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 “La vida y toda cadena, a través de nuestro dolor, empieza por latón y termina con flores”, describió Víctor Hugo en uno de sus poemas en honor a la naturaleza. La belleza y la muerte son dos hermanas enigmáticas, son sombra y luz. Atraen y a su vez atemorizan. Las flores son una representación de este misterio; un símbolo de belleza y caducidad.

La fascinación de los artistas por las flores se ha traducido a lo largo de la historia como un intento de inmortalizar su belleza. El fotógrafo de moda Nick Knight ha demostrado varias veces su atracción por la trágica belleza de la flora: “Una vez las rosas están completamente abiertas, anuncian su inminente muerte.” Sin embargo, su transitoriedad no ha sido el único motivo de interés. Mientras artistas como Nobuyoshi Araki han destacado su connotación erótica, otros han visto en las plantas una referencia para creaciones arquitectónicas.

El libro Plantas parece ser un jardín de 300 imágenes, algunas ceñidas a la realidad y otras interpretaciones de ésta. Desde el manuscrito medieval más antiguo que ha llegado hasta nuestros días, fechado en 512 d. C.; pasando por acuarelas realizadas durante la expedición que James Cook hizo en Australia, hasta llegar al innovador escáner electrónico de barrido de la planta del cannabis realizado por Ted Kinsman. Plantas explora el papel de la botánica en nuestra historia y cultura. Pueden verse obras de grandes nombres como Leonardo Da Vinci, Vincent van Gogh, Katsushika Hokusai, Georgia O’Keeffe o Marc Quinn.

Las obras están organizadas por parejas con similitudes o contrastes que provocan yuxtaposiciones. La representación tridimensional de una rosa digital del artista contemporáneo Macoto Murayama une botánica y arquitectura. Esta rosa futurista contrasta al lado de la rosa realista grabada a mano por Pierre-Joseph Redouté en 1820. Por otro lado, se aprecian similitudes entre obras a través de los años. Una xilografía y manuscrito sobre papel de 1920 del botanista Iwasaki Tsunemasa nos muestra una amapola poco realista de colores exagerados. A su lado, un acrílico de Yayoi Kusama con su característico punteado. El cuadro presenta unas flores no identificadas con similitudes a las anteriores y refleja la atmosfera sombría del devastado Japón después del tsunami en 2011.

En su conjunto, el libro termina convirtiéndose en una cápsula del tiempo que atrapa vida y belleza. Demuestra cómo en la naturaleza los humanos vemos reflejada nuestra propia comprensión del mundo y nuestra propia existencia.

Texto
Jasmina Avellanedas

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