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Lo sé, escribo este texto desde el fervor absoluto. Ya han pasado unos días desde que Alessandro Michele presentara en Londres su colección crucero 2017 para Gucci, los suficientes para distanciarse un poco, los suficientes para evitar superlativos innecesarios. Pero me temo que no va a ser posible. Lo del pasado jueves en la Abadía de Westminster fue sencillamente magistral. Sublime. Mágico.


Ni en nuestros sueños más dulces hubiésemos imaginado un desfile de moda en un lugar tan exclusivo como Westminster con los modelos desfilando arropados por las voces del coro de la abadía. Y sin embargo ahora, parece imposible que hubiese podido suceder en cualquier otro lugar. La colección que vimos en Londres es un sentido y particular homenaje a esa Inglaterra tan querida por el diseñador. Un recorrido por diferentes épocas, estilos y emblemas que en manos de otro podría haber quedado reducido a un puñado de lugares comunes cercano al bostezo, pero que en manos de Michele se convierte en un espectacular caos multicolor que hace bueno aquello del más es más. O del demasiado nunca es suficiente. Que es lo que nos pasa a muchos de nosotros con él, que vimos casi cien salidas, pero bien podríamos haber visto otras cien más. Y, cuidado, digo caos, pero vamos a poner eso entre comillas: caos porque no sé cómo calificar ese despliegue arrollador de detalles, esa mezcla improbable, pero a la vista está que no imposible, de texturas, tejidos, estampados, siluetas, colores, referencias, apliques, accesorios y suma y sigue, que es lo que hace de su trabajo algo tan especial y maravilloso. Habrá quien lo llame pastiche, pues mira, por qué no. Clarividencia, también. ¿Quién iba a decirlo unos cuantos años atrás? Que Gucci formaría parte del selecto grupo que acabaría no solo abanderando esa nueva estética que desde hace ya tiempo lucha por romper fronteras y prejuicios, sino abanderando también una nueva forma de pensar y hacer moda, de reinterpretar el lujo; que acabaría siendo el espejo donde las generaciones más jóvenes e inquietas buscan reflejarse. Pero nos estamos adelantando, ¿hablábamos de caos?


En realidad no. Ya no refiriéndonos solo a la colección sino al desfile en sí, donde todo estaba absolutamente calculado al milímetro. Nada de lo que vimos el pasado 2 de junio fue fruto del azar. Empezando por esos preciosos cojines repletos de animales que llevaron a la pasarela el Bestiario de Westminster, el códice más importante de la abadía, animales que también aparecen en algunas de las prendas, y acabando por la fecha del desfile: justo el 2 de junio, 63 años atrás, fue coronada la reina Isabel II en el mismo lugar en el que ahora desfilaban las modelos luciendo prendas de tartán y la bandera de la Union Jack a modo de sudadera. ¿Se puede hilar más fino?

El resto, lo habréis visto ya mil veces en las fotos: mucho tartán, sí, de diferentes colores y tamaños, maravillosos estampados de flores en recuerdo de los jardines londinenses, siluetas victorianas con cierto punto de descoque, referencias al punk sobre todo en los chicos con esas tachuelas en las cazadoras, las botas y los tejanos desteñidos, pero también referencias menos obvias a otros movimientos juveniles eminentemente británicos como los suedeheads de finales de los 60 principios de los 70, bastante rollito nerd con gafas enormes, accesorios a tutiplén, el college más pijo con esos niños de clase bien, y ese punto viejuno a ratos, muy patente aquí con el pañuelo atado a la barbilla en algunas modelos, que en el fondo no deja de ser otro homenaje a la reina. ¿Y de verdad puede eso convertir a Gucci en LA FIRMA a tener en cuenta? Esa no es la pregunta, la pregunta es: ¿cómo no podría?


Pero es que hay más. Porque más allá de las prendas, más allá de las colecciones, más allá de la forma, está el fondo. Pudiera suceder, y seguramente disfrutaríamos igual ante tal despliegue de talento, que estuviésemos simplemente ante un lavado estético, un rejuvenecimiento externo, ciertamente necesario, que no se cuestionase nada a nivel más profundo. Pero no es el caso. Alessandro Michele está llevando a cabo una auténtica revolución dentro de Gucci, que va desde los detalles más minúsculos, por ejemplo, ni rastro de notas de prensa, ni nada que se le parezca, donde se expliquen el desfile y la colección, a otros de mucha más envergadura que definen muy bien su apuesta estilística y su posicionamiento frente a la industria y el mercado, como unir en un solo desfile las temporadas de hombre o mujer, o suprimir los manidos y aburridísimos photocalls, algo que bien podrían tomar como ejemplo otros creadores, de los eventos importantes y de las fiestas. Por cierto, fantástica la que organizaron después del desfile, donde de nuevo diferentes iconos británicos, en este caso de la música, brillaron con luz propia, de Jarvis Cocker a Annie Lennox pasando por Andy Weatherall, Steve Mackey o The Horrors.

A dónde le llevarán sus decisiones solo el tiempo lo dirá, pero de momento sus colecciones, de una coherencia incuestionable, están llamadas a convertirse en una guía de estilo indispensable para todos aquellos que buscan nuevos referentes en los que verse reafirmados.

Texto
Yolanda Muelas

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