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Concebida en diálogo con el artista, por primera vez en Francia, La Bourse de Commerce de la Colección Pinault y el Centre Pompidou proponen esta muestra –disponible hasta el 6 de junio– a través de una serie de piezas distintivas de la trayectoria de Charles Ray, figura destacada de la escultura estadounidense contemporánea. Un paseo y un paisaje para ser habitado tanto por el cuerpo como por la mente.

Figura notable del arte de nuestro tiempo, el escultor estadounidense Charles Ray está de actualidad cultural. El conjunto de la obra total de Ray se compone de un centenar de esculturas y bajorrelieves, y más de un tercio de su producción escultórica se presenta por primera vez en París; quince en el Pompidou y once en la Bourse de Commerce. Veintiséis esculturas bastan para atrapar al visitante e introducirlo silenciosamente en una nueva forma de ficción. Entre el formalismo y la reflexión sobre la representación y el individuo, Charles Ray juega con la noción de escala, el uso del realismo y la estilización.

Dentro de lo más significativo de la muestra que hemos tenido la oportunidad de visitar sobresalen –y nunca mejor dicho– las archiconocidas mujeres colosales de la serie Fall ‘91. Modeladas en formato maniquí de dos metros y medio de altura, en una pose común de contrapposto (apoyada sobre un pie) y con atuendo original del otoño de 1991 (de ahí el nombre), el resultado es física y psicológicamente intimidante.

En Niño con rana reconocemos una escultura con sutiles reminiscencias a la estatuaria griega y cuya altura consigue alterar el espacio en el que reposa –a menudo el suelo raso, sin base, ni pedestal, ni cordón de seguridad–, una constante en las piezas del autor. Así Ray consigue que sus creaciones interactúen de veras con el espectador, sobre todo por el tamaño del espacio vacío que requieren a su alrededor.

Family Romance, por su parte, exhibe a una familia de cuatro miembros cogidos de la mano. Todos desnudos, los padres muy bajos y los hijos muy altos, conforman un hogar nuclear de lo más aterrador. Acotada en un rincón en el que un cartel avisa que la obra podría herir sensibilidades –y excluida sorprendentemente para ser París del folleto explicativo– se localiza Oh! Charley, Charley, Charley: ocho maniquíes hiperrealistas escenifican una orgía onanista que parece increíblemente de verdad. En Doubting Thomas el mito de la duda es representado por dos jóvenes en forma de sombras blancas corpóreas que, más que amenazar, parecen rebajar la agitación anterior.

Las obras de Charles Ray se basan en un profundo conocimiento de la historia del arte clásico, de la Antigüedad. Están impregnadas de los grandes ejercicios de la estatuaria, del dominio y el juego de sus cánones ineludibles, al tiempo que cobran vida en la historia los temas y los planteamientos del arte contemporáneo más radical. Tanto si la pieza se realiza en acero, fibra de vidrio, aluminio, cemento, papel o acero pulido, la práctica de Ray recurre a diversos procesos, entre el trabajo artesanal y la tecnología industrial avanzada, ocultando siempre su complejidad –a veces vertiginosa– y el tiempo –a menudo muy largo– que necesita para desarrollarse.

Aunque limitada en cantidad, la producción de Charles Ray es extremadamente rica y poderosa. Sus creaciones parten de un interrogante que también traslada al espectador: ¿qué es una escultura? Las respuestas del artista son incontables. Gracias a su inmersión insondable en el arte escultórico, desde las esculturas griegas arcaicas hasta las piezas de sus coetáneos, la obra de Ray se distingue por su inmediatez.

Convertidos en esculturas, los seres y objetos cotidianos que toma como modelos desbaratan sobriamente nuestros puntos de referencia. Mediante la presencia, la masa y la monumentalidad de sus piezas, el artista disfruta haciéndonos mirar dos veces. Más aún: tanto por su extraña familiaridad, su ambigüedad, como por su inenarrable precisión, las esculturas de Charles Ray desestabilizan, como si estuviéramos bajo el efecto de una alucinación, logrando casi hacer temblar el espacio que las rodea, la propia realidad.

El escultor explica cómo a través de su lectura de la obra de Alberto Giacometti y sus figuras colgadas en el espacio llegó a ‘pensar escultóricamente’ en lugar de ‘pensar en la escultura’. Su práctica artística sitúa la cuestión del espacio en el centro de su investigación y ofrece al espectador una experiencia más compleja y misteriosa de la relación con la realidad. Para Charles Ray, la escultura es el medio que establece la relación más privilegiada con el espacio, que explora con mayor eficacia esta tensión física y psíquica.
La muestra de la obra de Charles Ray está disponible hasta el 6 de junio en La Bourse de Commerce de la Colección Pinault y el Centre Pompidou de París.

Texto y fotos
Paco Neumann

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