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Tras el éxito de su debut cinematográfico con la película 10.000 km, Carlos Marqués-Marcet vuelve a la gran pantalla este viernes con Tierra firme, una historia de amor entre dos chicas lesbianas, Eva y Kat, y el mejor amigo de una de ellas, Roger. La trama se desarrolla en un barco en los canales de Londres y gira en torno a una pregunta: ¿es posible vivir el amor, la familia y la vida de formas distintas y aún así permanecer unidos? 

Debido a los cambios constantes que experimenta la sociedad, surgen nuevos modelos de vida y por ende, nuevos vínculos en las relaciones vitales. A partir de ahí, la película genera preguntas acerca de las relaciones, dejando que el público busque en su propia experiencia las respuestas que necesita encontrar. Hablamos con el director sobre vínculos, amor, amistad, decisiones vitales, cómo afronta su segunda película y en qué nuevo film está ya metido.

¿En qué estaba pensando Carlos Marqués-Marcet en el momento en el que surge la idea de este film? ¿Cómo se ha ido desarrollando hasta convertirse en lo que podremos ver en la gran pantalla?
Quería hacer una película sobre la pregunta acerca de tener hijos o no. Es algo que te planteas cuando llegas a los treinta porque una parte de la pareja quiere tenerlos y la otra no. Son temas recurrentes hoy en día, pero no los había visto en ninguna película. Además de por temas personales, durante la celebración del Premio de la Crítica en el Festival de Málaga de Cine Español con Natalia y Oona, acabamos en un tablado gitano perdido en medio de la ciudad. Ellas son muy amigas en la vida real, y se me ocurrió que podrían hacer el papel de dos mujeres lesbianas que desean quedarse embarazadas.
Me di cuenta de que muchas parejas heterosexuales se quedan embarazadas por accidente o, a veces, una parte de la pareja quiere y otra no. Es como si no hubiese una decisión súper consciente a la hora de decidir si quieres tener un hijo o no. Sin embargo, en las parejas del mismo sexo no pasa eso, ya que la decisión puede madurar a lo largo del tiempo y hay un período para reflexionar sobre ello. Creí que con ellas podría explorar la pregunta en profundidad y que, además, se generaría un espacio para el drama.
Por otra parte, también quería hablar de esa gran amistad que tengo yo con mi mejor amiga –que es lesbiana–, un tipo de amistad que no veo nunca en el cine. La idea estaba muy en el aire pero cuando fui a visitar a Natalia en barco situado en los canales de Londres (porque es suyo en la realidad), empecé a pensar quiénes serían finalmente los actores, el contexto, etc. Mucha gente trabaja al revés: piensa una historia primero y luego dónde va a colocarla. En mi caso lo resuelvo de la siguiente manera: tengo una pregunta, tengo este lugar y tengo esta gente; y así empiezo a desarrollar la trama.
El amor es un patrón que se repite en dos de tus películas, pero no lo abordas desde el prisma convencional donde las relaciones son idílicas y perfectas, sino que prefieres mostrar aquella cara más oculta (aunque cada vez menos) de la moneda, como las relaciones a distancia o los tríos amorosos/poliamor. ¿Por qué? ¿Te llaman la atención las relaciones turbulentas? ¿O simplemente crees que la mayoría de relaciones acabarán siendo así debido a los tiempos que corren y prefieres adelantarte al cambio?
Tampoco creo que sean turbulentas, sino que son un poco la realidad que estamos viviendo. La verdad es que no me planteo hacer un decálogo de los diferentes tipos de relaciones. Simplemente creo que el cine las ha tratado de una manera diferente a como las estamos viviendo, y por eso me interesa trabajar en ello. Pretendo generar preguntas e intentar dar respuestas, aunque estas puedan ser muy diversas.
En el momento en el que te juntas con unos actores determinados, un guionista y un lugar, empiezan a surgir cosas, te empiezas a hacer muchas preguntas acerca de la historia que estás llevando a cabo. Para mí el cine tiene un punto de filosofía, de preguntarse cómo son las cosas y por qué son así.
En verdad las películas hablan casi siempre sobre el amor: el amor padre-hijo, el amor en pareja, el amor en todas sus facetas –o el odio, también. Pero creo que en las películas, más que del amor, se habla de las relaciones y de las formas de vivir.
¿Crees que las relaciones abiertas, el poliamor, las relaciones a (muy) larga distancia o en general, todas las nuevas formas que están surgiendo o que se están popularizando a la hora de tener relaciones son un tema de actualidad que impera en la mente de la sociedad? ¿Cuál es tu papel como director y artista respecto a mostrar este fenómeno?
Yo creo que las relaciones son un producto de muchas cosas, entre ellos el mundo en el que vivimos y el sistema reproductivo que se nos ha planteado. Ahora el panorama social se rige por el trabajo propio y por la precariedad. Antes la gente iba a la fábrica, al campo, etc. Al salir de allí llegaban a casa y se encontraban con su familia. La casa era un espacio en común para compartir con ellos. Para mí el cine habla mucho del espacio y del lugar. Sin embargo, ahora el espacio de trabajo es internet, al menos en esta parte del mundo.
En cuanto a las nuevas relaciones, en el fondo son nuevas y no tan nuevas. Es como cuando le llaman a internet las ‘nuevas tecnologías’ y en realidad hace muchísimo tiempo que las conocemos. Con las ‘nuevas relaciones’ pasa un poco lo mismo.

“Para mí el cine tiene un punto de filosofía, de preguntarse cómo son las cosas y por qué son así.”
¿Te ves reflejado en tus películas o son ajenas a tu vida personal?
Sí, claro, siempre hay algo. Luego descubres más cosas cuando has acabado la película. No soy muy fan de la auto-ficción porque me interesa solo cuando eres un cineasta con una vida muy fuerte, muy bestia; cuando explicar en primera persona implica algo. Para mí, el cine tiene un punto más sociológico, de laboratorio, de investigación.
A veces me dicen, “David es tu alter ego, es tu actor fetiche”; y nada de eso. Nosotros somos amigos en la realidad, para mí es familia. Si tuviese que mencionar un alter ego sería más Natalia. Aunque también me gustaría hacer películas en las que yo no tuviera nada que ver precisamente por eso, para investigar algún tema en concreto.
El film se rueda en los canales de Londres, a bordo de un barco donde viven Eva y Kat, interpretadas por Oona Chaplin y Natalia Tena respectivamente. ¿Qué significado o importancia tiene la casita en el barco como contexto del film? ¿Tiene alguna connotación simbólica o sentimental para ti? ¿O estás intentando representar también la precariedad laboral que acompaña a nuestra generación mientras se nos ocurren otras formas de ver las relaciones?
Obviamente había algo respecto a visitar el mundo de Natalia, de esa manera de vivir que tiene, que me llamaba la atención. A mí me flipaba la vida de esas veinte mil personas que viven en Londres de una manera nómada, precaria. No pagas alquiler si mueves tu barco cada dos semanas. Te tiene que gustar ese estilo de vida, donde a veces estás cerca de tus amigos y del trabajo, y luego no; donde no tienes una dirección fija, donde no puedes recibir cartas.
Al final tienes la sensación de que vives en toda la ciudad y hay una parte del año en la que puedes permitirte vivir en el centro. Sé que el cine no se lleva muy bien con las metáforas –eso encaja más en la literatura–, pero siempre vienen a la mente. Me gusta crear rimas visuales, situaciones como cuando aparecen las torres de gas un par de veces. Con ese ejemplo no estoy intentado hacer una metáfora del postcapitalismo –aunque obviamente hay elementos que hablan de eso, más concretamente de ese paisaje industrial que se acaba.
El tema del barco me ayuda a crear la sensación de movimiento porque nunca estás en el mismo lugar, ya que es una casa que se está moviendo constantemente. Hay algo de esa manera de vivir que contrasta con el hecho de crear una estructura familiar en ‘tierra firme’, como si estuviese creando algo estructurado. Me interesaba mucho ese contraste entre lo fijo y lo móvil.
En tu anterior película, 10.000 km, David Verdaguer y Natalia Tena fueron los protagonistas. Ahora, con Tierra Firme, los dos actores vuelven a repartirse los papeles principales. ¿Qué hace que quieras repetir y volver a trabajar con ellos? ¿Tan fuerte es el vínculo que creasteis durante el anterior rodaje?
Me apetecía enseñar la amistad que se había creado entre Natalia y David en 10.000 km. Ellos se hicieron amigos desde la otra peli, fue algo matemático, se cayeron bien desde el primer momento. Nos lo pasamos genial realmente, aunque hay que tener en cuenta que hubo escenas muy difíciles de rodar emocionalmente, como la última.
El problema es que cuando te exiges tanto has de pasar por cosas que no quieres, pero hay un goce; y creo que el goce siempre implica un poquito de dolor. Y sí, sí que había ganas de volver a juntarlos, de mostrar esta cara B de 10.000 km y de ampliar un poco la familia con Oona y con Geraldine.

Sigamos con los personajes. Germaine, interpretada por Geraldine Chaplin, desempeña un papel muy importante en un momento crucial para los tres protagonistas. Lo curioso es que Geraldine es la madre de Oona en la película ¡y también en la vida real! ¿Cómo fue para ella rodar al lado de su hija? ¿Y para ti? ¿Cómo es Geraldine en la vida real?
Madre e hija ya habían actuado juntas en otras películas. Supongo esta será algo especial para ellas por la manera en la que está planteada. Al final parece una película de ‘quiero que mis hijos conozcan a mi madre’, y es que Geraldine es una madre que se lleva muchos años con su hija. Y en la película ves detalles en los que se reflejan emociones especiales. Hay ciertos momentos muy claros de esa relación que tienen, ciertas cosas que el espectador no sabe. Me gusta esa mezcla entre la relación de ficción madre-hija a la par que sucede la relación de verdad entre ambas. Es interesante porque bajo la máscara de la ficción puedes sacar cosas más auténticas, más de verdad.
Trabajar con Geraldine es maravilloso, es un aprendizaje constante de humildad, de entrega y de escucha. Es muy gracioso porque cuando hablaba con David, él decía que estaba muy nervioso, y Geraldine contestó: “Yo también, de hecho venía para aquí con el coche y pensaba que ojalá se estampe y no tenga que venir a trabajar. Cada año que pasa me pongo mas nerviosa.” Esto habla también un poco de cómo es esta profesión.
En la película, Eva está convencida de querer ser madre. Sin embargo, a Kat le parece una idea narcisista e innecesaria. ¿Crees que supone un conflicto mayor tomar la decisión dentro de una pareja homosexual? (Por eso de que se deben implicar a terceras personas – bancos de semen, vientres de alquiler, quién de ellas lleva al bebé dentro, de quién es el óvulo, etc.) ¿Por qué?
Creo que es igual de complicado, solo que en este caso se excluye el hecho de hacerlo por ‘accidente’. Desde que decides hacerlo hasta que lo haces puede pasar bastante tiempo, y en ese periodo la idea puede madurar y cambiar. Sin embargo, en una pareja hetero, la decisión de tener un hijo es muy rápida: ¿lo hacemos? ¡Lo hacemos! Aunque luego tengas segundos pensamientos, la decisión ya fue tomada a priori. Pero en el fondo las cuestiones son las mismas en ambos casos.
Normalmente las historias de tríos amorosos parten de una persona que se enamora o se siente atraída por otras dos de su sexo opuesto, es decir, una chica enamorada de dos chicos, o viceversa. Así pues, siempre hay este componente de competitividad de igual a igual. Sin embargo, lo interesante del planteamiento de tu film es que el trío surge de una pareja homosexual que de repente se ve alterada con la aparición de Roger, un chico. ¿Cómo surgió la idea de partir de este punto disruptivo con la ‘tradición’ de los triángulos amorosos? ¿A qué ha dado pie que conformes el trío de esta manera? ¿Cuán diferente crees que es respecto a los más tradicionales?
Es que en este caso no sé si se podría hablar exactamente de triángulo amoroso. Depende de cómo entiendas la amistad, porque para mí también es amor, pero supongo que es un tipo de amor distinto.
Me interesaba el hecho de que una pareja de chicas no tuviese la necesidad de un hombre más allá de lo biológico y de la amistad. Siempre pasa que en las películas de mujeres queer o lesbianas, al final, hay un momento en el que la chica se enrolla con un hombre, y eso no me acababa de encajar. Hablando con mi guionista decía: “¡estoy harta de ver películas en las que pasa eso!” Y es que este tipo de situaciones suelen ocurrir en un momento crucial. Es un patrón que se repite, el hecho de que el hombre aún no pueda admitir que una mujer le deje sitio.
A mí me interesaba el conflicto de cómo construir una vida en común entre tres, cómo se van creando lazos entre ellos. Porque a veces, el amor de una amistad puede ser mejor que el amor romántico porque te exiges menos y por eso dura más. En este caso, más que un triángulo amoroso, estamos hablando de un triangulo vital, de cómo nos planteamos vivir. Además, las películas en las que pasa esto siempre están dirigidas por hombres y suelen aparecer dos chicas con un chico. ¿Qué raro, no? (risas).

“Bajo la máscara de la ficción puedes sacar cosas más auténticas, más de verdad.”
Sé que en el cine todo acostumbra a ser rígido y todos los detalles están pensados con anterioridad. La organización y la planificación son clave para el perfecto desarrollo de las escenas. Sin embargo, ¿qué hay de la improvisación? ¿Eres de los que necesitan que todo salga tal y como se pensó o hay momentos en los que es mejor dejar aire libre a los intérpretes para que aporten nuevos puntos de vista o rasgos identitarios a sus personajes?
Bueno, en el cine hay las dos escuelas: las más rígidas y las que se dejan lugar a la improvisación. Son dos modelos de directores y yo soy más de los segundos en este sentido. Me gusta tener la sensación de que la película me ha escogido, de que la película me lleva; que no soy yo el que construye todo esto, sino que pongo un punto y a partir de ahí se va desarrollando.
Si en el proceso desde que he pensando una escena hasta que la he ejecutado no ha pasado nada que altere ese modelo inicial, significa que ha faltado algo, ha faltado la vida. A veces improvisamos, pero se pone mucha presión sobre los actores porque tener que inventarse el diálogo en el momento supone un reto, y debemos recordar que no son guionistas. Pero aún sí, a veces, trabajamos la improvisación sobre todo para arreglar escenas, para desencallar, incluso por diversión. Con David, por ejemplo, siempre hay un punto cómico y te cuela algo que no te esperabas.
Decía Geraldine: “Carlos, tú eres muy cabrón porque nos dices ‘haz lo que quieras’, pero al final acabamos haciendo un poco lo que tú quieres.” Para mí es una sensación de querer control, pero un control descontrolado; esperar lo inesperado, algo que me sorprenda, que sea mejor de lo que había imaginado.
Aunque a veces dejo lugar para la improvisación me gusta pensar mucho donde pongo la cámara. De hecho, utilizo solo una porque cuando grabo a alguien me merece un respeto, me gusta verle directamente sin tener que depender de un monitor.
Con tu primera película, 10.000 km, llegaron muchos éxitos. Entre ellos, el Premio de la Crítica en el Festival de Málaga de Cine Español, el Goya al Mejor Director Novel, o el premio Gaudí a la Mejor Dirección. ¿Esperas alcanzar tantos logros con tu segunda película?
A mí no me gusta hacer suposiciones. Hay productores que se dedican a hacer quinielas, pero te vuelves muy loco si te pones a pensar en estas cosas. Y sí, los premios te ayudan, pero también ves cómo funciona todo, y aquí la única prueba de fuego en realidad es el tiempo. Si la película de aquí a veinte o treinta años sigue interesando y sigue siendo una película que genera curiosidad, eso es lo que vale – al menos a mi forma de ver. Pero bueno, como tampoco puedo adelantarme al tiempo, prefiero relajarme y no pensarlo.
¿Cómo afrontas eso de haber cosechado tan buenas críticas en tu debut como director de ficción de cara al segundo asalto? ¿Crees que se espera más de ti debido al éxito conseguido anteriormente?
Yo creo que en realidad te ayuda más porque el público ya tiene como referente tu segunda película, ya saben en qué universo estás y ya te van a ver antes. En ese sentido, creo que te ayuda el hecho de haber realizado otra película porque ya te leen desde otro prisma.

¿Qué reacción esperas en el público? ¿Crees que conseguirás hacer reflexionar a esa parte de la sociedad a la que aún le cuesta aceptar este tipo de relaciones, o al menos abrir un debate en sus mentes?
Es gratificante que alguien tenga una revelación y ver reacciones bonitas en el púbico y hacerle pensar. Nos pasó con 10.000 km: una mujer boliviana vino a hablar con nosotros y nos dijo que llevaba cinco años fuera de su casa y que después de ver la película sintió que tenía que volver y que, de hecho, ya se había decidido.
Pero al final me conformo con que la gente saga del cine, empiece a discutir y se genere un debate fuera sobre por qué nos cuesta tanto mantener relaciones, por qué las cosas suceden de cierta forma, etc. Al fin y al cabo nos vemos reflejados en ciertas situaciones que vemos en la pantalla, aunque en nuestro caso no vivamos en un barco y el contexto sea distinto. Me gusta que la misma experiencia vivida en el cine sea un punto de partida que nos permita hablar y dialogar.
Sé que es muy pronto para hablar de tu siguiente película, pero ¿qué ideas están rondando en tu cabeza? ¿Vas a seguir profundizando sobre al amor y las nuevas relaciones y formas de ver la familia, o por lo contrario, escaparás de estos temas? ¿Qué nos puedes adelantar? ¿Rodarás en Barcelona?
Estamos rodando otra película con David y María Rodríguez, la cual supone un cierre a esta trilogía involuntaria. En cuanto a los temas, voy a seguir profundizando con las relaciones y el tema del embarazo. De hecho, ya llevamos un año rodando y seguimos en ello poco a poco. Y sí, será en Barcelona y en catalán. Ellos hablan catalán y tenía su lógica hacerla de esta manera.

Texto y retrato
Lorena Varela

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