecto, y me acerqué más a lo conceptual, a lo analítico, a lo científico. Pero no funcionaba. Después de muchas vueltas acabé investigando en neurociencia y empecé a entender mi cerebro. Eso le devolvió el valor a la intuición, y entendí, por fin, por qué es tan incompatible intentar trabajar con las dos a la vez y tan importante situarte en algún lugar.
Y en esos momentos de saturación y desgaste en que nada parece fluir ¿qué dirías que es lo que te ayuda a salir de ello? ¿Hay algo que hagas conscientemente y sepas que ayuda? ¿De dónde sacas la inspiración para crear? ¿Tienes algún referente o artistas favoritos?
Hay ciertas personas que tienen el poder de sacarte del desgaste, pero cuando no puedo acceder a ellas a veces los documentales o autobiografías ayudan mucho. La inspiración y las ganas de trabajar vienen siempre de ahí, de observar personas mejores que yo. La mayoría de veces de disciplinas ajenas.  Tengo muchísimos referentes y poquísima memoria, así que más o menos semanalmente recomiendo a alguien en mi Instagram para darles el crédito que se merecen.
En tus fotos tratas temas bastante oscuros, ¿en qué momento empezaste a sentirte cómoda compartiendo tus emociones e inquietudes de este modo, mostrándote tan vulnerable al ojo del espectador?
Lo de mi vulnerabilidad es una ilusión, la realidad es cobardía pura. Sí que comparto la emoción sin ningún tipo de filtro, pero después me escondo corriendo en la indefinición de lo que hago, y lo concreto nunca está del todo claro. El espectador intuye lo que hay, pero no sabe los nombres y apellidos de las personas a las que les hablo. Muchas veces ni yo misma. Eso es importante. Supongo que es parecido a decirle te quiero a alguien en un idioma que no conoce; no lo entenderá pero por la forma y la expresión sentirá esa intimidad. También es una especie de acto nervioso e involuntario que me hace sentir más en paz. A veces me cuesta olvidar lo poco inteligente que puede llegar a ser el cerebro rellenando información que le falta sobre personas que no conocemos. Exponiéndote evitas que juzguen lo que imaginan de ti, simplemente tienen que decidir si lo que ven les gusta o no. Y el proceso de hacerse entender y conectar (o no) con el resto se vuelve radicalmente más fácil y más amable.
Muchas de tus fotos son retratos, ¿cuáles son las mayores diferencias que encuentras entre fotografiarte a ti misma y a otras personas? ¿Cuál prefieres? ¿Qué dirías de la conexión que se crea entre tú y los sujetos cuando los fotografías?
Cuando estoy conmigo, la distancia entre mi cerebro sintiendo, cómo se manifiesta en mi físico y cómo capturo eso en la cámara es mínima. Se sienten como una misma cosa, porque en cierto modo lo son, y el trayecto entre ese impulso mental abstracto por el que voy tomando decisiones y la foto física se reduce al máximo. Eso facilita llegar a ciertas partes complejas y sin nombre de ti mismo; pero dificulta también observarse con cierta distancia, la objetividad y la frialdad. Luego, cuando tienes otro humano delante, ese trayecto suele alargarse. Cuánto, en mi caso, es proporcional a la conexión que mantengo con el otro. Hay casos, muy pocos, en los que no siento una distancia real con la persona que fotografío, y otros, más escasos aún, en los que la persona es un espejo, una lupa. Amplifican e intensifican el impulso, los procesos, la concentración y al final sólo sientes las cosas buenas de estar solo y de estar acompañado a la vez. Me quedo con eso.

Texto
Laura Cabiscol

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