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El pasado 3 de julio el Flash Flash dio el pistoletazo de salida a un periodo de celebraciones por sus 50 años de actividad ininterrumpida en una Barcelona que se ha desentendido por completo de proteger a sus establecimientos emblemáticos. Un aniversario que es todo un logro pero que no se ha podido celebrar por todo lo alto debido a las restricciones por el Covid-19. Quedan para la historia las fiestas que se organizaban en el parking Tave delante del Flash, donde habían actuado desde Cesc Gelabert a la Orquesta Platería, y los invitados bailaban bajo los focos de un Aston Martin o un Seat 600. Karin Leiz fue, junto al fotógrafo y publicista Leopoldo Pomés, el arquitecto Alfonso Milá y su mujer, la colombiana Cecila Santo Domingo, artífice de la concepción y desarrollo de la tortillería y hamburguesería más icónica del país.

Todo un hito si tenemos en cuenta la fugacidad de nuestro tiempo y la voracidad del capitalismo rampante. Por una casualidad, Karin es la modelo en las fotos de tamaño casi natural que decoran las paredes y son símbolo del restaurante. Karin ha tenido la amabilidad de recibirme en el salón de su casa presidido por un cuadro de la artista Olga Sacharoff, que muestra las vistas hacia el mar desde el barrio del Putxet, donde vivió con sus padres. Un lugar idílico en apariencia. El lugar desde el que observaba la vida de los demás, y que más tarde recogió en su libro de cuentos Animales urbanos, que os recomiendo. Una crónica excepcional de la Barcelona de posguerra a través de personajes variopintos, descrita desde los recuerdos idílicos de la infancia. Una capacidad de observación que mantiene intacta.

En tu libro describes situaciones cotidianas que de algún modo, siendo una niña, te hacían sentirte distinta a los demás. ¿Esa sensación te ha perseguido a lo largo de la vida?
Yo me apoyaba a la verja de mi casa y miraba a los niños como jugaban en la calle. Mi madre no me dejaba salir. Decía que teniendo un jardín no tenía por qué jugar en la calle. Todas las niñas que yo hubiera querido que fueran mis amigas, eran morenas, bajitas y con formas. Y yo era rubia, altita y flaca. Todas decían con asombro: “¡Ah, es alemana…!” Yo solo quería ser su amiga. Para mí las diferencias no importaban, pero me hacían sentir diferente. De niña yo no hablaba catalán. Durante los ochos años que asistí al Conservatorio Municipal de Música no oí nunca una palabra de castellano. Ni siquiera a las niñas por los pasillos. Digo niñas porque los niños iban los martes, los jueves y los sábados, y las niñas los lunes, los miércoles y los viernes. Sólo nos cruzábamos en los exámenes. Allí también me discriminaban sin querer. Y el día que se enteraron de que yo era protestante, eso ya fue un trauma. Las niñas formaron un corro a mi alrededor, y yo contra la pared. Me acribillaron a preguntas y me gritaban que nosotros adorábamos al demonio. Yo no sabía qué decir. En casa no lo comentaba porque mi madre se hubiera alterado muchísimo.
¿De mayor, también lo sentías así?
Más adelante, en la adolescencia, yo era la jirafa del grupo. Cuando fui a la Universidad, mi trato con los chicos era natural porque en el Colegio Alemán sí íbamos juntos chicos y chicas. Pero los chicos de la facultad no estaban acostumbrados a un trato tan normal. Creían que por ser extranjera todo el monte era orégano. Se permitían los atrevimientos que no intentaban con las estudiantes españolas. Actuaban como si tuvieran derecho, y a mí no me tenía que importar porque venía de otro sitio. Y yo nunca he venido de otro sitio. Nací aquí. Afortunadamente, la sociedad ha evolucionado. Más adelante, ya casada, tuve la suerte de frecuentar intelectuales, arquitectos y artistas. Durante mucho tiempo me sentí diferente por otro motivo: por ignorante. En las reuniones yo no decía apenas nada porque no sabía nada. Me limitaba a escuchar y a escanear mi entorno. De alguna forma, desde pequeña, por mi educación germánica, he estado condenada a callar y a observar, pero a lo que no he estado dispuesta nunca es a pasarlo mal.
En tu casa no se acostumbraba a comer pan con tomate, ni mucho menos pan con vino y azúcar, algo que te parecía un bocado celestial. ¿De qué manera influyó en tu carácter esa dualidad cultural en lo cotidiano?
Merendaba pà amb vi i sucre en casa de una vecina. Para mí era algo extraordinario. Cuando llegaba a casa se lo contaba a mi madre, pero para ella era inconcebible darles vino a los niños. Y desperdiciar tanto tomate tampoco le gustaba. Ella decía que el tomate había que comerlo con piel y las pepitas, porque allí estaban las vitaminas. Disfrutaba muchísimo cuando iba a una merienda a casa de catalanes, pero cuando ellos venían a mi casa también disfrutaban. La palabra cultura, o culturas, no se me pasaba por la cabeza. Lo que yo entendía es que éramos muy diferentes y que el intercambio siempre es algo que sienta bien.
Ese aprendizaje te habrá ayudado en la vida.
¡Mucho! Me ha hecho sentir que sabía algo que los otros nos sabían.
De pequeña repetías muchas veces una palabra cuando te parecía que tenía una sonoridad interesante. Una de ellas era estraperlo. Una palabra que ya no usamos. ¿Qué otras palabras recuerdas que estén en desuso?
Mi madre a los estraperlistas los señalaba con el dedo. En el barrio había algunos y los reconocías por los relojes de oro. Cuando estamos en el Empordà con mi hijo Ciro, cada noche jugamos al Scrabble. A veces pongo palabras que él no conoce, aunque es muy leído y, como jugamos con diccionarios, a veces combinamos letras y comprobamos si una palabra inventada existe. En aquel tiempo, para referirse a una mujer con un vestuario y maquillaje demasiado vistosos, decían, va muy extremada. También podían referirse a otro tipo de mujer como decente y formal. Contrariamente, decían, es una cualquiera, o fue deshonrada por su novio.
En catalán también hay una palabra que tiene una sonoridad que me gusta: xafardera. Para los hombres, podías referirte a ellos como un chico serio, honrado y trabajador, o en catalán un nyicris, para decir que era débil o insignificante, o un pavero, un baranda, un fatxenda o pocasolta. Las niñas tenían dos palabras que las definían: estás hecha una pollita, o es muy monina. Como insulto decían, este es un murciano, o un franchute. También se podía ser un finolis, o se podía ser fermo, que sería lo equivalente a guay hoy en día. Supongo que es la palabra ferm en catalán castellanizada.
En el libro cuentas que tus padres sabían identificar todos los pájaros del jardín. ¿En qué sentido fue determinante para ti ese contacto con la naturaleza ordenada?
Como estaba confinada siempre, no había hoja de planta que no hubiera probado. Aprendí a sorber el jazmín, su flor es buenísima. Mis padres eran muy jardineros y disfrutaban arreglando las plantas. Yo les tenía que ayudar y aprendí sin darme cuenta. Con los pájaros pasaba algo similar. Cada año había los mismos y los observaba, aunque los niños de la calle los mataban con el tirachinas. Algunos caían en nuestro jardín y pretendían rescatarlos para tener carne para comer. ¡Mi madre se enfadaba mucho!
¿Tener un amplio conocimiento de las hierbas comestibles y las propiedades de las verduras, te ayudó para compilarlo en tus libros 1460 recetas para disfrutar de las verduras todo el año y Cocinar con hierbas?
Quien más me ayudó fue mi madre. Ella hizo la carrera de ama de casa en Alemania que duraba tres años. Era una empresaria doméstica. Llevaba las cuentas, sabía lavar, cocinaba con casi nada, porque no había de nada, tenía la casa siempre con flores, nos cuidaba súper bien. Pero era una mujer con carácter. Nos atiborró de copos de avena porque decía que tenía los nutrientes que a nuestra edad necesitábamos. Y aquí no había. Cualquiera que viniera de Alemania tenía que traernos dos kilos de copos de avena.
¿Cómo explicarías esta conexión con las plantas y lo natural?
Yo he sentido curiosidad por casi todo, menos las matemáticas. Soy curiosa por naturaleza y todavía lo soy. Todo lo que está vivo me interesa muchísimo sin yo quererlo. Mis padres nos enseñaron a respetar las plantas, hasta el punto que ahora cuando tengo rosas en el jardín no las corto. ¿Dónde van a estar mejor? Salgo expresamente a mirarlas. ¿Por qué tengo que esclavizarlas? Es amor.
¿Es el mismo amor que sientes hacia las personas, los hijos y la familia?
Con mis hijos me conecto con discreción y cuando hace falta. Pero es por lo mismo. Creo que debo respetar sus vidas tal como ellos se la han planteado. No quiero que piensen que me lo tienen que contar todo. Aunque estoy con unas antenas así de grandes… (risas). Puedo estar tres semanas sin hablar con mis hijos. Así no estorbo. Aunque los amemos mucho, los hijos no nos pertenecen. También hay una parte egoísta, porque me he pasado muchos años no teniendo tiempo para mí. Y ahora estoy en el recreo de mi vida. Me falta tiempo para hacer todo lo que quiero hacer.
¿Qué te mantiene ocupada?
Estoy escribiendo la historia de mis padres y la circunstancia tan extraordinaria de vivir dos guerras sin que mi padre fuera a ninguna de ellas. Y el patiment constante que se respiraba en casa. Ellos se casaron en el 35 en Barcelona, y cuando estalló la guerra en el 36 los enviaron a Sevilla. Aquí su casa fue saqueada y liquidada. La única bomba de la Legión Cóndor que cayó en el Putxet, cayó en casa de mis padres. Cuando volvieron de Sevilla cuatro años después, se empeñaron en volver a vivir en el barrio. En las cartas que tengo desde el 29 hasta el 45, en todo lo que cuentan, aunque son cosas personales, privadas y domésticas, se ve que no podían escribir lo que pensaban porque había una censura brutal tanto aquí como en Alemania. Quiero explicar esto para que mis nietos lo sepan el día que les interese, no cuando yo se lo quiera contar.

¿Cómo hicieron tus padres para soportar una guerra civil en un país que no era el suyo y una guerra mundial devastadora viviendo en un país en el que había vencido el fascismo? ¿Hablaban de ello?
Por las cartas sé que todos creían que Alemania iba a triunfar. Dirías que mis padres eran favorables a los nazis, pero no era así. Lo que pasa es que en los documentos que tengo no se refleja porque mi padre trabajaba en el Deutsche Bank y le revisaban la correspondencia. Muchas veces tenían que escribir lo que no pensaban. Podían castigarles. Y a esto se unía que eran muy entusiastas de este país.
Con el tiempo mi padre se enamoró perdidamente de los catalanes. Decía: “Son como nosotros”. La Alemania del sur no tiene nada que ver con el resto, y él era del sur. Mis padres acabaron teniendo casi solo amigos catalanes. Hacían mucho montañismo y cuando llegaban a un pueblo lo primero que hacía mi padre era tratar de hablar catalán. Tenía un acento muy fuerte, a mi madre se le daba mejor, a pesar de que toda la vida dijo “los manos”. Sufrieron mucho por las pérdidas de lo que habían adquirido, y la incertidumbre por si los rojos ganaban. Esto te hará gracia. En el barrio había una fábrica de hilaturas de ladrillo rojo, pero no se podía decir. Había que decir la fábrica encarnada. Me regalaron un cuento en español titulado Caperucita encarnada. El único rojo que se supiera que había en mi barrio era el dueño del colmado. Era un hombre que estaba eternamente de mal humor.
Contra la opinión de tu padre querías ser pedagoga. Cuéntame por qué ese interés.
A mi padre no le gustaba la idea de que estudiara en general, y por añadidura la pedagogía no le gustaba nada porque decía que los maestros eran unos gandules. Yo lo que pretendía era cambiar la educación de todos. No quería estar en un aula dando la lección diecinueve. Yo quería investigar y ver qué caminos había que seguir para mejorar la formación escolar, y que los alumnos se sintieran a gusto y motivados en el colegio. Entonces, todo estaba regido por la religión y aunque existían unos cuantos colegios laicos, estaba convencida de que tenían que aumentar. Sin embargo, después, mi camino profesional fue bien distinto. Y también lo fue la actitud de mi padre respecto al hecho de que una mujer quisiera estudiar. Un día me cogió la mano y me dijo: “Cuánto me he equivocado”. Todo el mundo evoluciona si quiere. Y él lo hizo.
Pero tú, de alguna manera, sí te revelaste contra tu padre.
Le pedí explicaciones, y mi padre lo llevó mal porque no se creía que una hija adolescente pudiera interpelarle. A esto me animó Leopoldo (Pomés). Yo tenía mucho miedo entonces. Me castigaban mucho sin darme el motivo. Leopoldo me dijo, tienes que hacerlo. Fue cuando decidí estudiar por mi cuenta, y por mi cuenta quiere decir por mi cuenta. Daba clases de alemán y de guitarra para pagar la Universidad, que por aquel entonces no era tan cara.
¿Qué opinas de la educación que reciben los jóvenes actualmente?
Lo primero que se debe enseñar a un niño es el respeto al otro. Si les enseñan a ser agresivos y combatir por ser el primero en vez del segundo o el quinto, ejerces sobe el niño una presión que le tiene que hacer daño de una forma u otra. Y a la vez, creo que la educación que nace del respeto y las buenas maneras, no tiene que pasar de moda. Lo peor es la sobreprotección y la invitación a triunfar cueste lo que cueste. ¿Por qué? Si trabajas con decencia no hace falta que seas el mejor. Haz tu trabajo con dignidad y decencia y dormirás mucho mejor.
Tú te sientes barcelonesa, un concepto que parece que ha caído en desuso y que yo reivindico.
Si me hicieras la pegunta ahora quizás no contestaría eso.
Ya... Cuéntamelo.
Cuando dije esto pensé que yo no me sentía identificada con alguien de Valladolid o de Albacete. ¿Es mi culpa, o qué pasa? Y pensé que me siento identificada con el sitio que conozco. Donde vivo y donde me gusta cómo va avanzando todo. No lo veía en otros sitios, pero a lo mejor por desconocimiento. Así que decidí ser barcelonesa. Desde que me casé dejé de ser alemana. De hecho he vivido siempre aquí y mi atmósfera es esta. Ahora me he empadronado en el Empordà.
Ahora entiendo… ¡Es un buen cambio! ¿Cuál crees que es la deriva que está tomando la ciudad?
Lo que no me gusta es que me quieran gobernar gente que no me conocen. Me han robado la ciudad. Ha tomado una deriva de despersonalización y de destrucción de los rastros históricos. Solo se les ocurre derribar la estatua de Antonio López, cuando lo que tendrían que hacer es poner una placa debajo explicando quién fue y luego allá tú si lo aplaudes o no, pero es Historia. Dejan que se destruyan tiendas y locales emblemáticos que en otros sitios serían intocables. No quiero pertenecer a esto. No quiero ser cómplice. A veces, salgo a la calle y vuelvo a casa deprimida por lo que veo, o con lo que tropiezo, también por los ruidos de las maletas... Me infunde no rabia, sino tristeza y la tristeza es muy difícil de eliminar porque sabes que esto está ahí.
En cambio, tú puedes presumir de haber contribuido a mantener vivo durante 50 años uno de los restaurantes más originales del mundo: el Flash Flash. ¿Cuánto trabajo y dedicación hay detrás de su éxito?
Fuimos afortunados en darle el aspecto que tiene y coger como camareros y maître a unos seres increíbles que habían trabajado en el Savoy de Londres, después en el Terminus de Barcelona, y que le dieron forma a cómo tenía que ser el personal. Por eso se han mantenido vestidos clásicos porque es como una de las raíces de todo el proyecto. Queríamos que el Flash Flash fuera un restaurante informal y moderno, pero con la calidad y el servicio de los restaurantes clásicos buenos. Y otro aspecto importante del éxito es tratar bien al personal. A lo largo de los años algunos miembros del equipo se han querido ir para ver mundo, y siempre se les ha dicho que podían volver. Esto ha pasado la tira de veces. Es muy importante para ellos, a la vez que el gerente se beneficia de tener una buena cartera de profesionales de calidad. El mérito de los dueños es haber tenido y tener gerentes entregados y talentosos.
El Flash Flash lo describen como un icono de los años 70 y centro de reunión de los intelectuales y artistas de izquierdas. ¿Te parece un reduccionismo o fue exactamente así?
En los 70 era un canto a la modernidad, y acudió en tropel un tipo de gente que era del círculo de Alfonso Milá y de Leopoldo Pomés, que en aquel momento tenía un éxito muy grande. Como ambos eran personas muy inquietas, conocían a los intelectuales y gentes del mundo de la cultura, que rápidamente eligieron el Flash Flash como sitio de encuentro. Era un foco de innovación. Por las noches se producían acaloradas discusiones sobre ideas, proyectos, ideologías, arte y temas sociales que creaban un ambiente muy emocionante.
Después la gente se va haciendo mayor, se va dispersando y llegaron nuevas caras. Había tres agencias de modelos en el barrio y las chicas frecuentaban el Flash Flash. Eso atrajo a los que querían verlas. Es curioso porque yo no sé tantas anécdotas del Flash, pero sé que muchos extranjeros, no turistas, extranjeros, no se van de Barcelona sin ir al Flash. Ahora quizás va gente no tan innovadora, pero sigue yendo mucha. Y lo curioso es que los hijos de la primera generación de clientes solo querían ir al Flash. Cuando estos hijos llevaron a sus hijos, estos solo quieren ir al Flash. Eso es lo mejor. Y el confinamiento ha servido para lavarle la cara a fondo al local. Hemos cambiado sofás, mesas y renovado muchos aspectos técnicos. Ahora el Flash Flash tiene el aspecto espléndido del primer día.

Entre sus clientes ha habido y hay personalidades muy relevantes. ¿A quién recuerdas especialmente?
Gabriel García Márquez fue un cliente asiduo; durante una época, casi a diario. Como colombiano era muy amigo de Cecilia Santo Domingo, la mujer de Alfonso Milá. También nos veíamos fuera del Flash. Es a quien recuerdo más ligado al restaurante y además era muy divertido. Siempre decía que cenar en el Flash era el premio a su duro día de trabajo. Su presencia atrajo a muchos otros escritores latinoamericanos y también del país. Alguien a quien vi dos veces fue Arthur Rubinstein, el pianista, que después de sus conciertos en el Palau, acudía en solitario a comer una tortilla de chorizo. Otra característica del Flash es que el segundo día que fue, ya le recibían con un “buenas noches Sr. Rubinstein”. Esto era la escuela de los primeros camareros.
¿Cómo recuerdas el día en que se les ocurrió la idea a Alfonso Milá y a Leopoldo Pomés?
Fue la noche vieja del 68 en Londres. Se nos olvidó reservar mesa en un restaurante y acabamos cenando en el Hotel Hilton. Durante la cena Alfonso Milá dijo: “En realidad, se come bien en pocos sitios. En Barcelona no puedes pedir una tortilla a la francesa porque te miran mal, dicen que no puede ser, y si te la hacen les sale fatal”. Leopoldo que era un loco de las tortillas decía: “Cómo se pueden llamar cocineros si no saben hacer una tortilla”. Y al poco rato nos dice: “¿Por qué no hacemos un restaurante de tortillas?” Y Alfonso puso la sonrisa un poco incrédulo pero después dijo: “¿Sabes que es muy buena idea?”
Al llegar a Barcelona nos pusimos manos a la obra como si nos fuera la vida. Lo primero fue buscar un local que tenía que estar por Tuset, y encontraron este en la calle más fea de la ciudad. Siempre digo que parece esas calles traseras de Nueva York detrás de los edificios importantes, donde están las basuras. Y como no eran ricos, tampoco se querían pillar los dedos. Era un local infame que había sido almacén de una firma de chocolates.
La racionalidad del estilo Correa-Milá hizo el resto.
Para Federico (Correa) no había imposibles, y se le ocurrió la idea de asociar el flash de cámara con los apliques del interior y de ahí nació la idea de las fotos. Para aprovechar el flash de cámara tenía que haber alguien sujetándolo. Leopoldo me hizo las fotos. Alfonso era un súper perfeccionista y me acuerdo que no quería que la cafetera estuviera a la vista, pero fue imposible. Se construyó en un año, y entre todos buscamos qué tortillas se podían hacer de las que conocíamos. A mí se me ocurrió reunir muchas para ir descartando. Llegué a encontrar 186 recetas sin Google.
¿Cómo lo lograste?
Buscando en libros de cocina, o me iba al mercado y preguntaba, o pescaba algo en los restaurantes de comarcas. Cuando íbamos a Cadaqués con Alfonso, él desayunaba una tortilla y no podía ni pensar que estuvieras cerca mientras la preparaba, pero la hacía con una habilidad y concentración impresionante. Su mujer, Cecilia, fue muy importante en el proyecto porque aportó la hamburguesa. Era una mujer muy pragmática y realista y enseguida nos hizo ver que muchos clientes no iban a querer comer tortilla a diario. Nos fuimos a Nueva York, al restaurante donde recordaba haber comido la mejor, y se metió en la cocina para hacerse con la receta. Ella misma se la enseñó a preparar al cocinero del Flash.
¿No te parece escandaloso que Alfonso Milá no tenga una calle en su memoria en Barcelona?
No lo había pensado.
¿No sería bonito que la Granada del Penedès pasara a llamarse calle de Leopoldo Pomés?
¡O Alfonso Milá! Sí, no estaría mal, pero no sé si tengo mucho criterio en la nomenclatura de calles.
Lo dejamos en manos de a quién competa. ¿No vamos a pedir nada?
Que los ciudadanos sigan queriendo al Flash Flash y que la ciudad aprecie un restaurante icónico que ha cumplido 50 años.
Cuéntame el secreto para hacer una buena tortilla.
Lo esencial es que el huevo nunca llegue a tostarse. Es una cuestión de fuego. Con la tortilla francesa, lo que yo hago es calentar mucho el aceite, después elimino el exceso para que la sartén me quede solo untada. Es entonces cuando tiene la temperatura perfecta para acoger el huevo y que se cuaje enseguida. Retiro entonces la sartén del fuego, con la espátula de goma remuevo un poco la lámina que ha formado el huevo: luego la voy envolviendo y retorno la sartén sobre fuego bajo. El último paso es el que siempre presenta mayor dificultad. Lo principal es que el huevo simplemente se cuaje y apartar la sartén del fuego para que se cueza con el calor que retiene.
¿Cómo recuerdas los cambios sociales de los 70 que Leopoldo y tú con vuestro trabajo en publicidad supisteis plasmar de manera extraordinaria?
En 1960, cuando nosotros empezamos, prácticamente apenas existía infraestructura para el ejercicio de la publicidad. No había modelos y, mucho menos, agencias de modelos. Sólo se encontraban las maniquíes de las casas de alta costura. O sino ya eran, para llamarlas de alguna manera, escorts (risas). Además, en aquel entonces, la profesión de modelo estaba muy mal vista. No era tan fácil encontrar mujeres modelo. Leopoldo abordó a muchas chicas por la calle y las convirtió en modelos. Los tipos de las mujeres han cambiado mucho. En aquel tiempo no conocí a ninguna que hiciera ejercicio físico. Podían ser altas y delgadas pero no estaban tonificadas. Ocurría lo mismo con los hombres. Los típicos guaperas de la época no respondían a lo que necesitábamos como modelos masculinos.
Fuisteis unos precursores.
Sí. Cuando teníamos pensado casarnos, no teníamos ni un duro. Leopoldo hacía algunas fotos menores de encargo, pero las suyas de autor, que no eran menores, no se vendían. Un día, en casa de sus padres, abrió el periódico y dijo: “Quins anuncis que fan! Sempre amb aquests dibuixos tan dolents! Per què no fan fotos?” Decidió presentarse en la mejor agencia de publicidad de aquel tiempo para que le pusieran a prueba como fotógrafo de publicidad. Funcionó.
 ¡Qué bueno! Esa idea cambió para siempre la publicidad en España.
Como me tenía a mí tan a mano, yo le hacía de modelo, buscaba los elementos que él necesitaba para las fotos, barría el estudio, lo arreglaba con lo poco que teníamos, pero lo hacía con una gran ilusión... Crear algo sin tener más pretensiones. Yo solo quería que quedara bien. No pensaba en tener un gran estudio, ni se me pasaba por la cabeza. Fuimos avanzando paso a paso, y de pronto nuestra minúscula empresa despegó.

Todo esto Leopoldo lo hizo contigo, y se sabe o se reconoce poco.
No importa (silencio). Lo he considerado siempre un trabajo tan binomio que me estaba bien que él diera la cara y brillara. Yo estaba contenta con el resultado. Ser un poco anónimo, ayuda a ser más eficaz... Lo encuentro mucho más interesante. No tienes servidumbres, puedes mirar mejor, enterarte mejor, no te manipula nadie...
Eres más libre.
Efectivamente. Es como mejor me siento.
Erais autodidactas y os teníais el uno al otro.
Constantemente queríamos experimentar. ¿Y si hacemos tal cosa? Manteníamos debates creativos efervescentes. Creíamos el uno en el otro. Él tenía el impulso y la prisa, y yo aprovechaba el impulso pero la prisa la ordenaba. No me imagino a nadie con quién trabajar mejor. Personalmente, nunca tuve otro objetivo que hacer las cosas lo mejor posible. Yo vivo al día desde siempre. Puedes tener una vocación para hacer o tener algo, pero la imperiosa necesidad de que eso se cumpla mejor dejarla a un lado.
Es un buen consejo… Me intriga mucho saber cómo llegabais a hacer las fotos con misterio.
Esta era la obsesión de Leopoldo respecto a sus fotos de autor. De él aprendí a ver fotos antes de que él las hubiera hecho. Él quería que una foto no se acabara nunca. Sugerir con una imagen una historia por contar. Por eso le gustaban tanto los edificios con ventanas oscuras. Le intrigaba lo que había detrás de cada ventana. Puedes reflexionar, descansar, inventar sobre esa imagen. Estas son las fotos con misterio.
¿Qué podrías desvelar a los lectores sobre tu experiencia como modelo de Manuel Pertegaz?
Me sirvió muchísimo para aprender. Me presenté a Pertegaz no porque yo lo quisiera sino porque Leopoldo, que me hacía muchas fotos, pensó que sería bueno para coger soltura.Yo iba muy incrédula, pero me cogió enseguida. La experiencia fue mucho más interesante de lo que esperaba. Descubrí lo duro y cansado que es el trabajo de maniquí. Pertegaz creaba y trabajaba sobre nosotras, las maniquíes de carne y hueso, y nos tenía horas de pie, hasta que a veces llegábamos a desmayarnos. También nos pedía nuestra opinión sobre las piezas. Preguntaba a todo el mundo. Desde a la aprendiza del taller, a la primera modista. Necesitaba los inputs de los demás. Era estupendo cómo conseguía establecer un debate sobre los detalles de sus creaciones.
También me fue muy útil aprender sobre la técnica de la costura, y conocer los nombres de los pliegues y las calidades de las telas. Este aprendizaje me ayudó muchísimo después, cuando trabajé de estilista en nuestros spots y fotografías. En los desfiles diarios durante un mes, cada una de nosotras tenía que pasar veintidós trajes en dos horas. Un traje entonces significaba zapatos, sombrero, joyería, guantes, y para cambiarnos íbamos a cien por hora. Todo eso me hizo aprender. Aprender disciplina y profesionalidad.
En tu libro cuentas que tu amigo Bubi falleció a los 6 años y que fue el primer muerto de tu vida. ¿Qué relación mantienes con la muerte?
Sí, él vivía en mi misma calle y nos veíamos cada día. Éramos novios inseparables. Me costó mucho entender lo que era la muerte. Es más, me enfadé con él cuando le vi tendido en un féretro tapizado de blanco con el traje de primera comunión que no había hecho todavía, rodeado de gente. A mí nadie me hacía caso y estaba muy desconcertada. Mi amigo había hecho algo sin contar conmigo. Más adelante, su madre me hacía ir a menudo a su casa. Sacaba los juguetes, y quería que jugara sin el niño... Yo le decía: “¿Y Bubi?” Entonces ella se ponía a llorar. También lloraba mucho cuando yo la acompañaba al cementerio. Entendí que Bubi ya no estaba. Quizás por este conocimiento tan temprano –y natural– nunca he sentido angustia por la muerte. Quizás es la razón por la que vivo al día. Cada mañana cuando me levanto digo, ¡qué bien! (risas). Pienso que no hay que perder el tiempo pensando en algo que es irreversible. Prefiero aprovechar bien lo que tengo.
¿Cómo convives con la pérdida de los seres queridos?
Convivo como si estuvieran, solo que no los veo. Si tengo tantas fotos por ahí de personas queridas que ya no están, es porque siguen conmigo, sigo contando con ellos y con todo lo que me han dado. No hablo con ellos, pero pienso, ahora Reyes diría tal cosa, Oriol diría, “que bé que estem”, y así los mantengo a todos cerca. A Leopoldo lo llevo incorporado, forma parte de mí. Y sigue presente para todos los que le quisieron.
¿Cuál es el mayor motivo por el cual merece la pena vivir?
(Silencio). Para mí, el mero hecho de vivir tal como he vivido yo, es un regalo. Con todo. Porque sin problemas, tampoco aprecias no tenerlos. Es una oportunidad para disfrutar de lo bueno. La finalidad última, no es más que ser un eslaboncito, pero en realidad todo es un absurdo. Creo que somos como animalitos y así nos comportamos. Cada día pienso que estamos de paso.
Jane Austin escribió: “A poca gente quiero de verdad y de muy pocos tengo buen concepto. Cuanto más conozco el mundo, más me desagrada, y el tiempo confirma mi creencia en la inconsistencia del carácter humano, y en lo poco que se puede uno fiar de las apariencias de bondad o inteligencia”. ¿Estarías de acuerdo?
Lo último lo suscribo. Conozco a muchísima gente que es buena, pero no es importante. No sé si ser importante te hace malo (risas). Cada persona es un mundo. Y si haces inmersión en esa persona, descubres particularidades y cualidades. Pero no creo que estén relacionadas con la notoriedad. 
¿Podríamos relativizar la notoriedad? ¿Qué opinión te merecen las redes sociales?
Yo no soy de nada, no participo en este tipo de medios. Primero porque no siento la necesidad y porque no quiero abrirme como un escaparate, ni saber sobre el escaparate del otro. Quiero basarme en lo que veo, lo que oigo, siento, pero no por los medios sino al natural. La gente es más espontánea, se vigila menos, y además las personas también cambian cuando te conocen a ti y saben que no representas ningún peligro o amenaza. Siempre digo que si cada cual nos comportáramos bien con nuestro entorno, resolveríamos la mayoría de los problemas.
¿Tu vida es como la imaginaste?
De niña me imaginaba que no tenía más remedio que ser feliz. Pero nunca pensé en un standard de vida, sino en hacer la infinidad de cosas que me gustaría hacer. Siempre ha habido un momento de elección. A los 16 años me gustaba sobre todas las cosas, jugar a tenis, pero no como actividad única. Y cuando decidí ir a la Universidad, tuve que escoger, porque en primero de comunes entrenaba una hora a las siete de la mañana y a las ocho y media tenía que estar en plaza Universidad. No funcionó. Lo hice durante unos meses, pero tuve que elegir y plantearme el deporte sólo como algo complementario.
¿La nostalgia es un error?
Supongo que debe ser inevitable para los que se columpian en ella. Yo procuro que no me invada. Tengo recuerdos, no nostalgia. Me gusta muchísimo acordarme de lo que he vivido y cuando alguna vez mis hijos me recuerdan alguna situación que yo no recuerdo me da mucha rabia, porque me gustaría retener todo lo que he vivido. Pero nostalgia, no. Me da horror.

Texto
Sergi Doladé
Retrato y fotos
Marc Medina

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