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Comisariada por Christine Macel –conservadora jefe del Centro Pompidou de París– la exposición central de la 57ª Bienal de Venecia se titula Viva Arte Viva, y es un homenaje a la figura del artista: “Un viaje desde el interior hasta el infinito, a través de una secuencia de transpabellones interconectados”, que evolucionan a través del pabellón central del Giardini y la larga sección llamada Cordería del Arsenale. Asimismo, y como es habitual, se pueden visitar ochenta y cinco pabellones nacionales con sus muestras específicas distribuidos en los edificios individuales históricos que tiene cada país en los Giardini (veintinueve de ellos), en el Arsenale (veinticuatro) y a lo largo de la ciudad (treinta y dos). Todo esto hasta el 26 de noviembre.

El jurado de esta 57a edición de la Bienal, presidido por el español Manuel Borja-Villel –director del Museo Reina Sofía de Madrid–, anunció los ganadores durante la inauguración. Alemania ha sido la galardona por excelencia: el León de Oro al mejor pabellón nacional le ha sido otorgado al país germánico con Faust, de Anne Imhof, que también ha sido la recipiente del premio Absolut. En la exposición central internacional, el León de Oro al mejor artista ha sido adjudicado al también alemán Franz Erhard Walther, de setenta y siete años. El León de Plata a la joven promesa ha recaído sobre el artista egipcio Hassan Khan por su instalación sonora inmersiva Composition for a Public Park. Ya anunciado con anterioridad es el galardón concedido a toda una carrera, que este año ha recaído en Carolee Schneeman, pintora y artista de performance conocida por sus piezas feministas.


Recorrido por Giardini

Comenzamos el recorrido en los pabellones nacionales localizados en Giardini. Por su contenido político-poético destacamos Australia con My Horizon, de Tracey Moffatt, una composición de fotografías y filmes sobre la migración, el asilo, la identidad y la memoria. También Chão de Caça, de Cinthia Marcelle para Brasil, con una instalación imponente a base de guijarros, rejilla metálica, elementos escultóricos y pictóricos, y un video que recuerda una fuga carcelaria. Con su Laboratorio de Dilemas, Grecia y el autor de su video instalación, George Drivas, pretenden reflexionar sobre en el texto de Esquilo Iketides, primer texto conocido sobre personas que buscan asilo, mediante un laberinto en el que el espectador da con filmes y sonidos.

Nos extendemos un poco más en el español ¡Únete! Join us! donde el artista Jordi Colomer, comisariado por el joven Manuel Segade, director del CA2M de Móstoles (Madrid), concibe el pabellón como una instalación, con esculturas/maquetas que se asemejan a los bloques hoteleros de los años 1970 y una serie de vídeos distribuidos a través de los espacios de tránsito. Los vídeos, grabados en Barcelona, Atenas y Nashville son micro relatos, protagonizados por gente anónima que sigue las andanzas de tres mujeres. Una utopía de ciudades en movimiento y comunidades desterritorializadas que contrasta con la distribución decimonónica de esta bienal en pabellones nacionales y estáticos. Además lanza una invitación al público para que se sume a este pabellón nómada, errante, en movimiento, con bandera multicolor apátrida. En contrapunto al pabellón apátrida, Corea del Sur, orgulloso de su nación, presenta un pabellón sobre la relación entre las historias individuales y las historias nacionales.

Dedicados a producciones performativas están los pabellones de Francia con Studio Venezia de Xavier Veilhan, que convierte el espacio en un estudio de grabación con un paisaje interior de madera y tela que se asemeja a la Merzbau (1923) de Kurt Schwitters; la galardona Alemania, con su performance de gran duración (5h) Faust de Anne Imhof, que combina instalación, escenografía, coreografía, dramaturgia, sonido, pintura y objetos en el pabellón donde se ha instalado un suelo de cristal, a más o menos un metro del real y en el que los performers actúan bajo los pies del público; Rusia que con su Theatrum Orbis propone una estructura teatral tanto en concepto como en forma, uniendo para ello escultura, instalación, vídeo y sonido; Austria a su vez combina las locas Esculturas de un Minuto de Erwin Wurm —donde los visitantes pueden acomodarse en la pieza— con las instalaciones lumínicas de Brigitte Kowanz.

Dedicados al arte por el arte, la septuagenaria Phyllida Barlow y Mark Bradford respectivamente en Gran Bretaña y USA ocupan sus pabellones con masivas esculturas y pinturas abstractas y matéricas. Hay que aclarar que Bradford en su razonamiento, le da un significado político a la abstracción… Igualmente formalista es el pabellón nórdico, donde destaca la impresionante escultura Onda Volante del también septuagenario artista noruego Siri Aurdal. Entre el formalismo, el feminismo y la universalidad anda el pabellón suizo. Las mujeres de Venecia presenta grandes esculturas azules y geométricas de Carol Bove en el patio y trabajos de homenaje a Flora Mayo, amante de Giacometti (el artista suizo más famoso del siglo XX) en el París de los 1920.


Lo mejor de Arsenale

Pasando a la segunda sede principal, la antigua sala de armas o Arsenale, hacemos mención de los excelentes pabellones de los países latinos Chile y México. Werken de chileno Bernardo Oyarzún es una instalación de mil máscaras mapuche realizadas por cuarenta artesanos que pertenecen, como el artista, a dicha comunidad indígena. Sobre movimientos migratorios y refugiados va la instalación del mexicano Carlos Amorales que utiliza un lenguaje abstracto para expresar los traumas de la sociedad. En su vídeo, lo que al principio parece una pieza folklórica acaba siendo una familia que huye y que aparece linchada en lugar de bienvenida.

Más temas sociales en Sudáfrica, donde Candice Breitz en su filme Love Story pone en boca de los actores hollywoodienses Alec Baldwin y Julianne Moore los testimonios de seis refugiados de diferentes procedencias y causas. Túnez se dedica a emitir visas de libre circulación Freesa en sus cabinas repartidas por toda Venecia. Çin es la pieza sonora altamente perturbadora que presenta Cevdet Erek para Turquía, una metáfora del dolor y la ambigüedad mediante la resonancia y el zumbido. Jesse Jones usa debates contemporáneos en torno al aborto —todavía ilegal en Irlanda— país al que representa. Sobre colonialismo trata el trabajo en vídeo panorámico de 26 metros y ultra alta definición del pabellón neozelandés de Lisa Reihana, en el que polinesios y europeos visualizan las complejidades de la colonización mediante canciones, danzas y performances.

Magia, tradición, religiosidad y fe en tiempos de crisis es el tema del oscuro pabellónt ialiano Il Mondo Magico, que presenta los trabajos de Roberto Cuoghi, Andreotta Calò y Adelita Husni-Bey. Y finalmente, China, con una abigarrada y ruidosa exposición colectiva se vuelca en las tradiciones milenarias, destacando los espectáculos de sombras.


Pabellones repartidos por la ciudad de Venecia

La cosa no se acaba en las sedes, sino que más una treintena de pabellones se extienden a lo largo y ancho de la isla veneciana, además de múltiples eventos colaterales y exposiciones paralelas.

Cruzando la laguna del Arsenale hacia Arsenale Nuovissimo se encuentra el pabellón del Líbano, donde Zad Moultaka ha ideado ŠamaŠ, un monumental tótem mecánico homenaje al homónimo rey del sol babilónico y al código Hammurabi (1750 a.C.). El espacio totalmente oscuro con el tótem en el centro, emite hermosos cantos y letanías. Y de cánticos a murmullos, la andorrana Eve Ariza, presenta Murmuri, una instalación de más de 9.500 piezas de cerámica de diferentes tonalidades que sugieren los colores de la piel humana y que se convierte en experiencia sensorial cuando cada cuenco revela su propia resonancia. Por su parte Catalunya, presentado como evento colateral, también se dirige al sentido auditivo con La Venecia que no se ve de Antoni Abad. Mediante recorridos guiados por invidentes, se generan magníficos mapas sonoros de la ciudad de los canales.

Para acabar con las naciones, Irak ha ideado la muestra Archaic, donde se exhiben cuarenta objetos antiguos (datados en más de 6100 a.C.) procedentes del Museo Nacional de Irak y recuperados tras el espolio, en diálogo con seis artistas iraquís contemporáneos, dos desaparecidos artistas iraquís de las vanguardias modernas a los que se une Francis Alÿs con una instalación y un video en el que analiza el papel del artista en tiempos de guerra y temas de nomadismo.


La exposición central

La muestra central Viva Arte Viva es un elogio al arte, diseñado con, por y para artistas, sobre las formas que proponen, las preguntas que se hacen, las prácticas que desarrollan y los modos de vida que eligen. Un viaje, como lo llama la comisaria Christine Macel, que se desarrolla a través de nueve capítulos, comenzando con dos partes introductorias en el Pabellón Central de los Giardini, seguidas por otras siete a través del Arsenale. Cada capítulo representa un pabellón en sí, o más bien un transpabellón, ya que la exposición es transnacional, aunque hace eco de la organización histórica de la Bienal en pabellones.

En Viva Arte Viva se presentan 120 artistas de 51 países, 103 de los cuales participan en la bienal por primera vez. Hay artistas septuagenarios y también que no alcanzan la treintena como el suizo Julian Charrière (1987) o el dúo Filipino Katherine Núñez & Issay Rodríguez con tan solo 25 y 26 años respectivamente.

Comenzamos en Giardini, avanzando por los diferentes capítulos como si de la lectura de un libro se tratara, y precisamente hablando de libros, el Pabellón de Artistas y Libros es la primera etapa del viaje. Se presentan obras que muestran espacios de descanso de artistas como el sofá de Franz West, Frances Stark, Vorobyeva & Vorobyev o Mladen Stilinovic; el estudio lleno de objetos de Hassan Sharif o el estudio proyecto participativo/solidario de Olafur Eliasson, que monta un taller donde inmigrantes, a la vista de todos, trabajan en lámparas escultóricas que se venden a 250 euros. Junto a ellos se encuentran grandes nombres como John Waters o Philip Parreno, que pasan sin pena ni gloria, básicamente por los trabajos escogidos.


El capítulo siguiente es el del Pabellón de Alegrías y Miedos, temas subjetivos íntimos muy tratados por los artistas. Destacan Tibor Hajas, el último modernista húngaro; los retratos psicológicos de Marwan, artista sirio que murió el año pasado; la claustrofobia en la instalación de luz roja de Sebastián Díaz Morales; el video de Taus MakhaCheva, donde se transportan obras de arte entre cimas de dos montanas usando un alambre de equilibrista o la lectura feminista de los dibujos de Kiki Smith.

Para seguir con el periplo Viva Arte Viva, debemos dar un salto hacia Arsenale, que fue el centro de producción preindustrial más grande del mundo. Con sus 25.000 m2 de exposición bajo techo, funciona como la segunda sede y acoge los siete transpabellones restantes.

En el Pabellón de lo Común, los trabajos de Maria Lai vienen muy a cuento porque involucró a su aldea sarda en casi todos sus trabajos artísticos, especialmente domésticos como hacer pan o coser. El taiwanés Lee Mingwei arregla ropa que los espectadores dejan en su instalación mientras que los catalanes Miralda, Rabascal y Xifra junto con la francesa Selz, participan con sus ceremoniales en torno a la comida. Rasheed Araeen expone sus esculturas geométricas no jerárquicas; Franz Erhard Walther –recordemos, ganador del León de Oro– sus esculturas Wallformation y Pedestales Andantes que invitan a la participación del cuerpo, y el joven artista colombiano Marcos Ávila Forero muestra un vídeo basado en tradiciones congolesas donde se hace música con agua.

En el Pabellón de la Tierra, el medio ambiente y los movimientos ecológicos son los temas centrales. Entre los artistas participantes están Kananginak Pootoogook, el último artista esquimal americano con sus preciosos dibujos; Petrit Halilaj y sus monumentales esculturas performativas de polillas realizadas en tejidos kosovares tradicionales; Charles Atlas, con su vídeo instalación en la que mezcla puestas de sol con drag queens; Michel Blazy convierte zapatillas deportivas en macetas; Nicolás García Uriburu expone las fotos resultantes de su intervención en 1968, cuando tiñó el agua de los canales venecianos. Julian Charrière, aclamado joven promesa, presenta una soberbia instalación de columnas realizadas en sal de litio –conocida como el “petróleo blanco”– procedente de Bolivia.

Le sigue el Pabellón de las Tradiciones, donde Yee Shookyung expone una gigantesca escultura de 4 metros hecha a base de piezas de porcelana tradicional china. Continúan aquí las labores de costura con los bordados de Teresa Lanceta, el neozelandés Francis Upritchard combina hieráticas esculturas ataviadas con trajes tradicionales con personajes desnudos de extraños colores y posturas.

Las gigantescas estructuras doradas colgantes dispuestas en serie de la portuguesa Leonor Antunes dan paso al Pabellón de los Chamanes, aquí Ernesto Neto presenta una gigantesca tienda inspirada en los rituales chamánicos del pueblo amazónico Huni Kuin. El artista franco-argelino Kader Attia crea esculturas cinéticas a partir de granos de cuscús que se mueven en respuesta a la música interpretada por grandes cantantes árabes.

El Pabellón Dionisiaco sirve, según la comisaria, para “celebrar el cuerpo femenino y su sensualidad a través del sexo, el placer, la música o el baile”. Incluye trabajos femeninos como los de Huguette Caland, artista libanesa conocida por sus esculturas corporales y dibujos lineales, las fotografías de embarazo de Eileen Quinlan. La instalación con mano gigantesca en forma de puerta al infierno de Pauline Curnier Jardin. No sin estupor, la mejor pieza sin embargo me parece la de un hombre, Anri Sala con sus reflexiones sobre las propiedades esculturales del sonido, también Jeremy Shaw presenta fotografías que examinan personajes en trance, tanto religioso como psicotrópico.

De la sensualidad y el placer pasamos a los colores, hay un pabellón al color, así es este viaje. La muy colorida y fotografiada instalación de Sheila Hicks compuesta por gigantescas bolas de tejido abre el trayecto en el que encontramos las pinturas espirituales abstractas de Giorgo Griffa o Aboulaye Konaté con sus coloridas piezas de tejido. Para terminar el recorrido, el noveno y último capítulo es el Pabellón del Tiempo y el Infinito, que concluye con piezas al aire libre en el Giardino delle Vergini al final del Arsenale donde se encuentran obras de Liliana Porter, Liu Jianhua o mi preferida, Las mil y una noches de Edith Dekyndt, una performance con un joven preocupado porque no se le deforme un 'cuadrado' hecho de polvo. Todas ellas meditan sobre el tiempo, el infinito, e inevitablemente la muerte. Con la muerte, llega el trayecto a su fin.

Texto
María Muñoz

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