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Temática religiosa, mundo griego y algo de escepticismo. Dea Gómez y Diego Omil son dos traductores de la escuela clásica albergados en nuestros tiempos. Ambos forman el dúo de Los Bravú, que desafía lo corriente para mezclar esos elementos tan característicos del arte griego, del Barroco y de las vanguardias con la cotidianidad de la que se dota el arte pop.

Su uso del color, el trazo particularmente preciso y las infinitas combinaciones de texturas son una unidad muy eficaz visualmente que es capaz de entrar en diálogo con la sociedad actual en cada una de sus creaciones. Además de pintar, también esculpen, viajan como locos e incluso publicaron el libro ¡Mujer!

En 2017 hablamos con Los Bravú sobre cómo cumplen con la delicada tarea de unir arte y vida mediante composiciones que podrían pasar perfectamente por históricas, pero que transmiten mucha energía y magia. Esta vez hablamos de su evolución en estos últimos 5 años y de lo que se traen entre manos, que mientras el mundo no deje de girar, ellos tampoco lo harán.

Dea y Diego, antes que nada, me gustaría que os presentarais definiéndoos el uno al otro.
Hay algo bicéfalo en nosotros, algo de anfisbena, un poco mágico y un poco animal. La mejor definición es la de engranaje.
Habéis estudiado y os habéis formado juntos, empezasteis a crear juntos… ¿Cuándo y por qué os lanzasteis a trabajar codo con codo?
Nos ayudábamos mucho mutuamente con distintos proyectos de diseño, ilustración y más, con el tiempo los intereses y el punto de vista eran mutuos, así que se nos ocurrió hacer algo juntos. Era 2011, la crisis apretaba fuerte y aquello parecía una idea descabellada. Nos fuimos fuera de España con un libro hecho a medias, un híbrido entre cómic y cuento ilustrado. Llamamos a la puerta de distintas editoriales hasta que nos empezaron a hacer caso.
¿Nunca os ha picado la curiosidad por saber cómo habría evolucionado vuestro arte y vuestra carrera si cada uno hubiese tomado su propio camino?
Seguro que estaríamos haciendo cosas, pero está claro que no nos lo pasaríamos igual de bien.
Pasáis muchas horas ideando y creando juntos, ¿afecta esto a vuestras vidas personales?
Claro, de hecho es habitual que hagamos viajes relacionados con el arte, por ejemplo, para exponer en otras ciudades o visitar museos. Cuando estamos por ahí intentamos empaparnos de ideas nuevas y en muchas ocasiones nos pasamos el día entero hablando de arte entre los dos.

Cómo funcionáis a la hora de trabajar, ¿uno pone el cerebro y el otro la destreza? ¿Pintáis simultáneamente…?
Ambos formamos parte de todo el proceso creativo. Ideamos y diseñamos una pieza juntos y repartimos el trabajo según se nos antoja. En ocasiones tenemos más de una obra en el estudio, otras el lienzo es suficientemente grande como para estar los dos encima. Hay mucho diálogo. ¡Somos un solo artista con cuatro manos!
En todas vuestras creaciones hay guiños a la tradición clásica. ¿En qué momento decidisteis que vuestras obras partirían de aquí? ¿Cuál fue el motivo?
Estuvimos un año residiendo en Roma gracias a la beca de la Academia de España. La cultura clásica es inabarcable allí. Visitábamos museos, iglesias y pinacotecas diariamente para estudiar distintas técnicas y recursos tanto del mundo antiguo como del Renacimiento y el Barroco.
El color juega un papel esencial vuestras creaciones singulares, ¿con qué intención usáis una paleta cromática tan particular?
A pesar de trabajar con figuración, pretendemos que la obra también funcione como abstracción, a través de sus diferentes texturas y colores. El color rojizo presente en las últimas series, por ejemplo, lo tomamos de una técnica que se utilizaba a menudo en las preparaciones de los lienzos con almagre en el siglo XVII en España.
Os definís como artistas multidisciplinares. Podríamos decir que sobre todo os centráis en las artes plásticas, ¿no es cierto? En 2020 presentasteis vuestra primera obra en el ámbito de las artes escénicas con el espectáculo Cuaderno de vacaciones en el festival Escenas do Cambio, en Santiago de Compostela. ¿Tenéis intención de seguir haciendo creaciones en este u otros ámbitos artísticos de ahora en adelante?
Siempre tratamos de encontrar el mejor medio para lo que queremos transmitir, es cierto que con la pintura nos sentimos muy cómodos, pero las escénicas, el vídeo o la escultura nos interesan también mucho y nos ayudan a canalizar lo que queremos contar. En la actualidad estamos trabajando en vídeo y estamos dándole vueltas a otra pieza de escénicas que verán la luz próximamente.
Habéis viajado mucho y disponéis de un largo historial de residencias por todo el mundo. ¿Cómo se reflejan todos estos sitios y estas experiencias en vuestro arte?
Tratamos de relacionarnos con la gente local de los lugares que visitamos, aprender de su entorno y que nuestro paso, nuestra estancia allí, se perciba en las pinturas.


Vuestro trabajo trata problemáticas en relación con la sociedad actual. ¿Cómo conseguís transmitir este mensaje a través de vuestras obras?
Intentamos que las piezas tengan diferentes capas de interpretación. Dobles sentidos, ironía, referencias a la cultura clásica, pero también referencias pop. Jugamos con metáforas visuales o enfrentamos elementos que sabemos que harán un click en la cabeza de quien lo vea. Entendemos que la obra se completa en la cabeza de quien la mira.
Uno de vuestros últimos proyectos es un mural, comisariado por La Casa Encendida, de más de ciento setenta metros cuadrados en el Palacio de la Música de Madrid. Contadnos sobre esta creación, ¿cómo abordasteis algo de tales dimensiones?
La Casa Encendida nos propuso intervenir ese espacio libre en la fachada del edificio y nos dio carta blanca con la propuesta. Durante mucho tiempo hemos vivido en las Rías Baixas y nos acercábamos a Portugal con frecuencia. En más de una ocasión habíamos fantaseado con producir una pared de azulejos azules como hay tantos allí. El proyecto del Palacio de la Música fue la ocasión perfecta.
Vuestra última serie de pinturas, que está expuesta en la Galería Yusto/Giner de Marbella, ha supuesto un desvío de la temática religiosa en la que os inspiráis habitualmente para tratar la mitología griega. ¿Por qué ese giro? ¿Cómo lo habéis relacionado con el estado psíquico de los millennials?
Los mitos clásicos permiten infinidad de relecturas, por eso no caducan y siguen siendo una forma válida para ejemplificar y reflexionar sobre problemáticas actuales.
Tituláis esta última exposición Desperté con esta cabeza de mármol en mis manos que agota mis brazos y no sé dónde dejarla, palabras del poeta griego Yorgos Seferis. Me llama mucho la atención, sobre todo teniendo en cuenta que vuestras obras acostumbran a recibir el nombre más simple posible. ¿Por qué habéis elegido un título tan específico para esta serie?
Queríamos que esta exposición fuera un homenaje a nuestro aprecio por el arte y la cultura griegas, que es la matriz de todo el mundo antiguo, el despertar renacentista e incluso las vanguardias del siglo XX. Ese texto de Yorgos Seferis resume muy bien tanto nuestro bagaje cultural como la pregunta que occidente se hace hoy en día cuando se mira al espejo.
Para acabar, ¿en qué estáis trabajando actualmente?
Tenemos varios proyectos entre manos, todo parece estar activándose de nuevo después de la pandemia. Estamos participando en ferias de arte internacionales, haremos alguna residencia artística y sobre todo destacamos que volveremos a exponer en Madrid durante diciembre de este año en el nuevo espacio de Yusto/Giner.

Texto
Aina Lino

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