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La realidad pasada por el filtro de lo precioso, o lo que es lo mismo, capturada por el objetivo de Berta Pfirsich. Así podría resumirse el trabajo de esta fotógrafa barcelonesa, pero eso supondría una aproximación muy superficial. Fiel a lo analógico y devota de la luz, Berta Pfirsich construye un mundo donde lo sencillo se edifica a base de ensoñación, insinuación y un deje de romanticismo.

Berta es de Barcelona, pero vive en Portland. Ha viajado por un buen número de países y tiene bajo el brazo más de una experiencia. Para alguien nacida en 1988 y con un talento innato para la estética y las imágenes, todo ello es bagaje suficiente para convertirse en una fotógrafa excepcional. Los ojos (y objetivos) de Berta capturan skates, conciertos, chicas en el desierto o niños de aspecto travieso por igual, para confeccionar un imaginario en el que todo queda impregnado por su particular visión de la belleza.

Estudiaste biblioteconomía pero ahora vives en Portland y eres fotógrafa. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo has llegado hasta donde estás ahora?

Cuando intento resumir a alguien que no me conoce los sucesos de mi vida, me da la impresión que parece una película a un ritmo muy rápido y con millones de aventuras, pero de hecho todo ha sido muy natural y “normal”. Sí que busco estar inmersa en proyectos diferentes, pero la mayoría de veces las oportunidades vienen a mí como por arte de magia. Las cosas funcionan mucho por energías, y yo he centrado todas las que tengo en dar mucho y de la manera más pura posible. El amor también me ha influenciado y ayudado mucho a llegar aquí. Pero puede que en un par de años me encontréis en alguna biblioteca, ¡no sé qué puede pasar en el futuro! (Risas)

Tu primera cámara fue una Fisher Price. ¡Yo también tenía una de esas! Háblanos de alguna foto que tomaras con ella y que todavía recuerdes.

No me hacía autorretratos borrosos ni tenía demasiada curiosidad por mí misma o mi imagen. Lo que más me gustaba era hacer fotos de excursiones del cole y amigos de la clase jugando o haciendo cosas rutinarias, merendado o leyendo. Nada ha cambiado, me sigue interesando mucho la idea de acciones básicas. La cámara utilizaba carretes de 110mm y era bastante difícil revelar. Supongo que precisamente eso hacía que fuera tan feliz cuando, un par de meses más tarde, veía las fotos. De alguna forma sigo haciendo y sintiendo lo mismo.

Fotografías en analógico. ¿Qué cámara usas? ¿Te consideras fiel alguna en particular o eres más bien una picaflor de la maquinaria fotográfica?

Tengo una pequeña colección, de la cual utilizo bastante unas cinco, dependiendo de lo que tenga que fotografiar. Este último año sin duda no me he separado de la Contax T2 y Mamiya/Sekor 1000DLT. En realidad no soy muy tiquismiquis con la maquinaria, sino más bien con la película que utilizo.

En tus imágenes, la luz siempre tiene un toque muy etéreo, muy cinematográfico. ¿Cómo trabajas con ella?

Soy como una planta (risas), la luz me hace feliz y la busco. Cada lugar, cada situación tiene su luz y su vida propia. Este mes he estado en Los Ángeles y me he enamorado de la ciudad y, si lo pienso objetivamente, me doy cuenta de que la razón principal es la luz.

La narrativa en tus fotos es muy sugerente. Parece que nada está dejado al azar. ¿Puedes darnos una pincelada de tu proceso creativo?

Suelo soñar despierta bastante y me monto mis películas constantemente. Me hubiese gustado hacer cine o algo relacionado con el vídeo, pero todo el proceso de la edición me da mucha pereza y me resulta mucho más fácil hacer fotos. Si pudiese hacer grandes producciones con escenarios sería muy feliz. El espacio es muy importante para mí, si descubro una localización especial que me dice algo, adapto una historia a ella, no al revés. También es importante trabajar con creativos que me complementen. Mi persona favorita, con la que comparto la pasión por la imaginación y el mundo infantil, es Jèss Monterde. En Barcelona también he trabajado con Marianne Krauss, que como estilista tiene influencias estéticas muy nórdicas y eso me gusta.

En este sentido, tu trabajo tiene una coherencia enorme. Transmites un mundo, a nivel estético y anímico, muy particular. ¿Plasmas lo que te rodea o creas un universo paralelo?

Estoy entre dos universos paralelos que se van cruzando. Llevo años confeccionando mis diarios fotográficos y, a parte, voy haciendo encargos y cosas más personales relacionadas con la imagen que la mayoría de veces acaban relacionadas con la moda. Me interesa mucho el momento de pausa y misterio, pero a la vez el punto en que uno es transparente. Me hace feliz tener la capacidad de compartir lo que veo y lo que siento.

De hecho, has fotografiado campañas y publicado en algunas de las revistas más importantes del mundo de la moda. Además, estudiaste estilismo. ¿Es hacia donde enfocas toda tu actividad?

La moda me crea bastantes contradicciones y una lucha interna importante. La moda y la imagen en general, como observadora, me interesa. En una gran parte, nos genera ilusión y sentimientos positivos, y eso es algo muy poderoso. Lo que a veces conlleva y, sus partes “oscuras”, por decirlo de alguna manera, no tanto. No ha sido intencionado el enfocar mi actividad hacia este campo, si no que es como una aplicación en la foto inevitable. El año pasado empecé a hacer más retratos y también me siento muy cómoda, sobre todo por el lado humano que hay en ellos. El hecho de poder entrar así, tan fácilmente, en la vida y la intimidad de alguien me llama mucho la atención. Me interesa conocer a gente interesante. (Risas)

La juventud y la femineidad son dos elementos que exploras a menudo en tus fotos. ¿Qué significan para ti estos conceptos?

De alguna forma todo acaba teniendo un punto egocéntrico y esos son conceptos directamente relacionados conmigo. Ser una adulta me preocupa y estoy muy ligada a mi yo juvenil, a veces incluso infantil.

Vivimos en una cultura totalmente visual. ¿Eso empodera al fotógrafo o desvaloriza su trabajo?

No puedo comparar con otras generaciones de fotógrafos, porque soy de la era de internet y no he conocido otra cosa. La necesidad de crear un producto visual singular es cada vez más fuerte y eso empodera al fotógrafo. El hecho de que diariamente se esté creando muchísimo contenido visual y haya demanda es algo positivo. Por otra parte, resulta curioso que todo el mundo tenga acceso a un teléfono y una aplicación, y puedan hacer libremente lo que quieran con ello, cualquier cosa, pero que un 75% del producto final sea lo mismo. Es increíble, aunque contamos con toda la libertad del mundo, parece que entramos en una espiral de continuar con “lo que toca” visualmente, y nuestro cerebro sigue una especie estándar visual muy concreto. No hay nadie igual en el mundo, cada uno tiene su propio universo interior y su forma especial de ver, y aún así no lo solemos explotar demasiado. Aunque creo que los fotógrafos que tienen un estilo más definido y ya llevan tiempo trabajando no se van a ver tan afectados por “la media”. Me hacen mucha gracia los Instagrams con millones de seguidores, con sus fotos de macetas y platos de tofu y montañas. Instagram es como una herramienta de alienación y reproducción que da miedo, ¡y me incluyo!. En este caso, creo que se trata más bien de media o marketing que realmente de arte en sí. De ninguna manera esto desvaloriza el trabajo de el fotógrafo, lo que sí que cambia es que, al final, uno se ha de unir a toda esta espiral...

En algunas de tus fotos muestras pisos preciosos y, has viajado y vivido por un buen número de ciudades. ¿Cuál es tu lugar preferido en el mundo?

Mi lugar preferido es Barcelona. Es lo que soy. Aunque a nivel arquitectónico me encantan las casas victorianas americanas. Savannah, en Georgia, es como un sueño, pero no para vivir más de cierto tiempo. Está todo lleno de Spanish moss, que son unos árboles muy dramáticos, lo de “peste española” alguna razón tendrá... (Risas). Y hay edificios preciosos. Es la ciudad con más fantasmas de Estados Unidos, y hay historias bastante curiosas. Es el único sitio en Estados Unidos en que he sentido que estaba en un lugar real y con historia, lo cual es un poco extraño. Así que hay muchos lugares que me gustan, pero no donde viviría para siempre. Para siempre solo me veo en Barcelona. No me gustaría morir en otro lugar.

Es bastante admirable que, con lo joven que eres, hayas hecho tantas cosas. ¿Qué le dirías a tu yo del pasado y a tu yo del futuro?

No le diría nada ni a mi pasado ni a mi futuro, ¡sorpresa sorpresa! (Risas)

TEXTO
ANDREA SERVERT

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