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Nino Maza (Sevilla, 1978) tiene una visión morfológica de la realidad. Es como si mirara a través de un pequeño caleidoscopio donde todas las formas se reflejan y distorsionan.  No cree en los estereotipos ni en la imposición social.  Sus reflexiones nos acercan a lo más recóndito de la mente pero sin esos revestimientos de gravedad que lo complican todo, abordando con naturalidad desde los límites físicos y metafísicos hasta temas más comunes como la identidad.

Esta representación la vemos, por ejemplo, en unas simples gomas de borrar Milan: “Es un trabajo que realicé para desdibujarme de mi vertiente católica. Creo que hay que hacer un análisis propio para ver qué parte es propia o adquirida por educación o contexto social. Es una forma alegórica de hablar de la deseducación, se trata de borrar ciertos condicionantes que te acaban afectando”.

Después de estudiar Bellas Artes en la Universidad de Sevilla –bajo la especialidad de pintura–, realizó un máster en producción audiovisual en IED, trabajando durante varios años en producción, dirección de arte, publicidad y cine. Hasta que en 2011 retomó su vocación artística, con la que sigue jugando y experimentando.

Preguntas como ‘¿qué deseas?’ o ‘¿por qué deseas lo que deseas?’ son desarrolladas bajo una metodología de trabajo centrada en la comparación: lo macro con lo micro, lo vital con lo artificial, lo abstracto con lo real o lo clásico con lo pornográfico. Así lo vemos en Seminario, de su proyecto Ideologías del deseo, en la que hace convivir los extremos para encontrar el equilibrio y llevarnos a la idea de que lo clásico y lo vulgar al final no son tan distantes –un pene integrado en una columna jónica o una esvástica enroscada con la cruz católica de repente pueden tener mucho sentido.

Nino encuentra además en la figura circular un lenguaje propio que expresa esa abominable condena del ser humano a la constante repetición. Un loop infinito que plasma en los vídeos –una de sus especialidades– que acompañan a sus piezas. “Cuando algo está condenado a repetirse constantemente lo formal acaba perdiendo  importancia y lo que acaba quedando es la esencia”.

Su diálogo con el espectador es tan interminable como esos loops. En Confines de lo privado, nos habla de los límites que creamos para salvaguardar nuestra intimidad; en Antropofagia, logra matar la codicia en una hucha de metacrilato con forma de ataúd, y en Polipolar, representa conceptualmente las distintas tipologías de personas a través de bolsitas de agua que simulan una camisa de fuerza.

Nino, ¿cuál es la base de tu trabajo?
Normalmente tengo dos puntos de partida. Uno conceptual, con los textos que escribo de las cosas de las que quiero hablar, y por otro lado, de mi relación con los materiales. También hay una parte muy intuitiva, así como otra parte más racional y meditada.
¿Esos textos siempre van relacionados con la pieza?
Sí, tengo varios proyectos y para cada uno lo que intento es generar piezas que creen una escenografía y que cuenten la comunicación entre ellas, el concepto del que quiero hablar. Normalmente sí parto de textos, de inquietudes propias, mis contradicciones, de cosas que me afectan como individuo y cosas que me afectan como colectivo. Uno de los proyectos que acabo de realizar, que se llama Ideologías del deseo, versa sobre por qué deseamos las cosas que deseamos, qué parte es innata y qué parte es impuesta por nuestra educación, por la política, por la religión, por la sociedad y cómo te afecta a nivel individual y cómo deberías actuar dentro de ese colectivo.
Nos condiciona mucho quiénes somos…
Exactamente. Estamos tan sobresaturados que al final no sabes ni quién eres.  De hecho, este proyecto empezó porque me sentía desdibujado, y entonces empecé a plantearme mis propios deseos, no solamente sexuales sino también políticos y religiosos. Aprendí a deseducarme en muchos aspectos y a ‘ser más yo’, a pensar por mí mismo. Esto nos condiciona mucho a la hora de expresarnos individualmente.
Revisando tu obra, hablas mucho de la contradicción, de los opuestos. Perversión versus represión, por ejemplo.
Es que las apariencias hablan un poco de eso, de la buena conducta, que si no llevas a cabo terminas reprimiéndote porque te juzgo. Entonces, desde el ojo del represor, eres un perverso, y al ojo del pervertido le da igual porque tiene la valentía suficiente como para actuar por iniciativa propia.

También en Franco versus Mandela o Putin con Martin Luther King.
Aquí Franco adquiere rasgos del segundo y al contrario. La idea trata de generar un símbolo nuevo desde un punto de partida nuevo porque estos personajes no existen, son una conjunción de varias cosas. Mi idea es también quitar la ideología, el contenido que tienen estos iconos y plantearlos en un punto de partida nuevo. También enfrento conceptos antagónicos a través de otros dos personajes como Putin y Martin Luther King, que son como la antítesis ideológica. Los hago convivir, los mezclo hasta llegar a esa imagen de líder hipnótico.
El Blanco y negro tan característico de tus piezas va un poco con esta dualidad.
A mí lo que me gusta es el punto medio, enfrentar esos dos conceptos antagónicos que, en cierta manera, se acaban tocando en muchos puntos. En To have or not to be, por ejemplo, quería buscar una frase que definiera un poco nuestra ideología actual. Es una serie que habla de esa necesidad del ser humano de poseer. What we want, sin embargo, habla sobre el poder del adoctrinamiento. ¿Cuál es la función de la política, de la ideología? Al final, es adoctrinarte y ‘que formes parte de nosotros’. Esta serie, We /Me Me/We, se representa a través de tres formatos: un test de Rorschach, en texto, y con una imagen distorsionada de mí. De lo que hablo es que el individuo es reflejo del colectivo. A lo mejor como individuo no tienes poder para cambiar las cosas, pero sí si actúas en colectivo. Son los pequeños cambios los que hacen que un cambio individual acabe siendo colectivo.
 ¿Qué importancia tienen los materiales en tu obra artística?
Tengo una relación bastante especial con los materiales. No te voy a decir que me hablan, pero casi que me apetece trabajar con ellos. Al final, de la propia experimentación con los materiales, que es algo muy ‘prueba y error’, acaba saliendo algo. Hay parte de mi trabajo que es mucho más mecánica, es decir, que cuando voy a ejecutar esa pieza ya está totalmente medida, es casi llevarla a producir. Y hay otra que es más de jugar, experimentar. Suelo pasar de algo metódico, muy cerrado, a algo más como la serie de Cápsulas de sensaciones, más orgánico, en la que me dejo llevar –lo que también es bastante frustrante porque la mitad del trabajo que llevas a cabo no es válido al final. Pero a mí me gusta salir un poco de la zona de confort, de lo que sé hacer, y jugar porque también es importante que se convierta en algo divertido. Si me tirara toda la vida dibujando creo que me cortaría las venas. Siempre suelo tener piezas empezadas y las voy cambiando.

 ¿En qué estás trabajando ahora?
Estoy con un proyecto que se llama Cápsula de sensaciones, en la que hablo sobre los ciclos, sobre cómo nos afectan y sobre los propios cambios que sufren.
¿Ciclos vitales, te refieres?
Ciclos en general. La idea era encapsular sensaciones, así que la primera idea que se me vino fueron las turbinas científicas, que al final lo que hacen es filtrar las partículas puras. El movimiento centrífugo lo que hace es ir separando cada elemento: el agua, las plaquetas, etc., así que lo plasmé en un loop. Este proyecto habla sobre las etapas por las que pasa un fenómeno periódico, sobre los ciclos, la repetición de los ciclos y las posibles transformaciones que estos sufren al repetirse en el tiempo. La investigación se plantea desde diferentes enfoques: lo biológico y lo artificial, lo genético y lo informático, lo objetual y lo simbólico, lo figurativo y lo abstracto.
¿Cuánto sueles tardar en realizar estas piezas?
Desde que empiezo un proyecto hasta que lo termino pueden pasar tres o cuatro años. El punto de inflexión es cuando te ofrecen una exposición o presentas el proyecto, si no, sigo jugando.

Texto
María Fuentes

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