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“Es increíble la suerte que he llegado a tener”, nos confiesa Javier Arcenillas en esta entrevista. El fotógrafo español trata el fotoperiodismo y el documental desde la visión más profunda, sincera y real. Su intención es “contar para entender”. Historias llenas de dolor, impotencia y miedo. Experiencias complicadas e inciertas. Pero, sin embargo, a pesar de sus viajes imperfectos, de sus vivencias desagradables y del futuro poco prometedor sobre su trabajo, él sigue adelante con su profesión, esperanzado con las nuevas generaciones y los nuevos talentos – mencionando a sus alumnos de Fotografía Documental de la Escuela PIC.A y cómo las nuevas generaciones se están educando en la cultura visual.
Cuando te preguntan a qué te dedicas, ¿qué respondes?
Pues curiosamente nunca digo que soy fotógrafo, no sé por qué. Será un defecto polarizado de la personalidad.
¿Qué te gusta explicar de tus trabajos?
Tengo interés en hablar de las circunstancias especiales en las que viven las sociedades donde desarrollo mi trabajo; hablar de las personas que fotografío, de sus problemas e historias.

Dices que tu profesión es tu pasión. ¿En qué momento te diste cuenta que podías ganarte la vida con la fotografía?
Bueno, yo no he sido siempre fotógrafo, he desarrollado otras tareas y profesiones. En un momento de mi vida decidí cambiar mi percepción vital y transformé mi interés por comprender en una profesión, y me hice fotógrafo. No ha sido un viaje perfecto ni agradable, pero aquí estamos.
¿Qué es lo que más te gusta de la fotografía?
La capacidad de entrar en las vidas de personas es una llave que te permite acercarte a sus historias de una forma tan íntima y directa que asusta.
A lo largo de tu vida has estado en situaciones difíciles y arriesgadas; te has encontrado en medio de y envuelto por la violencia. ¿Cuál fue la primera situación de riesgo o miedo que recuerdas como fotoperiodista?
Ya había vivido situaciones complicadas antes, desde el lugar donde me crie hasta los países donde tenía que trabajar. Cuando decidí ser fotógrafo asumí que me encontraría con momentos de tensión y miedo. El nerviosismo y la paciencia forman parte de la preparación para acometer ciertos trabajos. Como fotoperiodista, mi primera experiencia con sicarios no fue traumática; tal vez compleja pero no peligrosa. Lo vivido tiempo después ya sí.
Lo que podía pasar era incierto, tanto eran amigos como de repente ya no. Por instantes, alguna vez pensé que un cruce de cables haría un cortocircuito en una persona armada, se preguntase para qué estaba yo allí y me disparase. Nunca sucedió. Afortunadamente, mi estupidez y labia hacían que momentos así se camuflaran y salir lo más enteramente posible. Es increíble la suerte que he llegado a tener.

Desde niños de castas ‘inferiores’ cuidados por misioneros jesuitas hasta ciudades donde familias enteras duermen en la calle cada noche en la India, pasando por la terrible situación de los sicarios en Centroamérica, todos tus trabajos muestran la parte más cruda de la realidad. ¿Qué te hace seguir?
Mi intención es contar para entender, necesito respuestas a situaciones que no entiendo y son mis propias dudas las que me incitan a querer mirar. Es como cuando tenemos algún dato o nombre en la punta de la lengua y queremos saberlo, así me encuentro yo cuando trabajo.
¿Cómo consigues tirar tus proyectos adelante tras vivir situaciones tan extremas?
Pues a duras penas, la factura emocional se cobra cada segundo vivido. Arrastro las secuelas con una personalidad más retraída, escondiéndome de la vida, una bipolaridad que castiga la sociabilización. Dejo de ser ‘normal’ para ser un espejismo de alguien que pudiera ser. Así, cada nueva historia termina siendo un agotador punto sin retorno. Tengo que dejar de andar por este camino, ya veremos cuando.
Para realizar este tipo de proyectos tan largos debes estar pendiente en todo momento de cualquier escena que se te cruce por delante y, para ello, necesitarás tiempo, paciencia y constancia. ¿Cuándo te das cuenta de que tu trabajo está prácticamente finalizado?
Cuando ya no lo soporto más, cuando cada imagen realizada es una repetición de otras que ya hice. Ahí ya digo basta y es cuando recopilo todo el trabajo y le doy forma. Soy mi propio editor, no permito muchas interferencias sobre mi trabajo. ¿Quién lo va a contar mejor que yo? Otra persona, ¿qué va a ver? ¿Estética? No, gracias, seré yo quien marque los tiempos y dictamine mis imágenes, su orden y su disposición. No quiero los consejos de otros en materia de edición –en todo lo demás soy todo oídos.

“Mi intención es contar para entender, necesito respuestas a situaciones que no entiendo y son mis propias dudas las que me incitan a querer mirar.”
En cada imagen intentas mostrar un punto emocional. Dices que no tienes tanto en cuenta la parte visual sino que te esfuerzas más en transmitir lo que está sucediendo desde un punto de vista más real y sincero. ¿Cómo consigues que esto se refleje en tus fotografías?
Lo intento una y otra vez, mi insistencia es fruto de plasmar mi pensamiento analítico dentro de una situación que me quema por dentro. No puedo ser indiferente pero he de pensar cada imagen que hago, no se trata solo del qué o el cómo sino también el porqué. No siempre lo consigo así que intento aprender de ese fracaso para continuar.
En tu página web se encuentra, entre otras cosas, un apartado de Philosophy relacionado con la fotografía, en la que enumeras algunas normas básicas de conducta ética para cualquier fotógrafo. ¿Cómo surgió esta idea? ¿Cómo las aprendiste y por qué decidiste transmitirlas?
Son normas de sentido común. Supongo que quería hacerme mi propia hoja de ruta, seguir mi camino y explorar lo que yo considero importante. Decidí compartirlo como un desahogo.
Has obtenido muchos premios como fotógrafo, pero comentas que haber ganado el tercer premio de World Press Photo 2018 de la categoría Proyectos a Largo Plazo con LatidoAmérica ha sido especialmente importante para ti, sobre todo como oportunidad para difundir, por todo el mundo, el mensaje de tus imágenes. ¿Por qué World Press Photo, desde tu punto de vista, es la mejor opción para mostrar historias a nivel internacional?
El World Press Photo permite que tus historias recorran todo el mundo; su mensaje y difusión son enormes, muy mediáticos. Para aquellos a quienes nos importa transmitir, tener nuestras imágenes allí significa que el mensaje va a llegar a muchos puntos. Por no hablar del tiempo de visionado de tu trabajo. Una imagen en esa exposición se ve durante minutos, mientras que en una tablet se ve, no sé, ¿en tres segundos? Por lo tanto, sí, es muy importante. Aunque tienen cosas que no me gustan, su principio activo es lógicamente necesario.
Decir como apunte a todos los críticos que solo ven allí la imagen sesgada de una circunstancia y que solo hay imágenes duras y polémicas: no tienen ni idea del mundo en el que viven. Que salgan de su apoltronada vida y miren el desgaste de muchos lugares donde están pasando injusticias y penurias, que el mundo civilizado y occidentalizado es egoísta y rastrero. Que miren con empatía cada historia y dejen de criticar a los autores de las imágenes. Nosotros no somos el problema; si estás mirando una fotografía de un niño asesinado y culpas al fotógrafo por enseñarlo tienes una traba mental que roza la enfermedad. El culpable no es quién lo enseña y sí quien lo mata.

La tecnología está modificando el ejercicio del fotoperiodismo tradicional y los diarios publican cada vez más imágenes hechas por ciudadanos anónimos. Sin embargo, se considera que los fotoperiodistas son imprescindibles en el contexto informativo. ¿Qué opinas de este cambio?
Nunca hasta hoy se ha realizado tanta fotografía. Es un idioma que ya pertenece a la sociedad, las nuevas generaciones se educan con la imagen. Además, ahora también tenemos una enorme educación fotográfica gracias a las muchas escuelas que existen, lo que permite una formación diversa e interesante.
La fotografía se mira y se ve desde muchas formas y puntos de vista. Para un contexto informativo, la credibilidad la han de ofrecer los medios y las vías periodísticas. Depender de imágenes cuya fuente no está contrastada es un riesgo, hay que matizar las cuestiones de qué, quién, cómo, cuándo y dónde para dar veracidad a esa imagen. Luego está la praxis sobre lo acontecido, que no sea una fotografía teatralizada y que esté dentro de un marco informativo real y sin sesgar. Para ello, los fotoperiodistas trabajan para dar esa información.
La pregunta es, ¿un fotoperiodista captura la información plenamente? Obviamente no. Da un retazo, un frame real de algo que está sucediendo ante él. Si hay una manifestación pacífica de miles de personas y solo dos, como circunstancia, queman un coche y el fotógrafo captura ese instante, es algo real que sucedió, pero puede que no sea lo principal de la noticia.
Aquí es cuando entra cómo se explica el discurso.
Sí, aquí ya tendríamos un problema, por lo tanto, habría que debatir muchas más cuestiones, pues las dos imágenes (la manifestación y la quema de un coche) pertenecen a una noticia. El fotoperiodista envía las dos fotos y luego el medio publica ambas o solo la que más le interese. En ocasiones se nos escapa de las manos el control sobre lo que quisimos transmitir y lo publicado. No obstante, el fotoperiodismo necesita de un poco de autocrítica, la verdad.
¿Cómo es la visión de futuro para un fotoperiodista como tú?
Ahora mismo, pesimista. Los trabajos ya no tienen ni el tiempo ni la cobertura necesaria para poder trabajar, se crean ideas creativas para la realización de trabajos que no suelen durar mucho y terminan agotándose. Crowdfunding, subvenciones, publicaciones alternativas, medios independientes, etc. Actualmente no hay proyectos pagados para todos. Los fotoperiodistas somos muy militantes y pésimos gestores, nuestra profesión está en una situación crítica.
Pero eso no quita para que haya muy buenos trabajos. Una de las mejores opciones es trabajar de lo que sea y producirte tu reportaje con el dinero ganado o a través de convocatorias, becas o premios. Si pretendemos vivir de lo publicado, simplemente no viviremos. La idea romántica del reportero que viaja con grandes proyectos y publicaciones es una veta que se está extinguiendo.

Pues es una pena. ¿Algún rayo de luz, por eso?
Mi lado optimista sigue diciendo, ‘adelante’. Insisto, yo ahora no hago más que ver grandes trabajos. Eso es debido a que los fotógrafos, en lugar de hacer fotos, se dedican a la formación, cursos, workshops o masterclasses. Antes, las escuelas de fotografía disponían de profesores que impartían clases de fotografía, y ahora, esa función la hacen fotógrafos que ponen toda su experiencia en las clases formando a mejores autores. Por ello hay muchos fotógrafos que no son profesionales del gremio con magníficos trabajos. Por lo tanto, la fotografía sigue muy viva.
¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?
Actualmente coordino los cursos de fotografía documental en la Escuela PIC.A. Es estresante (risas), tengo como a 140 nuevos talentos que van a comerse el mundo y mi tarea es formarles, capacitarles, ofrecerles todo mi entusiasmo enamorándoles de la fotografía y después editarles y corregirles. Luego, las colaboraciones habituales con el diario El País, principalmente Planeta Futuro, publicar de cuando en cuando en Libero, Traveler, El Confidencial o Zazpika etc, donde va saliendo. Y finiquitar mi proyecto más inmediato con la publicación del libro Latidoamerica, ahí estamos.
¿Qué temáticas te gustaría tratar o que país te gustaría visitar próximamente?
Ahora, mi fotografía va muy centrada en el nuevo documentalismo y, de momento, necesito espacio para reflexionar y gestionar proyectos ya terminados. El futuro estará nuevamente en América Latina.

Texto
Núria Auberni Salvadó

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