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El diseñador Eugeni Quitllet creció en Ibiza, bautizada como la isla blanca por Santiago Rusiñol tras un viaje por las Baleares en 1912. Bosques de pinos, playas salvajes y campos cultivados sintetizan su entorno inmediato siendo niño, un universo onírico dónde todos los sueños son posibles. Con ese empeño y en plena juventud, decide dejar la isla y conquistar Barcelona, donde estudió diseño en La Llotja. Al cabo de unos años de colaboraciones con algunos estudios de la ciudad, convenció a Philippe Starck para empezar su trayectoria internacional. Junto a Starck diseñaron las célebres sillas Lou Reed y Masters, además de los sillones Magic Hol. 

Después de vivir su larga experiencia parisina, en 2011 regresa a la capital catalana donde se instala en lo que él llama “mi refugio” enfrente de La Pedrera para relanzar sus propios proyectos. Durante el confinamiento, decidió archivarlo todo y probar una nueva forma de trabajar que le obliga a viajar constantemente entre París, Barcelona y el sur de Francia, donde ha comprado una granja en un campo de perales, que está restaurando.

Nos citamos en la tienda de Roche Bobois de Barcelona, donde el diseñador me muestra su primera colección producida por la casa francesa. Una serie de mesas, sillas y sillones de estética biomórfica inspirada en los seres vivos. Un logro que se suma a muchos más en estos últimos años, en los que Quitllet ha seducido a los principales editores de mobiliario europeo contemporáneo para los que ha creado objetos superventas.
¿Tú también quieres volver al campo?
Sí, tengo la idea de vivir más en el campo que en la ciudad. Ya sabes que crecí en Ibiza y siempre he estado muy conectado con el mundo de una forma muy cosmopolita, sin sacar los pies de la arena y el agua. Vivíamos en un estado silvestre, conectados con gente que venía de cualquier parte del mundo, y que experimentaba con otras formas de vida, de pensar e interactuar. Mucho más vanguardistas y utópicas, incluso armónicas. Siempre he vivido en un equilibrio entre lo salvaje y lo sofisticado.
Actualmente en las ciudades hay mucha información y nos perdemos cosas importantes. Durante el confinamiento, volví a recuperar el contacto con la naturaleza y me dio pie a imaginar diseños nuevos. Tomé conciencia de la fuerza y el valor que tiene. Ves las estrellas por la noche, escuchas la potencia del viento, compartes espacio con los árboles y otros animales a tu alrededor. Se produce una interacción más auténtica y menos aislada de la realidad.
Todo eso supongo que está muy relacionado con tu infancia.
Mi infancia es la base de todo lo que hago. Fui a una escuela inglesa que estaba ubicada en una finca ibicenca en medio del campo, y en la que la mayoría de estudiantes eran ingleses y estadounidenses, hijos de arquitectos, fotógrafos y escritores. El modus operandi era la motivación: si quieres hacerlo, hazlo. La idea era no ponernos límites y dejar que fluyera la energía. Quizás lo vivía todo de una manera muy naíf, pero a la vez muy auténtica. Lo compartíamos todo. Íbamos a la playa, cenábamos juntos, hacíamos pasteles, cocinábamos con los mayores… Se mezclaba todo de tal manera que se producía un equilibrio fantástico.
Cuando era pequeño, la noción del tiempo era el presente y me parecía eterno, pero con la distancia me doy cuenta de que fue un momento lleno de armonía, y ahora mismo sería difícil encontrarla. Con mi trabajo, intento transmitir esa libertad, esa emoción, y el contraste entre lo sofisticado y lo natural.
¿Lo recuerdas con nostalgia?
Sí, pero aun así siempre he intentado acercarme a esa energía. Cuando vivía en París, estaba con gente que me permitía seguir soñando, trabajando de una manera muy ideal con condiciones máximas en cuanto a la tecnología y la edición. Antoni Gaudí pudo materializar una visión del mundo real moldeado por la ciencia y la naturaleza para crear una obra. En La Pedrera está irradiando algo de ese sueño que también tiene el Mediterráneo, donde somos capaces de vivir el tiempo moderno sin desligarlo de los orígenes y su autenticidad. Podemos tener los pies en el agua y la cabeza en las estrellas.
Para ti el diseño tiene la finalidad de mejorar nuestras vidas: explícamelo.
Es muy sencillo. Si ves algo bonito lo quieres, lo respetas y lo conservas. Al mismo tiempo, te hace sentir mejor. Si haces algo fácil, simplemente por hacer algo, aquello pierde valor y no tiene energía. Intento que cada cosa que hago tenga alma y esté vivo para que te acompañe. Siempre intento trabajar con la mejor tecnología para llevar al máximo la exigencia del producto a cualquier nivel. Si estamos haciendo una silla de madera y piel, la tecnología del proceso vamos a llevarla al máximo nivel de exigencia. Si hacemos una silla de plástico por un precio de cien euros, el proceso industrial también tiene que ser elevado para tener la máxima calidad. Si puede ser de plástico reciclado, que provenga del mar, y si es de las Baleares aún mejor. El trabajo, después, es explicarlo, aunque el objeto tiene que explicarse solo. Creo que llego a transmitir ciertas cosas a través de mi trabajo. No tengo una llave secreta que explique mi éxito más que la intensidad que le pongo a mis proyectos. Si el producto está vivo e irradia energía positiva, forzosamente vas a crear un vínculo con él.
Te propones provocar emociones a los consumidores ¿Qué sabes de ellos?
No me gusta el término consumidor porque no hago objetos para que sean consumidos. Me gusta más llamarle usuario o simplemente persona. El editor con quien trabajo tiene unas necesidades y al mismo tiempo tengo que responder a las condiciones del cliente. Siempre sondeas lo que está pasando en el momento y los cambios de la sociedad.
Ahora mismo pasamos por una etapa más inestable. Es importante hacer algo que genere una cierta confianza, hay que tener un punto de referencia estable, eso es lo que estamos perdiendo, lo que nos están quitando. A la que empiezas a echar raíces, te lo cambian todo. Lo último es que te obligan a comprar un coche nuevo porque ya no puedes circular con el viejo. Si con mi trabajo puedo crear algún punto de anclaje al que puedas volver para tener la sensación de que no todo está perdido, y además sigues teniendo un puente de conexión con lo que eres y con lo que te gustaría que fuera la vida cotidiana, he cumplido con mi objetivo.
Aunque tengo presente que la finalidad es vender, prefiero centrarme en la emoción de la persona que verá el producto. No es necesario estar educado en el mundo del diseño para reconocer una pieza. A veces no sabemos por qué nos gusta un objeto, pero inconscientemente sentimos una atracción hacia él. Me baso en el instinto que nos lleva a la emoción. Las cosas que me atraen son las que quiero compartir.
Tus diseños parecen invitarnos a vivir una experiencia única.
Concibo cada objeto como un individuo que comparte la experiencia de tu vida. Si hago una cubertería de mesa, para mí una cuchara es un objeto que introduces en tu boca, lo vas a lamer con la lengua y no tiene que molestarte, al contrario, está acompañando el gusto de un alimento que has puesto encima de un objeto que introduces en tu cuerpo y todo ese proceso tiene que ser armónico. Tienes que poder cogerlo bien con la mano, ponerlo bien en la boca, y todo eso forma parte de la experiencia. Es un todo. Si estás en una mesa trabajando, o compartiendo una comida con una persona, esa mesa es testimonio de lo que estás viviendo. Lo que tocas y ves acompaña tu conversación. Intento que cada elemento que participa de la experiencia de la vida aumente de alguna manera la intensidad del momento.
La colección Pulp para Roche Bobois, que has presentado recientemente, tiene mucho que ver con todo eso. ¿Qué aporta a tu trayectoria?
Siempre pongo un límite físico a las formas que hago, y en esta colección he querido descomponer el objeto y dar vida a cada elemento por separado. Ya no es una silla, sino que es un conjunto de piezas: el respaldo, los brazos, el asiento, y todos ellos individualmente se han juntado para crear un elemento que hace un todo. Cada uno por separado tiene una función. Es como un cuerpo humano. Tenemos las piernas, los brazos, la espalda, la cabeza, y todo eso hace una sola persona, a pesar de que cada uno tiene su independencia.
En esta colección he querido que todos estos elementos moleculares se junten para crear un objeto vivo. Me gusta desmaterializar el objeto. Al definir un límite, acabas pintando dentro del cuadro, en cambio aquí el objeto está en un espacio vacío entre cada parte y es más libre. Estos elementos definen un contorno ilimitado. Lo que más me gusta es que hay vacío, luz, aire y distintos elementos en gravedad cero.
¿Cuando ves objetos que no has diseñado tú, los descompones mentalmente?
Si veo uno que me gusta me da un punto de emoción. Soy como un cardiograma que cuando aparece algo emocionante, se dispara. Me gusta estar en el punto álgido. Si un objeto me provoca esa reacción, me crea una envidia sana. Los que son planos, ni me lo planteo. A la Casa Batlló le han dado un premio por ser uno de los monumentos más bonitos del mundo, pero después de mirarme tanto La Pedrera, creo que es mucho más contemporánea y radical. Es un edificio primitivo y futurista a la vez, y sobre todo es algo duro pero con un movimiento ondulado provocado por el aire, el viento y el mar. A base de mirarlo, lo he interpretado de mil maneras descomponiendo los elementos y recomponiéndolos. Precisamente la colección Pulp nace de observar mucho tiempo La Pedrera. Las mesas, sillas y sillones son como piedras que se juntan y forman un solo volumen.
¿Cómo mantienes tu equilibrio como creador, en un mundo que se dirige hacia la oscuridad y en el que no se fomenta el riesgo creativo?
Es verdad que cuesta muchísimo. Hoy en día hay que estar un poco loco para hacer lo que hago porque pide mucha energía, esfuerzo y concentración. Es como si nuestro entorno estuviera cada vez más sucio y costara más limpiarlo. Hace unos años podías adecentarlo con más facilidad, hoy tienes que limpiarlo mucho para poner un poco de luz en la oscuridad. Es lo único que sé hacer: iluminar donde falta un poco de luz. De todos modos, eso me motiva lo suficiente para volver a abrir el papel en blanco. Lo busco en base a lo que me piden que haga, lo que yo quiero hacer, y espero a que ocurra el milagro para que tenga un sentido. Hacer la silla cuatro mil no es suficiente. Tiene que decir algo para tener vida. Hacer un objeto que te haga reflexionar, aunque sea con un gesto muy pequeño, sin pasión no puedes hacerlo, es demasiado duro. Tenemos que sobrevivir esta fase, porque estoy convencido de que detrás de este túnel saldrá la luz.
¿Es este un período de tránsito?
Hay dos maneras de ver el futuro: cómo a ti te gustaría que fuera, o cómo intuyes que va a ser. Si haces lo que te gustaría que fuera, aportarás luz. Si te limitas a interpretar lo que pasa, puedes acabar diseñando el Cybertruck de Tesla. Haremos un objeto antibalas, indestructible, porque el futuro nos obligará a protegernos. Eso no es lo que queremos. Yo haría lo contrario.
Tengo la impresión de que está todo inventado. ¿Te pasa igual?
Hay muchas cosas inventadas, pero esta idea la confronto porque creo que viajamos hacia el infinito y estamos en expansión constante. Aunque hayamos inventado cosas magníficas que perduran, todo lo que está por llegar lo desconocemos. Nuestro instinto sigue la misma expansión del universo, así que creo que está todo por inventar. Espero poder llegar a ese nivel creativo y social magnífico que nos espera.
¿Hay algún objeto que intuyas que vayamos a necesitar en el futuro inmediato?
Todo lo que inventamos no existe antes de inventarlo. Está en algún lugar, pero no sabemos a qué lugar pertenece. Hay muchas ideas que yo no construyo desde un concepto que me lleva hasta esa idea. Más bien la idea llega entera y acabada. Entonces es cuando tengo que traducirla en algo realizable. Ayer no existía, pero hoy ya existe. Es algo mágico. Me gusta pensar que existe un lugar donde hay ideas que fluyen y que tienes que captar.
No creo que haya nada inventado que sea definitivo. Podemos inventar algo nuevo pero siempre teniendo en cuenta nuestras medidas, el cuerpo, a qué altura nos sentamos para poder trabajar en una mesa y todo esto hace que condicione el objeto. Si mañana vivimos en gravedad cero, una silla no tendrá el mismo sentido que tiene ahora. Es interesante plantearlo.
Quieres hacer feliz a la gente que compra tus productos. Me parece una misión maximalista.
Dentro de los parámetros que busca un objeto, el factor ecológico, sostenible, que son parámetros matemáticos, la suma de ciertos elementos y materiales, uno de los parámetros que considero que es de los más importantes para que un objeto sea ecológico es el emocional. Si una persona sale de casa con una sonrisa, y con una visión más positiva porque ha dormido bien, o porque está muy contento con su silla, su mesa o su lámpara, estás generando una energía positiva que lo cambia todo. Con eso ya estoy contento. Es importante mirar las cosas que tienen más vida, y que son más reales. Cuanta más belleza mires, más feliz podrás ser. En tu entorno cotidiano, si puedes fijarte en las cosas bonitas y evitar las que molestan, te sientes mucho mejor. Eso es lo que intento hacer.
A nivel personal, ¿qué te hace feliz?
Muchas cosas, sobre todo poder hacer lo que me gusta. Tener la libertad de poder trabajar como me gusta. Lo que hago es también mi vida personal. No hay frontera entre el trabajo y la vida. Intento que todo coexista con armonía. Diseñar en la cocina mientras estoy comiendo, me encanta. Si estoy tomando una copa con alguien y se genera una idea es genial. Mientras duermo también pueden aparecer ideas. Sobre todo, lo que me hace más feliz es que esta experiencia personal la pueda compartir y, en mi caso, traducirla en un objeto y que ese objeto, la persona anónima que no conozco, lo utilice y le abra una puerta de luz y de magia. Creo que eso es lo más importante.
Tú mismo das nombre a tus creaciones. ¿Es algo irrenunciable?
He pensado muchas veces que quizás tiene que ver con la vanidad personal y decir que formo parte de eso y vindicar que soy yo quien lo he hecho, pero si lo pienso más profundamente, es como un hilo conductor. Para que esos gestos queden referenciados y vayan de la mano, necesitan que los puedas identificar como parte de una familia. Un nombre forma parte de la personalidad del objeto y ayuda a entenderlo.
En la colección Pulp el factor pulpo se nota en la sensualidad de una piel, unos labios, un cuerpo desnudo que tienes ganas de tocar y que quieres que te toque. Creas una relación más íntima con los objetos. Es una colección que se debería utilizar desnudo. Dan ganas de acariciarla. Esa es la orientación que he querido darle con este nombre. Es importante que el objeto tenga personalidad.

“Soy como un cardiograma que cuando aparece algo emocionante, se dispara.”
En tu web nos invitas a tener una pieza de arte.
“Own a piece of art” es un concepto que aparece a menudo en mis trabajos y tiene dos explicaciones. Hay varios productos que son como rebanadas de pan. Si los pones uno al lado de otro van hacia el infinito. Esto es lo que te permite la industria. La otra es cuando pienso en un objeto único. Me gusta pensar en objetos que solo puedan producirse en una unidad. Cuando acabo de hacer el ejercicio, me doy cuenta que es el mismo que he hecho para un objeto industrial, porque al final, aunque sea una obra de arte, quiero que tenga esa dimensión industrializable porque es un esfuerzo que haces, es una energía que pones y no puedes evitar compartirla. ¿Por qué hacerla para una persona que podrá pagar la exclusividad del objeto? Lo bonito es poderlo compartir. Es decir, este objeto que he hecho y que si fuera único costaría un millón de dólares, industrializado y con la misma intensidad y energía, te lo puedes permitir. No necesitamos mucho para ser felices.
Esta es una posición muy ideológica, casi radical, con respecto a la democratización del diseño.
No lo hago intencionadamente. Quizás no sepa posicionarme. No tomo una posición ideológica o intelectual. No me veo con autoridad para decir lo que hay que hacer o no, no critico ni reivindico nada.
El trabajo de los artistas es muy solitario. De todos modos, los Surrealistas se organizaron y crearon un movimiento. ¿Hechas en falta formar parte de un colectivo?
Cuando estudiaba en Barcelona en los noventa creamos con un grupo de gente el X FAD sin tener demasiadas herramientas para hacer nada. Nos inventábamos cosas que podíamos hacer con lo mínimo. No hacíamos nada que tuviera una dirección profesional, sino que era colectiva. Nos inventamos la feria Todo a 20 Duros en la que solo había objetos por menos de un euro. Eso ya no existe. Se crearon pequeños grupos y actualmente nos vigilamos a distancia.
Quizás exista un colectivo inconsciente, que no es físico, pero estamos al tanto de lo que hace cada uno. Existe un equilibrio entre diseñadores que hacemos cosas y que mantenemos el diseño vivo. Hay otra gente que trabaja de una forma más comercial y que sigue las tendencias, pero no nos vemos ni reflexionamos juntos. No nos planteamos qué deberíamos hacer, quizás porque no hemos llegado a un estado de alarma. Quizás eso llegue algún día, pero parece como si cada cual estuviera en su zona de confort sin necesidad de romper esquemas, ni replantear lo que estamos haciendo.
Barcelona se proyectó al mundo como la capital del diseño, una marca que ha quedado muy diluida con el paso del tiempo. ¿Estás de acuerdo?
Creo que estamos perdiendo muchas oportunidades, pero no me veo con la capacidad de convertirme en un abanderado para proponer cambios. Me supondría tanta energía que no lo sabría hacer. Quizás lo que puedo hacer es intentar aportar algo a través de mi trabajo.
Con Benito he hecho una colección que he titulado Citizen en la que reflexioné sobre este aspecto. ¿Por qué hacemos muebles para la calle que sean indestructibles? ¿Por qué la gente no respeta el mobiliario urbano y se lo carga si puede? El espacio exterior de nuestro hábitat urbano, es un espacio común que compartimos y es a la vez una extensión de nuestra vida. Esta no empieza ni acaba en el portal de tu casa. El banco que hay en la plaza es de todos, la farola y la papelera también.
Creé esta colección con esta idea de extensión de tu espacio íntimo pero que compartes en la calle con otras personas que no conoces pero que tienes que respetar. Le di ese punto de objeto más vivo, más sensual y refinado, a pesar de que aguanta los golpes y está en la calle. Además hemos hecho el banco con plástico reciclado. Es el primer banco urbano hecho con plástico reciclado, aunque parece de fundición.
¡Eso sí es progresar!
Esta ciudad en la que se están planteando nuevos impuestos para no contaminar y reciclar, debería plantearse que el ciudadano ya hace un esfuerzo para reciclar sus residuos y ponerlos en el contenedor que toca, y no sabe dónde va a parar todo eso. Si la ciudad les dijera que el gesto que hace un niño cuando recicla su juguete roto de plástico sirve para que mañana tengamos un nuevo banco donde sentarnos en la plaza, el niño se vería recompensado. Mi ciudad me lo agradece de una manera tangible. ¿A quién se lo puedes contar? No hay un interlocutor y hay otros intereses políticos y económicos que no tienen nada que ver con mi idea.
¿A qué lo atribuyes?
Hoy en día hay pocos visionarios y pocos planteamientos urbanos que sean por una idea romántica, como la de salir a la calle para compartir ese espacio común que nos permite vivir mejor. Da pena, pero no podemos enfrentarnos a ello. Personalmente, si veo la oportunidad de hacer algo, lo hago. Yo empecé a relacionarme con el diseño industrial mirando los escaparates de Barcelona. Ibas a Vinçon y era un paraíso. Lo tenías todo: los italianos, americanos, ¡hasta motos! Cualquier tipo de objeto te provocaba una emoción. Entendías que detrás de cada objeto había una persona que lo había pensado y mientras observaba, iba aprendiendo. Roche Bobois también ha ido aportando una serie de cosas interesantes. Todo ese aprendizaje. Si lo puedes devolver, mejor.
¿Todo parte de la observación?
De niño, una de las cosas que observaba en la playa eran los plásticos que llegaban al final de la temporada de verano. Después del primer temporal, encontrabas unas gafas de plástico, una sandalia, un tapón, objetos de diseño industrial pulido por la fricción del mar, mezclado con las conchas… Si todo eso lo podemos reutilizar para hacer la silla Ibiza, por ejemplo, que es de plástico reciclado que quizás contiene un trozo de las gafas que se dejó un turista en la playa, ¡hemos hecho magia! Podemos mirar la puesta de sol sentados en una silla que está hecha de todas estas vidas.
Si en el futuro fuéramos capaces de hacer un trabajo de arqueología, encontraremos una silla de plástico y dentro encontraremos ADN de experiencias pasadas. Hay muchas cosas que se pueden hacer todavía. Pero si el usuario finalmente se decide por la silla de propileno que cuesta quince euros menos, aquí entra el factor económico y político. La ciudad ganaría más aunque el coste sea mayor, puesto que el factor emocional que generaremos en los ciudadanos será mucho mayor.
Un caso paradigmático es el banco NeoRomántico de Miguel Milá, del que vemos copias por toda España. Los ayuntamientos prefieren comprar la copia con dinero público, y no el original, porque es más económica.
Eso es muy peligroso. Si reinterpretamos el banco de Milá, haciendo uno que genere una emoción y encontramos la manera inteligente de hacerlo más barato, más ligero, con otro proceso industrial, eso puede tener un pase, pero si la alternativa es fabricarlo con materiales basura eso es inaceptable. A mí me ha pasado. En algunas tiendas tienen mi objeto original al lado de la copia. Eso hace mucho daño al original. Hay gente que piensa que se ha comprado una de mis sillas, y han comprado la copia. Pasado un tiempo, esa silla se rompe, y se quedan con la idea de que mis sillas se rompen.
¿Te proyectas en el futuro? ¿Seguirás haciendo lo que te gusta, o existe alguna posibilidad de cambio?
Siempre he empezado a trabajar en el futuro. Crecí en Ibiza y cuando venía a Barcelona y caminaba por la ciudad escuchando música entre los edificios de Gaudí, me imaginaba una ciudad todavía más futurista. Viniendo de una isla, era muy bestia.
Siempre he imaginado una ciudad un poco Blade Runner aportando mi poesía. Tengo la impresión de que el futuro cambió a partir del 2001. Para mí el futuro era el año 2000 y hemos llegado al 2022 y no ha pasado nada. El futuro no llega. Nos hemos ido hacia otra dirección. He llegado a la conclusión de que el futuro es un estado emocional positivo. No deja de ser una proyección de nuestros sueños.
Si sueñas con un mundo ideal, lo representas como el futuro, porque el futuro en los años 50 se materializaba con los electrodomésticos, los coches estilizados de la era espacial, y el mundo ideal pensado por los americanos. En los años 20 el Art déco simbolizó el futuro. Los coches volaban, la cafetera hacía café, la mujer puede estar impecable en casa, porque no tiene que hacer nada. Ese mundo ideal es la representación del futuro. Actualmente no tenemos un sueño, y sin sueños no tenemos futuro. Cuando tienes un sueño, vas hacia él. Sin sueños, no vamos a ningún lado. El mundo no tiene un objetivo, ni un ideal que nos lleve en una dirección. La estrella de los Reyes Magos no la vemos. La estrella de la Sagrada Familia es por lo menos una nueva referencia. (Risas).
¿Y a nivel personal?
En mi sueño sí me gustaría llegar a esa imagen ideal. Quizás llegue el momento en que podamos crear una imagen suficientemente definida para que todo el mundo la vea y digamos es hacía allí a donde hay que ir.
Hace un tiempo me pasó una cosa muy bonita. Estaba en la cafetería Farga desayunando y me fijé en un señor de unos 80 años que estaba dibujando una figura híper futurista. Una cara de mujer de perfil con el pelo hacia atrás. Lo veía muy humilde, pequeño, y pensé que quizás trabajaba en moda. Pasé por su lado y le dije que me gustaba el dibujo. Me miró con unos ojos redondos de niño y me dio las gracias. A los pocos días, me di cuenta de que era el escultor Josep Maria Subirachs. Aunque en algún momento fue criticado, cosa muy fácil de hacer, es indudable que tiene un lenguaje muy especial y futurista. A mí me gusta mucho observar lo que pasa a mí alrededor. Mirar es mágico…
¿Tienes proyectos que sabes que no se materializarán?
Sí, quizás no es el momento para hacerlos. Puede que tenga más trabajo hecho en mis dibujos que en la realidad. De momento solo hay pequeños fragmentos y cuesta decidir qué dirección tomar. En algún momento tendré que buscar algo (una opción) personal por qué no sé hacia dónde vamos. Aunque no lo publique, ni lo edite, no paro de dibujar, aunque sean cosas que sé que no podré editar hoy en día.
¿No te genera frustración?
Mucha… Lo que me gusta de esta ciudad es que hay elementos impensables en cualquier otro lugar. Si pasa eso es porque hay algo de la tierra, el mar, y el aire, que lo permiten. La forma de pensar que tenemos también hace que queramos construir esas utopías. Somos bastante utópicos e intentamos llevar la realidad lo más cerca posible de la utopía. Pero claro que me crea mucha frustración, pero me sigo diciendo que ya llegará el momento para que ciertas cosas pasen.
¿Utópico y optimista?
Mucho, quizás demasiado a veces. Me gusta creer que tenemos la posibilidad de que exista lo que yo imagino. Si lo veo y lo siento, quiere decir que se puede hacer.
Eso es lo que te decían en el colegio…
Evidentemente. (Risas)
¿Qué significa para ti regresar a Ibiza?
Mis padres siguen viviendo allí, pero los lugares dónde íbamos han cambiado mucho. La pequeña playa nudista está llena de gente vestida de Gucci. ¿Qué ha pasado? Ya no hay esa interacción entre el lugar y la gente, que es precisamente lo que hace que ese sitio tenga magia. Se ha perdido todo, y no se repetirá nunca más. Simplemente me gustaría que pasara algo nuevo. Quizás ocurra en el espacio, el único lugar que queda virgen. Otra posibilidad es mandar a todo el mundo al espacio y devolver a unos cuantos locos a la Tierra a montarnos la fiesta aquí.
Justamente el proyecto GalaXsea aporta esa esperanza. Que no sean las grandes industrias las que ocupen un territorio por explorar y lo conviertan en otro territorio comercial. Me gustaría que fuera un lugar de libertad y de experimentación del arte, la filosofía, la biología, para visualizar lo que somos. Nos expandimos hacia allí pero libremente, no comercialmente. El turismo espacial, con cápsulas en el desierto de la Luna o Marte… Nos pegaremos un tiro antes de llegar. Eso no es un sueño. Para eso, mejor nos quedamos con el mundo virtual. Te quedas en una cápsula congelado y vives experiencias sin materializar ninguna, como un zombi.
¿Es hacia donde vamos?
La humanidad se dividirá entre aquellos que vivirán lo real y lo artificial. No sé decirte en qué momento lo detectaremos. Parece que se quiere que en el mundo solo haya una tribu global híper controlada. Quizá esta se fragmente en pequeñas tribus y cada uno vivirá experiencias distintas. El control, los QR… La colección Pulp es la descomposición de la materia y del objeto. Ahora estoy trabajando en un proyecto en la línea del horizonte entre la realidad y el meta verso. Puede ser la cuña que pueda partir el mundo en dos.

Texto
Sergi Doladé
Retrato
Marc Medina

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