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Lluc Queralt es un viajante nato. Se interesa por el mundo que le rodea y la fotografía es la forma que tiene de plasmarlo y de expresar su visión. Recientemente le vimos exponiendo en Utopía Photo Market junto a otros fotógrafos del panorama barcelonés y cercanías. Hablamos con él para que nos cuente cómo se plantea los viajes y los proyectos, y para conocer un poco mejor lo que pasa fuera del mundo occidental.
Viajar es claramente una de tus grandes pasiones, si no la mayor. ¿Cuándo empezó esta inquietud?
Todo empezó con el mundo del skate, ya que en mi adolescencia íbamos de ciudad en ciudad buscando nuevos sitios para patinar. El trayecto hacia nuevas rutas formaba parte de mi búsqueda hacia lo no visto.
¿Eres un viajero que hace fotografías o un fotógrafo que viaja?
Me considero las dos cosas, ya que viajo incluso dentro de mi propia ciudad, intentando descubrir lo que aún no he visto.
Los viajes pueden ser hacia el exterior –conociendo nuevos lugares, gente y culturas– o hacia el interior –para descubrir aspectos de uno mismo–. ¿Cómo te planteas tú los viajes? ¿Cómo decides a dónde vas a ir?
Realmente, viajar te hace aprender y conocerte más a ti mismo, muchas veces estás solo rodeado de otra cultura y gentes, tu mundo personal se potencia y abres más los sentidos. Aquí empieza otra conexión con el yo y el nuevo exterior. En cuanto a cómo me planteo los viajes, normalmente trabajo con temáticas cerradas. Busco en un país algún proyecto que me atraiga y me incite a moverme hacia esas tierras.

Tu trabajo consiste en documentar de primera mano la vida en otros países. Muchos de los sitios que visitas son zonas de conflicto, ya sea social, militar o político. ¿Qué es lo que te empuja a poner tu vida en juego para conseguir tus fotos?
Considero que nunca he puesto mi vida en juego, ya que nunca he estado en primera línea de fuego. He realizado algunas series fotográficas en lugares donde hay conflicto, pero mirando desde un segundo plano.
¿Puedes contarnos cómo es un viaje tuyo? La gente a la que fotografías, ¿está receptiva y te acepta, o a veces es difícil lograr integrarse en su mundo? ¿Qué historias buscas contar?
Normalmente viajo con los mínimos recursos. Si conozco a alguien en el país de destino, me quedo en su casa; de esta manera es más fácil aprender a moverte en una ciudad o país: tienes la información de primera mano. Si no es el caso, busco pensiones u hoteles económicos. No busco el comfort y muchas veces simplemente me dejo llevar, no planifico mucha cosa y solo miro por encima, me gusta dejar que el país me sorprenda. Si tengo una temática preparada, primero intento terminar la serie fotográfica, y si me queda tiempo visito sin una ruta marcada parte del país. Tengo claro que integrarme es muy difícil, ya que vengo de otra cultura totalmente diferente. Muchas veces es así, excepto cuando viajo a países más occidentalizados: entonces es más fácil pasar como uno más. También es cierto que, según en qué culturas, te aceptan y llegas a ellos más fácilmente. Es entonces cuando puedes captar su día a día sin tantos obstáculos.
Con mi trabajo intento contar las historias que la gente en general no sabe. Por ejemplo, en mi propia ciudad hay un monasterio de monjas de clausura, que es un estilo de vida con el que poca gente tiene contacto. Igual que la vida interna de los circos o el funcionamiento de un monasterio de monjes cistercienses… Esas son las historias que más me atraen.
La totalidad de tu trabajo es en blanco y negro. ¿Por qué? ¿Qué te aporta?
Trabajo en blanco y negro porque empecé a revelar mis propios carretes y pasé muchas horas dentro del laboratorio, donde descubrí la infinita gama de grises que aún perdura en mi mente. Quizá también se deba a la admiración que siento por los grandes fotógrafos clásicos, que han sido una gran influencia. Con el blanco y negro puedo atemporalizar más las imágenes y es un resultado que me gusta personalmente. Además, aporta homogeneidad a mi trabajo y lo compacta más.

“Viajar te hace aprender y conocerte más a ti mismo, tu mundo personal se potencia y abres más los sentidos.” 
¿Digital o analógico? ¿Por qué?
Estoy totalmente de acuerdo con los dos formatos. En la actualidad estoy disparando en ambas modalidades. Veo que reside más magia en el sistema tradicional, ya que no hay esa inmediatez para ver el resultado. Recuerdo que en mis primeros viajes tardaba unos días en volver a ver todo lo que miraba por el visor. El sistema analógico está quedando como un recurso más artesanal, si lo pensamos bien.
Hace poco vimos tu trabajo expuesto en Utopia Photo Market, junto con el de otros fotógrafos. ¿Cómo ha sido esta experiencia? ¿Estás acostumbrado a interactuar con el público?
La experiencia fue genial, ya que conocí a dos grandes fotógrafos como son Guillem Trius y Berta Vicente, con quien casualmente compartí mesa. Con Guillem fuimos a Grecia a realizar fotografías de los campos de refugiados, fue genial compartir esas vivencias. Respecto al mercado fotográfico, fue una gran experiencia poder mostrar el trabajo a tanta gente y conocer a tantos fotógrafos con un gran potencial. Fue un placer interactuar con el público, como ya había hecho antes durante mi estancia en Nueva York, donde vendí fotografías en la calle.
Por último, ¿podrías contarnos alguna experiencia que hayas tenido en uno de tus viajes que te haya conmocionado especialmente?
¡Uf! Historias hay muchísimas. Una vez, en Nepal, se me infectó un pulmón. Lo pasé fatal, un poco más y no lo cuento. Otra vez, en Perú, en un pueblo perdido de los Andes, me encontré con un amigo sin previo aviso. En el 2010 fui a Palestina junto a Sara Janini, que es una gran fotógrafa, y allí en Hebrón alquilamos un piso. Estaba pintando para una exposición y hubo un tiroteo debajo del apartamento. Estuve unos días sin poder pintar, pero finalmente se realizó la exposición. También me impactó cómo vivían en la ciudad de los muertos en Egipto, en un cementerio con más de un millón de personas.

Texto
Aida Belmonte

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