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Este sábado 21 de noviembre se proyecta en la Cineteca de Madrid, dentro del festival de cine y cultura Rizoma, La última cena, el largometraje experimental que han dirigido María S. Torregrosa y Toni Agustí. Planteado como un juego o un experimento –en vez de como una película al uso–, el film consiste en un grupo de amigos que nos van introduciendo en la trama, sin ningún tipo de guion, improvisando, y rodando durante una sola noche en tiempo real. La última cena también estará disponible para los suscriptores de Filmin de viernes a domingo.

¿Cómo se os ocurrió la idea de lanzaros a la aventura con este proyecto? ¿Cómo ha sido trabajar juntos?
Teníamos esta idea de rodar una cena de amigos sin guion y en tiempo real, y nos lanzamos a hacerla porque nos divertía mucho diseñar y participar en el juego. Trabajar juntos ha sido muy fácil porque lo hemos enfocado siempre como un proyecto personal y no como una obligación. En realidad, no nos conocíamos tanto cuando decidimos embarcarnos en esta locura, y ha sido muy gratificante ver que lo que parecía un juego sin mayor importancia se iba materializando en algo sólido. Aún nos sorprende pensar que hemos terminado un largometraje en menos de un año, sin presupuesto y en nuestro tiempo libre. A partir de aquí, todo lo que venga es un regalo.
El largometraje, sin duda, es bastante experimental, ¿por qué os decantasteis por este enfoque? ¿Qué queríais explorar a través de él?
Bueno, es que el rodaje se planteó como un juego, no como una película. De hecho, no sabíamos en qué iba a resultar todo esto, si tendríamos un corto, un largo, un docu… o nada. De alguna manera queríamos demostrar que la vida es, en sí misma, digna de película. Incluso hubo un momento en que barajamos ser nosotros mismos, sin personajes. Pero al final llegamos a la conclusión de que los personajes nos permitían empujar un poco más nuestros límites.

Hablemos de esto. Los actores de La última cena solo recibieron una breve descripción de sus personajes y, en base a eso, llevaron a cabo una improvisación, ¿hasta qué punto tenían definidos sus personajes? ¿Por qué lo hicisteis de esta manera?
Sí, solo tenían un par de párrafos cada uno. Nos interesaba que cada actor llevara el personaje a su terreno porque tenían que aguantar cuatro horas de rodaje en tiempo real improvisando, así que no queríamos complicar la mecánica. Además, no queríamos controlar el argumento, sino que todo fluyera de la forma más orgánica posible. Todos teníamos algunas consignas que podían funcionar como detonantes, pero no sabíamos cuáles iban a explotar. Incluso no nos preocupaba demasiado que no explotara ninguno, porque si no pasaba nada, como poco estaría pasando la vida. Eso es lo que queríamos capturar: un momento en la vida de estas personas.
Vosotros también aparecéis actuando en el largometraje, ¿ha sido complicado actuar y dirigir al mismo tiempo?
Es que en un principio nosotros no nos planteábamos dirigir. Llamamos a Andrea Jaurrieta, que es amiga personal, le contamos la idea y le preguntamos si quería dirigir el rodaje, y nos dijo que sí sin pensarlo dos veces. Pero claro, una vez hecho, ella estaba trabajando en su segunda película y nosotros teníamos doce horas de tres cámaras que habían estado grabando durante cuatro horas. Había un trabajo profundo de revisar todo ese material y elegir qué historia queríamos contar.
Juan García, el montador de la película, que ha hecho un trabajo de locos, nos pidió que eligiéramos treinta escenas para empezar a trabajar para ver si verdaderamente aquella locura daba para un largo. Y así fuimos poco a poco puliendo el material hasta que se convirtió en una película. El proceso creativo se hizo a la inversa, y ahí fue cuando de forma natural nos fuimos convirtiendo en directores, siempre con la colaboración de Andrea, que vio todos los cortes con nosotros.
Los actores sois, en realidad, un grupo de amigos, ¿cómo ha sido esta experiencia? ¿Ha supuesto alguna dificultad añadida, o al contrario, ha servido para conseguir una mayor verosimilitud de los personajes?
En general creemos que ha jugado a nuestro favor porque en sí el clima que se generó ese día era muy distendido. Todos participábamos de forma desinteresada, simplemente por el placer de jugar. Y luego en el set todos fuimos muy generosos. Es una película coral porque todos los personajes tienen un peso similar, hay un equilibrio que se dio de forma natural.

En varios planos aparecen los cámaras grabando, los micrófonos o gente ajena a la trama pasando por detrás, ¿por qué decidisteis incluir esto?
Desde el principio sabíamos que era muy difícil rodar algo así sin que apareciera el equipo técnico, porque ahí estábamos dieciocho personas trabajando en el mismo espacio. Nos hubiera limitado muchísimo prescindir de todos los planos donde apareciera el equipo, así que decidimos que simplemente debían vestir de negro para que el ojo del espectador se centrara en los personajes, que intencionadamente vestían colores llamativos. Esto fue un acierto absoluto. Es precisamente ese detalle lo que te recuerda que estás viendo un experimento. Si no viéramos al equipo, ¿en qué se diferenciaría de una película rodada con guion y planificación? Es curioso, porque hay un momento en el que dejas de verles, el momento en el que aceptas que ese es el lenguaje que hemos elegido. 
La última cena es una de las cinco películas a premio en Rizoma, ¿cómo os sentisteis al enteraros de la noticia?
Pues alucinamos, claro. Igual que cuando el director de la Mostra de Valencia nos dijo que quería que estrenáramos allí. Hace un año no podíamos ni imaginar nada de esto. Esa sensación la conocemos bien todos ahora con la pandemia, esta cosa de ‘quién me iba a decir a mí que…’.
Por último, ¿tenéis algún proyecto en marcha del que podremos disfrutar más adelante?
Sí, el pasado enero empezamos a trabajar en una serie de ficción sobre los mitos del amor romántico en la que hemos estado trabajando en paralelo a La última cena, y en breve nos pondremos a buscar productora. Luego tenemos un par de ideas experimentales en el cajón para seguir trabajando cuando acabemos con eso. No queremos parar la máquina, hay que aprovechar los momentos de inspiración para cuando lleguen los bloqueos.

Texto
Clara Izquierdo

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