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Lo importante no es lo que nos sucede, sino si somos capaces de ver con claridad y sacar lo mejor de lo cotidiano y seguir adelante. Juanpe Sánchez López nos ofrece magia, una visión bonita y, a la vez, realista de la vida en Desde las gradas, que va a resultar en una trilogía que comprende este poemario, un ensayo y una novela.

Desde las gradas habla de todo y de nada. Lo que es seguro es que te va a hacer sentir amor, te dolerá, te sacará sonrisas, o quizás carcajadas, pero especialmente te hará pensar. Las páginas son una puerta entreabierta que, por un lado, deja al descubierto las propias emociones del autor y su punto de vista sobre vivencias pasadas (que nos pueden haber ocurrido a todos), y por el otro, nos lleva a una dimensión misteriosa pero íntima, inspiradora e inspirada por grandes autores y filósofos de las últimas décadas.

A sus veintitantos años, el autor alicantino nos habla desde la experiencia, sobre todo la adolescente, claro: “No me interesa excesivamente el dolor o el daño, y sí que me interesa una visión optimista desde la que ver el mundo.” Este libro es un viaje hacia algún lugar. Dedica tiempo a leerlo y a sentirlo, resultará en un viaje hacia algo bonito, eso seguro.
Bienvenido Juanpe, para los que no te conozcan aún, cuéntanos cómo te describirías.
Esta pregunta siempre es difícil, porque uno nunca se ve bien a sí mismo, lo ven siempre mejor los demás. Siempre tendemos a describirnos más como una idea de lo que nos gustaría o querríamos ser que como estamos siendo en ese momento.
Últimamente, sin embargo, me he dado cuenta de un rasgo que me define bastante y que nunca lo había verbalizado hasta hace bien poco, y es que soy una persona bastante obsesiva. Escucho las mismas canciones de forma repetitiva, me gusta ver las mismas películas, comer las cosas que ya conozco en los restaurantes, beber los mismos cócteles. Vamos, que tengo el sol y la luna en Tauro. Me di cuenta que soy así de obsesivo cuando vi que había escuchado Venice Bitch —una canción de Lana Del Rey que dura 10 minutos— más de trescientas veces. Es decir, que he estado más de 50 horas de mi vida escuchando una misma canción.
¿Cómo surge el poemario Desde las gradas?
El primer germen es acercarme a la noción de tiempo y espacio que se desarrolla en Burnt Norton, el primer poema de Cuatro cuartetos de T.S. Eliot, poeta con el que estuve bastante obsesionado en la carrera de Teoría de la Literatura. Empecé reescribiendo y tomando la idea de jardín y de la referencia explícita y saturada a otros textos, explotando la noción de texto literario como mosaico de citas, idea que robo a Julia Kristeva y que ella roba o ‘coge prestada’ de Mijaíl Bajtín.
De ahí seguí y seguí reescribiendo poemas y canciones que me encantaban, y tramas de historias que me gustaban y/o emocionaban y empecé a coger fragmentos de vídeos que iba viendo y de conversaciones que iba teniendo o que tenían otros. Mi idea era dejar claro que el texto literario funciona como un foco de luz sobre ciertas cosas, alumbrando y haciendo sombras sobre otras, deformando lo que vemos e incluso haciendo más brillantes cosas que no se ven de la misma manera bajo la luz natural. Después, la reescritura se convirtió en algo que se iba mezclando con lo íntimo, y ese creo que es el impulso más fuerte del libro, encontrar el movimiento en esa fuerza de lo íntimo (el relato personal) y lo compartido (todas esas referencias a la cultura que son constantes).
¿Qué le dirías a alguien que esté a punto de adentrarse en tu libro?
¡La verdad que no le diría nada! Un libro tiene que decir algo o no decir nada por sí mismo. Si es necesario que la figura autorial le dé sentido, hay algo que no está funcionando. Los libros son de los lectores, en el sentido de que son ellos y ellas quienes tienen que componer o recomponer, le tienen que dar vida al propio texto leyendo.
Una de las características de lo literario —y a grandes rasgos de la ficción— es la ambigüedad y la indeterminación. De los mundos ficticios siempre se nos da una pequeñísima parte de todo lo grande que será (o debería ser) ese mundo en la imaginación de la figura lectora. Al final, una lectura depende mucho más de lo que pensamos de todo lo que hemos vivido, imaginado y soñado, que se entrecruza con lo que leemos y hace de ello una cosa rica e irrepetible. O eso me gustaría pensar. 

“Supongo que un mundo mejor sería aquel en el que no se tenga que invertir todo ese tiempo y dinero en intentar hacer otras realidades además de la hegemónica o que, al menos, no sean siempre las mismas personas quienes tengan que hacerlo.”
Parece que todo humano que sale de la norma debe ser educador en cierta manera; debe corregir y guiar a los de su alrededor o todo quien le escuche. Desde luego, Desde las gradas es un grito al vacío, una puesta en escena desde una óptica muy sincera y a la vez personal. ¿Qué opinas al respecto?
El papel de educadora o educador lo hemos tenido que asumir siempre desde los grupos minoritarios para hacer entender nuestras realidades; algo que tiene consecuencias directas, porque tenemos que invertir muchas veces tiempo (lo cual quiere decir invertir también dinero) en estudiarnos, en encontrar palabras, razones y formas para explicarnos. Y esto hace que muchas veces estas personas que se dedican a estudiar las realidades de los grupos minoritarios (y que pertenecen a esos grupos) no tengan más tiempo ni otras formas de profundizar en otros temas, lo cual los deja en una posición, muchas veces, casi de nicho. Supongo que un mundo mejor sería aquel en el que no se tenga que invertir todo ese tiempo y dinero en intentar hacer otras realidades además de la hegemónica o que, al menos, no sean siempre las mismas personas quienes tengan que hacerlo. 
En tu poemario, por ejemplo, residen varias denuncias respecto al patriarcado, ¿de qué maneras te fidelizas con esta lucha en tu día a día? En contextos más cercanos y cerrados, como en el ámbito familiar, me refiero.
Con respecto a qué hago en mi día a día, creo que vivir un poco sin pensar demasiado, como todo el mundo. Aquello que se puede hacer en nuestra cotidianidad es más una materia de decencia humana que casi de lucha feminista o LGTBIQ+. También da mucha rabia que se tenga que poner medallas a hombres porque dejen hablar a las mujeres o porque utilicen el femenino genérico o que se enorgullezcan por hacer actividades básicas como recoger la mesa, fregar los platos o dedicar tiempo a la crianza. No quiero ser Alfred García.
Siento que muchos escritores, artistas y músicos endulzan la rabia que reside en ellos y romantizan problemáticas a la hora de gestar sus obras. No percibo esto en ti. ¿Cómo lo consigues? ¿Crees que así es mejor y por qué?
A mí personalmente no me interesa excesivamente el dolor o el daño, y sí que me interesa una visión optimista desde la que ver el mundo. Pensar que existen posibilidades de mejorar nuestras condiciones de vida es un posicionamiento poético —en su sentido original de poiesis— y político. La ficción nos da modelos de mundos posibles; y si no proponemos modelos optimistas de mundo, esos mundos no llegarán nunca. También es una cuestión de disfrute: me encanta ver y leer que las cosas pueden salir bien. Estoy harto de las distopías, de la obstinación en la herida. Yo quiero jugar y disfrutar y pensar que se puede ser feliz en algunos ratos. Eso es algo que consigue maravillosamente una novela que acabo de leer, Un beso de Dick, escrita por Fernando Molano Vargas y reeditada ahora en España por la editorial Blatt & Ríos, una historia de amor publicada en 1992 entre dos chicos en la que apenas penetra la violencia y que te hace decir: así debería ser el mundo.
Al leer Desde las gradas para nada siento que se haya escrito desde una visión externa u omnipresente, entonces, ¿por qué ese título?
Para mí las gradas me llevan directamente a recuerdos de la adolescencia, cuando iba con mis amigas al campo de fútbol del barrio a ver partidos que no nos interesaban en absoluto, pero a los que acudíamos a ver a algún chico que le gustaba a alguna de ellas. Pero también tiene una intención teórica porque la escritura desde la que parto es siempre aquella de la contemplación, de la lectura de textos y obras externas a mí y que cojo y recojo para hacerlas mías y contar un relato propio. Era una forma de decir: vale, he estado mirando y ahora quiero ser parte de la acción.
También funciona, por otra parte, como una imagen que me transporta a películas adolescentes, que tenía muy en mente mientras escribía el libro, como por ejemplo Las ventajas de ser un marginado, donde hay varias escenas en las gradas en la que los protagonistas, de hecho, empiezan a entablar amistad o se hablan por primera vez. Me parece una imagen muy sugestiva: el lugar en el que supuestamente no se habla o no se toma partido pero donde, en realidad, está ocurriendo toda la acción y el discurso.
Mencionas a Dios en diversas ocasiones, la religión parece algo relevante dentro del contexto familiar durante tu infancia. ¿Por qué decides que juegue un papel importante en este libro? ¿Eres creyente o es algo que se te impuso?
La introducción de Dios (o dios, o el dios medieval u otro tipo de formas que uso dentro del libro) fue un proceso bastante inconsciente. De hecho, cuando estaba revisando las últimas versiones de Desde las gradas y viendo qué palabras o términos se repetían más, me di cuenta de que “dios” aparecía más de treinta veces. Pero, ya te digo, no es una elección consciente, sino que en el ejercicio de imbricación entre el juego intertextual y el relato personal, dios tenía que hacerse presente de una forma u otra porque cuando era niño estuve obsesionado (¡de nuevo!) con la religión católica. ¡Fui incluso monaguillo durante unos años! Pero después se me perdió la curiosidad por algún sitio; una curiosidad que estos últimos años me va y me viene, va fluctuando.
Para mí Dios era una forma de enfrentarme al miedo a la muerte y a la enfermedad cuando era niño, sobre todo a la de mis padres. Luego acabé pensando —en esa época común nihilista de los adolescentes— que de nada me servía rezar o creer en algo porque el mundo era una sucesión de casualidades sin sentido. Ahora creo más en el amor que en Dios, no de una forma romántica sino como un impulso a depositar confianza en los demás, en querer ser cuidado y en querer cuidar, aunque suene un poco hippy. Lo que me queda claro es que la fe no se destruye, solo se transforma. Así lo escribe Berta García Faet en un poema de La edad de merecer (La Bella Varsovia): “da vergüenza admitirlo, pero Dios no se destruye solo / se transforma de ahí el socialismo”.
Después de leer todo tu relato, tu pasado y tus inseguridades opino que has superado el reto más grande: te has desnudado ante el lector. ¿Cómo lo has conseguido? ¿Y cómo te sientes al respecto?
Entiendo que pueda parecer que hay algo así como una proximidad y cercanía con el texto porque es algo buscado. Pero no me gusta tanto pensar el texto literario en términos como ‘desnudez’ o de ‘abrirse en canal’. Esto tiene un poso horroroso que viene de una idea hipertrofiada del Romanticismo literario, en el que se entiende la poesía, según William Wordsworth, como un “espontáneo desbordamiento de sentimientos poderosos”; y que nos ha llevado a malentender la escritura poética como un vómito de sentimientos y no como un trabajo consciente del lenguaje y de las emociones que revela el propio lenguaje.
Hay cosas de mí, por supuesto, en el libro, como supongo que en todos los libros que escriba, porque soy yo quien escribe, desde un lugar y un tiempo concretos. Pero ese yo-escrito es tan fragmentario y tan imaginado que de ahí poco se puede reconstruir hacia mí. El yo literario puede parecer más cercano que una tercera persona, pero es igual de ficticio que todo lo demás. Mis vivencias poco importan aquí y allí y donde sea. Además, ¡qué egocéntrico pensar que a alguien le importaría lo que ha vivido uno mismo! Me encanta a este respecto, un fragmento de Roland Barthes por Roland Barthes que dice “En cuanto produzco, en cuanto escribo, es el Texto mismo el que me desposesiona (afortunadamente) de mi duración narrativa. El Texto no puede contar nada; se lleva mi cuerpo a otra parte, lejos de mi persona imaginaria, hacia una suerte de lengua sin memoria”. Mi yo siempre será imaginado, incluso aquel fuera de la literatura.

“Estoy harto de las distopías, de la obstinación en la herida. Yo quiero jugar y disfrutar y pensar que se puede ser feliz en algunos ratos.”
A lo largo del poemario, entre muchos otros autores, citas a la maravillosa Virginia Wolf: “El pasado es valioso porque las emociones nunca se comprenden en su momento”. Este libro no podría penetrar al lector de la misma manera si así no fuese. ¿Piensas que cada vez que leas Desde las gradas el libro te causará nuevas sensaciones y te penetrará de una forma distinta? ¿Podría pasarles eso también a tus lectores?
Me encantaría pensar que es así, que cada vez que acudes al libro este suscita una lectura y emociones diferentes. Eso significaría que hay algo que se ha hecho bien y que hay cierta riqueza literaria detrás. En cuanto que me pase a mí, supongo que (y ojalá que) sí, pero todavía es muy pronto para que pueda averiguarlo.
Siento que tu poemario no da tanta importancia a los sucesos como a las emociones que nacen a partir de ellos. ¿Crees que haber escrito este mismo libro en otro momento de tu vida podría haber resultado en una obra muy diferente?
Claro. Todos nos transformamos continuamente. Eso no quiere decir que siempre vayamos progresando y seamos una mejor versión de nosotros mismos, sino que nunca somos las mismas personas que fuimos en otro momento. Y, conectado con eso, el contexto y el lugar de la enunciación son importantes para la escritura literaria. Este libro está escrito durante muchos meses mientras estudiaba el final de la carrera y el máster, y tuvo un último empujón que le hizo ser el libro que es durante el primer confinamiento, que lo pasé en una casa grande con un jardín en el norte de España junto a mi novio. Sin esos meses de cierta desconexión, tranquilidad y espacio y de poder dedicar horas y horas a la escritura sin tener que sacrificar demasiado, el libro hubiera sido muy distinto. Lo sé porque ahora que estoy escribiendo en un contexto diferente y noto que la forma de trabajar también ha de ser de otra manera, que tengo que decir que no a cosas, que a veces estoy demasiado cansado para ponerme frente al ordenador de nuevo a escribir, aunque las ideas estén ahí.
Por otro lado, me encanta que lo hayas leído a través de las emociones. Ese es, al final, todo objetivo de las obras artísticas: producir emociones. Y estas no tienen que ser siempre, por supuesto, lo que se podría considerar como emociones positivas ni mucho menos. Las emociones tienen como origen etimológico el verbo emovere, que significa hacer mover. Que una obra te produzca emociones quiere decir que te conmueve, que hace perceptible tu propio cuerpo, porque te hace ‘estar sintiendo’ y, a la vez, te da la oportunidad de querer mover al resto. Al final, es como un juego de dominó. Alguien dice o escribe algo y te hace sentir algo, y tú, como ficha, caerás y accionarás otra ficha, y así, con suerte, harás que vayan cayendo otras fichas, que otras personas se emocionen y se muevan y quieran seguir moviendo, seguir el juego.
En el libro podemos encontrar el motivo histórico, de hecho, es uno de los vértices principales de tu escritura. ¿Les dirías a tus lectores que es necesario conocer estos personajes clásicos y sus obras para que tus palabras generen sobre ellos el impacto que buscas?
Ay, no, no. Para nada hay que conocer nada antes de entrar a un libro. Aunque es un libro explícitamente dialógico (que habla con otros textos y otras figuras autoriales) eso no quiere decir que no sea o que no pretenda ser (de alguna forma) autosuficiente en su lectura. No querría acercarme a una tendencia culturalista/elitista de hacer name-dropping de autores, autoras, textos y obras solo por hacer ver que conozco toda una tradición y que he adquirido cierto capital cultural. Mi planteamiento era más el de la creación de un mapa de obras y autoras a las que acercarse por primera vez o hacerlo de nuevo. Un mapa que es el que construye la subjetividad que habla en el libro pero que es, sobre todo, una invitación para saltar hacia otros lados. Por eso era tan importante para mí poner esas notas al final en las que se señalan algunas de las referencias que se usan para que así la lectura, como siempre, no termine al cerrar el libro, sino que continúe más allá: que haga hilo, red, textura.
¿Qué podemos esperar de ti a corto plazo? ¿Hay algún proyecto en el que estés trabajando ahora?
Hay dos libros en proceso que verán la luz en 2023. Uno es un ensayo y otro es un poemario. El ensayo es parte del proyecto del amor que empezó con Desde las gradas y que forma una trilogía en forma de un poemario, un ensayo y una novela. Ahora faltaría por escribir y publicar más adelante la novela. Tengo ya ideas, personajes y estructuras en mente, pero todavía no tengo ningún acuerdo editorial y he decidido, por mi propio bienestar, no escribir nada sin que haya una remuneración detrás. La escritura es trabajo y el trabajo se paga. No voy a vivir de la ilusión y del entusiasmo de escribir una novela y que todo ese tiempo invertido acabe en una carpeta olvidada de mi ordenador que al final se acabará perdiendo y borrando. Siempre hay cosas mejores que hacer como, por ejemplo, ¡no hacer nada!

Texto
Aina Lino

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