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Si la pasión se pudiera describir en palabras, sería algo así como experimentar cortocircuitos por todo tu cuerpo alimentados por llamas que se van prendiendo en tu alma. Una especie de luz que por momentos parece dar significado a todo aquello que una vez parecía un sin sentido. Probablemente algo así sintió Christine Spengler cuando halló en la fotografía testimonial de guerra su vocación, –“cuando tengo una cámara en las manos no tengo ni frío, ni calor, ni miedo”, dice. Su vida se recoge en Moonface. Una mujer en la guerra, que fue proyectada en Barcelona dentro del Dart festival.

La pasión es algo para toda la vida, un amor que nunca muere. “No paré, ni nunca pararé”, nos confiesa, pues a sus 74 años sigue buscando el peligro para estar del lado de los oprimidos. Porque lo que siempre ha anhelado es que, aunque sea una pequeña parte de estas fotografías, sirva para erradicar la violencia y el terrorismo. Ha arriesgado su vida durante todos estos años en países como Camboya, Afganistán o Irlanda del Norte fotografiando el horror de la guerra. Pero, a través de su mirada única, de sus luces y sombras que recogen una dualidad tan terrible como tierna, captura la esperanza, el milagro en el dolor más profundo.

A raíz del documental, dirigido por Xavi Herrero, tenemos la oportunidad de sentir la pasión de esta corresponsal de guerra cuyas fotos han dado la vuelta al mundo. Repasamos el trabajo que Moonface, como la llamaban en Camboya y Vietnam por su rostro redondo, confiesa muy solitario, su desdén por la muerte, pero también su amor por la vida.
En un viaje con Eric –su hermano–, cogió una de sus cámaras e hizo una foto. Dice que en ese momento supo que quería dedicarse a la fotografía. ¿Qué fue lo que sintió exactamente?
No es la cámara en sí la que me hizo tomar la decisión, fue la vista de dos rebeldes tubus en plena guerrilla del Chad que iban al frente muy armados y cogidos de la mano. Esta ternura en medio de la guerra me sorprendió y me sobrecogió. Es entonces cuando le dije a Eric, que era más joven que yo y trabajaba como ayudante de un gran fotógrafo americano en París, que yo también quería testimoniar y que me prestara una de sus cámaras. Así es como empecé y, como sabes, no paré, ni nunca pararé.
Después de este primer reportaje donde descubrió su vocación, viajó a Irlanda del Norte para fotografiar el conflicto. En la película dice que es totalmente autodidacta y que su único referente era Goya –que iba a visitar en el Museo del Prado. ¿Cómo influenció Goya su fotografía?
Después de ese primer reportaje en Chad, en el corazón de África, donde descubrí mi vocación, me fui sin Eric, sola pero con su cámara, a Irlanda del Norte. En efecto, Goya fue mi único maestro. Tenéis que saber que yo, aunque totalmente francesa, a raíz del divorcio de mis padres fui como adoptada en Madrid por mis tíos, que eran diplomáticos y no tenían hijos. Me intentaron educar muy bien y solían llevarme al Museo del Prado dos veces por semana desde los 7 años. 
Lo que es extraño –hasta mi tía Marcelita se sorprendía– es que a mí, ya a esa edad, me atraía más Goya que Velázquez con sus Meninas, los brochecitos en el pelo o los vestidos preciosos –algo más susceptible de gustar a una niña. Pero no, como yo estaba en pleno drama interior debido al divorcio de mis padres y a mi separación de ellos y de Eric, me volví una niña totalmente sombría y no reía ni sonreía.
¿Por qué se identificó tanto con su obra?
¿Que por qué de pequeñita me identifiqué con Goya? Pues precisamente por este dolor, el mismo en el que yo estaba sumida. Aparte de los retratos de corte, que es en lo único que se asemeja a Velázquez, yo siempre digo que si hubiera vivido en nuestra época hubiera sido fotógrafo, pues actuó como tal. Se escondía detrás de las rocas en el amanecer, que es cuando tenían lugar las ejecuciones, para pintar escenas de guerra que luego él pintaría en grande al regresar a casa. Esta es la actitud de un fotógrafo, la de testimoniar.
¿Hay alguna obra en particular de Goya que te haya marcado, o es su trabajo en general?
El que más me impactó, el cuadro de mi infancia, fue el primero donde descubrí el horror de la guerra: Los fusilamientos del 3 de mayo. Por Goya soy una fotógrafa de guerra que utiliza los negros más negros. Siempre tomo el ejemplo de la fotografía terrible, apocalíptica, del bombardeo de Nom Pen (la capital de Camboya) a las doce del medio día. Es terrible; es Goya, precisamente. Carmen Garrido, del Museo del Prado, ha escrito que es innegable la influencia de Goya en toda mis fotografía; tengo esa dureza, ese negro tan negro y tan terrible.
¿Qué recuerdos guarda de su época en Madrid aparte de su fascinación por Goya?
Madrid en la época de Franco me parecía terrible: los guardias civiles con las gafas negras me daban miedo o las mujeres vestidas de negro que iban a la iglesia. Tan diferente de mi infancia mágica y poética en Marsella, frente al mar, con mis padres que me vestían de colores maravillosos… La tía Marcelita enseguida me vistió de gris y de marrón, por eso odio estos colores, porque me los impusieron en mi infancia. También por eso, hoy –y gracias a la influencia de mi compañero, Philippe Warner, tan glamuroso como veréis en la peli– me visto únicamente de colores. Mi favorito es el rojo, que es a la vez el color de la sangre –no me puedo olvidar, por supuesto, de la sangre de las guerras– pero también del amor y la pasión.
Me sorprendió un poco al principio la dicotomía de sus fotografías de guerra en blanco y negro comparadas con tus fotomontajes, aunque creo que de alguna forma resumen muy bien que está hecha de luces y sombras. ¿Puede explicarnos un poco el porqué?
Es muy fácil. El blanco y negro todavía hoy lo reservo al duelo y al dolor. Desde muy joven y principiante odiaba el sensacionalismo. Un de las fuerzas de Xavi Herrero, que ha conseguido una película increíble en tan solo seis meses, es que en vez de que se vean solas cada serie de fotos mías –Irlanda del Norte, Afghanistan, Camboya, etc.–, ha trabajado mucho con archivos extraordinarios que te ponen en la situación de la guerra. Se oye el ruido de la metralla, los cristales, las casas que se derrumban o los gritos de la gente que huye.
Cuando el espectador está sumido en aquella guerra, es cuando aparecen mis fotografías, que quizás por ser mujer –mi mirada y mi corazón–, son dolorosas, impactantes, pero también tiernas. Estas fotografías no tienen sangre o cuerpos despedazados, por eso supongo que han escrito de mí: 'Christine Spengler, el Robert Capa femenino'. No nos parecemos en nada fotográficamente, pero donde sí convergemos es en que los dos hemos huido siempre de la violencia y del sensacionalismo y hemos intentado mostrar el dolor de la guerras –él, sobre todo, el de la Guerra Civil española– de otra manera, sin que haya sangre ni demasiados muertos.
Sí, en el film vemos cómo tu obra retrata situaciones de dolor, caos y guerra, pero desde un punto de vista optimista (relativamente, claro).
Le doy gracias a Xavi por haber sabido resumir tan bien las dos facetas de mi carrera. Por mostrar también estos fotomontajes en color, que yo hago como un himno a la vida y que son en realidad un exorcismo, inspirados, por supuesto, también en España y el Museo del Prado. Las realizo en mi isla de la infancia, Ibiza, donde lo conocí. Ibiza es muy importante para mí, por esta luz dorada excepcional, el antítesis de la luz tan trágica de las guerras.
De pequeña, tu sueño era ser escritora, por lo que tienes una relación especial con las palabras. Opinas que lo de que una foto vale más de mil palabras es mentira y por eso has seguido escribiendo, pues una foto no puede guardar en ella olores o sonidos. ¿Ha podido la película capturar eso? ¿Estás contenta con el resultado final?
Creo que sí. Yo soy escritora y fotógrafa; la escritura y la fotografía van muy bien juntas, se complementan. Después de cuatro años de trabajo con Hollywood, los primeros que querían hacer una película sobre mí me anunciaron que iban a comprar los derechos de mi libro y que, al final, cuando conozco el amor, al ‘hombre de blanco’ –apodo de mi compañero Philippe, que aparte de muy glamuroso casi siempre va de blanco–, nos casaríamos y tendríamos muchos niños. Les dije que creía que no habían entendido nada; ninguna de las doce corresponsales de guerra de esa época hemos acabado así.
Por ejemplo, Martha Gelhorn, corresponsal de guerra y quien fue la tercera mujer de Hemingway, tampoco quiso tener hijos. De hecho, le dijo que se iba sola a la Guerra Civil española. Fue extraordinaria durante cincuenta años, en los que desempeñó este trabajo sola. El nuestro es un trabajo muy solitario…
El documental se ciñe más a la verdad por suerte.
Felizmente, Xavi no ha caído en esto. Hace no mucho, un domingo, mi compañero Philippe me vio aparecer toda vestida de negro –en las guerras y en el mundo árabe, me llamaban al contrario que a él, ‘la mujer de negro’– y me dijo, ‘pero chérie, ¿dónde vas? Que es domingo… ¿No vas al mercado de las pulgas?’ Le contesté que no, que me iba a la jungla de Calais. ‘Siempre atraída por el peligro, nunca cambiarás’, me dijo. Ahí [en Calais] hice la última fotografía que ha puesto Xavi en el film para enseñar que todavía sigo en prensa –y seguiré siempre, porque esto es una vocación para toda la vida.
Muchas veces, la escena final de una película es esa que se guarda en nuestras mentes. ¿Puede explicarnos un poco más sobre esta fotografía?
Esta foto es igual de fuerte que las que he tomado en lo más profundo de las guerras. Cuando llegué estaba nevando, no había ni una mujer –las pocas que hay, las encierran en una casa con rejas para que no sean violadas o violadas de nuevo, como ya han sido en la camino de Siria a Calais. Había centenares de tiendecitas y, de repente, con mi mirada única y de mujer –la mirada de cada fotógrafo es única–, a lo lejos vi una tiendecita negra donde un joven inmigrante afgano de ojos bellísimos pero tristes había pintado grandes palomas de la paz y de la esperanza. Saqué una sola foto, como siempre hago, y huí. Resume totalmente mi trabajo. Testimoniar, pero siempre con esta mirada tierna de la mujer.
Has mencionado a otras mujeres corresponsales de guerra y me gustaría preguntar si teníais alguna cualidad en común. Es decir, para ser corresponsal de guerra, ¿tienes que tener unas cualidades especiales?
Claro, por supuesto. Hemos sido muy pocas mujeres famosas que han testimoniado hasta hoy, y la mayoría ha muerto. Acabo de exponer en un gran museo de Düsseldorf y me han llamado ‘la superviviente’ de las ocho expuestas –algunas de ellas, íntimas amigas mías, como Catherine Leroy o Françoise Demulder. Cuando eres mujer, hace falta lo mismo que cuando eres hombre: el desdén total a la muerte. También hace falta tener la fuerza física del hombre, pero la ventaja es que las mujeres somos un poco andróginas, siempre he tenido esta impresión.
Cuando llego a un frente, hago inmediatamente las fotos que haría un hombre para que estén contentos en El País, El Mundo o The New York Times. Pero luego hago las que me gustan a mí y las que dictan mi corazón. Así es como me precipito, por ejemplo, hacia esos niños que están nadando muertos de risa sobre cascos (como se ve en la película). Es terriblemente emocionante porque dos horas después de fotografiar a estos niños inocentes nadando en el río Mekong, capturo a uno de ellos llorando y enterrando a su padre. Siempre hay esta dualidad en mí.
En el film también dices que siempre has tratado de estar del lado de los oprimidos, como estos niños jugando en el río. ¿Es este uno de los motivos por lo que decidió dedicarse a ser corresponsal de guerra?
Por supuesto, es mi única motivación. Con nuestras fotos arriesgamos nuestras vidas, y lo que esperamos es que una pequeña parte de estas fotografías puedan servir para erradicar la violencia y el terrorismo. Cuando mi hermano Eric y yo estuvimos veintitrés días en la cárcel en Chad cuando tenía 23 años, le dije, ‘sabes, Eric, yo lo ignoraba, pero cuando tengo una cámara en las manos, no tengo ni frío, ni calor, ni miedo; creo que he nacido para esto’. Luego le dije que iba a aprender este oficio sobre el terreno –que es lo que hice al marcharme sola a Irlanda del Norte– porque quería ser corresponsal de guerra para testimoniar las causas justas. Cuando una célebre televisión me entrevistó hace poco en París, me preguntaron: ‘Christine, ¿qué son para usted las causas justas?’ Yo les dije: ‘Lo que he hecho toda la vida, estar siempre al lado de los oprimidos’.
Siempre ha tratado de retratar la esperanza en la guerra, lo hemos comentado antes. Pero, ¿cómo encuentras la esperanza en medio de tanto dolor?
No se puede buscar. ¿Cómo quieres que yo adivine que al salir de la jungla voy a encontrarme niños en el río Mekong sobre cascos? Eso lo ves y es como un milagro. Cuando ves una escena así, tienes que fotografiarla. Mi foto más simbólica, que también sale en Moonface, es por supuesto la foto de la novia libanesa. Esta mujer, bellísima, vestida de blanco en medio de las ruinas, delante de casas completamente destruidas en Beirut, agita una gran bandera libanesa. Eso son milagros de la vida y hay que saber captarlos.
En la película comenta que en los tres últimos reportajes (Afganistan, Kosovo e Irán) no fue capaz de plasmar la esperanza porque no la vio en medio de la guerra. ¿Por qué cree que no encontró eso en estos sitios?
Durante estos tres últimos reportajes, no he sido capaz de fotografiar el menor destello de esperanza ni la menor sonrisa porque no la he visto.
Actualmente, con solo un click y un teléfono móvil podemos retocar mucho las fotos y es más fácil mentir. ¿Cree que esto va a acabar revalorizando la fotografía analógica?
Eso espero. Hoy puedes hacer lo que quieras: puedes añadir sangre, armas, quitar un brazo… nosotros no podíamos mentir con las cámaras analógicas. Cuando hago grandes exposiciones en museos en París, en Düsseldorf​ , ahora espero en Barcelona –es mi sueño–, me han dicho en los laboratorios que estas fotos de guerra tan grandes –un metro veinte– que expongo no se hubieran podido hacer hoy. La calidad también es muy importante, aunque lo más importante para mí es la emoción.

Texto
Emma Vilagran Leal
Cover
Irán, 1979. © S. Julienne

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