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No es habitual encontrar a personajes que se imbuyan tanto del arte que practican como Carla Andrade, la artista cuya fotografía se llena de un componente filosófico en el que la exploración sintomática de ideas, experiencias y sensaciones es algo transversal. En ella lo metafísico llega a constituir todo un súmmum de ideas: permanencia, lugar o los conceptos espacio-tiempo son redefinidos bajo su lente, y la sitúan de forma constante en una casilla de salida desde la que no hace otra cosa que replantearse una visión personalísima de ese mundo, en ocasiones ininteligible, que nos rodea.

La naturaleza de las ideas, los límites que marca la realidad o la dicotomía subyacente al ser activo y el contemplativo están permanentemente presentes en su obra. Con varios proyectos a la vista y experimentando en el campo audiovisual, en el que ha vuelto a trabajar con cámaras Super-8 y cuyo resultado tiene pensado llevar a salas de cine y centros de arte contemporáneo, la fotógrafa gallega se revela como una experimentadora nata de sensaciones, buscando la experiencia del conocimiento allá donde quiera que esta se revele. Toda una artista pragmática, ambivalente, y repleta de inquietudes.
Primero de todo, ¿qué te ha llevado a hacer de la filosofía el componente base en torno al cual gira tu trabajo? 
Es algo espontáneo, ya que desde mucho antes de comenzar a trabajar como artista visual he estado interesada en temas filosóficos, o dicho de otra forma, en cuestiones que tienen que ver con el pensamiento y la concepción de la realidad en su sentido más amplio. Mi trabajo trata de aquello en lo que estoy interesada y en lo que disfruto profundizando.
¿Cómo haces dialogar ciertos elementos introducidos en el paisaje? ¿Cómo haces funcionar un contexto determinado?
Aunque trabaje en base a ideas, que no son más que los asuntos que me cuestiono en determinado momento, en mi trabajo dejo mucho espacio para la intuición y la espontaneidad. No planeo demasiado lo que fotografío o, al menos, permito que la experiencia directa incida. Lo que sí es cierto es que después, al analizar lo fotografiado, te encuentras con ciertas pautas que se repiten, puntos en común que hace que todo cobre sentido.

Partiendo de que las ideas en torno al “lugar” son el componente filosófico que inunda y da forma a tu trabajo, ¿cómo te decantas por un entorno determinado? Aunque el lugar no cobre importancia y pasemos a hablar de los “no lugares”, ¿qué te empuja a plantarte en Atacama o el Pirineo?
Me interesa situarme en diferentes lugares como forma de conocimiento del mundo, tratar de adoptar nuevas estructuras y adaptarme a ellas. Ubicarme en espacios que no me “pertenecen”, en los que “estoy” pero no “soy”, para liberarme de prejuicios, y también de apegos, ya que son la insuficiencia para sentir la realidad. Tendemos a crear micro mundos, medirlo todo a partir de nuestro núcleo de acción. Así, viajar y vivir en lugares con idiosincrasias diferentes me ayuda a refrescar la memoria y darme cuenta de que todo puede ser de muchas maneras, no de una.
La razón de desplazarme al desierto de Atacama para realizar el proyecto Kuch Nahi radica en que mi propósito era trabajar con la idea de vacío físico desde el propio vacío espacial. Para ello, quería experimentar la condición trascendente de un espacio mental que en su esencia más literal no contiene nada, y qué mejor que ir al lugar más árido del planeta y, por tanto, con menos vida. En el caso de los Pirineos, fue porque trabajaba con la idea de vacío desde su expresión y lo simbolizaba con el color blanco. Además, me interesaba el contraste del blanco puro de sus paisajes, con la dureza del vasto paisaje montañoso y su meteorología.
Para ti, blanco y negro son referencia, dualidad, una parte fundamental de tu trabajo. La noche y el día. ¿Qué aproximación realizas en torno al color?
Es cierto que en mi trabajo la idea de “dualidad” tiene una importancia especial. Trabajo mucho con dípticos, con los conceptos blanco y negro, positivo y negativo, lleno y vacío… Me interesa la idea de la dicotomía como algo necesario. Me interesa la dualidad, no como oposición, sino como complementariedad.
En cuanto al color, en el proyecto que realicé en 2013, Geometría de Ecos, me interesaba especialmente el blanco como símbolo del vacío, pero que, al contrario que el negro (ambos colores estáticos), supone un vacío lleno de posibilidades, en el que todo puede suceder. El negro es un punto final, mientras que el blanco es esa nada previa a que todo nazca.
¿Puedes contarnos más sobre Kuch Nahi? Es una exploración de estados metafísicos más allá del suelo que pisamos. ¿Qué relación entablas con aquello que fotografías?
Kuch Nahi significa “nada” en hindú, proviene del sánscrito y es una acepción muy antigua, pero la traducción literal sería algo así como “algo que es nada”, lo que refleja que las culturas orientales se han sentido siempre cómodas con la idea de que la nada, el vacío, es “algo”. De hecho, el número cero fue inventado por las culturas indias. Mientras que, en la tradición aristotélica de occidente, el vacío no se podía concebir, el universo era una materia compacta y geométrica. Se entendía que la naturaleza aborrecía el vacío, el famoso horror vacui, el vacío suponía la negación de Dios.
Hoy en día, la ciencia reconoce el vacío como un elemento fundamental para que todo pueda suceder, aunque siga rodeado de tanto misterio y dudas que se escapan a la lógica racional y empírica propia de occidente. Lo mismo sucede con el número cero, del que no podríamos prescindir. Una vez más, una evidencia de que el pensamiento positivo y racional ha fracasado. Mi trabajo habla de estas ideas zambranianas. Una realidad concebida como razón sensible y en la que no se pueden separar unidad y dispersión, ser y apariencia, ley y frenesí, logos y delirio, tiempo y eternidad, recuerdo y olvido, filosofía y poesía…

En ese misma serie trabajas con la concepción de diversas nociones observadas por una tradición cultural determinada.
Como digo anteriormente, entender o considerar ciertas nociones desde diferentes prismas o tejidos sociales y culturales, me sirve para darme cuenta, una y otra vez, de que las cosas no son de una determinada manera, y así liberarme de ideas preconcebidas, de prejuicios y arbitrariedades. Vivimos en una sociedad que se basa en patrones previamente establecidos, como el sistema legislativo, por ejemplo. Y creo que esto acarrea muchos problemas, por eso yo prefiero posicionarme en la actualidad de la imagen, tratar de vivir en el umbral del ser, en el presente y mediante una experiencia directa; ideas que aplico a todo mi trabajo. Entiendo la experiencia directa como resistencia política, como arma para romper la dictadura de los patrones establecidos, los discursos incrustados por haber sido repetidos hasta la saciedad y convertidos en verdad absoluta.
El tiempo o el vacío son una referencia constante en tu fotografía. En qué estás más interesada, ¿en el tiempo o en el espacio?
Me interesan el tiempo y el vacío porque son conceptos que aluden a los límites de la realidad: el tiempo, por ejemplo, no es directamente perceptible sino como parámetro del cambio. Mientras que el vacío es el límite máximo en la rarificación de la materia, su ausencia. En este sentido, digamos que me interesa aquello que es infinito, que es insondable, incuantificable. Por esta razón, y parafraseando a Andréi Tarkovsky, me interesa el arte porque “existe para encontrarnos con esa parte espiritual del mundo.”
Tengo muy presente siempre, a la hora de trabajar fotografiar o filmar, la idea de que me interesa no un lugar, no un tiempo, sino un lugar-tiempo. Por ejemplo, no suelo localizar previamente, al menos no de forma sistemática, ya que un lugar según el momento puede cambiar radicalmente y viceversa.
Te habrán preguntado esto infinidad de veces pero, ¿qué elementos conforman tu idiosincrasia como fotógrafa? ¿Qué artistas, creadores o materias sitúas como referencia?
Hay infinidad de “cosas” que, digamos, me influyen. Y cada día surgen nuevas. La lista de pensadores, artistas, poetas, músicos, científicos, personas en general… es inmensa. Así que, en vez de nombrar referencias que me acompañan, voy a hablar de un hecho determinado que, en cierto modo, ha sido un acontecimiento fundacional. Con 15 años leí El Árbol de la Ciencia de Pío Baroja y descubrí la dicotomía existente entre ser contemplativo y ser activo que se establecía en sus personajes, y cuyo esquema voluntad-contemplación procede de Schopenhauer. En concreto, me sentí identificada con el personaje de Andrés Hurtado y su perpetua lucha por el autoconocimiento. Entendí la diferencia y la unión entre arte, vida, y ciencia. Comprendí que el mundo que me rodea no es más que una representación de lo que percibo, que la realidad es “pura representación”. Andrés Hurtado es un personaje con actitud contemplativa, fervoroso defensor del mundo como representación schopenhaueriana, y discute de esto con su tío Iturrioz, para quien eso son fantasías, no lo entiende, le parece “poesía”. Con los años descubrí muchos autores, pensadores, artistas y culturas que me interesaron y que, entre muchas otras cosas, compartían este posicionamiento.
Para acabar, ¿en qué te encuentras inmersa en estos momentos? ¿Qué proyectos tienes a la vista?
Llevo ya un tiempo complementando mis trabajos fotográficos con video instalaciones y filmaciones en Súper 8, pero ahora estoy trabajando en piezas más autónomas que puedan transitar tanto espacios dedicados al arte contemporáneo como salas de cine. Justo acabo de terminar una pequeña pieza que forma parte de una película colaborativa entre 10 mujeres cineastas de la provincia de Pontevedra, con el propósito de dar cuenta de que, a pesar del bajo porcentaje de directoras según las cifras, sí que hay mujeres trabajando en el audiovisual. Además, estoy terminando lo que será el cortometraje del proyecto que hice en Chile en 2015 Kuch Nahi. Cuando acabe esto pretendo comenzar otro proyecto audiovisual que cuestionará, a partir de una experiencia personal, la eficacia de los servicios consulares españoles en países no occidentales, la funcionalidad de las políticas de inmigración, las verdades y mentiras existentes en el orgullo de los países occidentales de respetar los derechos humanos y proteger a sus “ciudadanos” y las ambigüedades de las políticas de inmigración. Una vez más, evidenciar la incoherencia y el disparate de afrontar la realidad mediante patrones en vez de atendiendo al caso particular.
Aparte de todo esto, quiero viajar mucho. Y bueno, en realidad tengo muchos más planes, siempre tengo muchos. Algunos se cumplen y otros no, pero la idea es estar siempre activa.

Texto
Manuel Sánchez

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