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Escribía no hace mucho que cada vez que empiezas a trabajar en un número de la revista éste no es más que una incógnita que poco a poco se va desvelando a medida que avanzas hasta el instante último de imprimir. El resultado final no es solo lo que se ve impreso; el resultado, al menos para todos aquellos que han estado inmersos en el proceso de creación, es también todo lo que no se ve, lo que hay detrás, es todo lo que se ha quedado por el camino, las discusiones de redacción, los debates enfrentados, las fotos descartadas y un sinfín de cosas más que cualquiera que esté leyendo esto ahora y haya estado en esta misma situación reconocerá posiblemente con gesto cómplice.

Diré más, si el resultado de cada edición se midiera por la agitación interna que provoca su gestación y posterior desarrollo, éste sería sin duda un número redondo y no solo numéricamente. Nuestro mejor número hasta la fecha. El no va más. Evidentemente no lo es – el mejor siempre está por llegar – y posiblemente sea tan imperfecto como todos los demás, pero desde luego sí ha servido para generar un diálogo tan interesante como enriquecedor. Espero que el poso de todo esto haya quedado en estas páginas.

No podía ser de otra forma cuando la tarea a la que nos enfrentábamos era todo menos sencilla: reflexionar sobre algo tan intangible y emocional como la belleza, explorar la belleza y sus márgenes. ¿Quién decide lo que es bello y no lo es? ¿Qué línea invisible separa la belleza de la fealdad? ¿Podemos sentirnos atraídos por una imagen y admirar su belleza aún reconociendo en ella conceptos tan poco bellos como el horror, la guerra o la mutilación? Es Inge Grognard, maquilladora cuya carrera ha discurrido muy ligada a la moda belga, quien nos habla del trabajo del artista irlandés Richard Mosse. Mosse estuvo representando a su país en la última Bienal de Venecia y fue uno de los nombres que aparecieron en los primeros esbozos de este número. Sus fotografías de la guerra del Congo disparadas en película infrarroja componen un espléndido trabajo en tonos rojizos y rosas tan preciosista y hermoso como aterrador. Lamentablemente Mosse al final no aparece en este número, pero todo se andará.

Por motivos diferentes a las fotos de Mosse el trabajo de Asger Carslen también se mueve en terrenos fronterizos. Sus fotografías manipuladas de cuerpos imposibles causan asombro y pueden llegar a provocar el rechazo en quien las ve. Y sin embargo muchas de sus imágenes tremendamente perturbadoras son también de una belleza difícil de asimilar. “Some pieces are beautiful to me, even if some people may find them repulsive”, dice él. ¿Dónde estaría el límite entonces? “En no herir los sentimientos de nadie”. Cuestiones morales aparte, al final como dice Erwin Wurm unas cuantas páginas más allá de Asger, “Wheter something is pretty or not depends entirely on the perspective that the observer has on the subject”. Lo que ocurre es que a veces las perspectivas acaban sesgadas a causa de las convenciones morales, sociales, religiosas o estéticas que nos impiden muchas veces ir más allá, acercarnos a lo que nos rodea libres de prejuicios, o hacer lo que nos venga en gana por muy libres y modernos que nos creamos. Solo así se explica que cuando alguien traspasa la barrera como hizo Rick Owens la pasada Fashion Week de Paris se cree tal revuelo. “We're rejecting conventional beauty, creating our own beauty”, dijo el diseñador tras el desfile.

Diversidad, diferencia, riesgo, imperfección son palabras que nos gusta asociar a la belleza en lugar de otras como estereotipo, ortodoxia o canon. “Things that feel perfect tend to feel less interesting to me,” nos dice Nick Knight, y hacemos nuestras sus palabras. Este número no quiere ser un tratado sobre la belleza, simplemente es un apunte de los muchos que se podrían haber hecho. Bienvenidos a nuestro número treinta.

Texto
Yolanda Muelas

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