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Cuando María Melero se plantea un dibujo, lo hace siempre con la intención de exteriorizar sus sentimientos. No hablamos de una artista correcta y convencional. Lo mismo te dibuja un bodegón con jarrones maravillosos llenos de flores como te publica un fanzine sobre gatitos en situaciones trágicas. Así es María. Y así se muestra hoy.
Antes de nada, cuéntanos un poco sobre ti y de cómo has acabado siendo ilustradora.
Soy María Melero, una ilustradora de 30 años que vive en Jerez de la Frontera. Siempre me ha gustado dibujar y pintar. Creo que a los 17 años descubrí la ilustración y me enamoré para siempre. Pocos años después, dejé mis estudios de arquitectura y fui a por todas con esto.
¿Cuándo te das cuenta que te quieres dedicar al arte?
Siempre lo he sabido, aunque no siempre de qué forma. Ya de pequeña hacía mis propios libros ilustrados en mi habitación.

Se podría decir que, por un lado, tienes tu serie de naturalezas muertas y cerámicas (tanto ilustraciones de jarrones como jarrones físicos pintados por ti), y por otro, unas ilustraciones más oscuras, incluso gore, protagonizadas por seres vivos que parecen estar sufriendo. Así que la dicotomía en tu estilo o trabajo es clara. ¿Cómo vives esta ambivalencia entre las dos?
Me gusta contar cosas a través de mi trabajo, es mi forma de expresión. Así que esa parte más ‘oscura’ empezó cuando sentí la necesidad de exteriorizar mis miedos y mis debilidades para poder encontrar una solución. Por otro lado, empecé hace relativamente poco a pintar bodegones y naturalezas muertas porque me obsesioné con la luz y las sombras, así que es un trabajo más enfocado a la técnica. Pero he encontrado una fusión perfecta entre ambas para hacer cosas nuevas. Ha habido un cambio en mi trabajo. Debe haberlo, hay que probar y evolucionar.
A pesar de que generalmente estas dos facetas están diferenciadas, también he visto cómo las fusionabas. ¿Es esta la prueba que lo bueno/malo, claro/oscuro pueden convivir en una misma persona y en un mismo cuerpo de trabajo?
¡Por supuesto! Muchas cosas conviven en una misma persona. Soy una persona muy extrovertida y fuerte pero muchísimas veces, en según qué momento o situación, me vuelvo todo lo contrario. ¡Y menos mal! Porque expresar todo esto a través de mi trabajo me permite conocerme mejor a mí misma y aceptar toda esa parte ‘mala’ que en principio no nos gusta, pero que en realidad es un regalo.
Otro ejemplo de esto es tu fanzine Tragedia y gatetes, con tan solo veinte copias únicas, que además viene acompañado de stickers y sellos. Como el título indica, los afortunados que tengan un ejemplar se encontrarán unos cuantos gatos que lo pasan mal. ¿Cómo estableciste la relación entre ambos conceptos? Y, ¿por qué disfrutas tanto realizando este tipo de ilustraciones?
Tragedia y gatetes es un fanzine que realicé para Mad libros, de la galería Mad is mad de Madrid. Cuenta cómo la parte que nos gusta de nosotros mismos y la que detestamos pueden convivir, juntarse y acabar definiéndose como una. De todos modos, pienso que siempre es la mezcla perfecta y necesaria, es cuestión de aceptarse.

¿Qué referentes artísticos tienes? ¿En qué te inspiras para tus ilustraciones?
Me gustan mucho Freud, Andy Dixon, Natalia Vico, Danny Fox y ahora mismo estoy un poco obsesionada con De Chirico.
Hace poco más de un año empezaste el proyecto Tierra y flores, en el que te estrenas en una nueva faceta: la de directora del documental. A pesar de ir colgando pequeños adelantos y pistas de todo el proceso, poco sabemos sobre el contenido y el posible resultado final. ¿Nos puedes avanzar algo? ¿De qué trata?
Tierra y flores es un proyecto que habla sobre la muerte, la pérdida, de cómo yo he vivido y sentido la muerte de mi padre y cómo he podido canalizar el dolor a través del flamenco. La idea me vino a la cabeza un día que me fui a dar una vuelta en coche para poder llorar. Cuando paré, cogí el móvil un rato para poder pensar en otra cosa y puse un video que un amigo había colgado en Facebook casualmente: Que nadie vaya a llorar, de Manuel Molina. Me hizo sacarlo todo para fuera y pensé: ¿y esta maravilla? A partir de ahí no paré. Dolores Agujeta y su padre, Antonio Agujeta, Manuel Torre, Juana la del Pipa, José Agarrado Moneo, Enrique Morente: todos me han ayudado con sus canciones. Algo tenía que hacer ¿no?
Has decidido pasarte a la cámara, la edición, y la realización mientras combinas tu trabajo como ilustradora. ¿Cómo está siendo esta experiencia? ¿Y qué es lo que más te está gustando del mundo audiovisual?
Yo solo dirijo. Tengo un equipo que hace que todo esté siendo más fácil. Tatiana Moreno me ayuda con la dirección artística y la edición. Diego Brenes hace las fotos. Y Jesús Gómez se encarga de la grabación y la edición del documental. Yo cuento lo que tengo en la cabeza y lo que quiero cada vez que grabamos, y con lo que ellos aportan, todo acaba siendo mejor de lo que había imaginado.

Veo que lo estás disfrutando bastante, pero no todo resulta tan sencillo como parece. Así pues, ¿con qué dificultades te estás encontrando?
Sinceramente, dificultades pocas. La mayor dificultad, quizás, podría haber sido en el momento en el que grabamos a los artistas. Pero tengo la ventaja de que soy de Jerez. Me he criado con el cante en casa y en las calles, que aquí es inevitable. Y muchos, como Dolores Agujetas, La Reina Gitana o José Moneo y su padre, Jesús ‘El Guardia’, viven también aquí, así que fue fácil contactar con ellos y trabajar juntos. Ha sido maravilloso meterme en sus casas y acabar forjando una amistad que nos ha unido por el sentimiento, el arte y por la capacidad que tienen de traspasarme.
También has sido responsable del cartel de algún festival como Mad Cool, o portadas de libros. ¿Qué crees que aporta tu estilo o visión a la identidad de otros?
No lo sé muy bien, yo pinto lo que me sale y me gusta o lo que me encargan. Mis pinturas e ilustraciones tienen mucha carga de color y casi siempre un discurso. Supongo que esas características crean un impacto visual que es bueno para la identidad del cliente. Digo yo.
No solo expones/vendes tu arte, también haces productos de merchandising con él, como carcasas de móvil, cojines o camisetas, entre otros. ¿Cómo surgió este negocio? 
En cuanto a llevar mis ilustraciones al soporte textil, surgió porque firmé un contrato con la empresa australiana The Club of Odd Volumes. Ellos captan artistas y luego se encargan de producir cojines, mantas, y ropa con su trabajo. Ahora han salido camisetas y prints de la misma forma, pero con otras empresas como Stupid Clothing y God Day Club.

¿Es necesario vender esto más allá de tus obras y prints para poder sobrevivir como artista?
Sí, es necesario. A mí, por suerte, me funcionan bien las ventas a través de la web, pero trabajar para otras marcas, agencias de comunicación, hacer workshops, hacer covers, etc. es lo que realmente acaba dándome de comer de una forma segura.
¿Cómo es ser una joven artista en España hoy en día, al menos en tu experiencia?
Es complicado. En España hay dos puntos clave para mí: uno, que los que somos no compitamos, sino que nos unamos. Y el otro, y más importante, que los clientes que te quieran contratar o comprar entiendan que no trabajamos por amor al arte, que nuestro trabajo tiene un precio, que tienen que valorarlo y que las colaboraciones nos tienen hasta el coño.
¿Algún proyecto más de cara al futuro?
Hay algo en mente con la escritora y poeta María Sánchez (autora de Cuaderno de campo), pero aún es muy pronto para contarlo.

Texto
Mònica Màrquez
Retrato
Diego Brenes

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