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Los cineastas con talento se nutren de un imaginario personal que trasciende lo descifrable. Su habilidad está en traducirlo en imágenes que reboten en la retina del espectador y le transporten a su mundo más íntimo e indescifrable. Conocí a Àlex Lora en la Universidad Ramón Llull el año 2007. Él era un estudiante brillante del Máster de Cine y yo un profesor exigente. Nos entendimos muy bien desde el principio. Àlex destacaba en todo, no solo como alumno, también como persona. Ya entonces se hacía evidente que haría lo que hiciera falta para dedicarse a lo que más deseaba. Y así ha sido y seguirá siendo.

Recientemente vio reconocido su esfuerzo continuado al recoger su segundo premio Gaudí, ésta vez al mejor documental por El cuarto reino. El reino de los plásticos, aclamado por la crítica como el triunfo del cine observacional, o como una verdadera maravilla. El film retrata la cotidianidad en un centro de reciclaje de latas en Brooklyn. A través de René, un inmigrante ilegal mexicano, y las relaciones que establece con sus compañeros, nos adentramos en la gran mentira del sueño americano. Lo podréis ver en Filmin, o muy pronto en TV3, Movistar+ y en ÀPunt TV.

Pasados los años, Àlex es hoy un cineasta que se mueve muy bien en la frontera del documental y la ficción, tratando temas de carácter social que entusiasman a los programadores de los principales festivales de cine. El cuarto reino, codirigido con Adán Aliaga, ha confirmado lo que ya intuíamos: su gran capacidad visual para crear poderosas imágenes que nos sumergen en realidades plagadas de fricciones que solo se pueden abordar con un personalísimo sentido narrativo.

Cuéntame cómo tomasteis contacto con la pequeña comunidad en Brooklyn de la cual habla El cuarto reino.
Entramos en contacto con Sure We Can a través de Adán Aliaga, codirector de la película. Él se había mudado a Nueva York en 2015 y enseguida surgió la idea de intentar crear un proyecto conjunto. Pusimos algunos temas sobre la mesa y vimos enseguida que había mucha conexión, sobre todo en cuanto a conceptos.
Los primeros días en Nueva York recibes cientos de estímulos, sientes el vértigo en el ritmo trepidante e incluso acabas con un poco de tortícolis de mirar hacia arriba. Los rascacielos impresionan, pero cuando bajas la mirada descubres montañas de basura. Preguntarse cómo se gestiona todo eso es inevitable, y de la lógica material te vas enseguida al factor humano, ya que la imagen icónica del recogedor de latas pululando alrededor de las basuras está muy presente. Es entonces cuando te cuestionas quiénes son, y tus propias respuestas vienen con prejuicios: serán indigentes, o inmigrantes, o gente que se ha caído por las brechas del sistema.
Adán había conocido a una misionera española, Ana Martínez de Luco, que había fundado una ONG para ayudar a estos canners, llamada Sure We Can, y se había ofrecido como voluntario para grabarles unos vídeos para darles más visibilidad y desestigmatizar a los recogedores de latas. Tras salir unos días con algunos de ellos a recoger por las calles, decidimos que nuestro documental no iba a abandonar la ONG.
¿Cómo defines el estilo del documental?
Quisimos darle una coherencia estilística al intentar no mover la cámara y buscar simetrías y ángulos más geométricos, algo a lo que Adán y yo llamamos ‘planos cartesianos’. Por otro lado, mi tutora en Nueva York fue Chantal Akerman, a la que le dediqué mi otro largo documental, Thy Father’s Chair, y teníamos pensado enseñárselo para que nos diera feedback. Pero pasó lo que pasó unos días antes del estreno de su última película en el Lincoln Center. Fueron unos días terribles.
Así que, además de que Adán tenía la misma intención observacional en mente, que va más allá del recurso estético de plantar la cámara, de alguna manera romántica, si se puede decir, la idea era encontrar belleza entre tanta basura. Yo, de paso, a nivel personal, quería rendirle tributo a Chantal con esos planos fijos que tanto había disfrutado en sus trabajos y sobre los que tanto nos insistía.
¿Qué lectura haces de la buena acogida que ha tenido?
La verdad es que no nos esperábamos una respuesta tan positiva ni en festivales ni a nivel de premios. Ha sido un viaje muy intenso de cinco años que creo que culminó en enero con el premio Gaudí. Al día siguiente, fui a la estación a despedir a Adán y a la productora, Isa Feliu, y cuando les dije que quizás el viaje ya había acabado, terminamos llorando. Son muchos años, muchas vivencias, muchas emociones. Sabíamos que no estábamos haciendo una película fácil.
La película tiende al vérité y está claro que no es para todo el mundo, aunque el deseo de llegar a una audiencia amplia siempre está ahí. Y más allá de la forma, que se dedique cierta atención a historias que son simplemente humanas, que tocan temas sobre inmigración, globalización, medio ambiente, además de satisfactorio me parece necesario. Cuando te sumerges en estas realidades, ni que sea durante ochenta minutos, reflexionas. No sé si la reflexión lleva a la acción, pero sí creo que sin reflexión, las acciones tienden a carecer de sentido.
¿Cuál ha sido el proceso para levantar la financiación?
Hoy en día es muy complicado. Cuando empezábamos no teníamos muy claro hasta dónde íbamos a llegar. Pero Adán tiene una positividad y una energía enormes que se contagian. Isa se subió enseguida al carro como productora creativa, y fue de mucha ayuda. Luego las horas se empezaban a acumular en la sala de montaje y nos hacía falta un plan. Tampoco sabíamos muy bien hacia dónde iba el documental. Aunque no teníamos fondos, seguimos grabando. Sobre todo Adán, que después de un año de rodaje, prácticamente vivía allí.
Para conseguir fondos editamos un teaser de cinco minutos que acompañaría a los dossiers. Entonces, para ganar algo de tiempo, se me ocurrió la idea de montar un cortometraje. El corto fue muy bien, lo nominaron al Goya y nos sirvió para conseguir apoyos y algo de dinero en premios. Creamos también una relación con ciertos festivales, que se volcaron con nosotros cuando supieron que hacíamos el largo. Mientras tanto, las cosas evolucionaban en Sure We Can y Ana se despidió del centro, algo que para nosotros significó el fin del rodaje.
¿Con qué complicidades habéis contado?
Los primeros en apoyarnos fueron los compañeros de la International Documentary Association (IDA) con la beca del cineasta Pare Lorentz, que suele dar apoyo a proyectos de carácter social. Isa hizo un gran trabajo con la solicitud y nos dio un impulso tremendo. A eso siguió la ayuda del Sundance Documentary Fund. Había conocido a la directora del Festival de Sundance, Tabitha Jackson, un par de años antes en otro festival muy interesante, el True/False de Columbia. Había un programa para directores con primera peli llamado Swami. Ella era una de las tutoras. Conversamos, le dije que había estado en Sundance un par de veces con cortometrajes y me animó a que cuando tuviera un nuevo proyecto lo enviara al fondo. Evidentemente, creo que si el proyecto no hubiera tenido potencial sobre el papel, no nos hubieran dado la ayuda, pero es muy importante acudir a festivales y tejer este tipo de relaciones.
Luego Adán, con su productora, Jaibo Films, puso el músculo y la base jurídica para materializar otro tipo de ayudas que fueron claves, como las de la Comunitat Valenciana, ventas de derechos a televisiones, etc. Y por último, a nivel creativo, contamos con el apoyo de festivales como DocumentaMadrid, que se enamoraron del proyecto y lo presentamos a la primera edición de la incubadora Corte Final. Abycine Lanza también nos ayudó mucho, así como el festival de Guadalajara en México, al seleccionarlo en la sección de Industria. Y bueno, en mi tierra pues Medimed Doc Market, Inicia Films y Catalan Films también nos echaron una mano.

Los académicos catalanes han reconocido el documental como el mejor de 2019. ¿Lo esperabas?
No, para nada. Los trabajos de los otros tres nominados eran estupendos. Al ser académico los había visto todos y me dio la sensación que, no ya solo por calidad, sino por temática, podían interesar mucho más al resto de ‘companys de l’Acadèmia’. Personalmente, siendo natural del barrio gótico, y habiendo visto Barcelona cambiar drásticamente durante más de treinta años –los últimos diez ya no tanto, pues los he pasado en Nueva York con idas y venidas– conecté mucho con City for sale, de Laura Álvarez. Me pareció un trabajo extraordinario y necesario. Además estaba producido por Loris Omedes, que es una eminencia del cine social en nuestro país y a quien admiro muchísimo…
Luego, el documental sobre Peret: yo soy la rumba, de Paloma Zapata, con los testimonios de su familia, la recreación dramática de ciertas escenas, me gustó mucho. Y pensé que al tratar un icono de la cultura catalana, también tenía muchas posibilidades. Por último, lo que hicieron los compañeros de Idrissa, crónica de una muerte cualquiera, trascendiendo el propio documental para cambiar la historia real con una campaña de recogida de fondos para repatriar su cuerpo, y además sobre un tema tan delicado, me dejó sin palabras. Así que lo último que esperaba era que nos dieran el premio. Además, después de ganar con el corto Godka Cirka en 2014 y después de otras dos nominaciones, el karma me decía que se lo merecían otros. Al final poco importa, ganamos todos.
El cuarto reino habla de la decepción frente a una realidad distinta a la que uno espera. ¿Podríamos hacer un paralelismo con la crudeza que descubrimos cuando nos enfrentamos a las servidumbres del capitalismo?
Supongo que sí. A nivel conceptual, Adán y yo habíamos hablado de temas como el fin de la modernidad o del fracaso del progreso, y entre cervezas nos tirábamos torpemente el uno al otro lo que creíamos haber entendido sobre las ideas de Vattimo, Habermas o Benjamin. Es ahí donde tomaron forma esos videos de los ‘maravillosos años 50’ que utilizamos en la película. Después de la Segunda Guerra Mundial es cuando el sueño americano llega a su plenitud. Se realiza, aderezado con todos los avances que nos ha traído la ciencia, aplicada sobre todo con fines bélicos, pero ahora al servicio de la gente común.
Ya no es el arduo y trabajoso sueño americano de la fiebre del oro; ahora el plástico se ha erigido como el nuevo adalid en ese cuarto reino, más allá del reino mineral, del vegetal y del animal. Ha llegado para salvarnos con la promesa de una vida más fácil y cómoda, o eso pensábamos. En verdad, el epítome de la contradicción destructiva que encierra el progreso ya había llegado unos años antes con Hiroshima y Nagasaki. Pero es a partir de esos videos, totalmente propagandísticos, envueltos en un halo de inocente felicidad, que además inculcan esa cultura de mirar hacia el otro lado, lo que nos lleva a cuestionarnos qué está pasando hoy en día con ese supuesto sueño que nos han vendido.
¿Por qué elegís centraros en ese tema?
La hipocresía frente al ‘indocumentado’ es increíble. Sirva echar un ojo a lo que sucede entre el IRS (lo que viene a ser hacienda) y las agencias del Departamento de Inmigración al no cruzar los datos. Algún malpensado pudiera suponer que quizás es porque las contribuciones que hacen los ‘sin papeles’ al pagar impuestos son mucho más provechosas que el reportarlos y extraditarlos. Todo esto nos lleva a pensar que, en un país fundado sobre una esclavitud ya abolida convertida ahora en capitalismo, la intención entonces nunca fue deshacerse del inmigrante ilegal, si no mantenerlo y perpetuarlo en su estatus para siempre.
Estados Unidos necesita al ‘illegal allien’, al extraterrestre, para que haga todo aquello que los otros tataranietos de inmigrantes ya no están dispuesto a hacer, posiblemente con vistas en mantener esa comodidad que el progreso nos ha prometido, y nos preguntamos si no será esa la verdadera condición humana. A partir de aquí, con la certeza de que nadie debería ser ilegal y con la distopía ultracapitalista en la que vivimos, con la globalización, con la ciudad de las oportunidades de decorado, con Trump frente al teléfono rojo y la crisis climática en el ambiente, Adán y yo, desde nuestra posición de inmigrantes europeos con pocos problemas, seguimos bebiendo cervezas.
¿Qué hay de ti en el documental?
Como digo, lo acordamos juntos con Adán. Él debe tener sus propias pulsiones y llegamos a ese lugar de encuentro de las suyas con las mías. Sobre lo que hay de mí, pues como persona con una discapacidad, tiendo a buscar historias relacionadas con la incapacidad. Es un concepto muy poliédrico, pues encuentras situaciones, personas, o mundos que, bajo una aparente normalidad, se mueven en parámetros extremamente disfuncionales.
No me interesa mostrarlos para que la gente los juzgue, ni siquiera pretendo juzgarlos yo mismo más allá de lo que piense o deje de pensar, que al fin y al cabo es una opinión que no le interesa a nadie. No sé muy bien tampoco por qué tiendo hacia este terreno, pero quizás la intención sea comunicar algo muy simple para sentirme mejor, más incluido, o menos raro: que todos tenemos discapacidades.
Produces, diriges, eres técnico de sonido, cámara, y guionista del documental. ¿Prefieres tener el control total, o es por optimizar los recursos?
Intenté aprender todo lo que puede trabajando en todos los puestos a los que me dieron acceso, sobre todo en cortometrajes, donde la gente se la juega menos. Desde becario a asistente de producción, sonidista, foquista, ayudante de dirección, guionista, montador, director de fotografía, productor, actor, colorista y, por supuesto, editor, que es lo que al final acaba pagando mis facturas. Por otro lado, en las producciones indies que hacemos, al no haber dinero de por medio, me toca hacer un poco de todo.
Sí que hay aspectos en los que soy más tiquismiquis, como el montaje, que para mí es donde se acaba haciendo la película, especialmente si es un documental, y sobre todo también porque es un territorio en el que me siento muy cómodo y con mucha confianza. También me gusta meterle mano al color y básicamente controlar toda la parte de postproducción en general.

¿Has visto cumplido tu sueño?
Empecé haciendo cortometrajes como diversión, sin medios, hace más de veinte años, y el espíritu sigue siendo el mismo. En mi caso, las cosas siempre han sucedido muy poco a poco. Sin darte cuenta, después de unas tardes de grabación y edición con amigos pues te ves con un corto proyectándose en un bar; la gente habla contigo, compartes ideas. Después, con otro trabajo, te encuentras en un festival, en una sala más adecuada para la proyección. Conoces a otra gente, que de alguna manera es como tú. Pero te sientes reconocido como parte de una comunidad.
Otro día te ves en una masterclass con Mike Leigh, otro escuchando a Atom Egoyan, otro aprendiendo de Chantal Akerman, y de ahí presentando un corto en el Film Archives –el cine de Jonas Mekas – y charlando con él. O estrechando la mano de Robert Redford en Sundance, todo con una bizarra extrañeza, por el simple hecho de haber intentado comunicar algo a través de una cámara. Conocer a gente que admiras y te inspira es algo muy revelador. Conversas, sigues creando, te encierras, escribes, investigas, entrevistas a otra gente, conoces nuevas culturas, otros lugares. Todo este proceso es muy interesante y creo que es el sueño en sí mismo.
Para mí fue muy especial el estreno comercial de Thy Father’s Chair en Nueva York. Cuando vi las icónicas letras que ponen a la salida del cine, sobre esos banners luminosos… ya sé que es cursi, pero me emocioné un poco. Además llevaba a cuestas a mi hijo mediano y lo hizo todo aún más personal. Lo mismo sucedió el año pasado con El cuarto reino, cuando DOC NYC la pasó en un conocido cine del centro de la ciudad, con mi hijo pequeño a cuestas y todo el personal de Sure We Can en la sala viéndose en la pantalla. Cuando pasamos la peli en Barcelona en fin de año y mi hija mayor, a la que no veo muy a menudo, pudo venir, fue muy emocionante. Son momentos que condensan todo lo que tienes dentro en un instante. No sé si son sueños cumplidos, pero sí son momentos envueltos de una extraña irrealidad parecida a la que sientes cuando duermes.
Cuéntame cómo has vivido el proceso de adaptación en ‘el país de las oportunidades’.
Ser inmigrante te hace más humilde y te cambia la perspectiva de muchas cosas. Creo que te vuelves un poco apátrida, pero el cariño por tu lugar de procedencia sigue ahí. Aprendes a aceptar y renegar de ciertas cosas. En mi caso, la decepción y el desapego ha sido con los nacionalismos; tanto en España como en Estados Unidos hay demasiada testosterona con estos temas, creo que es absurdo. Nos utilizan a nivel emocional, nos separan, nos debilitan y nos aíslan. No escogemos donde nacemos, y a veces incluso nos cuesta escoger dónde queremos vivir. Acabamos en lugares que, por unas circunstancias u otras, nos atrapan, normalmente por la posibilidad de sacar una vida adelante.
La adaptación aquí no fue fácil. A priori, Nueva York es una ciudad de inmigrantes, con gente de todas partes del mundo, así que te sientes como uno más. Da igual lo que hagas, lo que digas, cómo hables inglés. Pasas totalmente desapercibido y te juzgan muy poco –si lo comparamos con lo que he experimentado en España en el pasado. Ahora, cuando vuelvo, me da todo un poco más igual, y depende del lugar, pero sí que creo que en general en España se prejuzga un poquito más, pero también he sido yo el que se ha hecho viejo, así que yo qué sé. Te cuestionas el individualismo intrínseco que tienen, que es algo que en general no me gusta, pues es otra herramienta del capitalismo para sacar rédito económico. Si te aíslas y no tienes una comunidad, pierdes el soporte que esta puede brindarte, y por lo tanto vas a tener que pagar por servicios –que además son carísimos.
¿En qué proyectos trabajas ahora mismo?
Por suerte, durante los dos últimos años he escrito bastante y he acumulado bastante material. Para rodar en España estoy con dos proyectos: yno con Inicia Films, pues a Valérie Delpierre hace mucho que la conozco y ya hemos trabajado juntos, así que esperamos poder levantar una ficción y rodarla el año que viene. No quiero explicar mucho pero también es sobre incapacidades, en este caso aplicadas a las relaciones, y está inspirado en un libro.
Con Euphoria Films, de Lluís Quílez, también llevamos algo muy interesante entre manos. Conseguimos una subvención y junto con mi amigo Alfonso Amador estamos escribiendo el guion. Para rodar aquí, con Martín Rosete estamos preparando una película muy indie sobre un indocumentado. Él es el productor y ya ha encontrado un poco de presupuesto, así que esperemos que suceda. Y luego tengo otro proyecto con Dylan Baker y Campbell Dalglish para rodar un largo de muy bajo presupuesto, pocas localizaciones, pocos actores, casi teatral. También estoy moviendo otros tratamientos y aprovecho tu pregunta para llamar a la puerta de productores curiosos que pudieran estar interesados.
Luego, sobre los que están en marcha, estoy editando una peli que escribí, basada en mi cortometraje Only Solomon Lee y con algunos personajes y localizaciones de El cuarto reino. La dirigió Antonio Tibaldi, protagonizada por Jorge Antonio Guerrero, y estamos muy contentos con lo que vamos viendo. También estoy editando un documental sobre una prisión en una isla, Prison Sea, otro documental sobre un nativo americano que fue asesinado en Oklahoma por la policía y en el que se hace una reflexión de las atrocidades yankees con este pueblo. Estoy produciendo también un documental sobre una fotógrafa croata que vivió en el edificio Westbeth de Nueva York. Este ya lo tenemos rodado y mi amigo Álvaro Cervantes lo está montando con el director, Ivan Peric. A parte de eso, sigo produciendo, grabando y editando para la serie Nueva York, reportajes sobre la comunidad latina en la ciudad.
¿Cuál es tu análisis sobre la producción independiente y los cambios que está sufriendo la industria con el choque entre las nuevas plataformas de SVOD y el modelo de financiación tradicional?
Es un tema complejo. Pienso que las plataformas de suscripción están acumulando poder, que la industria está cambiando y que nuevos activos han encontrado la manera de cambiar las reglas del juego. Como creador de contenido lo veo interesante, pero a fin de cuentas, va a seguir siendo igual de difícil convencer a estas o a una major o a un productor independiente que me adelanten cash para que me produzcan contenido. Los estándares cada vez son más altos, la competencia brutal, y es que algunas ya ni siquiera compran y solo se limitan a la producción propia.
A nivel de presupuestos me parece bien que los costes de distribución se vean drásticamente recortados, pues a través de internet pueden verse de forma global. Ese pastizal que se ahorran se puede utilizar para generar más contenidos, pero por otro lado, personalmente me entristecería que se perdieran los estrenos en cines. Por lo demás, las buenas historias seguirán ahí, y creo que hoy en día se puede crear desde lo local, pensando en una audiencia global, que es algo que me parece que buscan estas nuevas plataformas. Para muestra, lo que ha sucedido con Parasite en los Oscars.
Su anterior película, Okja, ya creó mucha controversia por la implicación de Netflix. Hay todo un sistema que necesitará adaptarse y que creo que ofrecerá oportunidades muy interesantes. No soy optimista: acceder al dinero siempre será complicado. No importa que lo pidas al ICAA, a una televisión, a un fondo de inversores o una plataforma. Es muy difícil. Por otro lado, se pueden seguir haciendo cosas muy personales, con presupuestos muy ajustados, y al margen de todo este tinglado. Esa liga también me interesa.

“Intento hacer cosas que me gusten, que conecten conmigo, y siempre pienso que, aunque únicos, no somos tan especiales, y va a haber mucha gente como yo que se identifique con lo que a mí me gusta. Así que no pienso mucho en la aceptación.”
¿Cuándo decidiste contar historias como modus vivendi?
Surgió durante la adolescencia. A mí me interesaban la biología y la astrología. Pero era muy malo con las mates y un profe me dijo que si continuaba en ciencias, jamás aprobaría la selectividad. Ese año me quedaron seis para septiembre, y en el psicotécnico del instituto me recomendaban que me dedicara a estudios de arquitectura de tipo bajo. Mis padres se decepcionaron mucho conmigo, pues pensaron que el colegio les recomendaba que su hijo fuera paleta y se montó un gran pitostio en casa.
Visto con perspectiva, mis abuelas eran analfabetas y mis padres no habían acabado el instituto. Para ellos era muy importante que sus hijos tuvieran estudios. Sin desmerecer a nadie, como sabía que si me cambiaba de ciencias a letras para aprobar me valdría con empollar, pues eso hice, sobre todo para escurrir el bulto. Ahí empecé a escribir mucho, sobre todo poesías cursis, y a grabar con una cámara vídeo8 imágenes que ilustraran los poemas. Luego las montaba con dos vídeos en una cinta VHS. Ahora parece algo normal, pero en el pasado, cuando los profesores te pedían un trabajo, lo que querían era que les escribieras algo, a máquina y a doble espacio. Una profesora aceptaba mis cintas VHS y eso me dio mucha vida en el instituto.
Eso debió suponer mucho para ti.
Supongo que ese fue el momento, un momento de introspección durante la adolescencia viniendo de una infancia con bastantes problemas de salud que me habían privado de hacer otras cosas. Ahí tienes muchas historias en la cabeza que eclosionaron y pensé que podía dedicarme al arte. Probé pero suspendí el examen de bellas artes. Recuerdo que mi padre se alegró, pues no quería que acabara pintando en las Ramblas y me insistía en que hiciera derecho.
Mis otras dos opciones eran psicología y comunicación audiovisual en una universidad privada –en aquel entonces eran seis mil euros al año. Una barbaridad que en casa no se podía asumir, pues teníamos una situación económica complicada. Pero si te hacías becario y trabajabas para la facultad, costaba la mitad. Así que mis padres me ayudaron, y entre eso y lo que hacía trabajando en una tienda de música en el Maremagnum los fines de semana, pudimos afrontar la carrera.
Recuerdo que en la universidad, una de tus habilidades era cohesionar al grupo. Creo que conoces bien la complejidad humana. ¿Qué no soportas del ser humano?
La condición humana es muy bestia. A veces pienso que todos somos monstruos, o por lo menos que tenemos el potencial para serlo. Nuestra responsabilidad es aprender a controlar, o por lo menos a canalizar lo que nos deshumaniza y ser conscientes. Podemos fracasar, pero nuestro deber es no dejar de intentarlo. Me molestan particularmente la soberbia, el egoísmo y la crueldad, que llevan al racismo, al fascismo y a la discriminación, a la antesala de la injusticia y a las puertas de los horrores que se viven en el mundo.
Esa habilidad te sirve para hacer el cine que haces. ¿Es así?
Quizás. Como dices, el ser humano es difícil. El fin último es llegar a entendernos. Lo que hago va en la línea de esa búsqueda. Intento hacer cosas que me gusten, que conecten conmigo, y siempre pienso que, aunque únicos, no somos tan especiales, y va a haber mucha gente como yo que se identifique con lo que a mí me gusta. Así que no pienso mucho en la aceptación. Pienso que, si hago algo coherente con lo que soy, habrá una audiencia que se reconozca.
¿Cómo convives con las inseguridades creativas en el momento de escribir o rodar?
De la mejor manera posible, quitándole hierro. He visto a gente con muchísimo talento que no hace nada, que el miedo les puede, y es una pena, pues nos los perdemos. Pienso que hay que quitarse el miedo dándose el gusto y la oportunidad de estrellarse, realizando algunos trabajos sin pensar en el resultado, ya sean brillantes u horribles. Nada de lo que hagas va a ser tu última obra, expresión, o denuncia. El hecho de trabajar con presupuestos muy pequeños supongo que también ayuda a quitarte la presión, pero al final hay algo más de actitud en todo. En NY escuché algo que traducido venía a decir: fracasa, fracasa más, fracasa mejor. Ese es el espíritu.

Desde que empezaste, has visto reconocido tu trabajo. Fuiste finalista de los Oscars Student Academy Awards por tu película Us en 2012 e incluso has recibido seis nominaciones y dos premios NY Emmy por la serie documental Nueva York. Parece que los estadounidenses te quieren… ¿Te van a adoptar?
(Risas) ¡Los estadounidenses, y encima en plural! Qué va, el único norteamericano que me quiere –y solo cuando estoy de buen humor–, es Erin, la madre de mis dos hijos pequeños. Por el resto, nada de adoptarme, pues todavía estoy con visados para arriba y para abajo, cruzando el Atlántico cada tanto para renovarlos. Al venir con una beca Fulbright, firmé un contrato que me obligaba a pasar dos años fuera del país antes de poder tener acceso a una Greencard o futura ciudadanía. No me sirve ni casarme. Así que cada vez que salgo del país voy descontando días, pero soy un inmigrante más.
El día que a Trump le dé por eliminar los visados para artistas, tendré que hacer las maletas y pasar los meses que me quedan fuera antes de poder volver. Por otro lado, lo de los premios, al final, son cosas circunstanciales. Siempre digo que no hay ni que merecerlos ni desearlos. Al final hay unos nominados que han trabajado duro, y a alguien le tiene que tocar.
Truffaut decía: “Siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida misma”. ¿Estás de acuerdo?
Me encanta el cine de Truffaut, pero no estoy del todo de acuerdo. Entiendo el deseo, pero si estuviera vivo y pudiera conversar con él, seguramente en tono chanante y parafraseando a Joaquín Reyes en testimonios de Tim Burton, le diría, ¿es que hay que elegir? Ese reflejo es a lo que aspiramos con lo que hacemos, con lo que imaginamos, vemos o leemos. Es muy poderoso, por supuesto, pero la vida es el material en crudo, sin intermediarios, a través de tu percepción y en tu cabeza. Prefiero mirarla de las dos maneras, a través del reflejo y en directo, aunque en ocasiones pueda parecer aburrida.
¿Puedes compartir con el lector un recuerdo importante de tu infancia?
Es un recuerdo triste. Cuando hacía segundo de EGB en el Calassanci del barrio gótico, por las tardes me quedaba jugando a ajedrez con la Montiel, una profesora que, si te portabas mal, te ataba a la silla con el cinturón de la bata y te daba unos carquiñoles con el puño cerrado y toda la piedra del anillo en el cogote. Aun así era muy querida por todos. Yo, como tenía un asma muy severa, no podía jugar al fútbol o al baloncesto como los otros niños, así que aquella era la actividad extraescolar que me tocaba.
Ese día había llevado unos gusanos de seda a clase, y no fue muy buena idea. Mi yaya, que vivía con nosotros, había intentado deshacerse de ellos, pues creía fervientemente que los animalucos que no servían para alimentar, ni que fuera el alma, no deberían existir. El caso es que a Montiel no le gustó que llevara una caja de zapatos llena de gusanos, y me hizo dejarla en la entrada de la clase, lejos de donde me sentaba. Mientras jugaba mi partida de ajedrez diaria, unos niños más mayores abrieron la caja y empezaron a agarrar gusanos, a tirarlos al suelo y a pisarlos. Corrí y salvé los que pude. Me fui para casa, y llegué llorando.
Cuidé de ellos lo mejor que supe, recogiendo hojas de morera. Cuatro de ellos incluso acabaron tejiendo sus respectivos capullos. Se convirtieron en unas mariposas blancas que, en casa, a excepción de mi hermano Eduard, todo el mundo parecía odiar. Las mariposas pusieron huevos por toda la caja y yo, en lugar de obedecer a mis padres, las escondí en un armario pensando que las estaba salvando. Las miraba cada día antes de ir a dormir.
Un día, al volver del colegio, vi un rastro de hormiguitas en el pasillo. Me pareció curioso, lo seguí y llegaba hasta el armario. Al abrir la puerta vi que cientos de ellas se colaban por los pequeños agujeros que había hecho para que pudieran respirar las mariposas. Al abrir la caja… no te puedes imaginar. Solo quedaban las alas, y las hormiguitas se estaban llevando hasta los huevitos. Una carnicería y todo muy traumático. Tengo que hablar con mi psicóloga para ver qué relación tiene esto con el resto de mi vida.

Texto
Sergi Doladé
Retrato
Carmen Vidal Balanzat

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