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Mientras los creadores internacionales se instalan en la experimentación, encadenando temporadas de beneficios y logrando que la moda avance en direcciones muy dispares, Mercedes Benz Fashion Week Madrid (MBFWM) se ha estancado en la feria de muestras madrileña (Ifema). La principal cita española con la moda se muestra incapaz de servir ni de puerta de acceso al mercado para diseñadores consolidados – algunos de los cuales atraviesan serias dificultades económicas–, ni de lanzar al estrellato a nuevos creadores, cuya fugaz repercusión en los medios nacionales no necesariamente se traduce en ventas. Por si esto fuera poco, la dirección de la muestra permanece anclada en la continuidad, tal y como demuestra la concesión del premio del certamen por segunda vez consecutiva al diseñador Juan Vidal, lo cual debería servir tanto para halagar al creador alicantino como para espabilar al resto de participantes.

La poca solvencia de las empresas que desfilan en la muestra y el reciente anuncio de inversión en Devota & Lomba por parte del grupo Kangaroos, han probado la necesidad de contar con un socio capitalista. Cuca Solana, directora de MBFWM, afirma que tener un inversor es imprescindible para los diseñadores. “A medida que pasa el tiempo aumentan los inversores y los industriales se van fijando en los diseñadores. Es un proceso lento pero va creciendo cada año”. El diseñador Juan Vidal asegura: “Es muy lento y costoso hacer todo por tu cuenta y llega un momento en el que no se puede crecer más. Al final se hace y se vende lo que se puede, y eso lleva al estancamiento. Para que las cosas crezcan hace falta un inversor que amplíe plantilla y venta, lo cual acaba siendo beneficioso para la creatividad del diseñador”.

Al margen de las limitaciones económicas y la aparente indiferencia a las críticas por parte de la organización de MBFWM, existen algunos creadores que han ofrecido colecciones impecables y presentaciones dotadas de una insólita belleza. Duyos regaló uno de los mejores momentos de esta edición mediante una refinada colección construida a base de quince mantones de manila de los años veinte, cuya delicadeza contrastaba con otras piezas de piel. La música de Manuel de Falla contribuyó a incrementar la sofisticación del pase, una alternativa altamente preferible a la música poligonera imperante en la mayoría de los desfiles, que lejos de incitar a la ensoñación, recuerda la naturaleza del recinto.

Roberto López Etxeberría, recientemente denominado uno de los diseñadores a no perder de vista por el portal de referencia Women's Wear Daily (WWD), es el único creador español que se distancia de las normas preestablecidas en la moda y se acerca al mundo de los sentimientos, guiado por una aproximación muy personal al oficio. El público desea que se juegue con sus emociones cuando acude al cine o al teatro y si los desfiles se acercan a la industria del entretenimiento, sería preferible que estuvieran dotados de un componente emocional en lugar de limitarse a simples presentaciones. Su rotunda colección, dotada de pieles que parecían labradas y vivas gracias a modelos que no responden a los cánones de belleza tradicionales, ha protagonizado uno de los pases más emocionantes.

América nunca ha sido tan apetecible como en la colección de Ana Locking, que por cuarta vez consecutiva destina su talento al público norteamericano y mantiene una aproximación a la moda muy contemporánea e inédita en España. En medio de un panorama creativo aterrado por el descenso de ventas y estancado en la seguridad, ilusiona ver a creadores que apuestan fuerte y se instalan en el riesgo. Pese a que absolutamente nadie junta prendas horteras –léase vestido de algodón grueso con paillettes y plumas– tan bien como ella logrando incluso que el resultado sea altamente deseable, esta vez Ana ha recargado su lenguaje hasta el exceso y no ha facturado su mejor colección.

Si el trabajo de un buen diseñador consiste en convencer a una clientela determinada de que desea sus prendas, aunque no las necesite, Juan Vidal ha comprendido perfectamente su labor. Pese a su juventud, ha ganado los premios más importantes, armándose con astucia de las reglas de la industria y de la mano de obra del taller de confección familiar. “Los premios suponen una energía que he intentado plasmar en la colección. Me ha aportado seguridad y ha permitido licencias que antes parecían imposibles, ayudándome a esforzarme más y estar más perceptivo ante lo que sucede alrededor”, nos decía poco antes de ganar el galardón de esta edición.

“Tiene algo de mediterráneo todo lo que hago porque influye la forma en la que veo el mundo y las mujeres que me rodean”, afirma el alicantino, que ha construido la imagen de su firma en torno a la sensualidad mediterránea, realizando colecciones especialmente codiciables para el público extranjero, al cual promete el perenne ideal carnal y cálido del sur. No extraña que su nueva colección insista en el mismo concepto que tantas bondades le ha reportado. “Ahora nos vamos a Tranoi y a través de esta feria estamos vendiendo en Londres, Holanda, Italia, España, países árabes…”.

María Escoté, otra española que este año estará presente en Tranoi, ha confirmado el oeste norteamericano como uno de los temas de la temporada. Su particular universo, dotado de una poderosa estética juvenil y macarra, estaba destinado esta vez a modernizar el lejano oeste mediante vestidos de estampados, sudaderas en llamas y chaquetas moteras repletas de flecos. Por otro lado, Carlos Díez ha firmado una propuesta dirigida por el concepto más elaborado de esta edición –la huída y el atuendo que se emplea para escapar–, curiosamente relacionado con el sentir general de gran parte de nuestro país.

Martín Lamothe, formada en la reputada escuela de diseño Saint Martins, siempre muestra propuestas alentadoras. En esta ocasión exploraba el atuendo de las brujas, un concepto que sin embargo va diluyéndose según avanza la colección y acaba transformado en vaporosos vestidos. Sus complejos tejidos, que la diseñadora gallega patenta y comercializa entre otras empresas, requieren hasta cuatro meses de elaboración. Otro talento que siempre anima las jornadas en el pabellón catorce de Ifema es David Delfín, que continúa abarcando su profesión de una forma muy personal pero ha perdido gran parte del espíritu transgresor que le catapultó a la fama. El acercamiento entre géneros y el resto de los temas que le preocupan, volvieron a estar presente en un repertorio dotado de una noción del color realmente singular y una identidad reconocible a distancia.

Mención aparte merece el espectáculo de variedades de Andrés Sardá, los disfraces de Francis Montesinos, los vestidos de certamen de belleza de Hannibal Laguna, la inexplicable excentricidad de Agatha Ruiz de la Prada y, junto a ellos, un largo listado de nombres cuya presencia en la cita convierte las jornadas en plúmbeas e inacabables.

TEXTO
GUILLERMO AROCA

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