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El creador japonés Azuma Makoto tiene la suerte de ser pionero en lo suyo: fue el primero al que se le ocurrió enviar un bonsái al espacio; también asfixió 16 bodegones de plantas en enormes bloques de hielo; y fotografió en un estudio, a golpe de flash, la muerte de más de un millón de flores.

Cuando parecía que el mundo del arte ya no podía dar más de sí, un joven músico demostró todo lo contrario. Azuma Makoto necesitaba algo de dinero para seguir tocando en su grupo, pagar las facturas y financiar la compra semanal del súper. ¿La solución? Trabajar en una floristería de su ciudad. “En aquella pequeña tienda descubrí la belleza de las flores por primera vez. Además me di cuenta de que tenían muchas cosas en común con la música. Por ejemplo, las dos son instantáneas y únicas. Cada rosa roja tiene una forma distinta, y cada sonido difiere de los demás dependiendo del estado mental del músico o del ambiente que le rodea.”

La motivación estaba servida. A partir de entonces Makoto no paró de experimentar. Estudió las formas y los colores, precisamente para rechazarlos, y en 2002 montó Jardins des Fleurs, una floristería de alta costura (así es como él la llama) destinada a desarrollar nuevos proyectos. Internet y las redes sociales hicieron el resto. Cualquiera con preocupaciones estéticas y dotes para investigar en Google sabía de qué iba la obra de este japonés. Una obra que alcanzaba la categoría de arte y que al mismo tiempo superaba sus límites. La llamaron la ‘indefinible’. “Muchas veces la gente dice que mi trabajo muestra un lado más oscuro que el resto del arte floral, y yo creo que es porque siempre estoy pensando en los conceptos de vida y muerte,” asegura. “Todas las flores tienen su propio ciclo: florecen, se marchitan y luego se convierten en abono para próximas vidas. Sea cual sea el momento que tú seleccionas de ese proceso, que va desde el nacimiento hasta la muerte, su belleza es increíble.”


La moda tampoco tardó mucho en llegar. Como suele ocurrir con casi toda manifestación artística, la industria del vestir no dudó en apropiarse (por medio de un contrato de miles de euros, claro está) del trabajo de Makoto. Primero, la revista francesa Numéro; después, la firma italiana Fendi. Las dos ensalzaron la marca de flores hacia el olimpo de lo comercial, convirtiéndola en algo más que rentable; pero el artista, según él, no tenía la más mínima intención de hacerse notar. “Hay que entender que mi objetivo no es solo artístico. Durante los 365 días del año convivo con flores y me enfrento a ellas. Eso me inspira y me obliga a pensar en cómo puedo expresarlas de otra manera o convertirlas en un nuevo valor.” Aún así, para Makoto no valía todo. “Yo no trabajo con gente que no respeta las flores y las plantas. Mi oficio consiste en tratar con este tipo de seres vivos; si el cliente no lo entiende, es su problema.” ¿Y cómo consigues darle lo que te pide? “Primero me reúno con él para saber sus ideas. Después trato de reflejar la belleza de las flores de la forma más fiel posible a lo que el cliente me exige. Siempre sigo el mismo proceso para cada proyecto, ya sea el ramo de una boda o un encargo de gran presupuesto”.

La relación que Asia y Europa mantienen con su entorno también estuvo presente en los inicios del artista. “La cultura japonesa admira la naturaleza”, afirma con orgullo. “Nosotros tenemos un árbol que se llama Goshinboku, que es considerado como un Dios. En Europa, en cambio, la gente parece tener una relación más cercana con las plantas y las flores; las concibe como si fueran sus “amigos” y formaran parte de su vida diaria”. Esa diferencia cultural se consolidó como un valor añadido en la obra de Azuma Makoto, pero la cosa cambió en el año 2014 cuando el equipo del japonés lanzó el primer bonsái al espacio. En aquel momento, todo el mundo observó a través de Internet cómo un árbol minúsculo se movía libremente sobre la estratosfera, sin hacer caso a países o formas de pensar. “En el 2017 volveré a hacerlo, aunque de una manera completamente distinta. Quiero hundir miles y miles de flores en el fondo del mar”. ¿Quién se atreve a decir ahora que el arte ya no puede ofrecer nada nuevo?




Texto
Pablo Gandía

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