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El Museo ABC de Madrid acaba de inaugurar La relación estable dentro del programa Conexiones, una muestra que cuestiona la identidad masculina y lo que significa ‘ser un hombre’ y que cuenta con un friso de dieciséis metros como obra central. Pero, ¿quién firma esta pieza tan espectacular? Manuel Antonio Domínguez es artista por elección personal y hombre por convención social. Es un nómada que rechaza la posición física y mental fija para emprender un continuo viaje hacia la resignificación de todo paisaje social. Sus obras, de una gran delicadeza técnica, invitan al peligroso y necesario juego de cuestionarnos hasta qué punto nuestro pensamiento no es una mezcla de ideas preconcebidas culturalmente.

Antes de adentrarnos en terrenos más profundos, me gustaría saber si existe una técnica favorita que utilices para componer tus trabajos.
No suelo imponer al trabajo una composición desde su inicio. El proceso creativo se va desarrollando normalmente bajo la elección de unas imágenes que me han interesado y una idea que comienza a articularse. Sí que es verdad que el tándem acuarela y grafito siempre lo planteo con un pequeño encaje realizado a lápiz y una primera mancha controlada.
Desde el inicio de tu carrera has centrado tu producción artística en un mismo eje temático. ¿Es tu obra una representación de tus reflexiones e inquietudes?
Sí, es algo que he estado buscando, estudiando, defendiendo y llevando a la práctica desde mi obra y en relación directa con mi forma de ver la vida. En todo el proceso creativo de estos años, tanto lo representado como lo vivido, me han servido para cerrar episodios y darle valor a otros. El entrecruzamiento de esas reflexiones e inquietudes, han generado con el tiempo una simbología personal y en un trabajo donde sentirse cómodo e identificado.
El proyecto que has desarrollado para la decimotercera edición del programa Conexiones lleva por título La relación estable. En ella juegas con los estereotipos, los roles y la sexualidad. ¿Qué relación existe entre el nombre y la temática de la exposición?
La cultura está hipersexualizada y no ha hecho más que aumentar de peso. No puedo abstraerme de la sociedad en la que vivo como si se tratase de la ligereza virtual que lo invade todo. El marco de creación es el que es: el de una relación entre la fluidez, la inmediatez y un momentáneo equilibrio. Hablar de relaciones estables en un momento de ‘relaciones líquidas’ es ofrecer una visión de la fragilidad de los vínculos que establecemos con las personas que nos rodean desde cierta ironía.

Para esta muestra has tenido que seleccionar dos obras del pasado que, de alguna manera, establezcan una sinergia con tus dibujos. En tus elecciones –dos bustos de la Manufactura de Alcora, y dos portadas de la revista Blanco y Negro– podemos ver representados los estereotipos de hombre y mujer establecidos por la época a la que pertenecen. ¿Crees que estos ejemplos muestran la rigidez de los roles femenino/masculino, o más bien su ambigüedad?
La elección de las piezas viene por su ambigüedad y por su capacidad de resignificar el imaginario colectivo. Son obras desde las que hablar del deseo y de presentar al individuo no como un órgano sexual pensante sino como una complejísima e irrepetible combinatoria de rasgos, entre los cuales los caracteres masculino y femenino coexisten, manifestándose con distinto predominio.
Pasado y presente dialogan en las obras que componen La relación estable. ¿Cuál dirías que es el resultado de esta conversación?
La articulación entre las obras de nueva creación y las pasadas ha dado como resultado una reflexión sobre las orientaciones del deseo y el cuestionamiento de lo establecido. Todo lo construido desde este diálogo ha favorecido la presentación del género como algo moldeable.
Tu aportación en este encuentro es, posiblemente, tu dibujo más ambicioso. No sólo por su alta carga figurativa y alegórica, sino también por su tamaño monumental (nada más y nada menos que un friso de dieciséis metros de largo). ¿Son el tamaño y las dimensiones de la obra parte de su intencionalidad expresiva y narrativa?
Aunque he abordado esta pieza de un modo similar a los formatos más pequeños, la relación con ella en el tiempo ha sido necesariamente mucho más larga, y esto ha permitido que aparezcan lazos narrativos más desarrollados y complejos.

¿Por qué has elegido la figura del hombre para representar la construcción cultural del género?
Las cuestiones de género son muy amplias y existen multitud de identidades que tienen que estar visibilizadas y problematizadas. En mi caso hablo desde mi perspectiva propia como hombre, y desde ella parto para hablar de la deconstrucción y cuestionamiento de la masculinidad.
¿Es el género un conjunto de ideas preconcebidas, roles y estereotipos? ¿Es lo mismo la sexualidad que la identidad sexual?
El género es una construcción social, estereotipos, mitos, funciones sobre lo que es ser mujer y hombre en la sociedad patriarcal. La identidad sexual es cómo se percibe cada individuo a sí mismo partir de lo que la sociedad considera hombre y mujer, partiendo claro de la genitalidad o los cromosomas. La sexualidad es una forma de comunicación y relación con otros o consigo mismo.
¿Son tus dibujos una intención de destruir el género, de reinventarlo o de reinterpretarlo?
La identidad de las cosas –lo que es y no es– es un creación de la cultura. Quiero creer que como partícipe de ella y creador aporto otra opción más con mi visión acerca del género –que no es más que un entrecruzamiento de sentidos en los que el individuo se autor reconoce y es reconocido.

Para explicar tu obra hablas de la idea de ‘desubicación’ como un abandono de la conciencia. ¿Es ese el propósito de tu trabajo? ¿Liberar al espectador de la base mental tradicional sobre la que se asienta su manera de ver el mundo?
La identidad se parece a un Gestalt; sus componentes se articulan de un modo diferente en función de muchos estímulos, como son la pertenencia a un lugar o la incomprensión de una actitud. Quizás el propósito al hablar de ‘desubicación’ en mi trabajo sea generar otro estímulo más para tomar conciencia de otras formas de ver el mundo.
En muchas de tus obras, y también en la que presentas en el Museo ABC, aparece el color rosa en una importante proporción cromática, asociado tradicionalmente a lo femenino. ¿Tiene su uso algún objetivo determinado?
Lo tradicional se puede convertir en algo sexista, estigmatizante y fácilmente exportable dentro de los significados sociales que se crean en nuestra sociedad. La utilización del rosa en mi trabajo es muy amplio: cercano a lo sanguinolento, unido a los entornos hegemónicos heteronormativos y parte importante en una paleta de colores que intenta hablar de construcciones masculinas.
Has englobado tu proyecto bajo el sobrenombre Hombre Sin Cabeza. ¿A qué se refiere esta denominación? ¿Buscas convertirte en el verdadero Hombre sin cabeza?
Hombre Sin Cabeza ha sido durante mucho tiempo una firma para mis trabajos desde la que poner de manifiesto el rechazo a una realidad construida en base al tradicional reparto de roles, pero también se trata de un rechazo a la conciencia en sí misma, y con ello, al autocontrol en la esfera intelectual y sobre todo en la emocional. Convertirse en un ‘hombre sin cabeza’ requiere un beneficioso adiestramiento, y últimamente me está gustando más mi nombre completo: Manuel Antonio Domínguez Gómez.
Conexiones. La relación estable de Manuel Antonio Domínguez podrá visitarse desde el 20 de junio hasta el 24 de septiembre en el Museo ABC, Amaniel 29-31, Madrid.

Texto
Lara Úbeda

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